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24 marzo 2020

Del virus al abandono

Qué difícil es saber qué sentido tiene el momento que vivimos. Se necesita una vista muy espiritual y de águila a la vez, pero es necesaria para no perderse. Porque los pasos nos llevan uno tras otro a un lugar y si miramos tanto nuestros pasos, podemos perder de vista a dónde tenemos que ir.


¿Qué está pasando ahora con tanto virus? ¿Es posible que un ser que ni está vivo ni está muerto, un ser tibio ontológicamente, nos ponga a todos en jaque? Los científicos y los incultos, los ricos y los pobres, los ateos y los cristianos más piadosos se ven desbordados por lo que sucede. Qué difícil es mantener el rumbo en el centro…

Y personalmente sé lo que es, porque cuando el centro de salud me confirmó que estaba infectado me costó, cuando vi empezar a toser a mi mujer más aún y cuando a mi hija, la que tiene problemas asmáticos y respiratorios y un tratamiento en hospital por alergias que añade a sus continuos corticoides, se me congeló la respiración unos segundos. Y eso que tengo a mis padres de riesgo altísimo confinados en su casa.

¿Qué nos pide el Señor?

No soy teólogo ni profeta, sin embargo por lo que me ha pasado en mí vida el Señor me ha devuelto esta pregunta una y otra vez: ¿qué sentido tiene que esté pasando por esto? Y cada vez me he dado cuenta de que el error más frecuente era agarrarme a lo que entendía por mis propias fuerzas, razonar alrededor de hipótesis y prejuicios o llegar a conclusiones dudosas, pero que pensaba que me favorecerían, de algún modo. Y así llegué a desarrollar de la mano del prof. Leonardo Polo y mi vida familiar, la psicología del abandono, un estilo terapéutico muy potente ante Dios.

En muy pocas palabras os resumo que consiste en fijar la mirada en los momentos principales de nuestra vida, releerlos desde la perspectiva de la salvación y no desde la nuestra, que hemos desarrollado pasito a pasito sin saber realmente cuál era el final. Porque nuestra perspectiva habrá generado, ya desde una temprana edad, un enfoque basado en la superación, la excelencia (por lo menos en el futuro), la satisfacción de nuestras necesidades más básicas, sobre todo la de sentirnos únicos, queridos por lo que somos, alagados por cuantos más mejor y vivir con la regla del máximo resultado por el mínimo esfuerzo.

Tardé años en darme cuenta que ese viento no empujaba los pasos desde el espíritu de Dios, pero ¿acaso me he preguntado qué quería Dios en cada paso? Yo no. Así que lo que toca es revisar ese camino andado, leer lo que nos falta y aceptar el que queda desde la mirada de Dios.
Claro que esto el mundo no suele hacerlo por lo que ahora nos hemos encontrado en una situación de las que merece la pena pararnos a pensar. Y ahora que tenemos forzosamente tiempo os cuento como lo haría si el mundo fuera mi paciente.

Creo firmemente que el Señor se ha cansado de esperar a que miremos al cielo o que nos preguntemos si le necesitamos o no. La humanidad, aunque con sus altos y bajos, se ha distanciado cada vez más de Dios pasando de ignorarle a despreciarle, para luego pasar a perseguirle y finalmente a sustituirse a Él. Y ya cansado de ver un mundo que le desprecia con tal soberbia, pero igual de enamorado de nosotros que en tiempos de Egipto, toma nuevamente la iniciativa que más necesitamos para despertar.

Con este virus podemos ver cómo ahora nos pide sobre todo las dos cosas que le regaló la Virgen María: silencio y obediencia. Nos pide silencio para hablarnos él y poder cambiar nuestro corazón, para transformarlo. Nos está desapegando de todo lo que no es Él y se ha enredado en nuestro interior ocupando sigilosamente Su lugar, esto es, el amor a las comidas, a los domingos en restaurantes, noches en los gimnasios, cines y películas por la noche, pero también un exceso de dedicación al trabajo, el exceso de aprecio por la salud o a nuestra seguridad. Lo pensamos tener todo, pero no tenemos nada más que humo. Miramos nuestros pasitos y hemos perdido de vista la meta de todo.

Muchos, incluso devotos católicos, se han aferrado a cosas mundanas que hay que aprender a soltar, pero que no sabemos ni por dónde empezar. Y es que a veces cuando no queremos dejar atrás a algo, somos unos campeones en justificar todas sus bondades, hasta hacerlo necesario, bueno e incluso imprescindible. “Necesito correr”, “necesito mi coche”, “necesito mis horas en el gimnasio”, etc. Pero realmente, imprescindible, importante y bueno, sólo lo es el amor de Dios. Por no hablar de la rutina litúrgica que brilla por su hastío o capricho sacramental. Nos hemos acostumbrado a la seguridad de la misa, de la confesión, de la oración vocal, etc. y elegimos dónde y cuándo confesarnos, con quién y dónde celebrar misa... nos gusta más un cura porque salta la homilía o uno que canta todo y ameniza la misa. O buscamos la misa que nos venga bien para mantener nuestros planes de fin de semana. Incluso podríamos irnos a adoración nocturna para sabernos santos. Y es que la humildad es la única virtud que se destroza con actos buenos. Y cuando rezamos el ángelus o el rosario, ya ni nos damos cuenta de la velocidad y la superficialidad con la que lo rezamos. Las oraciones conclusivas son repetidas sin sentido, sonidos vacíos de amor. Quizás estemos en un punto clave para entender esa respuesta de Jesús “pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

Pues creo que el Señor nos está poniendo delante de lo que realmente necesitamos y son dos cosas: pararnos y callarnos. Ahora tenemos que confiar en él en todo y abrazar la profundidad del valor de cada acto sencillo en el hogar, que es donde se debe de encontrar a Dios primero. El Señor nos quita lo que pensábamos que era importante y nos devuelve al centro de la cuestión: el encuentro con él. Ahora somos como ese niño agitado que está teniendo una crisis nerviosa y empieza a hablar y a moverse sin control y el padre le tiene que agarrar, zarandear y decirle “cálmate, calla y escucha: ¿no soy yo lo único que necesitas?”

Así que aprovechemos este tiempo de constricción, de silencio, de bloqueo y renuncia. Aprendamos a abandonarnos a lo que nos pide vivir el Señor, preguntémonos qué quiere Dios de mí. Aprendamos a dar gracias por lo que nos manda. Incluso la muerte puede ser nuestra hermana si entendemos que ella también está en manos de Dios y que nada se le escapa al Dios de la vida. Porque sólo tenemos esta vida para hacer méritos de amor, para los "esprines" de entrega, para esforzarnos y demostrarle a Dios cuánto de verdad le queremos, para ponerlo al centro de todo nuestro mundo interno y externo. Como decía madre Teresa, “ama hasta que te duela” no hasta cumplir. Porque los cristianos hemos venido amando a los demás por la ley del mínimo esfuerzo, hemos dado el testimonio equivocado al mundo. La prueba es que el mundo no se convierte y va a peor. Hay muchas cosas buenas y algunas santas, pero no han evidenciado que nosotros, los cristianos, pusiéramos en juego nuestro corazón empapado de Dios. Todos necesitamos este virus, por eso Dios lo ha permitido, pero hay que aceptar su sentido, porque ese está en manos de Dios y determinará el éxito de nuestra lucha por volver a la salud.

Así que hagamos silencio, recemos todo lo posible, ayunemos varios días por semana, desgastemos el rosario desgranando cada ave maría lentamente y con amor, impliquémonos en el plan de Dios desde el silencio y acojamos el corazón de carne que nos quiere dar el Señor. Con ese corazón amaremos de verdad y el mundo cambiará porque le mirarán a él y eso lo reordena todo, la sana todo y lo eleva a lo divino.

Que podamos terminar esta Cuaresma con un corazón realmente renovado, despojado de lo innecesario y enamorado de la Pascua que Dios quiere hacer en nosotros.

Paz y bien



03 noviembre 2018

Psicología del demonio



Consejos prácticos para evitar o dificultar que el demonio te ataque.

Evidentemente el primer paso para que el demonio no tenga poder sobre nosotros es el estado de gracia mantenido en el tiempo y basado en una fe sólida, una vida sacramental y la oración, especialmente el rosario. También podemos incluir una buena formación y el desarrollo de las virtudes, pero todo esto está muy escrito y mi interés ahora es elaborar algunos trucos de carácter psicológico para evitar que demonio nos pueda tentar o atacar con éxito.

Llevo muchos años reflexionando sobre la psicología del demonio y he tenido que aprender mucho sobre la teología, evidentemente, pero también sobre la antropología y la psicología. La teología no dice mucho sobre el demonio, de hecho no tiene ni un dogma sobre su existencia que selle una obligación de creer en él como un ser personal que busca la condenación del hombre por medio de la mentira, el engaño y la enfatización de los puntos débiles de cada uno. Pero estudiando la experiencia de varios exorcistas y una antropología psicológica muy sólida como es la del profesor Leonardo Polo voy a elaborar unas pautas que ayudarán, para el que quiera, estar más defendido ante sus ataques no sólo por la gracia de Dios, que es siempre necesaria evidentemente, sino por la estrategia de quien conoce a su enemigo y quiere defenderse.

Dicho esto decir que no pretendo agotar el tema, sino sólo proponer unas reflexiones al respecto. Reitero también que la vida de gracia y sacramental que tanto defiende y promueve la Iglesia  es la herramienta más necesaria, pero está dirigida sobre todo a la “protección” de un golpe demoníaco o, en el caso de los exorcismo, a su “liberación”, sin embargo voy ahora a proponer herramientas o estrategias de carácter más estratégico o psicológico que permiten más bien evitar la intervención del demonio o reducir su influencia.

1. El demonio no sabe lo que piensas: no hables en voz alta.

Efectivamente, una de las características más importantes a nivel psicológico es saber que Dios no permite al demonio conocer nuestros pensamientos y la lógica racional o deductiva que siguen. Si no verbalizamos algo con la boca él no puede saber, propiamente, lo que pensamos. La estructura de nuestro pensamiento es proposicional, es decir, pensamos por frases y nos las representamos por imágenes a modo de flashes y el demonio no sabe, por lo tanto, lo que pensamos, aunque sí puede llegar a deducir lo que podríamos estar pensando porque es mucho más inteligente y tiene mucha más experiencia. Puede deducir mucho por el contexto, los objetos de nuestras miradas, lo que dice alguien sobre nosotros en otro lugar, etc. El demonio puede suscitar en nosotros impulsos para determinadas acciones moviendo nuestra corporeidad a experimentar determinadas emociones o sensaciones, pues puede manipular la materia y las emociones, que son la realidad afectiva del hombre más próxima a la corporeidad por medio de las hormonas y los neurotransmisores. El demonio no actúa nunca sobre nuestra alma, ni en sus facultades de pensamiento. Y lo que menos aún puede manipular es nuestra libertad y nuestra voluntad, por lo que trabaja actuando sobre la materia a la que están asociadas en parte, esto es, nuestro cuerpo: hormonas, nervios, células, salivación, excitación, etc. Incluso puede reactivar recuerdos de una forma vaga o materializarse asumiendo una forma tanto material como “espiritual”, por ejemplo puede asumir la imagen de la Virgen María u de otras personas. Por eso puede provocar miedo, ansiedad, deprimir, desorientar, encender y apagar luces, despertar en la noche, hacer sudar e incluso podría, técnicamente hablando, generar un infarto, promover una caída, desprender un tejado, etc. pero lo importante es que estas sensaciones o estos acontecimientos sobre los que tiene poder, están siempre y absolutamente vinculados a que Dios, de alguna forma misteriosa, los permita. En este sentido su aparente poder no es nada si tenemos a Dios de nuestra parte o si simplemente Dios no le permite actuar (como en el caso de Job).

Dicho esto, podemos concluir que cuando el demonio interviene en nuestra percepción de la realidad o trata de influir en nuestro pensamiento, si estamos atentos, podremos notar como estos aparecen como sin mucho sentido o como desconectados de nuestra lógica interna. Su acción resulta ajena a nosotros y, por lo tanto, algo involuntaria o incongruente. Todo lo malo que verbalizamos, sobre todo críticas, maldades, insultos, murmureos, etc., nos atan de alguna forma al demonio, quien nos puede exigir en otro momento esa atadura. No hablar sobre nuestros problemas en voz alta y hablar siempre bien de los demás es no sólo una herramienta muy útil para que el demonio desconozca nuestro pensamiento, sino que no le otorga derechos para reivindicar ante Dios un mal que nos ató a él por el pecado, sobre todo porque estos pequeños pecados son muy frecuentes y muy poco o mal confesados ya que son casi involuntarios en quienes el vicio de la queja y la murmuración está bien establecida.

2. El demonio ataca porque intuye y deduce, pero no sabe todo.

Es importante recordar siempre que Dios es el único que lo penetra absolutamente todo. El demonio es una criatura de Dios y, como tal, a pesar de ser de naturaleza angelical, es limitado y su alcance, como hemos dicho, está vinculado siempre a una concesión de Dios. Desconoce por completo la gracia que está dando Dios en un momento dado a una persona, ni lo que decida hacer ante la tentación. Por eso la oración y la súplica al Señor es muy temida por demonio, porque introduce una variable que él no puede controlar. En una ocasión de debilidad, es importante evitar acercarnos a los límites y pedir ayuda a Dios, eso le despista mucho y reduce su fuerza en el ataque.

Es fundamental, por lo tanto, saber reconocer un estado que es peligroso para nosotros y saber reaccionar pidiendo ayuda a Dios con jaculatorias y oraciones.

3. Evitar el mal sí, pero buscar el bien es mejor.

A veces buscamos más evitar lo que está mal que buscar lo que es realmente bueno, pero son niveles distintos y que protegen de forma distinta del mal. El demonio no ataca siempre de forma exagerada y, a pesar de ser muy impaciente, a veces es más paciente que nosotros, sobre todo en estos tiempos tan acelerados. Para introducir un pecado el demonio es capaz de aguantar esperando a que se deteriore una virtud antes de trabajar de forma más manifiesta o marcada. Así que es mejor cuidar mucho nuestras costumbres y generar nosotros mismos un contexto adecuado para el bien, pues evitará mejor el mal. Evitar lo malo está bien, pero evitar todo lo que no es muy bueno o buscar lo que está realmente bien es mucho más importante. Evitar determinados vestidos, asistir a ciertos tipos de fiestas, abusar del ocio y la búsqueda del placer, ciertas lecturas o películas que no elevan el espíritu, etc. serán siempre hábitos sanos que nos protegerán de ataques muy silenciosos del demonio. Se trata de evitar cosas que en sí no son claramente malas, pero que nos exponen a que él nos proponga introducirnos cada vez más en un camino que se aleja, a veces muy poco a poco otras de forma imperceptible pero grave, del camino de la virtud, que es el único que acerca a Dios.

4. Es más listo que tu: no dialogues.

Entran ganas de razonar con él pensando si se puede justificar un mal. Error, en eso casi siempre gana. Lo mejor es ignorar la tentación cuando la inmoralidad de lo sugerido queda clara o está dudosa. Ante la tentación sólo cabe la evasión, no el diálogo, ante el pecado sólo cabe el arrepentimiento y la confesión. En definitiva, es importante saber actuar prontamente ante la aceptación del bien y la huida del mal, sin quedarse a pensar sobre las zonas intermedias. Si alguien te propone hacer algo que sabes que no está muy bien, dialogar con el demonio es buscar el modo de verle el lado positivo o justificarlo de algún modo. En estos casos es mejor aprender a decir “no” con el riesgo de no hacerlo y, en todo, caso, esperar y llevarlo a la oración.

5. Él nunca descansa, no te relajes.

No hay un momento en el que el demonio no pueda estar atento a nuestra situación social o psicofísica. Siempre vigila el momento mejor para hacer presión o atacar. Antes de ir a dormir o mientras descansamos viendo la televisión, puede estar más activo que en un baile en una discoteca llena de situaciones provocadoras. Puede ser de ayuda acostumbrarse a hablar con él, o con nuestro ángel de la guarda, en todo momento en lugar de pensar con nosotros mismos como muchas veces hacemos. Así aprendemos a estar en constante diálogo con el Señor y a tener el pensamiento dirigido constantemente a su voluntad en todos los detalles, algo muy propio de los santos y que es de gran protección, pues es como ir de la mano de un guardaespaldas.

6. Cuando actúa deja señales: aprende a reconocerlas.

Cuando el demonio ronda a una persona y la ataca, independientemente del grado y el éxito con que lo consigue, hay cosas que deja y que no puede dejar. Su modus operandi es siempre impulsivo, caótico (sobre todo a largo plazo), exuberante y majestuoso, sea por emociones extravagantes y visibles como por emociones de inferioridad y nulidad llenas de rencor. Pero la característica número uno de su actuación es su impulsividad y el no dejar paz en el interior. El sosiego y la tranquilidad son incompatibles con su acción. Es además siempre muy impaciente al actuar, por lo que si esperamos a tomar una decisión y la rezamos, le provocamos y facilitamos que se desenmascare más fácilmente.

Otro signo muy frecuente de su acción, cuando ésta es muy agresiva, es a nivel físico: molestias intestinales, sobre todo dirigidas a náuseas y sensación de vomitar, dolores musculares y de cabeza. A nivel psíquico se dan obsesiones y compulsiones, deseo de insultar impetuosamente, de actuar sin pensar y de forma visceral. Siempre buscará la forma de que no nos paremos a reflexionar, porque a nivel de lógica y razonamiento Dios puede iluminar a la persona y parar una voluntad mal dirigida, sin embargo una acción impetuosa puede dirigirla con agresividad u odio y queda atribuida a la persona. El grado de libertad y conciencia en cada decisión y pecado es conocido sólo por Dios, por lo que no debemos tratar de averiguar el grado de culpa en un hecho concreto y eso es mejor dejarlo a Dios.

En resumen.

Es muy útil no verbalizar lo malo y nada que no quieras que sepa claramente el demonio y que pueda usarlo contra ti. El demonio desconoce lo que piensas, pero trata de deducirlo y tentarte con ello, por lo que puedes notar cierta aleatoriedad o incongruencia en tus pensamientos cuando no son propiamente tuyos o bien inspirados. La gracia de Dios se recibe en el momento, por lo que hay que pedirla en cuanto se la necesite, pero estar en constante diálogo con el Señor y sentirnos siempre en su presencia nos ayudará a obrar mejor. Busca lo mejor y no te conformes con lo que “no tiene nada malo”, recuerda que los pecados capitales no son graves en sí, pero son generadores de los más graves, es cuestión de evitarlos buscando lo más puro y santo, sin conformarse con menos. Ante la tentación no trates de valorar o sopesar nada, recházala y a rezarlo ante el Santísimo si hay que tomar realmente una decisión. Nunca bajes la guardia e invoca siempre el Espíritu Santo antes de hacerlo todo siempre que puedas. Estate atento a si lo que haces te da paz. Si no hay paz es una señal que no es de Dios. Dios es paciente y pide obediencia, pone a prueba y concede la gracia al último momento para fortalecernos y que sepamos que sin él no somos nada, pero que siempre está allí para ayudarnos. Son psicologías completamente distintas. Impulsividad vs paciencia, ruido vs silencio, seguridad, vs abandono, emociones fuertes y breves vs sentimientos completos y de paz.

El mejor consejo que se puede dar a alguien que quiere ser santo y evitar caer en las manos del demonio por su propio descuido es, en definitiva, el de buscar siempre y en todo momento hacer la voluntad de Dios a la luz de la oración al Espíritu Santo y entender que el único camino claro y seguro es el de la muerte a nosotros mismos en todo. Se trata de morir a lo que nos apetece, a nuestros sentimientos, a nuestra voluntad, a nuestro juicio, a nuestra vanidad y seguridades. Esto no es ni fácil ni difícil, es simplemente imposible para nuestra frágil voluntad, pero con la gracia de Dios él lo hará en nosotros.

Paz y bien

09 mayo 2018

Miedo a la profecía

En este tiempo Jesús nos está hablando mucho sobre el Espíritu Santo y en el Evangelio de hoy (Juan 16,12-15) destaca una frase, generalmente poco recogida en las homilías, pero que me parece muy interesante reflexionar: que el Espíritu Santo comunicará lo que está por venir. Ésta es la base de la profecía, sea en visiones, sueños, por ángeles, profetas o escritos mismos. Puede ser sobre el futuro y sobre el pasado (1 Cor 14), pero las que versan sobre el futuro siempre tienen un carácter orientador más que sancionador. No hay que verlas como avisos de catástrofes castigadoras, sino avisos de amor que buscan la rectificación del pueblo de Dios, su conversión. Por eso es importante no despreciar las profecías y, aun más, la manifestación del Espíritu Santo que busca nuestra conversión dándonos luz y poniéndonos en aviso sobre las consecuencias de nuestro alejamiento de Dios.

Por esto me llama mucho la atención que la mayoría rehuya tanto de hablar de profecías, sobre todo habiendo dicho Jesús que "cuando venga él, el Espíritu de la verdad, [...] os comunicará lo que está por venir" (Jn 16,12-15) o que el "testimonio de Jesús es el Espíritu de profecía" (Ap 19, 10). Si es que, si quitamos la profecía de la Biblia, quitamos un enorme parte de la historia de la salvación y de la revelación.

De hecho, la realidad es que "nada hace el Señor sin revelar sus designios a los profetas" (Amos 3, 7) y estos siguen entre nosotros. Sólo hay que saber reconocer al Espíritu Santo entre ellos y querer escucharle, viviendo una vida desde el espíritu y no distraídos por este mundo cada vez más perdido y alejado de Dios. Cuando un profeta iba a entregar una profecía no era creído por ser un profeta bíblico o un santo canonizado ya que por entonces era un simple hombre a los ojos de todos y dejaba paso a la duda. Sólo ahora lo sabemos como seguro y auténtico. Entonces era preciso un discernimiento sobre esa persona y sobre el mensaje, pero sobre todo una apertura a ser guiados por el Señor por otros.

Creer sólo aquello que ha sido demostrado como santo en el pasado adormece el estado de alerta de nuestro espíritu actual y no nos permite alcanzar las correcciones y los mensajes que Dios nos quiera dar ahora mismo con respecto al futuro que tenemos abierto personalmente.

San Pablo nos invita a que no apaguemos el espíritu y no despreciemos las profecías, sino que examinemos todo y nos quedemos con lo bueno (1 Tes 5, 19-22).

Algunos creen rechazar sólo las profecías no aprobadas (sean de santos o de la Virgen María), pero en realidad no abrazan seria y personalmente las numerosas invitaciones que se han hecho en las que han sido aprobadas, por lo que son excusas para alejar el compromiso a la auténtica conversión que nos lleva a la sobriedad, a la adoración, al rosario diario, al ayuno, a la oración y, en definitiva a ser radicalmente santos.

Razón tenía San Juan Pablo II a decirnos "no tengáis miedo", porque en definitiva estamos atrapados por el miedo. Miedo a renunciar a nosotros mismos, a nuestra comodidad, al placer que nos rodea, a la tranquilidad que deseamos aunque sea la del mundo, a ser escándalo profético con nuestro ejemplo de vida desde el espíritu y el amor a la cruz del resucitado. Y el miedo nos hace soberbios, nos pone a la defensiva y, sobre todo, nos cierra al Espíritu Santo.

El cristiano tiene que volver a su origen. Vivir desde el espíritu una vida sacramental enamorada de TODO el evangelio, desde la Navidad hasta la sangrienta cruz, con la mirada puesta en el cielo y buscando una alegría eterna más que la felicidad pasajera. El bautizado es inhabitador trinitario llamado a una filiación divina que le hace corredentor y partícipe del proyecto salvador de Cristo.

Que María en este mes de Mayo nos ayude especialmente a ir directos a su Hijo, para ser dignos de Sus promesas de eternidad y poderlas gozar, ya desde esta vida terrenal, sin miedo y fieles a la Verdad que se nos ha revelado y que queremos contemplar eternamente.


Paz y bien.


27 agosto 2017

¿Está bien querer ser sexy?

En pocos días de playa en Benidorm y ya estaba cansado de buscar algún lugar donde mirar en el que no haya pechos al aire o biquinis con más de 3 cm de superficie. Parece que las mujeres ya no quieran ser sexys para conquistar o llamar la atención, sino que ahora sea un estándar de vestirse.
Observo que la mayoría de las mujeres tratan de vestir tratando de excitar a los hombres. Y no sólo las jóvenes, sino las más mayores y las niñas también. Los “pantalones” demasiado cortos, los sujetadores a la vista, los biquinis que parecen sujetadores o con transparencias que dejan poco a la sugerencia.

Me he preguntado si está bien tratar de estar así de sexy en general y comparto mi reflexión que a algunos puede parecer exagerada, pero que creo que es muy razonable y que el mundo está oscureciendo esta claridad y la hace opaca a la pureza que es propia del cristiano.

Cada vez veo más claramente que ser sexy no tiene nada que ver con estar guapas, sino con provocar al hombre para que en su excitación, mayor o menor, considere especial a la mujer. No tiene nada que ver con la belleza, sino que es un modo de atraer la atención sobre determinadas partes del cuerpo que deben de estar reservadas a excitar a quien se le haya prometido ese cuerpo y con quien esa unión sea legítima. Exhibir el cuerpo indiscriminadamente es demostrar que nuestra dignidad (que es algo que radica en el interior) está a la venta a cambio de elogios dirigidos sólo a un cuerpo. Impide entender la unicidad de uno mismo y no deja que la intimidad tenga su lugar propio de expresión, que, como ocurre con la intimidad interior, tiene su propia parcela que no es de dominio público.

Desde siempre el mundo ha impuesto un modo de entender la intimidad, la belleza, la fidelidad, y muchos más valores, despersonalizados y reducidos. Sin embargo, a partir del siglo pasado lo hace de una forma más aguda e impositiva despreciando el hecho de que el cuerpo manifiesta lo valioso de nuestro interior y que lo que hacemos con él declara lo que hacemos con lo más profundo de nosotros mismos. Del mismo modo que nuestros pensamientos no los podemos comunicar a cualquier persona ni en cualquier momento, lo que enseñamos excesivamente con nuestro cuerpo desvela o una pobreza interior que no tiene nada que manifestar a nivel físico o un deseo de aceptación y cariño tan grande por el que estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Atención con este último motivo, pues denota, en mi opinión, un vacío interior que por dentro crece como un cáncer y por fuera fracasará exponencialmente. Igual que beber sólo alcohol cuando se tiene sed de verdad, no sirve más que para empeorar la situación, saciar nuestro deseo de aceptación y valía abriendo las puertas indiscriminadamente a los demás, sólo generará un vacío creciente y agobiante.

Los consagrados y todos aquellos que han hecho voto de castidad no muestran mínimamente su cuerpo porque nadie tiene que excitarse con lo que es ya de Dios, es algo que no tendría ningún sentido. En el caso de los esposos, sólo ellos son los destinatarios mutuos de una posible excitación, pero nadie más y en privado. Porque no da igual ser pudoroso y respetuoso que no serlo. Es una cuestión personal y social y no una mera conducta social. Claro está que parto del hecho de que existe una verdad, una moral y un sentido de todo.

En el ámbito cristiano también se observa una falta de pudor y de respeto por la intimidad que me llama mucho la atención. Sólo hace falta ver cómo vamos a una boda o a la misa dominical, pero, en mi opinión incluso en la playa debemos de observar ese respeto esponsal. Para decirlo de un modo muy sencillo: si una mujer no se pasearía por la calle en ropa interior, ¿por qué en la playa parece que sí pueda mostrar lo mismo? Sin embargo, observo un razonamiento al revés: ¿si en la playa puedo mostrarlo todo, por qué no fuera de la playa? Pero el origen de la cuestión está en el sentido de todo y en su origen. El sentido de la persona es el amor y por lo tanto, el del cuerpo es la expresión de ese amor. Su origen es la dignidad humana, que no puede ser reducida o aniquilada separando el cuerpo de la fuente de su valor espiritual interior. Es una cuestión de coherencia con nuestra estructura antropológica que no podemos saltarnos a la ligera sin desgastar el significado más profundo de nuestra intimidad.

El peligro para los cristianos, además, presenta más inconvenientes.

El primero es que la falta de pudor, en sus diferentes grados, es signo visible y proporcional de la ausencia del Señor en sus vidas y en sus cuerpos, es decir, en sus personas y en su matrimonio. Por eso Adán y Eva se sintieron desnudos y avergonzados ante su pecado, porque su alma se oscureció y su cuerpo acogió esa vergüenza en su expresión.

El segundo inconveniente es que, si son padres, estarán enseñando a sus hijas e hijos desde edades muy tempranas que su valor no depende de “quienes son”, sino de “cuánto” excitan, perturbando su sensibilidad y su inocencia, por no hablar de sus gustos y modos de expresarse. Como siempre hay grados, pero lo más difícil de los grados es percatarse de los cambios, especialmente cuando acontecen de forma paulatina. Lo mejor es enseñarles un máximo respeto por su cuerpo, pero no un respeto basado en lo que se ve desde los ojos del adulto, sino en lo que deben de aprender a ver sus ojos en lo que su cuerpo expresa, para que vean reflejada su intimidad en su corporeidad.

Personalmente creo que un buen criterio con respecto al pudor nos lo puede dar la Virgen María, maestra de pureza. Sólo hay que preguntarse si de estar presente estaría orgullosa o si ella vestiría así. Porque la pureza y el pudor no son algo sólo para los consagrados o los santos canonizados, sino para cualquiera que haya entendido que somos templo del Espíritu Santo y que quiera vivir con su cuerpo la misma profundidad de entrega a Dios que lleva en su alma.

En conclusión.

No es cuestión de ser puritanos extremos que no van a la playa o que no sepan arreglarse para estar presentables e incluso bellos, sino de ser cristianos conscientes del significado de su cuerpo y capaces de asignarle su valor esponsal y educar en ello. Mi consejo es que no tratemos de ser sexys, sino de que nuestro cuerpo muestre lo mucho que amamos a Dios y lo suyos que somos en todo momento. Porque lo más importante no es lo que los demás piensen de nosotros, sino el ejemplo de nuestro amor por Dios que vivimos en la vocación que tengamos.


Paz y bien.



08 agosto 2017

La santidad en el matrimonio y la familia

Muchos piensan que el matrimonio es un invento de la Iglesia, pero no es así. La unión del hombre y la mujer es de lo más antiguo que existe, sin embargo con el cristianismo esa unión ha sido elevada a sacramento, esto es, a signo visible de la unión entre Cristo y la Iglesia. Es un enlace que bebe de la misma fuente del amor de Cristo al Padre y que nos propone un amor fiel, libre, fecundo, recíproco, indisoluble, total y exclusivo. Entendiendo así el matrimonio se aprecia enseguida la gran diferencia con sus fases previas, especialmente el enamoramiento, donde pesa la idealización, el sentimiento, la falta de entrega total en la intimidad física, psicológica y espiritual. Juntos, marido y mujer, tienen que aprender a vivir ese amor buscando la santidad. ¿Pero en qué consiste la santidad matrimonial? Es una pregunta que, en mi opinión, no se ha llegado a contestar bien hasta el concilio Vaticano II y que aún le queda, pero voy a tratar de resumirla desde el Evangelio. El secreto de la santidad, en mi opinión, lo dio Jesús al decir que quien quiera seguirle tiene que negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle (Mt 16, 24-28) y al dejar claro que es un camino especialmente duro (Cfr Mt 19, 3-12).

Para el matrimonio la clave hoy en día está en la primera fase: negarse a uno mismo. Se trata de morir a lo que nos apetece, a nuestros gustos de toda la vida, incluso a nuestras necesidades de hobbies, deportes, amistades, etc. No se trata de renunciar a algo, sino morir a uno mismo, a todo. Sólo un morir total de la semilla, permite que dé fruto. Y sólo el morir de los esposos a sí mismos les permitirá convertirse en la nueva y única realidad de dos personas en una sola carne y una sola alma[1].

La segunda fase del camino es cargar con la cruz. En el matrimonio pueden haber muchas, pero la principal es entregarse a los hijos para que aprendan a conocer el amor de Dios y aceptarlo. La cruz está en resistir a las tentaciones del mundo en cada etapa educativa: la excelencia académica, estar a la moda, buscar valer por lo que se tiene y no por lo que se es, dar a cada hijo lo suyo, etc. Y todo esto sin perder de vista la relación conyugal que es la fuente del amor de los hijos.

La tercera fase de la santidad es la de seguir a Jesús. Para ésta, en el matrimonio, la clave está en conocerle, vivirle en los sacramentos, orar, consagrarse a él, pero sobre todo aprender a perdonarse. No me refiero a olvidar, sino en perdonarse de corazón, es decir, con profunda sinceridad, del mismo modo que Dios nos perdona.

Ésta es la santidad en el matrimonio y por eso no puede romperse sin más, pues es imagen del Amor Trinitario y de la alianza entre Cristo y la Iglesia. Nadie dice que sea fácil, tampoco que sea obligatorio, pero la realidad no está para ser inventada, sino para ser descubierta. La libertad no está para hacer lo que nos da la gana, sino para dirigir nuestras acciones con responsabilidad y decidiendo a qué o quién entregamos nuestra vida. El matrimonio es la vía de santidad para caminarse entre dos personas que se aman como don mutuo y, a la vez ser fecundos en esa intimidad. No es el único modo, pero su configuración no se puede alterar y debe de tomarse en serio. Si se elige, es para siempre. El protagonismo no le es dado por los sentimientos o los deseos y necesidades que surgen en él, sino por esa promesa en la que uno se ha dado todo y para siempre, de forma única, total e irreversible. 

Paz y bien.



[1] Conferencia Episcopal Española, Directorio de Pastoral Familiar, Cap.1, n. 53.