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24 abril 2017

Falta poco tiempo

El concepto de "falta poco tiempo" es uno de los más controvertidos entre los intérpretes de los signos de los tiempos y los que estudian la Parusía de nuestro Señor. Hay quienes piensan que es un modo de hablar, quienes lo entienden como inminente y quienes un tiempo del Señor que nada nos dice a nosotros. Otros, casi con una urticaria, como si de un concepto herético se tratase, se dejan investir enseguida por la eterna excusa de que "nadie sabe el día ni la hora", como si con esta guillotina dialéctica se explicase algo a cerca del por qué Jesús habló de esto en muchísimas ocasiones explicándonos cómo tenemos que vivir esa espera "inminente". 

Desde luego esta espera no es una espera simbólica, ni es una metáfora simplemente anecdótica, sino que es, y así debe de ser, una real actitud de TODO católico (por eso hay una sección importante en el CIC sobre este asunto) que habiendo entendido la relevancia del orden espiritual, desea como los primero apóstoles, una vida de fe dirigida al gozo de la promesa de eternidad y su experiencia ya en la vida terrena. El Reino de Cristo ya está en la tierra, pero su manifestación aún no es completa (por eso lo pedimos constantemente en la Eucaristia, "Ven Señor, Jesús", y en el Padre Nuestro, "venga a nosotros tu reino", y es nuestro deber por un lado ser conscientes de ello para desear Su regreso prometido, y luego para pedirle al Padre que acorte esta espera, pues lo que más debería anhelar un cristiano no es continuar con salud y seguridad su vida aquí en la tierra, sino compartirlo todo en Cristo y con su presencia real y plena canto antes.

Para esto es muy interesante entender lo que el jesuita filósofo y teólogo Don Alfredo Sáenz explica en “El Apocalipsis según Leonardo Castellani” en el capítulo “El Apocalipsis y la Teología de la Historia[1]:

El mismo San Juan afirma en el Apocalipsis que la Parusía –palabra griega que aplicada a Cristo significa su presencia justiciera en la historia humana– está cerca. Lo hace desde el comienzo, cuando titula el libro «Revelación de Jesucristo para manifestación de lo que ha de suceder pronto» (Ap 1, 1), hasta el final, donde reiteradamente le hace repetir a Cristo: «Mira, vengo pronto» (Ap 22, 7.12.20).

Digamos una vez más que Cristo no se equivocó. Porque, como señala Castellani, este «vengo pronto» puede ser entendido de tres modos. Ante todo trascendentalmente, en cuanto que el período histórico de los últimos días, o sea el tiempo que corre de la Primera a la Segunda Venida será muy breve, cotejado con la duración total del mundo. Según una antigua tradición judeo-cristiana, «este siglo», es decir, el tiempo que va desde Adán al Juicio Final, tendría una duración de siete milenios, a semejanza de los siete días de la creación: dos milenios corresponden a la Ley Natural, dos milenios a la Ley Mosaica, dos milenios a la Ley Cristiana, siendo el último milenio el de «los tiempos finales», el domingo de la historia, la época parusíaca de los nuevos cielos y de la nueva tierra. Así, pues, en un sentido trascendental, Cristo pudo decir con verdad que su Segunda Venida estaba cerca.

En segundo lugar, la promesa «vengo pronto» puede ser entendida místicamente, en el sentido de que todos debemos considerarnos próximos al juicio en razón de la muerte, que puede sobrevenir en cualquier momento, resultando siempre sorpresiva e inesperada para las expectativas e ilusiones humanas. La pedagogía de Cristo en el Evangelio fue siempre alertar sobre el carácter imprevisto que tiene la muerte para cada uno de los hombres: «Necio, esta misma noche morirás. Lo que has juntado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20). Y no sólo respecto de los hombres individuales sino también en un sentido más universal: «Como sucedió en los días de Noé –dijo Jesús–, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos... Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17, 26-27.30). Lo sensato será, pues, pensar que el fin está siempre cerca, para tener aceite en el candil, como las vírgenes prudentes.

Por fin la expresión «vengo pronto» puede ser interpretada literalmente. Porque ese «pronto» de Cristo, un presente justiciero, se cumplió al poco tiempo en la destrucción de Jerusalén, y luego en el derrumbe del Imperio Romano, los dos typos  del fin del siglo, o sea, el término del ciclo. Se cumplió en su primera fase para los contemporáneos del Señor, y se cumplirá quizá en su forma plenaria para nosotros, que pensamos menos en los fines últimos que los primeros cristianos, siendo que estamos más cerca que ellos.

Así que os animo a vivir cada día como si fuera el último, pero no teóricamente, sino ajustando todo nuestro pensar y planificar a esta espera. Es un modo estupendo de vivir con más intensidad y agradecimiento el tiempo que tenemos a disposición, de no distraernos con preocupaciones inútiles, de dar gracias por las cosas pequeñas de cada día, de apostar por el amor de nuestra familia, de vivir con sobriedad y auténtica esperanza, etc. El objetivo no es dejar de planificar a largo plazo, sino no poner el corazón en aquello que no está en el orden del hoy y de la salvación.

Paz y bien.

30 marzo 2017

¿Y tú con qué te quedas?

La palabra de Dios de hoy (30 de marzo de 2017) me invita a hacer una breve reflexión:

¿Es la palabra de Dios que es actual y siempre viva o somos nosotros que somos tan aburridamente repetitivos que la actualizamos porque no la terminamos de escuchar y vivir?


Decidme si no es actual la observación de Dios a Moisés (Ex 32,7-14):

"En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: "Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto."»[...]"

Menos mal que el intercesor de turno para estos tiempos, mucho más graves por la cantidad de gracias que se nos han dado en estos miles de años, es la misma Santísima Madre de Dios y madre Nuestra.


Para salvarnos, después de mandar a su Hijo, mandó a su Madre...y volvemos a hacerle muy poco caso a Dios.


¿Porqué? Por ejemplo, lo más importante de Fátima no es el mensaje de "penitencia, penitencia, penitencia" sino si hay más secreto. Lo más importante de Medjujorje no es el ayuno, los sacramentos, el rosario, etc., sino si se aprobará o no. Lo más importante de Akita no es las almas consuelen a Jesús, sino que tiene un mensaje políticamente incorrecto incluso por los cristianos (eso si se llega a conocer Akita...). En Lourdes no es importante el rezo del rosario y asumir la cruz en este mundo, sino si hay curaciones o no.
Siempre nos las apañamos para quedarnos con lo que menos importa y, aunque este error huela a azufre, muy pocos se
percatan.
Paz y bien




16 septiembre 2016

Cardenal Sarah: estamos humanizando la liturgia

El Cardenal Sarah, prefecto para la Congregación del culto divino y la disciplina de los sacramentos, destaca que estamos humanizando la liturgia tratando de hacerla amena o divertida, que tenemos miedo a los silencios, así como una preocupación por el protagonismo en las celebraciones, olvidando que el centro debe de ser Cristo, no los fieles o el sacerdote.  Destaca que el Concilio se ha entendido mal y deformado. Entre otras cosas vuelve a proponer la celebración hacia oriente (donde el sacerdote da la espalda a los fieles) para juntos participar de la obra de culto y redentora llevada a cabo por Cristo. Pero sobre todo propone devolverle la dignidad y la sacralidad a la liturgia de la Santa Misa, algo innegablemente importante. Me parecen palabras duras, difíciles, pero tremendamente necesarias para vivir lo que realmente Cristo nos propone vivir en su mayor sacramento.

Adjunto enlace a la publicación original del Osservatore Romano” del 12 de junio de 2015.

Frases traducidas a destacar:

La liturgia es en su esencia actio Christi: “la obra de la redención humana y la perfecta glorificación de Dios”. Es Él el gran sacerdote, el verdadero sujeto, el verdadero actor de la Liturgia. Si este principio vital no encuentra acogida en la Fe, se corre el riesgo de hacer de la Liturgia una obra humana, una celebración que la comunidad hace de sí misma.
[...]
La Iglesia, cuerpo de Cristo, debe convertirse a su vez en instrumento de las manos del Verbo. Éste es el significado último del concepto clave de la Constitución conciliar: la participatio actuosa. Dicha participación consiste para la Iglesia en convertirse en instrumento de Cristo-sacerdote, para participar de su misión trinitaria. La Iglesia participa activamente en la obra litúrgica de Cristo en la medida en que es instrumento. En este sentido, hablar de “comunidad celebrante” no carece de ambigüedad y su uso requiere de verdadera cautela (cfr. Instrucción Redemptoris sacramentum, n. 42). La participatio actuosa no debería ser comprendida nunca como la necesidad de hacer algo. En este punto la enseñanza del Concilio  ha sido deformada con frecuencia. Se trata, por el contrario, de permitir que Cristo nos tome y nos haga partícipes de su sacrificio. 
[...]
El sacerdote debe por tanto convertirse en este instrumento que deja traslucir a Cristo. Como ha recordado recientemente nuestro Papa Francisco, el celebrante no es el presentador de un espectáculo, no debe buscar la simpatía de la asamblea poniéndose frente a ella como su interlocutor principal. Entrar en el espíritu del Concilio significa por el contrario cancelarse a sí mismo, renunciar a ser el punto focal. De modo contrario a lo que se ha sostenido a veces, es plenamente conforme con la constitución conciliar y, además, oportuno, que durante el rito penitencial, el canto del Gloria, las oraciones y la plegaria eucarística todos, sacerdote y fieles, se vuelvan juntos hacia el Oriente, para expresar su voluntad de participar de la obra de culto y redentora llevada a cabo por Cristo. Este modo de proceder podría oportunamente ser introducido en las catedrales, donde la vida litúrgica debe ser ejemplar.
[...]
Una lectura demasiado apresurada y, sobre todo, demasiado humana, ha conducido a concluir que era necesario hacer que los fieles estuvieran constantemente ocupados. La mentalidad occidental contemporánea, modelada por la técnica y fascinada por los medios de comunicación, ha querido hacer de la Liturgia una obra de pedagogía eficaz y rentable. En este espíritu, se ha buscado hacer que  las celebraciones sean algo distendido. Los actores litúrgicos, animados por motivaciones pastorales, intentan en ocasiones hacer una obra didáctica introduciendo en las celebraciones elementos profanos y propios del espectáculo. ¿No florecen acaso testimonios, puestas en escena y aplausos? Se cree así favorecer la participación de los fieles cuando de hecho se reduce la Liturgia a un juego humano. 
[...]
Se olvida a menudo que el silencio sacro es uno de los medios indicados por el Concilio para favorecer la participación. Si la Liturgia es obra de Cristo, ¿es necesario que el celebrante introduzca agregados propios? Se debe recordar que, cuando el Misal autoriza una intervención, ésta no debe tornarse en un discurso profano y humano, un comentario más o menos sutil sobre la actualidad, o un saludo mundano a las personas presentes, sino una sutil invitación a entrar en el Misterio (cfr. Instrucción General del Misal Romano, n. 50). 

Publicado en la edición del 12 de junio de 2015 de L’Osservatore Romano, p. 6.

Ver documento aquí: AQUI

Paz y bien.