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21 junio 2017

Charla conclusiva sobre "cómo vivir en familia el Corazón de Jesús" dada por el sacerdote católico de Murcia don Francisco José Parra Moreo el 17 de junio de 2017 para el grupo de oración de la Espiritualidad de la Sagrada Familia.

La charla en audio: https://youtu.be/XnI3aLoWJL8

La imagen del Corazón de Cristo y su mensaje de Misericordia, se presentan en el inicio del Tercer Milenio como auténtica profecía y terapia providencial. En esta cultura laicista en la que algunos afirman no tener más religión que el hombre, paradójicamente, somos testigos de tantas carencias afectivas, heridas necesitadas de sanación, desequilibrios psicológicos, dramas interiores... Me impresionaron mucho unas palabras pronunciadas por el cardenal de Viena, Mons. Christoph Schönborn, en el contexto del Congreso de la Divina Misericordia realizado en Roma: "cuando los agnósticos enarbolan al hombre como bandera frente al sentido religioso de la vida, hagámosles ver la radical necesidad que éste tiene de misericordia".

La experiencia nos está demostrando que la línea divisoria entre la presunción y la desesperación es prácticamente inexistente. Cuanto más reivindicamos la autonomía del hombre frente al hecho religioso, más fácilmente caemos en el vacío interior, que nos conduce a la inevitable falta de autoestima. El paso de la jactancia y de la soberbia profesada en público, a la desesperación y al autodesprecio confesado en privado, es muy fácil y, de hecho, se da con mucha frecuencia.

En nuestros días, no son pocos los que han aprendido a aceptarse, a valorarse y a amarse a sí mismos, desde la experiencia del amor incondicional de Dios hacia cada uno de nosotros. ¿Si Dios me quiere, quien soy yo para despreciarme?

Con frecuencia, nos hacemos una imagen de Dios fría e insensible hacia la suerte del hombre. Nos cuesta creer que nosotros seamos algo importante para Él. Si dejamos de lado la revelación bíblica, estamos condenados a referirnos a Dios en términos impersonales como si se tratase de una energía cósmica y con una inevitable sensación de lejanía. Si Dios está tan distante y es tan distinto a nosotros, ¿en qué le puede afectar nuestra vida: nuestros aciertos y nuestros pecados; nuestras alegrías y nuestros sufrimientos?

En la encíclica Spe Salvi, el Papa nos recuerda una preciosa cita de San Bernardo de Claraval: "Dios no puede padecer, pero puede compadecer". El Dios infinito y omnipotente, en palabras de Benedicto XVI, se hizo hombre para poder com-padecer Él mismo con el hombre, de modo muy real, en carne y sangre, como nos manifiesta el relato de la Pasión de Jesús. Por eso, en cada pena humana ha entrado uno que comparte el sufrir y el padecer; de ahí se difunde en cada sufrimiento la con-solatio, el consuelo del amor participado de Dios (Spe Salvi, n. 39).

En el lenguaje bíblico se da una equivalencia entre los términos corazón y entrañas. El corazón (leb, kardia) es sinónimo de útero (rahamin, splanchana); de manera que cuando confesamos el amor de Dios en la imagen del Corazón de Jesús, en el fondo, estamos manifestando nuestra fe en que el amor de Dios nos gesta a una vida nueva. El Corazón de Cristo es la imagen del amor materno de Dios que, en su potencia regenerativa, nos sana, nos rescata, nos rehace, nos perdona. Por ello, no nos cansaremos de confesar: ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

La consagración al Corazón de Jesús de nuestras familias, de nuestras casas, de nuestros quehaceres es algo grande y muy importante. Por este acto de consagración, decía el Papa San Juan Pablo II, "los discípulos de Cristo de todos los tiempos están llamados a entregarse por la salvación del mundo" (13 Mayo 1982)Consagrarse significa pues, “entregarse”. El primero que lo hizo por nosotros es Cristo, y "Amor con amor se paga" dice la sabiduría del refrán para expresar que el amor verdadero requiere ser correspondido. 

Cuando el Papa San Juan Pablo II visitó Paray-le-Monial el 5 de octubre de 1986, afirmó la importancia de la Consagración de la Familia en la construcción de la“La civilización del amor” y dijo:
"Gracias al sacramento del matrimonio, en el Pacto con la sabiduría divina, en el Pacto con el infinito amor del Corazón de Cristo, a ustedes las familias se les ha otorgado los medios para desarrollar en cada uno de sus miembros las riquezas de la persona humana y su llamado al amor de Dios y de los hombres. Den la Bienvenida a la presencia del Corazón de Jesús, nosotros buscamos sacar de Él el verdadero amor que nuestras familias necesitan. La unidad de la familia tiene un papel fundamental en la construcción de la civilización del amor" (Discurso del 5 de octubre de 1986).
La respuesta consecuente al amor de Cristo es la entrega total a Él. El Papa Pío XI, en su encíclica Miserentíssimus, dedicada al Corazón de Cristo explicaba que: "Con la Consagración ofrecemos al Corazón de Jesús nuestras personas y todas nuestras cosas, reconociéndolas recibidas de la eterna caridad de Dios”.

Nuestras personas y todo lo nuestro; entre ello, lo más importante, nuestra familia. Decía San Juan Pablo II: A la familia Cristiana además de las oraciones de la mañana y de la noche hay que recomendar explícitamente la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular.” (Familiaris Consortio, n. 61).

El entregar la familia al Corazón de Jesús es considerarle a Él desde ese momento como el Rey de la casa, como el amigo íntimo, al que se ama, con el que se vive y a quien se obedece.

El Señor no se deja ganar en generosidad. Si uno se entrega, Él siempre da más, "el ciento por uno". El Corazón de Jesús promete a las personas que se entreguen a Él: "les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida. Les daré paz a sus familias. Las consolaré en todas sus penas.  Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte. Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas, bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada”.

San Juan Pablo II decía a recién casados: "A vosotros os dirijo la exhortación paternal de que tengáis fija la mirada en el Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones. Aprended de Él las grandes lecciones del amor, bondad, sacrificio y piedad, tan necesarios en todo hogar cristiano. Sacaréis de Él fuerza, serenidad, alegría auténtica y profunda para vuestra vida conyugal. Atraeréis su bendición si su imagen está siempre, además de impresa en vuestras almas, expuesta y honrada entre las paredes domésticas" (Audiencia General 13-VI-1979).

En la consagración del hogar es importante poner una imagen del Corazón de Jesús en un lugar visible de la casa. Se le trata como a quien está presente y se le ama, suplica y honra como Señor y Amigo.

Por la importancia de este acto es conveniente invitar a un sacerdote para que lo presida, bendiga la imagen y la casa. También es muy conveniente que se prepare este acto con unos días de oración en familia y con la buena disposición interior de cada miembro de ella (oraciones, rosario en familia, pequeños sacrificios de renuncia, confesión, comunión…) que prepare un sitio al Señor que viene a nuestra casa. Para mejor disponerse sería conveniente realizar un triduo de preparación a la consagración.

Jesús invita a nuestra familia

Narra el Evangelio de san Lucas, que Jesús entró a hospedarse en casa de un pecador: 
"Después que entró Jesús en Jericó un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos, intentaba ver quién era Jesús. Pero no podía, por la gente, y porque era pequeño. Echó a correr hacia adelante, trepó a una higuera para verlo pasar. Y Jesús, cuando llegó a aquel sitio, alzando los ojos, le dijo: Zaqueo, baja deprisa, que hoy quiero hospedarme en tu casa. Bajó aprisa y lo recibió muy contento. Al ver aquello, muchos murmuraban: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, deteniéndose, le dice al Señor: “Mira, la mitad de mis bienes, voy a darla a los pobres; y si a alguno defraudé en algo, quiero devolverle cuatro veces más”. Entonces Jesús exclama: “Hoy la salvación ha venido a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán; pues el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,1-10).
Como a Zaqueo a nosotros también Jesús nos va a buscar, nos invita y nos viene a decir:
Yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo. Pero yo ejerzo mi autoridad por medio de mi Corazón. Deseo ser tratado no sólo como dueño de vuestra casa y vuestros corazones, sino también como hermano y amigo. Participaré en vuestra vida diaria, estaré con vosotros, en las penas y en las alegrías; siempre. 
Pueblo mío, al que amo intensamente, mira que estoy a la puerta, y llamo: Si alguno me oye y me abre, entraré a él y comeremos juntos. Soy Jesús, vuestro Salvador, y quiero proteger vuestra familia frente a las fuerzas del Maligno que intenta dañarla y, si puede, destruirla. Quiero que vosotros, mayores y pequeños, no caigáis en la esclavitud del pecado, ni en las angustias del miedo, la preocupación o la tristeza. Por eso, estoy dispuesto a derramar sobre vosotros mi Espíritu, que os instruirá, para que vuestra alegría sea completa y nadie os la pueda arrebatar. Yo no forzaré mi entrada en vuestra casa y menos en vuestros corazones. Espero ser invitado. Espero que me digáis: "¡Ven, Señor Jesús! Quédate con nosotros, que te necesitamos".
Si queréis, que una imagen mía presida vuestro hogar, que sea para juntaros algunos momentos a rezar ante ella; para mejor hacer de vuestra familia una iglesia doméstica, en la que reine el amor de Dios y del prójimo, participad con más devoción y frecuencia en la Misa y en la comunión; tratad de conocer más y cumplir mejor mi Evangelio.

Os ofrezco mi Corazón herido, rebosante de perdón, de amor, y de vida que nunca terminará… Espero vuestra respuesta.
       
Nuestra respuesta al Señor


El Señor en el libro del Apocalipsis nos dice: “Yo reprendo y corrijo a quienes quiero con amor de amistad; así que, ten fervor y arrepiéntete. Mira, estoy llamando a la puerta; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo". (Ap 9,22).

Ante tanto amor que Jesús muestra por nosotros, Él pide como respuesta que le abramos la puerta de nuestro corazón, y le correspondamos. Esto lo hacemos en especial por medio de la consagración.

Un propósito concreto de esta consagración, es tratar, con la ayuda de Dios y de la Virgen María, de hacer vida en nuestra casa las siguientes “Bienaventuranzas de la familia”:
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres comulgan con frecuencia y rezan juntos, porque así permanecerán unidos.
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres guardan las fiestas cristianamente, porque asistirán a las fiestas de la eterna felicidad en el cielo.
  • Bienaventurada la familia cuyos hijos y padres no viven según el espíritu del mundo apartado de Dios, porque en su casa encontrarán la incomparable alegría de la conciencia en paz con Dios.
  • Bienaventurada la familia que recibe a los hijos como dones de Dios y les prepara para los sacramentos, porque en ella se criarán bienaventurados para el cielo.
  • Bienaventurada la familia que practica la caridad con los necesitados, porque Dios mismo queda obligado a recompensarla.
  • Bienaventurada la familia donde los enfermos reciben la visita del sacerdote y los sacramentos, porque la muerte no entrará infundiendo miedo, sino que dejará gran paz.
  • Bienaventurada la familia consagrada con fidelidad al Corazón de Jesucristo, porque en ella reinarán la bondad y el amor.

¿Qué hace el Corazón de Jesús cuando nos consagramos a Él?

Narra el Evangelio que cuando Jesús iba de camino, "entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, le dio hospedaje. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra; en cambio, Marta estaba dispersa, con el ajetreo del servicio; y, presentándose, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Entonces, dile que me ayude. Pero el Señor le respondió así: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por demasiadas cosas. Sólo se necesita una. María ha elegido la mejor parte" (Lc 10,38-42).


Más adelante nos relata el Evangelio que Jesús volvió a esa casa de Betania, al haber muerto Lázaro hermano de Marta y María y que allí “se enteró de que llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Entonces María llegó donde estaba Jesús. Al verlo cayó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Jesús, al verla llorando, lanzó un suspiro profundo, y emocionado dijo: ¿Dónde lo habéis puesto? Fue hacia el sepulcro: Y con voz potente dijo: ¡Lázaro, sal afuera!. El muerto salió, atado de pies y manos, con vendas. Jesús les dice: Desatadlo y dejadlo ir. Muchos creyeron en Él" (Jn 11,17-46).

Vemos cómo Jesús, al ser acogido en la casa de Betania, llena a la familia con su amor. A la vez que aconseja e instruye (en especial a Marta), y cura a Lázaro devolviéndole a la vida. Es Jesús, Amigo, Maestro y Médico, Hijo de Dios hecho hombre por amor a nosotros, el que nos hizo a través de la gran santa del Corazón de Jesús, Santa Margarita María, las extraordinarias promesas a los amigos de su Sagrado Corazón:


1ª Les daré todas las gracias necesarias a su estado;
2ª Pondré paz en sus familia;
3ª Los consolaré en todas sus aflicciones;
4ª Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte;
5ª Bendeciré abundantemente sus empresas;
6ª Los pecadores hallarán misericordia;
7ª Los tibios se harán fervorosos;
8ª Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección;
9ª Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada;
10ª Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos
11ª Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de El;
12ª Te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final, no morirán en mi desgracia y sin haber recibido los sacramentos; mi Divino Corazón será su asilo seguro en los últimos momentos.

"Estas promesas se resumen en definitiva, en las palabras que Santa Margarita María recibió del Corazón de Jesús: «Yo reinaré a pesar de mis enemigos y de cuantos se opongan a ello».


Paz y bien.



07 noviembre 2016

Dios sí castiga, permitiendo y por nuestra salvación

Qué tristeza ver que el número dos de la Secretaría del Vaticano, monseñor Angelo Becciu, haya condenado las declaraciones del sacerdote Don Giovanni Cavalcoli tan oficial y tajantemente (véase imagen al pie con la información oficial) hasta conseguir su cese en Radio María (Italia) por decir que los terremotos son consecuencia del pecado del hombre.

Claro que el terremoto no es culpa de ellos en concreto, pero desde luego que Dios castiga y lo hace por justa misericordia permitiendo todo esto.

Ya Dios castigó con el diluvio y luego en Sodoma y Gomorra y hemos visto a donde llevó el comportamiento del Siglo XX, pero veo que la historia es la maestra con peores alumnos y que nunca aprenderemos.

¿A caso el hombre que rechaza a Dios no tiene pendiente su castigo eterno en el infierno? ¿O es que todos vamos al cielo independientemente de nuestras decisiones por esa "misericordia" de Dios?

Todos los males de este mundo son fruto del pecado y éste es personal y social, así como voluntario o inconsciente. Estamos a punto de ver la gravedad de nuestro mal comportamiento y no será por la "ira de Dios" sino para que podamos arrepentirnos y salvarnos.

¿A caso no ha dicho la Virgen en Fátima que vendrán castigos de no convertirse el hombre?, ¿O en la Salette... o, mejor aún, en Akita?

En los mensajes de Fátima:

"...si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia".

Mensajes de la Salette (22 septiembre 1871):

"Grandes castigos sobrevendrán, porque los hombres no se convierten; sin embargo, sólo su conversión que puede detener estos flagelos. Dios comenzará a golpear a los hombres infligiendo castigos más ligeros con el fin de abrir los ojos".

Nuestra Señora de Akita en Japón (3 agosto 1973):

"Para que el mundo conozca su ira, el Padre Celestial está preparando para infligir un gran castigo sobre toda la humanidad".

    o también el 13 de octubre de 1973:

"...si los hombres no se arrepienten y se mejoran, el Padre infligirá un terrible castigo a toda la humanidad. Será un castigo mayor que el diluvio, tal como nunca se ha visto antes".

No es al castigo de Dios al que hay que tener miedo, sino que no haga nada, siga permitiendo nuestra vida blasfema y terminara condenada la mayor parte de la humanidad.

Paz y bien.


Fuentes:

1) Osservatore Romano del 6-11-16 pag.8 (ver imagen original) www.news.va/vaticanresources/pdf/QUO_2016_255_0611.pdf




5) www.corazones.org/maria/salette.htm


07 junio 2016

Convertios que ya no queda tiempo

Con noticias así (por poner sólo una) debería ser relativamente fácil entender mis observaciones con urgencia, pero no es así.

La perversión de hoy en día no deja lugar a duda que esa prueba final (CIC 675) o Gran Tribulación (Ap 19, 1-8) o "último asalto de las fuerzas del mal" (CIC 680) por la que tendremos que pasar en el final de los tiempos está en marcha cuanto menos.

En palabras recientes del Cardenal Robert Sarah (24-5-16):
el caldo de cultivo está listo para la revolución final, la revolución que corresponde, además, al “combate definitivo” que es el que menciona el Apocalipsis [...] que convierte al individuo en un “zombi”. Es el nihilismo total, radical, absoluto, que es el preludio de la muerte de la humanidad. Es la Hora del combate entre lo tenebroso, [...] y la luz".
Deberíamos estar "preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas" (Lc 12, 35), pero no lo estamos y perdemos el tiempo detrás de las compras, las vanidades, la comodidad y dejándonos engañar por la Nueva Era que penetra en la médula de la Iglesia para cancrenarla por dentro.

Escuchad la voz de los profetas y de María porque no queda tiempo. Este último tiempo de misericordia que precede la Justicia divina (Santa Fastina Kowalska, n.83) es el último. Ya lo dijo la Virgen en Akita (Japón, 1973 - aprobada por la Iglesia tanto como desconocida):
"Si los hombres no se arrepienten y se mejoran, el Padre infligirá un terrible castigo a toda la humanidad. Será un castigo mayor que el diluvio, tal como nunca se ha visto antes. Fuego caerá del cielo y eliminará a gran parte de la humanidad, tanto a los buenos como a los malos, sin hacer excepción de sacerdotes ni fieles. Los sobrevivientes se encontrarán tan desolados que envidiarán a los muertos. Las únicas armas que les quedarán serán el rosario y la señal dejada por mi Hijo. Cada día recita las oraciones del rosario. Con el rosario, reza por el Papa, los obispos y los sacerdotes."
¿De verdad no tenemos conocimiento suficiente de la escritura como para entender la que nos viene encima?

Como dice el profeta Amós: "¿Hay alguna desgracia, sin que la haya causado el Señor?". Pues estemos atentos a las profecías y a los signos de estos tiempos mientras velamos y oramos, porque "el Señor no hace nada sin revelar sus designios a los profetas" (Amós, 3,6-7).

"Vigilad y orad" (Mt 26,4). "No apaguéis al Espíritu. No despreciéis las profecías. Examinarlo todo y quedaos con lo bueno" (San Pablo I Tes 5, 19). Consagraos a Jesús y a María, rezad el rosario y haced ayunos, vivamos con fe los sacramentos mientras podamos tenerlos tan a mano...

Segid los signos con fe católica, pero "teniendo prisa por ser santos" (San Domingo Savio): www.facebook.com/lossignosdelostiempos

Paz y bien.



16 marzo 2016

Tiempos de conversión, no de diversion

Pocas personas, especialmente sacerdotes, tienen la fuerza y el espíritu de Dios como para hablar abiertamente de este tema. El padre G. Amoth es uno de ellos. Nos devuelve la mirada a la conversión urgente a través de la "penitencia y la oración" en su breve entrevista:

http://www.infovaticana.com/2016/01/04/polemica-advertencia-del-exorcista-italiano-gabriele-amorth-para-iniciar-el-2016/
Dios en el AT ha castigado siempre a su pueblo cuando se ha extraviado, siempre le ha reprendido cuando se ha alejado de él, porque siempre le ha querido y nunca faltará a su promesa de amarle y cuidarle.
Actualmente estamos en una situación muy parecida a las que en el AT les siguió un castigo. La Virgen de Fátima ya anunció grandes males de no escucharse su petición. Pues aquí los tenemos (ciego el que no los ve y necio el que los ignora sin preguntarse nada) y coincido con el padre Amoth que, en breve, veremos acontecimientos de gran escala espiritual y material. Quien no se lo crea, que no lo haga, pronto lo verá. Pero si no les da a tiempo luego para enmendar, hacer penitencia o saber la situación real, ...que no se lamente. Porque antes del diluvio, como dijo Jesús "la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca y llegó el diluvio, que los hizo morir a todos" (Lc17,24). Seguramente en ese momento habrían creído, pero era tarde para lo más importante. Este es un tiempo de misericordia, el mismo que se profetizo a Santa Faustina Kowalska cuando Jesús le dijo: "Antes de venir como juez justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia...". Y eso que a dicha santa se le pidió expresamente prepararnos para su segunda venida: "Prepararás al mundo para Mi última venida." (Diario 429).
Y también le dijo: "Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita." (Diario 1160)
Y tú qué prefieres ¿misericordia o justicia? ¿Prepararte o esperar?
 Vivir como lo hace el mundo en la diversión, la búsqueda de la salud y el bienestar, la tranquilidad económica basada en el ahorro, la centralidad del trabajo, la fiesta y el deporte con los amigos y colegas, etc. no es el mejor modo de prepararse. No es cuestión de si es bueno o malo a estas alturas, sino de si es el camino para estos tiempos o no. La televisión no es mala de por sí, sin embargo el mismo padre Pio anticipó la perversión del
hombre por su medio. Cuántas familias conozco que no pueden rezar el rosario todos los días porque no tienen tiempo, pero miran por lo menos una hora de televisión al día... son las contradicciones de los católicos de estos tiempos.

Tenemos que poner el corazón en Cristo (caridad y sacramentos) y de la mano de María (oración, ayunos y rosarios), buscar las cosas del cielo (especialmente la contemplación) y según las obras del Espíritu. Buscarnos menos a nosotros mismos a través de nuestras necesidades y acercarnos a Dios por medio de la urgente conversión del corazón (es decir, no tranquila y dilatada en el tiempo), que es entregárselo TODO y sin reservas.

Un saludo y ánimo en vuestro camino a Dios.

Paz y bien