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27 agosto 2022

Por qué creer en Medjugorje

Creer o no en Medjugorje es algo personal. No es obligatorio y no es necesario para salvarse. Yo creo y veo que me ayuda a ser mejor cristiano y que propone un mensaje incompatible con la obra del mal y muy sano a nivel espiritual y ascético. Quien prefiere ser escéptico puede serlo, está en su derecho y ya pasó con Fátima, Lourdes, Salette y desde luego en el mismo calvario. Siempre hay quien se resiste a creer a pesar de toda evidencia y luego es demasiado tarde. Y sino, informaros de lo que pasó en las apariciones trágicas de Nuestra Señora de Kibeho, aprobadas en 2001.

Para los más dudosos y que no han podido tener un buen testimonio personal sobre ese lugar, la paz que se respira allí, la oración que se vive de verdad o simplemente han ido de vacaciones más que de peregrinación, quiero dejar unos datos que pueden ayudar.

Lo más importante no debería ser si la Virgen María se aparece allí o si se puede ir a ver milagros del sol en el cielo o perfumes especiales. De todo eso hay mucho, pero no es lo importante a buscar, sino atender a los grandes, buenos e indiscutibles frutos de ese lugar.

La Iglesia suele dejar la aprobación de estas manifestaciones al obispo del lugar, pero en este caso, pro la repercusión que ha tenido, lo terminó por asumir la propia Santa Sede (esto hace que vaya más despacio aún, claro) y hasta la fecha no sólo no ha manifestado una “no sobrenaturalidad”, sino que sigue estudiando y apoyando la evolución de este fenómeno.

¿Qué sabemos de Medjugorje?

  1. Se han aprobado las primeras 7 apariciones, por lo que la aparición de la Virgen en Medjugorje queda ya oficiosamente aprobada, en realidad. Y con ella la cordura y normalidad de los videntes, los primeros mensajes de la Virgen y de los ángeles. Hay más de 22.000 mensajes y en ninguno hay nada contra la fe (si buscamos en las fuentes oficiales y no en los blogs de internet).
  2. Se han dado una enorme cantidad de vocaciones religiosas: más de 610 registradas hasta 2017.
  3. Peregrinaciones de más de 80 países, con más de 2.500.000 de peregrinos al año
  4. La cantidad de adoraciones y comuniones dadas es enorme: más de 37 millones (y muchos no comulgan en los oficios pero están allí).
  5. Cientos de milagros y manifestaciones sobrenaturales, tanto que algunas veces los peregrinos ni hacen caso al sol que se mueve o cambia de tamaño, pues se centran en los actos religiosos.
  6. El dato más importante son las quilométricas colas para confesarse, durante horas y horas continuadas, con fenómenos exorcistados y sanaciones.

Pero además hay muchísimas obras de caridad en ese lugar, más de 30 comunidades y asociaciones caritativas. Sólo la “Casa de Retiros Domus Pacis”, casa de Ejercicios Espirituales en silencio, han pasado más de 1200 grupos, con más de 42.000 personas.

Se dan muchísimas conversiones. Destacan más las de los famosos porque impactan en las noticias, como Tamara Falcó, Roberto Mancini, Jim Caviezel, Andrea Bocelli, Alessandra Amoroso, la influencer Mar Torres, Vallejo-Nágera, la modelo Ania Goldzinowska, la actriz Loretta Young, etc., pero son muchísimas más, con muchos matrimonios que han sanado, patologías y adiciones controladas y muchas vocaciones religiosas recuperadas. Sólo hay que leer los libros y los testimonios.

Y por todo esto, y más cosas seguramente, el Papa Francisco nombró un delegado suyo como enviado especial, Mons. Henryk Hoser, arzobispo de Varsovia-Praga en Polonia, quien ha dicho claramente que:

“El culto a Medjugorje está autorizado. No está prohibido y no debe tener lugar a escondidas. Mi misión consiste precisamente en analizar la situación pastoral y en proponer mejoras”.

Y además reveló que la Comisión para el análisis de las apariciones de Medjugorje, que Benedicto XVI había confiado al cardenal Camillo Ruini, habría dado una opinión favorable.

Pero hay más.

En el Festival Internacional de Jóvenes de Medjugorje de este verano 2022, se han reunido como cada año más de 50.000 jóvenes, pero por primera vez, el cardenal Juan José Omella, presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), presidió la Eucaristía de apertura con 483 sacerdotes concelebrando. Es algo MUY significativo.


El Papa Francisco
también hace poco consagró a Rusia y Ucrania a la Virgen y, por si alguien no lo sabe, invitó a invocar a la Reina de la Paz para que “extienda su manto sobre nosotros” y otorgue la paz. La Virgen de la Paz es la Virgen de Medjugorje.

La Iglesia no obliga a creer, lo que hay que ver es la cantidad de conversiones y oraciones que se dan allí, así como el mensaje tan potente y necesario que brota de Medjugorje: oración (especialmente el santo rosario), sacramentos (sobre todo confesión y Eucaristía), respeto y oración para los sacerdotes (sin críticas), ayuno de dos días a la semana a pan y agua, lectura de la Biblia, vivencia de la paz y la oración como principal motor de cambio social, confianza en Jesucristo.

Esto implica una conversión que pasa por una revisión personal importante y, en mi opinión, a muchos les echa para atrás precisamente el esfuerzo que apunta a revisar la propia vida y querer aceptar la necesariedad de cambiar conductas, hábitos y creencias para ser realmente un enamorado de María y de Jesús. Creo que muchas veces nos detiene el miedo al esfuerzo de morir a nosotros mismos y cambiar, que es lo que le pasó en realidad al joven rico (Mc 10,22). Porque no se trata de cumplir un buen papel, sino de ser puros y santos en el amor a Dios y eso no se consigue sólo con ilusiones de religiosidad. Eso es lo que les pasó a las vírgenes de la parábola, cuando querían entrar en el reino de los cielos y a las que Dios contesta “no os conozco” (Mt 25, 11-12).

Cuanto antes aceptemos la inevitable necesariedad de renunciar a ser de este mundo, a sus gustos idolátricos y cómodos, a sus falsas necesidades que vician y trastornan, al apego a la ciencia autónoma y omnipotente, como si no tuviera que ver con Dios y no fuera también ella un don, antes podremos empezar a ser humildes, reconstruir nuestra vida desde la mirada de Dios y no desde nuestras aspiraciones torcidas.

Vive el mensaje de Medjugorje, déjate abrazar por Dios sin resistirte a su búsqueda sólo porque no viene de donde tú crees o esperas y verás que será más fácil esa purificación que necesitamos todos para entrar en su santa presencia.

Paz y bien.


Fuentes:

https://twitter.com/Pontifex_es/status/1500086223242547200

https://www.religionenlibertad.com/blog/56906/habla-enviado-del-papa-medjugorje.html

https://centromedjugorje.org/destacados/ha-autorizado-culto-oficial-medjugorje-habla-enviado-del-papa/

 

07 octubre 2021

¡Basta de vivir con miedo y con comodidad!

En un día como hoy no podemos olvidar el triunfo de los cristianos en la batalla naval de Lepanto el 7 de octubre de 1571, justo hace 450 años y tras la que se estableció la fiesta de la Virgen de las Victorias. Durante el pontificado del Papa San Pío V, los musulmanes amenazaron con extender su zona de influencia en Europa más allá de la península hispánica y, de esa manera, acabar con la religión católica. Incluso amenazaron con convertir la Basílica de San Pedro en una caballeriza. Había miedo, pero el Papa San Pío V en medio de una lucha entre la amenaza del protestantismo por un lado y la de la expansión de los otomanos por el otro, pidió ayuda del rey Felipe II de España y, tras algunas negociaciones, se fundó la Liga Santa el 25 de mayo de 1571 (conformada por españoles, territorios que actualmente componen Italia y la Orden de Malta). La batalla ocurrió en el sitio conocido como “Ejinades” en el golfo de Patras, que en la edad media se llamaba golfo de Lepanto (actual Grecia). El Papa pidió a los combatientes que se confesaran, comulgaran y rezaran con fervor el Santo Rosario. Aunque parecía inicialmente que los musulmanes, superiores en número, ganarían la batalla, milagrosamente las condiciones climáticas cambiaron y los cristianos se llevaron la victoria.


Hoy en día necesitamos recobrar la fuerza de la fe de los hijos de Dios que luchan por la verdad y que no sólo esperan que sea conocida. Tampoco podemos seguir aplicando un falso y cómodo criterio de laxa misericordia, ya que la Misericordia de Dios es también justicia que purifica y que nos devuelve a la cruz, único camino de salvación. Ya que muchos sacerdotes han abandonado el espíritu de lucha profética y pastoral, acomodándose con una triste condescendencia a las reglas de este mundo, es preciso que los laicos, por lo menos los que podamos, despertemos, pues somos más que los sacerdotes y es preciso salir a la batalla con las mismas condiciones a las que ese Papa decidido por esa esencial y absoluta Verdad que se nos dio de lo alto, propuesto a los combatientes de Lepanto: volvamos a vivir con fuerza, tesón, temor de Dios y confianza la Santa Misa, volvamos a la confesión asidua y profunda empujada por un ardiente deseo de santidad diaria, la que cuesta y no deja cómodos ni indiferentes, y sobre todo volvamos a la oración del Santo Rosario diario para la conversión del mundo, pieza clave para la recuperación de la humanidad y la evitación del desgarro eclesial. El sínodo en Alemania ha empezado pidiendo que se reconozca la mera simbología en la Eucaristía dejando atrás “el mito” de la transustanciación. Pues si en estas estamos, vivimos tiempos mucho más necesitados que los de Lepanto. Así que te invito a que cojas el rosario y empieces a tirar de él cada día y en familia, a que busques la Verdad en cada cosa que haces y a vivirlo todo con el profundo conocimiento de que Dios está a tu lado para ayudarte, pero también de que se te pedirá cuentas de las gracias que tuviste al alcance y no empleaste.

Cuando en el Padrenuestro decimos “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” podemos observar que no es correcta esa traducción. En latín se dice claramente “dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris”, donde los “debita” no son ofensas, sino “deudas”. No podemos quedarnos con la idea de inocencia suficiente por no ofender a Dios, pues aunque no ofendamos a Dios, siempre tendremos “deudas”. La gracia de Dios es gratis para nosotros, pero no es barata, ha costado la sangre del Hijo de Dios y esto interpela a cada uno de nosotros. Nos debemos a Cristo y nos debemos a los demás, pero en la Verdad. No asumir nuestro camino de santidad es una deuda hacia Dios que pesará en nuestro juicio.

¡Basta de vivir con miedo y con comodidad! La vida del cristiano es dura porque ama desde la cruz. Si el mundo evita el dolor y la incomodidad, nosotros debemos ir contracorriente y eso implica un agotamiento que sólo conocen los que lo intentan. Ese agotamiento que te hace más conocedor de tus limitaciones y de la necesidad de alimentarte espiritualmente de lo que importa, aunque implique quitarte de otras cosas que pueden ser necesarias, pero que no son importantes. Poner a Dios en el centro de nuestra vida no puede ser una muletilla familiar, sino una agenda diaria. Si amas y no te duele, es que no amas de verdad y si no te duele nada no apreciarás ni la confesión ni la Eucaristía ni el Rosario. El ayuno te parecerá una estupidez innecesaria (aunque la Virgen lleve pidiéndolo hace siglos y la ignoramos) y cubrirás de capas tu “yo” haciéndote opaco a la verdadera y profunda acción del Espíritu Santo. Si realmente nos pusiéramos manos a la obra, estaríamos viendo milagros cada día, no condenas morales y discusiones estúpidas a cada paso que damos.

Os animo a levantaros cada día con este espíritu. Yo no logro lo que quiero, pero eso se lo dejo a Dios. Nos eremos los santos que deseamos, sino los santos que Dios quiere. Lo nuestro es esforzarnos en cada instante. Pero de verdad y con prisa, porque al demonio le queda poco tiempo y está haciendo estragos ya que no estamos respondiendo como auténticos hijos de Dios.

La situación que vivimos es un claro llamado de Dios a la conversión, pero seguimos sin devolver la mirada a Dios. Y no me refiero con ir a misa y cumplir, sino con el trabajo personal de que cada día le vivamos con más santidad y fuerza. Porque como dijo Jesús: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme” (Mateo 16,24; Mc 8,34; Lc 9,23). Pues no nos olvidemos el primer paso: negarnos a nosotros mismos. Creo que la mayoría nos saltamos el primero, pretendemos escoger la cruz según gustos y nos complacemos de haber cumplido pensando que le seguimos. Y mientras morimos espiritualmente por dentro con una religión a la carta faltos del ardor del corazón de Cristo, estériles sin Espíritu Santo (ya apenas se le reza, ni se le reconoce en el día a día) y confundidos con el mundo que por eso nos ama y nos hace sentir tan cómodos.

¿Soy duro? Sí, puede, soy así. Pero digo la verdad que muchos necesitan escuchar esperando que abran los ojos y decidan cambiar de vida. Porque el que vive voluntariamente la vida de este mundo al margen de Dios me da pena, pero quien renuncia a esa vida por amor a Dios, pero termina viviendo prácticamente del mismo modo me da doble pena y dolor, pues pierde el gozo temporal del mundo y la carne y además arriesga la vida eterna.

Así que dejémonos de ofensas sensibleras y críticas técnicas fraternales y descendamos a la conversión profunda del corazón.

PD. Si piensas hacer un cambio radical, aconsejo la mano de María. No creo que a estas alturas se pueda hacer algo decente sin ella.  

Fuentes:

https://www.aciprensa.com/noticias/por-que-el-tercer-rosario-mundial-conmemora-los-450-anos-de-la-batalla-de-lepanto-30725

https://linguim.com/es/la/padre-nuestro-latin.html

 

24 marzo 2020

Del virus al abandono

Qué difícil es saber qué sentido tiene el momento que vivimos. Se necesita una vista muy espiritual y de águila a la vez, pero es necesaria para no perderse. Porque los pasos nos llevan uno tras otro a un lugar y si miramos tanto nuestros pasos, podemos perder de vista a dónde tenemos que ir.


¿Qué está pasando ahora con tanto virus? ¿Es posible que un ser que ni está vivo ni está muerto, un ser tibio ontológicamente, nos ponga a todos en jaque? Los científicos y los incultos, los ricos y los pobres, los ateos y los cristianos más piadosos se ven desbordados por lo que sucede. Qué difícil es mantener el rumbo en el centro…

Y personalmente sé lo que es, porque cuando el centro de salud me confirmó que estaba infectado me costó, cuando vi empezar a toser a mi mujer más aún y cuando a mi hija, la que tiene problemas asmáticos y respiratorios y un tratamiento en hospital por alergias que añade a sus continuos corticoides, se me congeló la respiración unos segundos. Y eso que tengo a mis padres de riesgo altísimo confinados en su casa.

¿Qué nos pide el Señor?

No soy teólogo ni profeta, sin embargo por lo que me ha pasado en mí vida el Señor me ha devuelto esta pregunta una y otra vez: ¿qué sentido tiene que esté pasando por esto? Y cada vez me he dado cuenta de que el error más frecuente era agarrarme a lo que entendía por mis propias fuerzas, razonar alrededor de hipótesis y prejuicios o llegar a conclusiones dudosas, pero que pensaba que me favorecerían, de algún modo. Y así llegué a desarrollar de la mano del prof. Leonardo Polo y mi vida familiar, la psicología del abandono, un estilo terapéutico muy potente ante Dios.

En muy pocas palabras os resumo que consiste en fijar la mirada en los momentos principales de nuestra vida, releerlos desde la perspectiva de la salvación y no desde la nuestra, que hemos desarrollado pasito a pasito sin saber realmente cuál era el final. Porque nuestra perspectiva habrá generado, ya desde una temprana edad, un enfoque basado en la superación, la excelencia (por lo menos en el futuro), la satisfacción de nuestras necesidades más básicas, sobre todo la de sentirnos únicos, queridos por lo que somos, alagados por cuantos más mejor y vivir con la regla del máximo resultado por el mínimo esfuerzo.

Tardé años en darme cuenta que ese viento no empujaba los pasos desde el espíritu de Dios, pero ¿acaso me he preguntado qué quería Dios en cada paso? Yo no. Así que lo que toca es revisar ese camino andado, leer lo que nos falta y aceptar el que queda desde la mirada de Dios.
Claro que esto el mundo no suele hacerlo por lo que ahora nos hemos encontrado en una situación de las que merece la pena pararnos a pensar. Y ahora que tenemos forzosamente tiempo os cuento como lo haría si el mundo fuera mi paciente.

Creo firmemente que el Señor se ha cansado de esperar a que miremos al cielo o que nos preguntemos si le necesitamos o no. La humanidad, aunque con sus altos y bajos, se ha distanciado cada vez más de Dios pasando de ignorarle a despreciarle, para luego pasar a perseguirle y finalmente a sustituirse a Él. Y ya cansado de ver un mundo que le desprecia con tal soberbia, pero igual de enamorado de nosotros que en tiempos de Egipto, toma nuevamente la iniciativa que más necesitamos para despertar.

Con este virus podemos ver cómo ahora nos pide sobre todo las dos cosas que le regaló la Virgen María: silencio y obediencia. Nos pide silencio para hablarnos él y poder cambiar nuestro corazón, para transformarlo. Nos está desapegando de todo lo que no es Él y se ha enredado en nuestro interior ocupando sigilosamente Su lugar, esto es, el amor a las comidas, a los domingos en restaurantes, noches en los gimnasios, cines y películas por la noche, pero también un exceso de dedicación al trabajo, el exceso de aprecio por la salud o a nuestra seguridad. Lo pensamos tener todo, pero no tenemos nada más que humo. Miramos nuestros pasitos y hemos perdido de vista la meta de todo.

Muchos, incluso devotos católicos, se han aferrado a cosas mundanas que hay que aprender a soltar, pero que no sabemos ni por dónde empezar. Y es que a veces cuando no queremos dejar atrás a algo, somos unos campeones en justificar todas sus bondades, hasta hacerlo necesario, bueno e incluso imprescindible. “Necesito correr”, “necesito mi coche”, “necesito mis horas en el gimnasio”, etc. Pero realmente, imprescindible, importante y bueno, sólo lo es el amor de Dios. Por no hablar de la rutina litúrgica que brilla por su hastío o capricho sacramental. Nos hemos acostumbrado a la seguridad de la misa, de la confesión, de la oración vocal, etc. y elegimos dónde y cuándo confesarnos, con quién y dónde celebrar misa... nos gusta más un cura porque salta la homilía o uno que canta todo y ameniza la misa. O buscamos la misa que nos venga bien para mantener nuestros planes de fin de semana. Incluso podríamos irnos a adoración nocturna para sabernos santos. Y es que la humildad es la única virtud que se destroza con actos buenos. Y cuando rezamos el ángelus o el rosario, ya ni nos damos cuenta de la velocidad y la superficialidad con la que lo rezamos. Las oraciones conclusivas son repetidas sin sentido, sonidos vacíos de amor. Quizás estemos en un punto clave para entender esa respuesta de Jesús “pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

Pues creo que el Señor nos está poniendo delante de lo que realmente necesitamos y son dos cosas: pararnos y callarnos. Ahora tenemos que confiar en él en todo y abrazar la profundidad del valor de cada acto sencillo en el hogar, que es donde se debe de encontrar a Dios primero. El Señor nos quita lo que pensábamos que era importante y nos devuelve al centro de la cuestión: el encuentro con él. Ahora somos como ese niño agitado que está teniendo una crisis nerviosa y empieza a hablar y a moverse sin control y el padre le tiene que agarrar, zarandear y decirle “cálmate, calla y escucha: ¿no soy yo lo único que necesitas?”

Así que aprovechemos este tiempo de constricción, de silencio, de bloqueo y renuncia. Aprendamos a abandonarnos a lo que nos pide vivir el Señor, preguntémonos qué quiere Dios de mí. Aprendamos a dar gracias por lo que nos manda. Incluso la muerte puede ser nuestra hermana si entendemos que ella también está en manos de Dios y que nada se le escapa al Dios de la vida. Porque sólo tenemos esta vida para hacer méritos de amor, para los "esprines" de entrega, para esforzarnos y demostrarle a Dios cuánto de verdad le queremos, para ponerlo al centro de todo nuestro mundo interno y externo. Como decía madre Teresa, “ama hasta que te duela” no hasta cumplir. Porque los cristianos hemos venido amando a los demás por la ley del mínimo esfuerzo, hemos dado el testimonio equivocado al mundo. La prueba es que el mundo no se convierte y va a peor. Hay muchas cosas buenas y algunas santas, pero no han evidenciado que nosotros, los cristianos, pusiéramos en juego nuestro corazón empapado de Dios. Todos necesitamos este virus, por eso Dios lo ha permitido, pero hay que aceptar su sentido, porque ese está en manos de Dios y determinará el éxito de nuestra lucha por volver a la salud.

Así que hagamos silencio, recemos todo lo posible, ayunemos varios días por semana, desgastemos el rosario desgranando cada ave maría lentamente y con amor, impliquémonos en el plan de Dios desde el silencio y acojamos el corazón de carne que nos quiere dar el Señor. Con ese corazón amaremos de verdad y el mundo cambiará porque le mirarán a él y eso lo reordena todo, la sana todo y lo eleva a lo divino.

Que podamos terminar esta Cuaresma con un corazón realmente renovado, despojado de lo innecesario y enamorado de la Pascua que Dios quiere hacer en nosotros.

Paz y bien



04 septiembre 2017

Relativizando el placer sexual

En un artículo interesante de Aleteia titulado “Deseo sexual: ¿cuándo es ordenado y cuándo desordenado?” se trata un tema muy interesante para cualquier católico casado, pero delicado porque vincula el placer sexual con la santidad y lo fundamenta en Adán y Eva.

Sin embargo hay que recordar que la unión sexual es "un camino de crecimiento" y nunca un fin en sí mismo. El placer es funcional para la unión y la fecundidad, pero nunca debe de ser el principal objetivo. Es normal querer buscar estar a gusto en la relación sexual, pero obsesionarse con ella, o hacerla central para la espiritualidad cristiana, es un grave error entre muchos cristianos.

Es falso es decir que Adán, al ver a Eva, "sintió deseo sexual por ella". No viene en ninguna parte. Lo que no tenían era vergüenza, pero no se dice nada al respecto de la excitación. De hecho si se estudia este aspecto con más profundidad lo que destaca de la frase de Adán «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón» (Gn 2,23) no es excitación por lo físico, sino contemplación al ver una imagen de Dios en la que pueda haber donación de amor (entrega personal) según una misma naturaleza (algo que no se puede dar con un animal porque no es persona). Adán se relacionaba con Dios de forma transparente y perfecta, pero en las relaciones de orden animal no encontraba un amor donal. Al ver a Eva encuentra el modo de encarnar su amor, pero no estaba pensando en relaciones sexuales, sino en un tipo de relación humana ajustada a su naturaleza.

De hecho, el deseo sexual, tal como lo conocemos, es más propio de después del pecado y de cómo sería antes no tenemos idea alguna y podría perfectamente no haber relaciones puesto que los cuerpos eran totalmente diferentes y vestidos de luz (algo más parecido al cuerpo glorioso que al cuerpo que conocemos ahora). No hay ninguna manzana en el Génesis y ésta no tiene nada que ver con la tentación. Los frutos de los árboles del paraíso representan los dones de Dios (todos buenos) y el que no debían de tomar Adán y Eva no era por ser prohibido eternamente, sino hasta que Dios lo hubiera querido dar, pues malo no podía ser. Nunca dice Dios que de ese árbol no tomarían, sino que de que ello no debían de tomar, que es muy distinto. El pecado consistió sobre todo en tomarlo a voluntad, sin confianza en la espera de los tiempos de Dios y sus designios. Fue una prueba de confianza cuyo fallo desencadenó una ruptura que afectó a toda la humanidad y que modificó no sólo la concupiscencia, sino toda la naturaleza humana (cuerpo y alma), oscureciéndonos la visión del rostro de Dios y su presencia a su Creador hasta la llegada de Cristo y María, los nuevos Adán y Eva. Y aún queda por restaurar todas las cosas definitivamente, algo que se dará tras el final de los tiempos en la nueva Jerusalén que “descenderá del cielo” para ser “morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,2-3).

La única forma de vivir el matrimonio bien, sobre todo en la dimensión de la unión sexual, es trabajar cada día en morir a nosotros mismos en pro del cónyuge primero y de los hijos después.[1] Sólo uno que se olvida de sí mismo y carga con esa tremenda cruz de dejar la búsqueda de su satisfacción, sus gustos, sus pasatiempos, hobbies, comodidades y gustos, puede atreverse a seguir seriamente a Cristo en el sacramento de la esponsalidad del matrimonio. Ese camino es camino de santificación, martirio diario y entrega total. Entonces sí que los actos sexuales serán signos sacramentales de la presencia de Dios y de su inhabitación trinitaria en los esposos como una sola carne, pero no por buscar el placer a primeras como bueno.

Buscar esta ascética trinitaria propia del sacramento matrimonial no tiene nada que ver con buscar la forma de cuadrar nuestro deseo de sexo y placer. Así que el placer no es malo, pero es muy fácil tratar de darle vueltas para ponerlo en el centro de la espiritualidad, por eso el árbol de los frutos prohibidos estaba en el centro del jardín (Gn 3,3), pues en el centro sólo debe de estar Dios.

Paz y bien

- - -  PD.

Un gran amigo sacerdote y muy bien formado me ha preguntado que "por qué hay que decir que Adán no sintió atracción sexual por Eva si lo que dice el Génesis es que estaban desnudos, pero no se avergonzaban el uno del otro", diciendo que "es verdad que quizá no es la expresión más feliz, pero tampoco se puede negar rotundamente. Puede afirmarse que Adán experimentó la atracción por su semejante, las fascinación ante la belleza de la mujer, pero no la deseó como objeto sexual o fuente de placer".

Espero que mi respuesta pueda ayudar a matizar un poco más mi enfoque:

"Porque al ver por primera vez a una persona que encarnara la imagen trinitaria y con quien pudiera relacionarse al mismo nivel natural (de naturaleza) y decir que el primer entusiasmo fue por excitación sexual es en mi opinión enfocar el asunto desde nuestro modo de entender la sexualidad ahora, no desde una antropología perfecta original y pensada por Dios. Tampoco la desnudez hace referencia a una desnudez de ropa, pero así se entiende. Si Dios ha vestido con tanta elegancia a la naturaleza animal y vegetal, ¿no daría mayor vestimenta a su obra maestra que era semejante a la Trinidad? Claro que sí. Pero la vestimenta de Adán y Eva existía y seguramente sería de luz y esplendor proporcionada a su belleza. Por el pecado se perdió mucho más que el orden del apetito sensitivo. Esa exaltación (y lo enseña Juan Pablo II si se lee bien) hace referencia al ver Adán un semejante, no a una "tía buena" (y esto lo he escuchado en homilías).

Fascinación ante una belleza dada por el atractivo varón-mujer y no sólo por una que hubiese podido darse con otro varón (en calidad de "otra persona" sin la distinción propia de varón-mujer), la habría seguramente, pero es un concepto que está tremendamente mal entendido. Estoy seguro de que si viera en persona a la Virgen María la vería igualmente bella, pero no se me ocurriría atribuirlo a sus rasgos sensuales, que es lo que se atribuye a ese pasaje del Génesis"







[1] Cfr: https://diegocazzola.blogspot.com.es/2017/08/la-santidad-en-el-matrimonio-y-la-familia.html

01 septiembre 2017

Sexo y sexualidad. Dos conceptos que no debemos de confundir.

El siguiente artículo[1] aunque se escriba desde un enfoque puramente cognitivo-conductual (la lacra de la psicología católica hoy en día) es interesante, pero la reflexión y los matices que os propongo a partir de éste creo que pueden iluminar algo que sigue oscurecido.

Me gustaría empezar por matizar que el concepto que utiliza de sexualidad no es el concepto integral católico. La sexualidad correctamente entendida, es el modo de manifestarse como varón o mujer y que envuelve a toda la persona, no sólo la dimensión erótico-afectiva (y menos aún en su reducida dimensión corporal). La sexualidad, así entendida, no es una mera “parte” de nuestra vida ya que en la persona humana, al ser corporal, todo se expresa de forma sexualizada. La sexualidad interviene siempre: cuando pensamos, abrazamos, damos un apretón de manos, cuando observamos a alguien, nos vestimos, escuchamos a un amigo, etc. Todo lo hacemos como varón o como mujer (aunque ahora esté de moda abandonar la línea divisoria y remezclarlo todo).
Evidentemente el problema no es de Elena, que ha escrito unas magníficas reflexiones sobre las influencias de la alteración psíquica ordinaria (ansiedad y estrés) en la relación sexual, sino en que no existe aún vocabulario que distinga todos estos conceptos adecuadamente.

En este sentido Elena no está hablando de la sexualidad, sino de la influencia de la ansiedad y el estrés en el acto sexual más íntimo (que deberíamos poder llamar conyugal). Por eso se centra en las alteraciones del deseo sexual, la excitación y el orgasmo. Pero hay que entender que correctamente la sexualidad es la dimensión más propia del ser humano, no sólo una conducta limitada a la relación intima del placer.

Finalmente me gustaría aportar una idea.

Muchos de los problemas sexuales de hoy en día se deben a que el acto sexual está cada vez más desvinculado del amor a la persona con el que se comparte y a una expresión de donación total mutua de los implicados. Al no ser la donación esponsal y personal el centro, la atención se enfoca más en el éxito de la conducta: conseguir más placer, ejecutar bien el acto sexual, la satisfacción sensible del momento, dar la talla, etc. Esto incrementa los problemas porque si importara más el amor, no adquiriría tanta relevancia el placer físico o el dar la talla. En las relaciones sexuales matrimoniales a veces se llega a un orgasmo mejor, otra no tanto; a veces se llega juntos, muchas otras veces no; a veces hay mayor frecuencia en el acto sexual, otras menos, pero siempre hay la tranquilidad de saberse amado por el otro por quienes somos, no por el desempeño sexual en la cama. Por eso, un matrimonio bien vivido facilita el descanso sexual que elimina la vergüenza, el miedo, los complejos y mucho más.

El único fallo por lo tanto que le encuentro al enfoque del artículo, es en el consejo final.

Si se sufre de problemas sexuales, lo primero que hay que ver es si se están viviendo de forma ordenada. Es preciso revisar con sinceridad si el corazón está puesto en el acto sexual o en la persona, si la donación es plena (posible sólo en un acto matrimonial basado en una amor fiel, total, voluntario, fecundo, sincero y libre) o si se ha transformado (como ocurre a menudo hoy en día) en un instrumento de placer mutuo o individual (ambos están mal).

Y la guinda del pastel es recordar lo siguiente: todo acto sexual recuerda un deseo de ser amado y aceptado incondicionalmente. Al ser corporales y al ser lo sensitivo tan presente, la excitación sexual llama mucho la atención, pero centrarse en ella sin darse cuenta del alcance de su origen y de su fin (que es trascendental), sólo acrecienta ese deseo generándose en nuestro interior un vacío cada vez mayor que deteriora todo nuestro estado psicológico, espiritual y, por lo tanto, social.

Así que si tienes problemas con tu mujer, habla con ella, no con un profesional, trata de amarla de verdad, estar en paz con Dios y la ley moral y verás como todo empezará a enderezarse y puede que encuentres no sólo el placer, sino la paz interior.

Paz y bien.





[1]  Del blog de La Consulta Doctor Carlos Chiclana escrito por #DraElenaSerrano. "Ansiedad y sexualidad" http://abcblogs.abc.es/sexo-salud/2017/08/31/ansiedad-y-sexualidad-conversan/#.WafTeoS2GuI.facebook

27 agosto 2017

¿Está bien querer ser sexy?

En pocos días de playa en Benidorm y ya estaba cansado de buscar algún lugar donde mirar en el que no haya pechos al aire o biquinis con más de 3 cm de superficie. Parece que las mujeres ya no quieran ser sexys para conquistar o llamar la atención, sino que ahora sea un estándar de vestirse.
Observo que la mayoría de las mujeres tratan de vestir tratando de excitar a los hombres. Y no sólo las jóvenes, sino las más mayores y las niñas también. Los “pantalones” demasiado cortos, los sujetadores a la vista, los biquinis que parecen sujetadores o con transparencias que dejan poco a la sugerencia.

Me he preguntado si está bien tratar de estar así de sexy en general y comparto mi reflexión que a algunos puede parecer exagerada, pero que creo que es muy razonable y que el mundo está oscureciendo esta claridad y la hace opaca a la pureza que es propia del cristiano.

Cada vez veo más claramente que ser sexy no tiene nada que ver con estar guapas, sino con provocar al hombre para que en su excitación, mayor o menor, considere especial a la mujer. No tiene nada que ver con la belleza, sino que es un modo de atraer la atención sobre determinadas partes del cuerpo que deben de estar reservadas a excitar a quien se le haya prometido ese cuerpo y con quien esa unión sea legítima. Exhibir el cuerpo indiscriminadamente es demostrar que nuestra dignidad (que es algo que radica en el interior) está a la venta a cambio de elogios dirigidos sólo a un cuerpo. Impide entender la unicidad de uno mismo y no deja que la intimidad tenga su lugar propio de expresión, que, como ocurre con la intimidad interior, tiene su propia parcela que no es de dominio público.

Desde siempre el mundo ha impuesto un modo de entender la intimidad, la belleza, la fidelidad, y muchos más valores, despersonalizados y reducidos. Sin embargo, a partir del siglo pasado lo hace de una forma más aguda e impositiva despreciando el hecho de que el cuerpo manifiesta lo valioso de nuestro interior y que lo que hacemos con él declara lo que hacemos con lo más profundo de nosotros mismos. Del mismo modo que nuestros pensamientos no los podemos comunicar a cualquier persona ni en cualquier momento, lo que enseñamos excesivamente con nuestro cuerpo desvela o una pobreza interior que no tiene nada que manifestar a nivel físico o un deseo de aceptación y cariño tan grande por el que estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Atención con este último motivo, pues denota, en mi opinión, un vacío interior que por dentro crece como un cáncer y por fuera fracasará exponencialmente. Igual que beber sólo alcohol cuando se tiene sed de verdad, no sirve más que para empeorar la situación, saciar nuestro deseo de aceptación y valía abriendo las puertas indiscriminadamente a los demás, sólo generará un vacío creciente y agobiante.

Los consagrados y todos aquellos que han hecho voto de castidad no muestran mínimamente su cuerpo porque nadie tiene que excitarse con lo que es ya de Dios, es algo que no tendría ningún sentido. En el caso de los esposos, sólo ellos son los destinatarios mutuos de una posible excitación, pero nadie más y en privado. Porque no da igual ser pudoroso y respetuoso que no serlo. Es una cuestión personal y social y no una mera conducta social. Claro está que parto del hecho de que existe una verdad, una moral y un sentido de todo.

En el ámbito cristiano también se observa una falta de pudor y de respeto por la intimidad que me llama mucho la atención. Sólo hace falta ver cómo vamos a una boda o a la misa dominical, pero, en mi opinión incluso en la playa debemos de observar ese respeto esponsal. Para decirlo de un modo muy sencillo: si una mujer no se pasearía por la calle en ropa interior, ¿por qué en la playa parece que sí pueda mostrar lo mismo? Sin embargo, observo un razonamiento al revés: ¿si en la playa puedo mostrarlo todo, por qué no fuera de la playa? Pero el origen de la cuestión está en el sentido de todo y en su origen. El sentido de la persona es el amor y por lo tanto, el del cuerpo es la expresión de ese amor. Su origen es la dignidad humana, que no puede ser reducida o aniquilada separando el cuerpo de la fuente de su valor espiritual interior. Es una cuestión de coherencia con nuestra estructura antropológica que no podemos saltarnos a la ligera sin desgastar el significado más profundo de nuestra intimidad.

El peligro para los cristianos, además, presenta más inconvenientes.

El primero es que la falta de pudor, en sus diferentes grados, es signo visible y proporcional de la ausencia del Señor en sus vidas y en sus cuerpos, es decir, en sus personas y en su matrimonio. Por eso Adán y Eva se sintieron desnudos y avergonzados ante su pecado, porque su alma se oscureció y su cuerpo acogió esa vergüenza en su expresión.

El segundo inconveniente es que, si son padres, estarán enseñando a sus hijas e hijos desde edades muy tempranas que su valor no depende de “quienes son”, sino de “cuánto” excitan, perturbando su sensibilidad y su inocencia, por no hablar de sus gustos y modos de expresarse. Como siempre hay grados, pero lo más difícil de los grados es percatarse de los cambios, especialmente cuando acontecen de forma paulatina. Lo mejor es enseñarles un máximo respeto por su cuerpo, pero no un respeto basado en lo que se ve desde los ojos del adulto, sino en lo que deben de aprender a ver sus ojos en lo que su cuerpo expresa, para que vean reflejada su intimidad en su corporeidad.

Personalmente creo que un buen criterio con respecto al pudor nos lo puede dar la Virgen María, maestra de pureza. Sólo hay que preguntarse si de estar presente estaría orgullosa o si ella vestiría así. Porque la pureza y el pudor no son algo sólo para los consagrados o los santos canonizados, sino para cualquiera que haya entendido que somos templo del Espíritu Santo y que quiera vivir con su cuerpo la misma profundidad de entrega a Dios que lleva en su alma.

En conclusión.

No es cuestión de ser puritanos extremos que no van a la playa o que no sepan arreglarse para estar presentables e incluso bellos, sino de ser cristianos conscientes del significado de su cuerpo y capaces de asignarle su valor esponsal y educar en ello. Mi consejo es que no tratemos de ser sexys, sino de que nuestro cuerpo muestre lo mucho que amamos a Dios y lo suyos que somos en todo momento. Porque lo más importante no es lo que los demás piensen de nosotros, sino el ejemplo de nuestro amor por Dios que vivimos en la vocación que tengamos.


Paz y bien.



21 junio 2017

Charla conclusiva sobre "cómo vivir en familia el Corazón de Jesús" dada por el sacerdote católico de Murcia don Francisco José Parra Moreo el 17 de junio de 2017 para el grupo de oración de la Espiritualidad de la Sagrada Familia.

La charla en audio: https://youtu.be/XnI3aLoWJL8

La imagen del Corazón de Cristo y su mensaje de Misericordia, se presentan en el inicio del Tercer Milenio como auténtica profecía y terapia providencial. En esta cultura laicista en la que algunos afirman no tener más religión que el hombre, paradójicamente, somos testigos de tantas carencias afectivas, heridas necesitadas de sanación, desequilibrios psicológicos, dramas interiores... Me impresionaron mucho unas palabras pronunciadas por el cardenal de Viena, Mons. Christoph Schönborn, en el contexto del Congreso de la Divina Misericordia realizado en Roma: "cuando los agnósticos enarbolan al hombre como bandera frente al sentido religioso de la vida, hagámosles ver la radical necesidad que éste tiene de misericordia".

La experiencia nos está demostrando que la línea divisoria entre la presunción y la desesperación es prácticamente inexistente. Cuanto más reivindicamos la autonomía del hombre frente al hecho religioso, más fácilmente caemos en el vacío interior, que nos conduce a la inevitable falta de autoestima. El paso de la jactancia y de la soberbia profesada en público, a la desesperación y al autodesprecio confesado en privado, es muy fácil y, de hecho, se da con mucha frecuencia.

En nuestros días, no son pocos los que han aprendido a aceptarse, a valorarse y a amarse a sí mismos, desde la experiencia del amor incondicional de Dios hacia cada uno de nosotros. ¿Si Dios me quiere, quien soy yo para despreciarme?

Con frecuencia, nos hacemos una imagen de Dios fría e insensible hacia la suerte del hombre. Nos cuesta creer que nosotros seamos algo importante para Él. Si dejamos de lado la revelación bíblica, estamos condenados a referirnos a Dios en términos impersonales como si se tratase de una energía cósmica y con una inevitable sensación de lejanía. Si Dios está tan distante y es tan distinto a nosotros, ¿en qué le puede afectar nuestra vida: nuestros aciertos y nuestros pecados; nuestras alegrías y nuestros sufrimientos?

En la encíclica Spe Salvi, el Papa nos recuerda una preciosa cita de San Bernardo de Claraval: "Dios no puede padecer, pero puede compadecer". El Dios infinito y omnipotente, en palabras de Benedicto XVI, se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios (Spe Salvi, n. 39).

En el lenguaje bíblico se da una equivalencia entre los términos corazón y entrañas. El corazón (leb, kardia) es sinónimo de útero (rahamin, splanchana); de manera que cuando confesamos el amor de Dios en la imagen del Corazón de Jesús, en el fondo, estamos manifestando nuestra fe en que el amor de Dios nos gesta a una vida nueva. El Corazón de Cristo es la imagen del amor materno de Dios que, en su potencia regenerativa, nos sana, nos rescata, nos rehace, nos perdona. Por ello, no nos cansaremos de confesar: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

La consagración al Corazón de Jesús de nuestras familias, de nuestras casas, de nuestros quehaceres es algo grande y muy importante. Por este acto de consagración, decía el Papa San Juan Pablo II, "los discípulos de Cristo de todos los tiempos están llamados a entregarse por la salvación del mundo" (13 Mayo 1982)Consagrarse significa pues, “entregarse”. El primero que lo hizo por nosotros es Cristo, y "Amor con amor se paga" dice la sabiduría del refrán para expresar que el amor verdadero requiere ser correspondido. 

Cuando el Papa San Juan Pablo II visitó Paray-le-Monial el 5 de octubre de 1986, afirmó la importancia de la Consagración de la Familia en la construcción de la“La civilización del amor” y dijo:
"Gracias al sacramento del matrimonio, en el Pacto con la sabiduría divina, en el Pacto con el infinito amor del Corazón de Cristo, a ustedes las familias se les ha otorgado los medios para desarrollar en cada uno de sus miembros las riquezas de la persona humana y su llamado al amor de Dios y de los hombres. Den la Bienvenida a la presencia del Corazón de Jesús, nosotros buscamos sacar de Él el verdadero amor que nuestras familias necesitan. La unidad de la familia tiene un papel fundamental en la construcción de la civilización del amor" (Discurso del 5 de octubre de 1986).
La respuesta consecuente al amor de Cristo es la entrega total a Él. El Papa Pío XI, en su encíclica Miserentíssimus, dedicada al Corazón de Cristo explicaba que: "Con la Consagración ofrecemos al Corazón de Jesús nuestras personas y todas nuestras cosas, reconociéndolas recibidas de la eterna caridad de Dios”.

Nuestras personas y todo lo nuestro; entre ello, lo más importante, nuestra familia. Decía San Juan Pablo II: A la familia Cristiana además de las oraciones de la mañana y de la noche hay que recomendar explícitamente la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular.” (Familiaris Consortio, n. 61).

El entregar la familia al Corazón de Jesús es considerarle a Él desde ese momento como el Rey de la casa, como el amigo íntimo, al que se ama, con el que se vive y a quien se obedece.

El Señor no se deja ganar en generosidad. Si uno se entrega, Él siempre da más, "el ciento por uno". El Corazón de Jesús promete a las personas que se entreguen a Él: "les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida. Les daré paz a sus familias. Las consolaré en todas sus penas.  Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte. Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas, bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada”.

San Juan Pablo II decía a recién casados: "A vosotros os dirijo la exhortación paternal de que tengáis fija la mirada en el Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones. Aprended de Él las grandes lecciones del amor, bondad, sacrificio y piedad, tan necesarios en todo hogar cristiano. Sacaréis de Él fuerza, serenidad, alegría auténtica y profunda para vuestra vida conyugal. Atraeréis su bendición si su imagen está siempre, además de impresa en vuestras almas, expuesta y honrada entre las paredes domésticas" (Audiencia General 13-VI-1979).

En la consagración del hogar es importante poner una imagen del Corazón de Jesús en un lugar visible de la casa. Se le trata como a quien está presente y se le ama, suplica y honra como Señor y Amigo.

Por la importancia de este acto es conveniente invitar a un sacerdote para que lo presida, bendiga la imagen y la casa. También es muy conveniente que se prepare este acto con unos días de oración en familia y con la buena disposición interior de cada miembro de ella (oraciones, rosario en familia, pequeños sacrificios de renuncia, confesión, comunión…) que prepare un sitio al Señor que viene a nuestra casa. Para mejor disponerse sería conveniente realizar un triduo de preparación a la consagración.

Jesús invita a nuestra familia

Narra el Evangelio de san Lucas, que Jesús entró a hospedarse en casa de un pecador: 
"Después que entró Jesús en Jericó un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos, intentaba ver quién era Jesús. Pero no podía, por la gente, y porque era pequeño. Echó a correr hacia adelante, trepó a una higuera para verlo pasar. Y Jesús, cuando llegó a aquel sitio, alzando los ojos, le dijo: Zaqueo, baja deprisa, que hoy quiero hospedarme en tu casa. Bajó aprisa y lo recibió muy contento. Al ver aquello, muchos murmuraban: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, deteniéndose, le dice al Señor: “Mira, la mitad de mis bienes, voy a darla a los pobres; y si a alguno defraudé en algo, quiero devolverle cuatro veces más”. Entonces Jesús exclama: “Hoy la salvación ha venido a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán; pues el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,1-10).
Como a Zaqueo a nosotros también Jesús nos va a buscar, nos invita y nos viene a decir:
Yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo. Pero yo ejerzo mi autoridad por medio de mi Corazón. Deseo ser tratado no sólo como dueño de vuestra casa y vuestros corazones, sino también como hermano y amigo. Participaré en vuestra vida diaria, estaré con vosotros, en las penas y en las alegrías; siempre. 
Pueblo mío, al que amo intensamente, mira que estoy a la puerta, y llamo: Si alguno me oye y me abre, entraré a él y comeremos juntos. Soy Jesús, vuestro Salvador, y quiero proteger vuestra familia frente a las fuerzas del Maligno que intenta dañarla y, si puede, destruirla. Quiero que vosotros, mayores y pequeños, no caigáis en la esclavitud del pecado, ni en las angustias del miedo, la preocupación o la tristeza. Por eso, estoy dispuesto a derramar sobre vosotros mi Espíritu, que os instruirá, para que vuestra alegría sea completa y nadie os la pueda arrebatar. Yo no forzaré mi entrada en vuestra casa y menos en vuestros corazones. Espero ser invitado. Espero que me digáis: "¡Ven, Señor Jesús! Quédate con nosotros, que te necesitamos".
Si queréis, que una imagen mía presida vuestro hogar, que sea para juntaros algunos momentos a rezar ante ella; para mejor hacer de vuestra familia una iglesia doméstica, en la que reine el amor de Dios y del prójimo, participad con más devoción y frecuencia en la Misa y en la comunión; tratad de conocer más y cumplir mejor mi Evangelio.

Os ofrezco mi Corazón herido, rebosante de perdón, de amor, y de vida que nunca terminará… Espero vuestra respuesta.
       
Nuestra respuesta al Señor


El Señor en el libro del Apocalipsis nos dice: “Yo reprendo y corrijo a quienes quiero con amor de amistad; así que, ten fervor y arrepiéntete. Mira, estoy llamando a la puerta; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo". (Ap 9,22).

Ante tanto amor que Jesús muestra por nosotros, Él pide como respuesta que le abramos la puerta de nuestro corazón, y le correspondamos. Esto lo hacemos en especial por medio de la consagración.

Un propósito concreto de esta consagración, es tratar, con la ayuda de Dios y de la Virgen María, de hacer vida en nuestra casa las siguientes “Bienaventuranzas de la familia”:
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres comulgan con frecuencia y rezan juntos, porque así permanecerán unidos.
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres guardan las fiestas cristianamente, porque asistirán a las fiestas de la eterna felicidad en el cielo.
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres no viven según el espíritu del mundo apartado de Dios, porque en su casa encontrarán la incomparable alegría de la conciencia en paz con Dios.
  • Bienaventurada la familia que recibe a los hijos como dones de Dios y les prepara para los sacramentos, porque en ella se criarán bienaventurados para el cielo.
  • Bienaventurada la familia que practica la caridad con los necesitados, porque Dios mismo queda obligado a recompensarla.
  • Bienaventurada la familia donde los enfermos reciben la visita del sacerdote y los sacramentos, porque la muerte no entrará infundiendo miedo, sino que dejará gran paz.
  • Bienaventurada la familia consagrada con fidelidad al Corazón de Jesucristo, porque en ella reinarán la bondad y el amor.

¿Qué hace el Corazón de Jesús cuando nos consagramos a Él?

Narra el Evangelio que cuando Jesús iba de camino, "entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, le dio hospedaje. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra; en cambio, Marta estaba dispersa, con el ajetreo del servicio; y, presentándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Entonces, dile que me ayude. Pero el Señor le respondió así: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por demasiadas cosas. Sólo se necesita una. María ha elegido la mejor parte" (Lc 10,38-42).


Más adelante nos relata el Evangelio que Jesús volvió a esa casa de Betania, al haber muerto Lázaro hermano de Marta y María y que allí “se enteró de que llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Entonces María llegó donde estaba Jesús. Al verlo cayó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Jesús, al verla llorando, lanzó un suspiro profundo, y emocionado dijo: ¿Dónde lo habéis puesto? Fue hacia el sepulcro: Y con voz potente dijo: ¡Lázaro, sal afuera!. El muerto salió, atado de pies y manos, con vendas. Jesús les dice: Desatadlo y dejadlo ir. Muchos creyeron en Él" (Jn 11,17-46).

Vemos cómo Jesús, al ser acogido en la casa de Betania, llena a la familia con su amor. A la vez que aconseja e instruye (en especial a Marta), y cura a Lázaro devolviéndole a la vida. Es Jesús, Amigo, Maestro y Médico, Hijo de Dios hecho hombre por amor a nosotros, el que nos hizo a través de la gran santa del Corazón de Jesús, Santa Margarita María, las extraordinarias promesas a los amigos de su Sagrado Corazón:


1ª Les daré todas las gracias necesarias a su estado;
2ª Pondré paz en sus familia;
3ª Los consolaré en todas sus aflicciones;
4ª Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte;
5ª Bendeciré abundantemente sus empresas;
6ª Los pecadores hallarán misericordia;
7ª Los tibios se harán fervorosos;
8ª Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección;
9ª Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada;
10ª Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos
11ª Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de El;
12ª Te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final, no morirán en mi desgracia y sin haber recibido los sacramentos; mi Divino Corazón será su asilo seguro en los últimos momentos.

"Estas promesas se resumen en definitiva, en las palabras que Santa Margarita María recibió del Corazón de Jesús: «Yo reinaré a pesar de mis enemigos y de cuantos se opongan a ello».


Paz y bien.