08 agosto 2017

La santidad en el matrimonio y la familia

Muchos piensan que el matrimonio es un invento de la Iglesia, pero no es así. La unión del hombre y la mujer es de lo más antiguo que existe, sin embargo con el cristianismo esa unión ha sido elevada a sacramento, esto es, a signo visible de la unión entre Cristo y la Iglesia. Es un enlace que bebe de la misma fuente del amor de Cristo al Padre y que nos propone un amor fiel, libre, fecundo, recíproco, indisoluble, total y exclusivo. Entendiendo así el matrimonio se aprecia enseguida la gran diferencia con sus fases previas, especialmente el enamoramiento, donde pesa la idealización, el sentimiento, la falta de entrega total en la intimidad física, psicológica y espiritual. Juntos, marido y mujer, tienen que aprender a vivir ese amor buscando la santidad. ¿Pero en qué consiste la santidad matrimonial? Es una pregunta que, en mi opinión, no se ha llegado a contestar bien hasta el concilio Vaticano II y que aún le queda, pero voy a tratar de resumirla desde el Evangelio. El secreto de la santidad, en mi opinión, lo dio Jesús al decir que quien quiera seguirle tiene que negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle (Mt 16, 24-28) y al dejar claro que es un camino especialmente duro (Cfr Mt 19, 3-12).

Para el matrimonio la clave hoy en día está en la primera fase: negarse a uno mismo. Se trata de morir a lo que nos apetece, a nuestros gustos de toda la vida, incluso a nuestras necesidades de hobbies, deportes, amistades, etc. No se trata de renunciar a algo, sino morir a uno mismo, a todo. Sólo un morir total de la semilla, permite que dé fruto. Y sólo el morir de los esposos a sí mismos les permitirá convertirse en la nueva y única realidad de dos personas en una sola carne y una sola alma[1].

La segunda fase del camino es cargar con la cruz. En el matrimonio pueden haber muchas, pero la principal es entregarse a los hijos para que aprendan a conocer el amor de Dios y aceptarlo. La cruz está en resistir a las tentaciones del mundo en cada etapa educativa: la excelencia académica, estar a la moda, buscar valer por lo que se tiene y no por lo que se es, dar a cada hijo lo suyo, etc. Y todo esto sin perder de vista la relación conyugal que es la fuente del amor de los hijos.

La tercera fase de la santidad es la de seguir a Jesús. Para ésta, en el matrimonio, la clave está en conocerle, vivirle en los sacramentos, orar, consagrarse a él, pero sobre todo aprender a perdonarse. No me refiero a olvidar, sino en perdonarse de corazón, es decir, con profunda sinceridad, del mismo modo que Dios nos perdona.

Ésta es la santidad en el matrimonio y por eso no puede romperse sin más, pues es imagen del Amor Trinitario y de la alianza entre Cristo y la Iglesia. Nadie dice que sea fácil, tampoco que sea obligatorio, pero la realidad no está para ser inventada, sino para ser descubierta. La libertad no está para hacer lo que nos da la gana, sino para dirigir nuestras acciones con responsabilidad y decidiendo a qué o quién entregamos nuestra vida. El matrimonio es la vía de santidad para caminarse entre dos personas que se aman como don mutuo y, a la vez ser fecundos en esa intimidad. No es el único modo, pero su configuración no se puede alterar y debe de tomarse en serio. Si se elige, es para siempre. El protagonismo no le es dado por los sentimientos o los deseos y necesidades que surgen en él, sino por esa promesa en la que uno se ha dado todo y para siempre, de forma única, total e irreversible. 

Paz y bien.



[1] Conferencia Episcopal Española, Directorio de Pastoral Familiar, Cap.1, n. 53.


21 junio 2017

Charla conclusiva sobre "cómo vivir en familia el Corazón de Jesús" dada por el sacerdote católico de Murcia don Francisco José Parra Moreo el 17 de junio de 2017 para el grupo de oración de la Espiritualidad de la Sagrada Familia.

La charla en audio: https://youtu.be/XnI3aLoWJL8

La imagen del Corazón de Cristo y su mensaje de Misericordia, se presentan en el inicio del Tercer Milenio como auténtica profecía y terapia providencial. En esta cultura laicista en la que algunos afirman no tener más religión que el hombre, paradójicamente, somos testigos de tantas carencias afectivas, heridas necesitadas de sanación, desequilibrios psicológicos, dramas interiores... Me impresionaron mucho unas palabras pronunciadas por el cardenal de Viena, Mons. Christoph Schönborn, en el contexto del Congreso de la Divina Misericordia realizado en Roma: "cuando los agnósticos enarbolan al hombre como bandera frente al sentido religioso de la vida, hagámosles ver la radical necesidad que éste tiene de misericordia".

La experiencia nos está demostrando que la línea divisoria entre la presunción y la desesperación es prácticamente inexistente. Cuanto más reivindicamos la autonomía del hombre frente al hecho religioso, más fácilmente caemos en el vacío interior, que nos conduce a la inevitable falta de autoestima. El paso de la jactancia y de la soberbia profesada en público, a la desesperación y al autodesprecio confesado en privado, es muy fácil y, de hecho, se da con mucha frecuencia.

En nuestros días, no son pocos los que han aprendido a aceptarse, a valorarse y a amarse a sí mismos, desde la experiencia del amor incondicional de Dios hacia cada uno de nosotros. ¿Si Dios me quiere, quien soy yo para despreciarme?

Con frecuencia, nos hacemos una imagen de Dios fría e insensible hacia la suerte del hombre. Nos cuesta creer que nosotros seamos algo importante para Él. Si dejamos de lado la revelación bíblica, estamos condenados a referirnos a Dios en términos impersonales como si se tratase de una energía cósmica y con una inevitable sensación de lejanía. Si Dios está tan distante y es tan distinto a nosotros, ¿en qué le puede afectar nuestra vida: nuestros aciertos y nuestros pecados; nuestras alegrías y nuestros sufrimientos?

En la encíclica Spe Salvi, el Papa nos recuerda una preciosa cita de San Bernardo de Claraval: "Dios no puede padecer, pero puede compadecer". El Dios infinito y omnipotente, en palabras de Benedicto XVI, se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios (Spe Salvi, n. 39).

En el lenguaje bíblico se da una equivalencia entre los términos corazón y entrañas. El corazón (leb, kardia) es sinónimo de útero (rahamin, splanchana); de manera que cuando confesamos el amor de Dios en la imagen del Corazón de Jesús, en el fondo, estamos manifestando nuestra fe en que el amor de Dios nos gesta a una vida nueva. El Corazón de Cristo es la imagen del amor materno de Dios que, en su potencia regenerativa, nos sana, nos rescata, nos rehace, nos perdona. Por ello, no nos cansaremos de confesar: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

La consagración al Corazón de Jesús de nuestras familias, de nuestras casas, de nuestros quehaceres es algo grande y muy importante. Por este acto de consagración, decía el Papa San Juan Pablo II, "los discípulos de Cristo de todos los tiempos están llamados a entregarse por la salvación del mundo" (13 Mayo 1982)Consagrarse significa pues, “entregarse”. El primero que lo hizo por nosotros es Cristo, y "Amor con amor se paga" dice la sabiduría del refrán para expresar que el amor verdadero requiere ser correspondido. 

Cuando el Papa San Juan Pablo II visitó Paray-le-Monial el 5 de octubre de 1986, afirmó la importancia de la Consagración de la Familia en la construcción de la“La civilización del amor” y dijo:
"Gracias al sacramento del matrimonio, en el Pacto con la sabiduría divina, en el Pacto con el infinito amor del Corazón de Cristo, a ustedes las familias se les ha otorgado los medios para desarrollar en cada uno de sus miembros las riquezas de la persona humana y su llamado al amor de Dios y de los hombres. Den la Bienvenida a la presencia del Corazón de Jesús, nosotros buscamos sacar de Él el verdadero amor que nuestras familias necesitan. La unidad de la familia tiene un papel fundamental en la construcción de la civilización del amor" (Discurso del 5 de octubre de 1986).
La respuesta consecuente al amor de Cristo es la entrega total a Él. El Papa Pío XI, en su encíclica Miserentíssimus, dedicada al Corazón de Cristo explicaba que: "Con la Consagración ofrecemos al Corazón de Jesús nuestras personas y todas nuestras cosas, reconociéndolas recibidas de la eterna caridad de Dios”.

Nuestras personas y todo lo nuestro; entre ello, lo más importante, nuestra familia. Decía San Juan Pablo II: A la familia Cristiana además de las oraciones de la mañana y de la noche hay que recomendar explícitamente la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular.” (Familiaris Consortio, n. 61).

El entregar la familia al Corazón de Jesús es considerarle a Él desde ese momento como el Rey de la casa, como el amigo íntimo, al que se ama, con el que se vive y a quien se obedece.

El Señor no se deja ganar en generosidad. Si uno se entrega, Él siempre da más, "el ciento por uno". El Corazón de Jesús promete a las personas que se entreguen a Él: "les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida. Les daré paz a sus familias. Las consolaré en todas sus penas.  Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte. Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas, bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada”.

San Juan Pablo II decía a recién casados: "A vosotros os dirijo la exhortación paternal de que tengáis fija la mirada en el Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones. Aprended de Él las grandes lecciones del amor, bondad, sacrificio y piedad, tan necesarios en todo hogar cristiano. Sacaréis de Él fuerza, serenidad, alegría auténtica y profunda para vuestra vida conyugal. Atraeréis su bendición si su imagen está siempre, además de impresa en vuestras almas, expuesta y honrada entre las paredes domésticas" (Audiencia General 13-VI-1979).

En la consagración del hogar es importante poner una imagen del Corazón de Jesús en un lugar visible de la casa. Se le trata como a quien está presente y se le ama, suplica y honra como Señor y Amigo.

Por la importancia de este acto es conveniente invitar a un sacerdote para que lo presida, bendiga la imagen y la casa. También es muy conveniente que se prepare este acto con unos días de oración en familia y con la buena disposición interior de cada miembro de ella (oraciones, rosario en familia, pequeños sacrificios de renuncia, confesión, comunión…) que prepare un sitio al Señor que viene a nuestra casa. Para mejor disponerse sería conveniente realizar un triduo de preparación a la consagración.

Jesús invita a nuestra familia

Narra el Evangelio de san Lucas, que Jesús entró a hospedarse en casa de un pecador: 
"Después que entró Jesús en Jericó un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos, intentaba ver quién era Jesús. Pero no podía, por la gente, y porque era pequeño. Echó a correr hacia adelante, trepó a una higuera para verlo pasar. Y Jesús, cuando llegó a aquel sitio, alzando los ojos, le dijo: Zaqueo, baja deprisa, que hoy quiero hospedarme en tu casa. Bajó aprisa y lo recibió muy contento. Al ver aquello, muchos murmuraban: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, deteniéndose, le dice al Señor: “Mira, la mitad de mis bienes, voy a darla a los pobres; y si a alguno defraudé en algo, quiero devolverle cuatro veces más”. Entonces Jesús exclama: “Hoy la salvación ha venido a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán; pues el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,1-10).
Como a Zaqueo a nosotros también Jesús nos va a buscar, nos invita y nos viene a decir:
Yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo. Pero yo ejerzo mi autoridad por medio de mi Corazón. Deseo ser tratado no sólo como dueño de vuestra casa y vuestros corazones, sino también como hermano y amigo. Participaré en vuestra vida diaria, estaré con vosotros, en las penas y en las alegrías; siempre. 
Pueblo mío, al que amo intensamente, mira que estoy a la puerta, y llamo: Si alguno me oye y me abre, entraré a él y comeremos juntos. Soy Jesús, vuestro Salvador, y quiero proteger vuestra familia frente a las fuerzas del Maligno que intenta dañarla y, si puede, destruirla. Quiero que vosotros, mayores y pequeños, no caigáis en la esclavitud del pecado, ni en las angustias del miedo, la preocupación o la tristeza. Por eso, estoy dispuesto a derramar sobre vosotros mi Espíritu, que os instruirá, para que vuestra alegría sea completa y nadie os la pueda arrebatar. Yo no forzaré mi entrada en vuestra casa y menos en vuestros corazones. Espero ser invitado. Espero que me digáis: "¡Ven, Señor Jesús! Quédate con nosotros, que te necesitamos".
Si queréis, que una imagen mía presida vuestro hogar, que sea para juntaros algunos momentos a rezar ante ella; para mejor hacer de vuestra familia una iglesia doméstica, en la que reine el amor de Dios y del prójimo, participad con más devoción y frecuencia en la Misa y en la comunión; tratad de conocer más y cumplir mejor mi Evangelio.

Os ofrezco mi Corazón herido, rebosante de perdón, de amor, y de vida que nunca terminará… Espero vuestra respuesta.
       
Nuestra respuesta al Señor


El Señor en el libro del Apocalipsis nos dice: “Yo reprendo y corrijo a quienes quiero con amor de amistad; así que, ten fervor y arrepiéntete. Mira, estoy llamando a la puerta; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo". (Ap 9,22).

Ante tanto amor que Jesús muestra por nosotros, Él pide como respuesta que le abramos la puerta de nuestro corazón, y le correspondamos. Esto lo hacemos en especial por medio de la consagración.

Un propósito concreto de esta consagración, es tratar, con la ayuda de Dios y de la Virgen María, de hacer vida en nuestra casa las siguientes “Bienaventuranzas de la familia”:
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres comulgan con frecuencia y rezan juntos, porque así permanecerán unidos.
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres guardan las fiestas cristianamente, porque asistirán a las fiestas de la eterna felicidad en el cielo.
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres no viven según el espíritu del mundo apartado de Dios, porque en su casa encontrarán la incomparable alegría de la conciencia en paz con Dios.
  • Bienaventurada la familia que recibe a los hijos como dones de Dios y les prepara para los sacramentos, porque en ella se criarán bienaventurados para el cielo.
  • Bienaventurada la familia que practica la caridad con los necesitados, porque Dios mismo queda obligado a recompensarla.
  • Bienaventurada la familia donde los enfermos reciben la visita del sacerdote y los sacramentos, porque la muerte no entrará infundiendo miedo, sino que dejará gran paz.
  • Bienaventurada la familia consagrada con fidelidad al Corazón de Jesucristo, porque en ella reinarán la bondad y el amor.

¿Qué hace el Corazón de Jesús cuando nos consagramos a Él?

Narra el Evangelio que cuando Jesús iba de camino, "entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, le dio hospedaje. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra; en cambio, Marta estaba dispersa, con el ajetreo del servicio; y, presentándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Entonces, dile que me ayude. Pero el Señor le respondió así: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por demasiadas cosas. Sólo se necesita una. María ha elegido la mejor parte" (Lc 10,38-42).


Más adelante nos relata el Evangelio que Jesús volvió a esa casa de Betania, al haber muerto Lázaro hermano de Marta y María y que allí “se enteró de que llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Entonces María llegó donde estaba Jesús. Al verlo cayó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Jesús, al verla llorando, lanzó un suspiro profundo, y emocionado dijo: ¿Dónde lo habéis puesto? Fue hacia el sepulcro: Y con voz potente dijo: ¡Lázaro, sal afuera!. El muerto salió, atado de pies y manos, con vendas. Jesús les dice: Desatadlo y dejadlo ir. Muchos creyeron en Él" (Jn 11,17-46).

Vemos cómo Jesús, al ser acogido en la casa de Betania, llena a la familia con su amor. A la vez que aconseja e instruye (en especial a Marta), y cura a Lázaro devolviéndole a la vida. Es Jesús, Amigo, Maestro y Médico, Hijo de Dios hecho hombre por amor a nosotros, el que nos hizo a través de la gran santa del Corazón de Jesús, Santa Margarita María, las extraordinarias promesas a los amigos de su Sagrado Corazón:


1ª Les daré todas las gracias necesarias a su estado;
2ª Pondré paz en sus familia;
3ª Los consolaré en todas sus aflicciones;
4ª Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte;
5ª Bendeciré abundantemente sus empresas;
6ª Los pecadores hallarán misericordia;
7ª Los tibios se harán fervorosos;
8ª Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección;
9ª Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada;
10ª Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos
11ª Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de El;
12ª Te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final, no morirán en mi desgracia y sin haber recibido los sacramentos; mi Divino Corazón será su asilo seguro en los últimos momentos.

"Estas promesas se resumen en definitiva, en las palabras que Santa Margarita María recibió del Corazón de Jesús: «Yo reinaré a pesar de mis enemigos y de cuantos se opongan a ello».


Paz y bien.



07 junio 2017

¿Qué opino de la sofrología?

Según el Instituto Médico de Sofrología Caycediana, la Sofrología es una escuela científica, que tiene como objetivo el estudio de la consciencia y la conquista de los valores existenciales del ser. Imagino que la idea de que sea “científica” es atribuida al hecho de que la fundó el Dr. Alfonso Caycedo, un médico neuropsiquiatra, en 1960 en Madrid. El significado de “sofrología” viene de SOS (equilibrio), PHREN (psique) y LOGOS (estudio), aunque es de todos sabido que la disciplina encargada de la mente es la psicología y la psiquiatría, y que su finalidad es la salud mental, que vienen a ser de forma tácita el mismo de la sofrología sólo que sin la raíz SOS en la palabra.

Si bien no quiero desmerecer el intento del fundador de sistematizar o garantizar la metodología de la sofrología al ver que había diferentes técnicas y programas parecidos, voy a analizar los supuestos que se presentan con respecto a esta práctica. Vayamos paso a paso analizando su aportación[1].

La sofrología “Ofrece una metodología para que el individuo conozca de forma vivencial su propia consciencia.”

Bueno, la conciencia no se puede conocer porque no es reflexiva, sino que es el estar despierto y delante de la realidad viviéndola como algo distinto a nosotros mismos. Lo que pensamos además no es la conciencia, pues lo pensado es lo que es objeto de nuestra reflexión, pero lo pensado no es el que piensa. Parece un poco lioso, pero es simple. Pensamos algo, pero no somos lo pensado. La conciencia es lo que me permite conocer, no algo sobre el que puedo volcar mi atención.

Dicen que “El método Caycedo “consiste en una serie de técnicas de relajación, ejercicios respiratorios, movimientos corporales y estrategias de activación mental que tienen como fin el conocimiento de sí mismo y el desarrollo de la consciencia”.

Si es relajación, respiración, movimientos e incluso activación mental, estamos hablando de una incidencia a nivel corporal. No está mal y la implementan prácticamente todas las terapias, pero no es nada nuevo. Sin embargo, si el fin es el conocimiento de uno mismo, estamos mezclando otros estatutos de la persona que no se desarrollan por esas vías. Y desde luego estas técnicas no pueden desarrollar la conciencia desde el plano material o corporal. Una conciencia no se peude desarrollar, como mucho se podría iluminar, pero es un proceso que le viene dado desde fuera y que no es dado por una técnica, sino por la voluntad de Dios.

Siguen diciendo que “la persona va aumentando la percepción y conocimiento de su propia corporalidad, sus emociones, sus pensamientos, su conducta y sus propios valores”. 

Lo que pueden hacer es aumentar el tiempo dedicado a la actividad corporal, las sensaciones, las percepciones sensoriales, etc., pero no aportan conocimiento sobre uno mismo, sino sobre el estado físico. Vuelvo a repetir que en psicología, con la relajación progresiva, se consigue lo mismo. Se podrá atender a la respuesta física y, en la medida que uno se distrae, podrá pensar en algo, pero no se trabajarán de forma adecuada los valores personales, como dice. Desde el punto de vista cristiano, además, los valores se transmiten en familia, en la educación, etc. pero sólo crecen con una implicación personal tras llevarlos voluntariamente a la práctica. Dedicarse a la percepción sensitiva, no puede fomentar valores.

“Ella misma [la persona] va desarrollando su voluntad para mejorar aquellas capacidades que quiere potenciar y tratar sus percepciones, sentimientos o pensamientos molestos”.

La voluntad es una potencia pasiva del alma que se dirige hacia lo que la inteligencia le presenta como verdadero y que detecta, por lo tanto como bueno. La voluntad se desarrolla al realizar ejercicios que terminan en acciones concretas y que no quedan en sus fases constitutivas como la intención, la deliberación y la elección, por lo que la voluntad sin plasmarse en acción no se fortalece. De allí que Dios nos pida que la fe tenga que ir acompañada de obras.

Si bien podría no ser especialmente mala si no se aislara del resto o no se tomara en modo principal o absoluto, no creo que sea una buena dirección que un tratamiento se base en la potenciación de la “sensación” o “lo molesto” desde la percepción. El ser humano necesita traer a la conciencia sus errores, hacerlos conscientes, elaborarlos para reducir la implicación emocional, sanarlos por medio de la confesión y la gracia y establecer pautas y estrategias para evitar caminos que le vuelvan a hacer caer.
“La Sofrología Caycediana hace énfasis en el ser humano como sujeto de sí mismo”.

Pues el “hacer énfasis en uno mismo” parece trabajar la autoestima (mal entendida), la asertividad, y la imposición del derecho sobre uno mismo como medida de autocontrol, pero entraña el peligro de centrarse en el “sí mismo”. El cristiano, sin embargo está llamado a entregarse a los demás, a tomar su cruz después de haberlo dejado todo y seguir el camino de Cristo. No se trata de autodominarse, sino de reconocerse tal cual se es, pero amados por Dios, para no dedicarle tanto tiempo a nuestra vida y salir de ella hacia los demás. Porque quien no quiere perder su vida, la perderá…

“Siendo una disciplina basada en la fenomenología, potencia la consciencia, la libertad y la responsabilidad del individuo”.

Bueno, la fenomenología fue fundada principalmente por E. Husserl en un intento de renovar la filosofía. Trata sobre todo de la intencionalidad y de la conciencia, pero creo que “la consciencia, la libertad y la responsabilidad” no se trabajan desde la autoreflexión, sino saliendo hacia los demás desde un encuentro verdadero con Dios.

Me parece a mí que la sofrología no tiene planteamientos muy acordes a una antropología que un católico vive cada día y no enmarca los consejos que esperamos desde un planteamiento trascendental, pero personal con Dios. Termina siendo una forma de relajación con visualización que trata de centrar a uno mismo consigo mismo buscando más el autocontrol y el equilibrio que el camino de la entrega voluntaria, el esfuerzo necesario para ello y la transparencia de conciencia que nos pone delante de la Verdad para poderla reconocer.


Diego Cazzola


13 mayo 2017

Opinión sobre la película de Fátima 2017

Acabo de ver la película de Fátima 2017 cuya información me ha llegado por decenas de personas...

Pues bien, es recomendable y muy interesante la cantidad de datos y conexiones que propone entre el fenómeno de Fátima (apariciones, mensaje, testimonios, etc.) y los sucesos históricos relacionados, y, más aún, creo que consigue si no hacerte rezar el rosario, por lo menos confiar en la efectividad de su poder.

Sin embargo quiero destacar un inconveniente muy sutil que igual pocos habrán percibido y algunos no considerarán importante, pero yo sí.

Algunas intervenciones de la película, y todas ellas en su conjunto, dejan pasar la idea de que el comunismo ha sido vencido por el progresivo abandono al rosario y al mensaje de Fátima. Pues bien, creo que estamos muy lejos de esto por dos razones:

1) La primera porque aún tiene que triunfar el Corazón de María y esto deberá ocurrir tras una Gran Tribulación que no podemos ignorar o destinar a décadas venideras, pues sería cerrar los ojos y los oídos a muchas otras apariciones marianas también aprobadas por la Iglesia e íntimamente relacionadas con Fátima, como son los últimos dos mensajes de Nuestra Señora de Akita (Japón), que nadie menciona y muchos desconocen.

2) La segunda porque es evidente para quien siga las noticias de la actualidad que el comunismo habrá dejado su actividad mayor en Rusia, pero no en muchos otros países que están sufriendo muchísimo su imposición y poder. ¿A caso Cuba, Venezuela, China, Corea, etc. pueden decirse libres del comunismo?

Finalmente, quiero decir que el mensaje de Fátima tiene mucha trayectoria porque lleva un siglo, pero excepcionando el auge que ha tenido este último año por el centenario, ya no es el pulmón de conversiones que era hace 30 años o menos. Es Medjugorje de donde ahora María está llamando a la penitencia, al ayuno a los sacramentos y al rosario. Si atendemos a las últimas cifras de peregrinos, conversiones, confesiones o comuniones distribuidas, etc., anunciadas por el enviado del Papa a Madjugorje, el arzobispo polaco Henryk Hoser, será algo evidente. No por nada allí la advocación de la Virgen es "Vírgen de la paz".

Así que mi humilde y muy poco importante consejo es:

El Señor nos ha dejado ver el poder que ha otorgado a la intercesión de su Madre y la necesidad que tenemos de ella, así como el mal que generamos cuando nos alejamos de Dios, ahora bien, no nos relajemos ni una pizca que aún hay que rezar muchísimo antes de darnos mínimamente por satisfechos. Queda mucho rosario diario en cada casa, mucha consagración, mucho ayuno y penitencia que se refleje en obras de misericordia, amor auténtico a los demás y pureza en nuestro corazón. 

Paz y bien.


05 mayo 2017

¿Por qué se está proponiendo que la confirmación se dé antes que la comunión y a una edad tan temprana?

La propuesta de modificar el orden de administración de los sacramentos de la primera comunión y de la confirmación adelantando la confirmación a los 8-9 años, previa confesión, y apenas al años siguiente la primera comunión (justo para permitir la adecuada preparación a ambos sacramentos) es una realidad que en Madrid empezó en 2009 en la diócesis de Alcalá de Henares con la idea de que se extienda a las demás Diócesis de Madrid. Actualmente son varias las parroquias de la Comunidad de Madrid, y del mundo, que han incorporado este grande cambio y paulatinamente está previsto que sea así en todas.

Lo que pretende esta modificación es un cambio de mentalidad, por lo que, como todo cambio, es normal que cueste. En palabras del director del secretariado de Catequesis de la Diócesis de Alcalá, Francisco Martínez se trata de “dar una primacía a la gracia, es decir, un muchacho que tiene el Espíritu Santo primero con el bautismo y luego con la confirmación se acerca a la eucaristía para culminar su iniciación cristiana y es un cristiano completo”. Dicho de otro modo, se trata de entender que la confirmación no supone un culmen para pocos que concluye una etapa de formación, sino la plena recepción del Espíritu Santo que permite el mejor acercamiento al sacramento de la Eucaristía que es la real culminación de la iniciación cristiana y que constituye el inicio de un nuevo caminar en el Espíritu del Señor por el que el cristiano se irá cada día conformando a su corazón eucarístico. Debemos de entender que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana y el culmen de los sacramentos, pues todos se dirigen a ella y para ella. Todo debe de girar a su alrededor y nutrirse de la Eucaristía según la lógica teológica de la iniciación cristiana. El bautismo y la confirmación, pues, nos dan el Espíritu Santo que necesitamos para vivir y aprovechar la Eucaristía.

En palabra de Martínez, es preciso que hoy en día cambiemos la mentalidad de que la confirmación sea entienda como “el sacramento de los perfectos o de los que después de un largo periodo de años en la catequesis parroquial han superado un montón de pruebas” porque al final los que lo logran parecen héroes que lograron la meta y se nos olvida que el cristiano no merece los sacramentos, sino que los recibe por una total gracia de Dios. Él sólo debe dejarse asistir por la gracia sacramental y “dejar actuar al Espíritu Santo, que dará sus frutos cuando querrá”. Nuestra tarea es esforzarnos por no meter la pata y seguir cercanos al Señor.

Así pues, no hay que “confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida que no necesita una “ratificación” para hacerse efectiva” (CIC, n. 1308)

¿Por qué no ha sido entonces siempre así?

Para los Cristianos Orientales – sean católicos, ortodoxos o de otra denominación – este orden nunca ha sido alterado. Para los Cristianos Occidentales esto ocurrió en 1910, cuando el Papa San Pío X redujo la edad de la Primera Comunión a los siete años. Al hacer esto, mantuvo la edad de la Confirmación sin ningún cambio, y así se invirtió el orden de los Sacramentos de Iniciación Cristiana y nos dejó con la práctica que tenemos hasta ahora, de una confirmación tardía.

Sin embargo el orden adecuado es recibir la Confirmación en la infancia tal como hemos dicho. Tras los documentos nacidos del Concilio Vaticano II y con el apoyo de autoridades como el Papa Benedicto XVI, quien personalmente le dijo al Arzobispo Aquila: “Tú has hecho lo que yo siempre quise hacer”, la restauración de los sacramentos empezó a extenderse y parece ser algo permanente. Lo recoge también el nuevo “Catecismo Jesús es el Señor” de la Conferencia Episcopal Española y además es fácil comprobar que el orden de los sacramentos de iniciación cristiana en el Catecismo de la Iglesia Católica es el de “Bautismo, confirmación y Eucaristía” (Cfr. CIC, Sección II, Cp. I). También podemos citar como el CIC (n.1212) a Pablo VI [1]:

“En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad".

Conclusión

Podemos concluir que la Confirmación tiene que entenderse como necesaria para la plenitud del Espíritu del cristiano y que prepara y asiste para la vida de gracia y la vivencia del Sacramento por antonomasia que es la Eucaristía. No hay que ver la Confirmación como el sacramento de la madurez o el de la elección voluntaria de Dios, sino como el sacramento de la plenitud del Espíritu que permite que Dios nos asiste en la vida para vivir en el mundo sin ser nunca del mundo, ayudándonos a superar las pruebas y dificultades cuanto antes. Dicho de otro modo: ¿tendría sentido vacunarnos a los 16 años?

Paz y bien.

Fuentes:







[1] Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae; cf. Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, Prenotandos 1-2 .



30 abril 2017

7 claves para fundar una familia feliz

Os dejo un breve resumen de las ideas principales de la conferencia dada por Monseñor José Ignacio Munilla en el encuentro de ITV Matrimonial del 18 de marzo del 2017 acompañados de unas preguntas que puedan promover una reflexión o un testimonio.



1. El fin del matrimonio es la unión con Dios

El matrimonio es un camino para llegar a Dios y, como una montaña tienen varias laderas para subir a la cima, el matrimonio es una para alcanzar la santidad. La meta familiar es una y es la unión con Dios y es importante no confundirla con las otras metas secundarias como la hipoteca, el trabajo, etc.

Los esposos no se pueden pedir, el uno al otro, la plenitud que sólo Dios puede dar a cada uno. De hacerse se corre el riesgo de quedar decepcionados por el matrimonio.

Pregunta para el testimonio: ¿He puesto algo o alguien por delante de Dios? ¿Realmente quiero a Dios por encima de mi cónyuge o hijos? ¿Es Dios mi máxima prioridad? ¿Soy consciente de que la plenitud la encontraré sólo Dios y no el cónyuge?

2. El modelo del amor conyugal es Jesucristo.

El centro del matrimonio y su referente principal es la persona de Cristo y no el sentimiento o la emotividad. Lo que mueve a la entrega diaria no debe de ser la sensación, sino una convicción iluminada por la razón que busca lo bueno y verdadero.

En este sentido el amor matrimonial no es sólo una experiencia  de eros, sino de ágape que lo transforma en un compromiso personal, un “querer querer”. No sólo el amor preserva el matrimonio, sino que el mismo matrimonio preserva el amor: “Me casé porque te quería. Ahora te quiero porque me casé”. Tomada la decisión de casarse ya no hay que volver atrás. Dudar de ello es una tentación que hay que desestimar sin más.

Pregunta para el testimonio: ¿Sabemos guiarnos por la vivencia de Cristo antes que por las influencias del mundo o las debilidades personales? ¿Hemos llegado a dudar de nuestro matrimonio o de nuestro cónyuge como aquel que Dios nos ha entregado para su santificación?

3. Los esposos deben de ser instrumentos de santidad el uno para el otro.

Los esposos viven una preciosa intimidad que les permite mantener una relación fecunda en el proceso de santificación. Cada uno ayuda al otro a descubrir lo mejor y lo peor desde la caridad, pero sin que se den celos y envidias. Cada uno debe de ser instrumento de santidad que ayude al otro a ser mejor. Es precisa una relación basada en la caridad y la humildad.

Pregunta para el testimonio: ¿Conseguimos dejarnos criticar sin levantar defensas o justificaciones, y ser agradecidos por las críticas? ¿Conseguimos ayudar con caridad y humildad al otro?

4. En el matrimonio hay que aprender a olvidarse de uno mismo

Entre los esposos tienen que haber peleas sólo para adelantarse en el servicio al otro. La familia es un lugar privilegiado para la entrega de uno mismo al otro, pero también se puede caer en la tentación de generar un clima de confort que la aísle del mundo. La entrega tiene que ser el motor de la vida espiritual del matrimonio.

Pregunta para el testimonio: ¿Soy capaz de olvidarme a mí mismo y dedicarme a los demás por encima de mis necesidades (hobbies, trabajo innecesario, ocio, deporte, etc.)? ¿Somos capaces de abrirnos hacia fuera evangelizando y abriéndonos a la vida con generosidad?

5. El matrimonio se tiene que abrir a la familia extensa

Un amor carnal lleva a cerrarse a la vida nuclear y dificulta la apertura a la familia extensa. Un modo de amar al otro cónyuge es amar a su familia de origen como si se tratara de la suya.

El problema del mandato de ser “una sola carne” sólo encuentra su solución en la conversión.

Pregunta para el testimonio: ¿Soy capaz de amar a la familia de mi cónyuge como si fuera la mía? ¿Pido a Dios el don de la conversión profunda y radical para ser capaz de amar la cruz de cada día en mi familia?

6. Tener no sólo paternidad carnal, sino espiritual

Es bueno amar a los hijos no sólo desde la carnalidad, sino en orden a lo espiritual. Es preciso amar a los hijos buscando su santidad y recordando que los hijos son de Dios y para Dios. Atender a una paternidad espiritual es buscar sobre todo lo que Dios quiere para ellos. Tratar de que sean santos es tratar de que sean conforme a la voluntad de Dios e implica ser descubridores de la voluntad de Dios más que inventores.

Esto preserva de dos errores:

A. Ser posesivos con respeto a los hijos, considerándolos algo propio y no para Dios.
B. Ser sobreprotectores y justificarle por encima de todo.

Pregunta para el testimonio: ¿Veo a mis hijos como de Dios más que míos? ¿Trato de buscar lo que Dios quiere de ellos más que lo que yo querría que fuesen?

7. No reducir el cristianismo a una mera ética de solidaridad.

Es importante ser cristocéntricos. No se trata de un buenismo sin más que nos lleve a compartir por compartir, sino a vivir en comunión entre nosotros por la persona de Cristo, en comunión con él. Llevar a los hijos a un colegio católico no debería ser por su orden y disciplina y menos aún para que sean buenas y educadas personas, sino para que Cristo sea el centro también en la formación académica. Es necesario un encuentro personal con Cristo que cambie nuestra vida y no sólo inculcar valores y reglas, por buena que sean.

Al igual que en la cacería del zorro al principio todos los perros corren juntos y a la vez, pero al final sólo corren aquellos que han visto el zorro y saben dónde está, es importante que nosotros sigamos con convicción a Jesús, de lo contrario podríamos encontrarnos perdidos en nosotros mismos y olvidar a quién perseguíamos. No se trata de portarse bien por portarse bien, sino de ser constantes en el bien, algo posible sólo desde un el encuentro real y permanente con Cristo. Lo que funda la vida es la experiencia de Cristo, no la ética.

Pregunta para el testimonio: ¿Trato de poner a Cristo y el encuentro con Él por encima de todo y en todo o pienso que es una exageración buscando darle un espacio al mundo y su mundanidad? ¿Explico a mis hijos el sentido de amor que se esconde en las normas o exijo sin más un respeto por mi autoridad?


24 abril 2017

Falta poco tiempo

El concepto de "falta poco tiempo" es uno de los más controvertidos entre los intérpretes de los signos de los tiempos y los que estudian la Parusía de nuestro Señor. Hay quienes piensan que es un modo de hablar, quienes lo entienden como inminente y quienes un tiempo del Señor que nada nos dice a nosotros. Otros, casi con una urticaria, como si de un concepto herético se tratase, se dejan investir enseguida por la eterna excusa de que "nadie sabe el día ni la hora", como si con esta guillotina dialéctica se explicase algo a cerca del por qué Jesús habló de esto en muchísimas ocasiones explicándonos cómo tenemos que vivir esa espera "inminente". 

Desde luego esta espera no es una espera simbólica, ni es una metáfora simplemente anecdótica, sino que es, y así debe de ser, una real actitud de TODO católico (por eso hay una sección importante en el CIC sobre este asunto) que habiendo entendido la relevancia del orden espiritual, desea como los primero apóstoles, una vida de fe dirigida al gozo de la promesa de eternidad y su experiencia ya en la vida terrena. El Reino de Cristo ya está en la tierra, pero su manifestación aún no es completa (por eso lo pedimos constantemente en la Eucaristia, "Ven Señor, Jesús", y en el Padre Nuestro, "venga a nosotros tu reino", y es nuestro deber por un lado ser conscientes de ello para desear Su regreso prometido, y luego para pedirle al Padre que acorte esta espera, pues lo que más debería anhelar un cristiano no es continuar con salud y seguridad su vida aquí en la tierra, sino compartirlo todo en Cristo y con su presencia real y plena canto antes.

Para esto es muy interesante entender lo que el jesuita filósofo y teólogo Don Alfredo Sáenz explica en “El Apocalipsis según Leonardo Castellani” en el capítulo “El Apocalipsis y la Teología de la Historia[1]:

El mismo San Juan afirma en el Apocalipsis que la Parusía –palabra griega que aplicada a Cristo significa su presencia justiciera en la historia humana– está cerca. Lo hace desde el comienzo, cuando titula el libro «Revelación de Jesucristo para manifestación de lo que ha de suceder pronto» (Ap 1, 1), hasta el final, donde reiteradamente le hace repetir a Cristo: «Mira, vengo pronto» (Ap 22, 7.12.20).

Digamos una vez más que Cristo no se equivocó. Porque, como señala Castellani, este «vengo pronto» puede ser entendido de tres modos. Ante todo trascendentalmente, en cuanto que el período histórico de los últimos días, o sea el tiempo que corre de la Primera a la Segunda Venida será muy breve, cotejado con la duración total del mundo. Según una antigua tradición judeo-cristiana, «este siglo», es decir, el tiempo que va desde Adán al Juicio Final, tendría una duración de siete milenios, a semejanza de los siete días de la creación: dos milenios corresponden a la Ley Natural, dos milenios a la Ley Mosaica, dos milenios a la Ley Cristiana, siendo el último milenio el de «los tiempos finales», el domingo de la historia, la época parusíaca de los nuevos cielos y de la nueva tierra. Así, pues, en un sentido trascendental, Cristo pudo decir con verdad que su Segunda Venida estaba cerca.

En segundo lugar, la promesa «vengo pronto» puede ser entendida místicamente, en el sentido de que todos debemos considerarnos próximos al juicio en razón de la muerte, que puede sobrevenir en cualquier momento, resultando siempre sorpresiva e inesperada para las expectativas e ilusiones humanas. La pedagogía de Cristo en el Evangelio fue siempre alertar sobre el carácter imprevisto que tiene la muerte para cada uno de los hombres: «Necio, esta misma noche morirás. Lo que has juntado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20). Y no sólo respecto de los hombres individuales sino también en un sentido más universal: «Como sucedió en los días de Noé –dijo Jesús–, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos... Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17, 26-27.30). Lo sensato será, pues, pensar que el fin está siempre cerca, para tener aceite en el candil, como las vírgenes prudentes.

Por fin la expresión «vengo pronto» puede ser interpretada literalmente. Porque ese «pronto» de Cristo, un presente justiciero, se cumplió al poco tiempo en la destrucción de Jerusalén, y luego en el derrumbe del Imperio Romano, los dos typos  del fin del siglo, o sea, el término del ciclo. Se cumplió en su primera fase para los contemporáneos del Señor, y se cumplirá quizá en su forma plenaria para nosotros, que pensamos menos en los fines últimos que los primeros cristianos, siendo que estamos más cerca que ellos.

Así que os animo a vivir cada día como si fuera el último, pero no teóricamente, sino ajustando todo nuestro pensar y planificar a esta espera. Es un modo estupendo de vivir con más intensidad y agradecimiento el tiempo que tenemos a disposición, de no distraernos con preocupaciones inútiles, de dar gracias por las cosas pequeñas de cada día, de apostar por el amor de nuestra familia, de vivir con sobriedad y auténtica esperanza, etc. El objetivo no es dejar de planificar a largo plazo, sino no poner el corazón en aquello que no está en el orden del hoy y de la salvación.

Paz y bien.