07 junio 2017

¿Qué opino de la sofrología?

Según el Instituto Médico de Sofrología Caycediana, la Sofrología es una escuela científica, que tiene como objetivo el estudio de la consciencia y la conquista de los valores existenciales del ser. Imagino que la idea de que sea “científica” es atribuida al hecho de que la fundó el Dr. Alfonso Caycedo, un médico neuropsiquiatra, en 1960 en Madrid. El significado de “sofrología” viene de SOS (equilibrio), PHREN (psique) y LOGOS (estudio), aunque es de todos sabido que la disciplina encargada de la mente es la psicología y la psiquiatría, y que su finalidad es la salud mental, que vienen a ser de forma tácita el mismo de la sofrología sólo que sin la raíz SOS en la palabra.

Si bien no quiero desmerecer el intento del fundador de sistematizar o garantizar la metodología de la sofrología al ver que había diferentes técnicas y programas parecidos, voy a analizar los supuestos que se presentan con respecto a esta práctica. Vayamos paso a paso analizando su aportación[1].

La sofrología “Ofrece una metodología para que el individuo conozca de forma vivencial su propia consciencia.”

Bueno, la conciencia no se puede conocer porque no es reflexiva, sino que es el estar despierto y delante de la realidad viviéndola como algo distinto a nosotros mismos. Lo que pensamos además no es la conciencia, pues lo pensado es lo que es objeto de nuestra reflexión, pero lo pensado no es el que piensa. Parece un poco lioso, pero es simple. Pensamos algo, pero no somos lo pensado. La conciencia es lo que me permite conocer, no algo sobre el que puedo volcar mi atención.

Dicen que “El método Caycedo “consiste en una serie de técnicas de relajación, ejercicios respiratorios, movimientos corporales y estrategias de activación mental que tienen como fin el conocimiento de sí mismo y el desarrollo de la consciencia”.

Si es relajación, respiración, movimientos e incluso activación mental, estamos hablando de una incidencia a nivel corporal. No está mal y la implementan prácticamente todas las terapias, pero no es nada nuevo. Sin embargo, si el fin es el conocimiento de uno mismo, estamos mezclando otros estatutos de la persona que no se desarrollan por esas vías. Y desde luego estas técnicas no pueden desarrollar la conciencia desde el plano material o corporal. Una conciencia no se peude desarrollar, como mucho se podría iluminar, pero es un proceso que le viene dado desde fuera y que no es dado por una técnica, sino por la voluntad de Dios.

Siguen diciendo que “la persona va aumentando la percepción y conocimiento de su propia corporalidad, sus emociones, sus pensamientos, su conducta y sus propios valores”. 

Lo que pueden hacer es aumentar el tiempo dedicado a la actividad corporal, las sensaciones, las percepciones sensoriales, etc., pero no aportan conocimiento sobre uno mismo, sino sobre el estado físico. Vuelvo a repetir que en psicología, con la relajación progresiva, se consigue lo mismo. Se podrá atender a la respuesta física y, en la medida que uno se distrae, podrá pensar en algo, pero no se trabajarán de forma adecuada los valores personales, como dice. Desde el punto de vista cristiano, además, los valores se transmiten en familia, en la educación, etc. pero sólo crecen con una implicación personal tras llevarlos voluntariamente a la práctica. Dedicarse a la percepción sensitiva, no puede fomentar valores.

“Ella misma [la persona] va desarrollando su voluntad para mejorar aquellas capacidades que quiere potenciar y tratar sus percepciones, sentimientos o pensamientos molestos”.

La voluntad es una potencia pasiva del alma que se dirige hacia lo que la inteligencia le presenta como verdadero y que detecta, por lo tanto como bueno. La voluntad se desarrolla al realizar ejercicios que terminan en acciones concretas y que no quedan en sus fases constitutivas como la intención, la deliberación y la elección, por lo que la voluntad sin plasmarse en acción no se fortalece. De allí que Dios nos pida que la fe tenga que ir acompañada de obras.

Si bien podría no ser especialmente mala si no se aislara del resto o no se tomara en modo principal o absoluto, no creo que sea una buena dirección que un tratamiento se base en la potenciación de la “sensación” o “lo molesto” desde la percepción. El ser humano necesita traer a la conciencia sus errores, hacerlos conscientes, elaborarlos para reducir la implicación emocional, sanarlos por medio de la confesión y la gracia y establecer pautas y estrategias para evitar caminos que le vuelvan a hacer caer.
“La Sofrología Caycediana hace énfasis en el ser humano como sujeto de sí mismo”.

Pues el “hacer énfasis en uno mismo” parece trabajar la autoestima (mal entendida), la asertividad, y la imposición del derecho sobre uno mismo como medida de autocontrol, pero entraña el peligro de centrarse en el “sí mismo”. El cristiano, sin embargo está llamado a entregarse a los demás, a tomar su cruz después de haberlo dejado todo y seguir el camino de Cristo. No se trata de autodominarse, sino de reconocerse tal cual se es, pero amados por Dios, para no dedicarle tanto tiempo a nuestra vida y salir de ella hacia los demás. Porque quien no quiere perder su vida, la perderá…

“Siendo una disciplina basada en la fenomenología, potencia la consciencia, la libertad y la responsabilidad del individuo”.

Bueno, la fenomenología fue fundada principalmente por E. Husserl en un intento de renovar la filosofía. Trata sobre todo de la intencionalidad y de la conciencia, pero creo que “la consciencia, la libertad y la responsabilidad” no se trabajan desde la autoreflexión, sino saliendo hacia los demás desde un encuentro verdadero con Dios.

Me parece a mí que la sofrología no tiene planteamientos muy acordes a una antropología que un católico vive cada día y no enmarca los consejos que esperamos desde un planteamiento trascendental, pero personal con Dios. Termina siendo una forma de relajación con visualización que trata de centrar a uno mismo consigo mismo buscando más el autocontrol y el equilibrio que el camino de la entrega voluntaria, el esfuerzo necesario para ello y la transparencia de conciencia que nos pone delante de la Verdad para poderla reconocer.


Diego Cazzola


13 mayo 2017

Opinión sobre la película de Fátima 2017

Acabo de ver la película de Fátima 2017 cuya información me ha llegado por decenas de personas...

Pues bien, es recomendable y muy interesante la cantidad de datos y conexiones que propone entre el fenómeno de Fátima (apariciones, mensaje, testimonios, etc.) y los sucesos históricos relacionados, y, más aún, creo que consigue si no hacerte rezar el rosario, por lo menos confiar en la efectividad de su poder.

Sin embargo quiero destacar un inconveniente muy sutil que igual pocos habrán percibido y algunos no considerarán importante, pero yo sí.

Algunas intervenciones de la película, y todas ellas en su conjunto, dejan pasar la idea de que el comunismo ha sido vencido por el progresivo abandono al rosario y al mensaje de Fátima. Pues bien, creo que estamos muy lejos de esto por dos razones:

1) La primera porque aún tiene que triunfar el Corazón de María y esto deberá ocurrir tras una Gran Tribulación que no podemos ignorar o destinar a décadas venideras, pues sería cerrar los ojos y los oídos a muchas otras apariciones marianas también aprobadas por la Iglesia e íntimamente relacionadas con Fátima, como son los últimos dos mensajes de Nuestra Señora de Akita (Japón), que nadie menciona y muchos desconocen.

2) La segunda porque es evidente para quien siga las noticias de la actualidad que el comunismo habrá dejado su actividad mayor en Rusia, pero no en muchos otros países que están sufriendo muchísimo su imposición y poder. ¿A caso Cuba, Venezuela, China, Corea, etc. pueden decirse libres del comunismo?

Finalmente, quiero decir que el mensaje de Fátima tiene mucha trayectoria porque lleva un siglo, pero excepcionando el auge que ha tenido este último año por el centenario, ya no es el pulmón de conversiones que era hace 30 años o menos. Es Medjugorje de donde ahora María está llamando a la penitencia, al ayuno a los sacramentos y al rosario. Si atendemos a las últimas cifras de peregrinos, conversiones, confesiones o comuniones distribuidas, etc., anunciadas por el enviado del Papa a Madjugorje, el arzobispo polaco Henryk Hoser, será algo evidente. No por nada allí la advocación de la Virgen es "Vírgen de la paz".

Así que mi humilde y muy poco importante consejo es:

El Señor nos ha dejado ver el poder que ha otorgado a la intercesión de su Madre y la necesidad que tenemos de ella, así como el mal que generamos cuando nos alejamos de Dios, ahora bien, no nos relajemos ni una pizca que aún hay que rezar muchísimo antes de darnos mínimamente por satisfechos. Queda mucho rosario diario en cada casa, mucha consagración, mucho ayuno y penitencia que se refleje en obras de misericordia, amor auténtico a los demás y pureza en nuestro corazón. 

Paz y bien.


05 mayo 2017

¿Por qué se está proponiendo que la confirmación se dé antes que la comunión y a una edad tan temprana?

La propuesta de modificar el orden de administración de los sacramentos de la primera comunión y de la confirmación adelantando la confirmación a los 8-9 años, previa confesión, y apenas al años siguiente la primera comunión (justo para permitir la adecuada preparación a ambos sacramentos) es una realidad que en Madrid empezó en 2009 en la diócesis de Alcalá de Henares con la idea de que se extienda a las demás Diócesis de Madrid. Actualmente son varias las parroquias de la Comunidad de Madrid, y del mundo, que han incorporado este grande cambio y paulatinamente está previsto que sea así en todas.

Lo que pretende esta modificación es un cambio de mentalidad, por lo que, como todo cambio, es normal que cueste. En palabras del director del secretariado de Catequesis de la Diócesis de Alcalá, Francisco Martínez se trata de “dar una primacía a la gracia, es decir, un muchacho que tiene el Espíritu Santo primero con el bautismo y luego con la confirmación se acerca a la eucaristía para culminar su iniciación cristiana y es un cristiano completo”. Dicho de otro modo, se trata de entender que la confirmación no supone un culmen para pocos que concluye una etapa de formación, sino la plena recepción del Espíritu Santo que permite el mejor acercamiento al sacramento de la Eucaristía que es la real culminación de la iniciación cristiana y que constituye el inicio de un nuevo caminar en el Espíritu del Señor por el que el cristiano se irá cada día conformando a su corazón eucarístico. Debemos de entender que la Eucaristía es el centro de la vida cristiana y el culmen de los sacramentos, pues todos se dirigen a ella y para ella. Todo debe de girar a su alrededor y nutrirse de la Eucaristía según la lógica teológica de la iniciación cristiana. El bautismo y la confirmación, pues, nos dan el Espíritu Santo que necesitamos para vivir y aprovechar la Eucaristía.

En palabra de Martínez, es preciso que hoy en día cambiemos la mentalidad de que la confirmación sea entienda como “el sacramento de los perfectos o de los que después de un largo periodo de años en la catequesis parroquial han superado un montón de pruebas” porque al final los que lo logran parecen héroes que lograron la meta y se nos olvida que el cristiano no merece los sacramentos, sino que los recibe por una total gracia de Dios. Él sólo debe dejarse asistir por la gracia sacramental y “dejar actuar al Espíritu Santo, que dará sus frutos cuando querrá”. Nuestra tarea es esforzarnos por no meter la pata y seguir cercanos al Señor.

Así pues, no hay que “confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida que no necesita una “ratificación” para hacerse efectiva” (CIC, n. 1308)

¿Por qué no ha sido entonces siempre así?

Para los Cristianos Orientales – sean católicos, ortodoxos o de otra denominación – este orden nunca ha sido alterado. Para los Cristianos Occidentales esto ocurrió en 1910, cuando el Papa San Pío X redujo la edad de la Primera Comunión a los siete años. Al hacer esto, mantuvo la edad de la Confirmación sin ningún cambio, y así se invirtió el orden de los Sacramentos de Iniciación Cristiana y nos dejó con la práctica que tenemos hasta ahora, de una confirmación tardía.

Sin embargo el orden adecuado es recibir la Confirmación en la infancia tal como hemos dicho. Tras los documentos nacidos del Concilio Vaticano II y con el apoyo de autoridades como el Papa Benedicto XVI, quien personalmente le dijo al Arzobispo Aquila: “Tú has hecho lo que yo siempre quise hacer”, la restauración de los sacramentos empezó a extenderse y parece ser algo permanente. Lo recoge también el nuevo “Catecismo Jesús es el Señor” de la Conferencia Episcopal Española y además es fácil comprobar que el orden de los sacramentos de iniciación cristiana en el Catecismo de la Iglesia Católica es el de “Bautismo, confirmación y Eucaristía” (Cfr. CIC, Sección II, Cp. I). También podemos citar como el CIC (n.1212) a Pablo VI [1]:

“En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad".

Conclusión

Podemos concluir que la Confirmación tiene que entenderse como necesaria para la plenitud del Espíritu del cristiano y que prepara y asiste para la vida de gracia y la vivencia del Sacramento por antonomasia que es la Eucaristía. No hay que ver la Confirmación como el sacramento de la madurez o el de la elección voluntaria de Dios, sino como el sacramento de la plenitud del Espíritu que permite que Dios nos asiste en la vida para vivir en el mundo sin ser nunca del mundo, ayudándonos a superar las pruebas y dificultades cuanto antes. Dicho de otro modo: ¿tendría sentido vacunarnos a los 16 años?

Paz y bien.

Fuentes:







[1] Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae; cf. Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, Prenotandos 1-2 .



30 abril 2017

7 claves para fundar una familia feliz

Os dejo un breve resumen de las ideas principales de la conferencia dada por Monseñor José Ignacio Munilla en el encuentro de ITV Matrimonial del 18 de marzo del 2017 acompañados de unas preguntas que puedan promover una reflexión o un testimonio.



1. El fin del matrimonio es la unión con Dios

El matrimonio es un camino para llegar a Dios y, como una montaña tienen varias laderas para subir a la cima, el matrimonio es una para alcanzar la santidad. La meta familiar es una y es la unión con Dios y es importante no confundirla con las otras metas secundarias como la hipoteca, el trabajo, etc.

Los esposos no se pueden pedir, el uno al otro, la plenitud que sólo Dios puede dar a cada uno. De hacerse se corre el riesgo de quedar decepcionados por el matrimonio.

Pregunta para el testimonio: ¿He puesto algo o alguien por delante de Dios? ¿Realmente quiero a Dios por encima de mi cónyuge o hijos? ¿Es Dios mi máxima prioridad? ¿Soy consciente de que la plenitud la encontraré sólo Dios y no el cónyuge?

2. El modelo del amor conyugal es Jesucristo.

El centro del matrimonio y su referente principal es la persona de Cristo y no el sentimiento o la emotividad. Lo que mueve a la entrega diaria no debe de ser la sensación, sino una convicción iluminada por la razón que busca lo bueno y verdadero.

En este sentido el amor matrimonial no es sólo una experiencia  de eros, sino de ágape que lo transforma en un compromiso personal, un “querer querer”. No sólo el amor preserva el matrimonio, sino que el mismo matrimonio preserva el amor: “Me casé porque te quería. Ahora te quiero porque me casé”. Tomada la decisión de casarse ya no hay que volver atrás. Dudar de ello es una tentación que hay que desestimar sin más.

Pregunta para el testimonio: ¿Sabemos guiarnos por la vivencia de Cristo antes que por las influencias del mundo o las debilidades personales? ¿Hemos llegado a dudar de nuestro matrimonio o de nuestro cónyuge como aquel que Dios nos ha entregado para su santificación?

3. Los esposos deben de ser instrumentos de santidad el uno para el otro.

Los esposos viven una preciosa intimidad que les permite mantener una relación fecunda en el proceso de santificación. Cada uno ayuda al otro a descubrir lo mejor y lo peor desde la caridad, pero sin que se den celos y envidias. Cada uno debe de ser instrumento de santidad que ayude al otro a ser mejor. Es precisa una relación basada en la caridad y la humildad.

Pregunta para el testimonio: ¿Conseguimos dejarnos criticar sin levantar defensas o justificaciones, y ser agradecidos por las críticas? ¿Conseguimos ayudar con caridad y humildad al otro?

4. En el matrimonio hay que aprender a olvidarse de uno mismo

Entre los esposos tienen que haber peleas sólo para adelantarse en el servicio al otro. La familia es un lugar privilegiado para la entrega de uno mismo al otro, pero también se puede caer en la tentación de generar un clima de confort que la aísle del mundo. La entrega tiene que ser el motor de la vida espiritual del matrimonio.

Pregunta para el testimonio: ¿Soy capaz de olvidarme a mí mismo y dedicarme a los demás por encima de mis necesidades (hobbies, trabajo innecesario, ocio, deporte, etc.)? ¿Somos capaces de abrirnos hacia fuera evangelizando y abriéndonos a la vida con generosidad?

5. El matrimonio se tiene que abrir a la familia extensa

Un amor carnal lleva a cerrarse a la vida nuclear y dificulta la apertura a la familia extensa. Un modo de amar al otro cónyuge es amar a su familia de origen como si se tratara de la suya.

El problema del mandato de ser “una sola carne” sólo encuentra su solución en la conversión.

Pregunta para el testimonio: ¿Soy capaz de amar a la familia de mi cónyuge como si fuera la mía? ¿Pido a Dios el don de la conversión profunda y radical para ser capaz de amar la cruz de cada día en mi familia?

6. Tener no sólo paternidad carnal, sino espiritual

Es bueno amar a los hijos no sólo desde la carnalidad, sino en orden a lo espiritual. Es preciso amar a los hijos buscando su santidad y recordando que los hijos son de Dios y para Dios. Atender a una paternidad espiritual es buscar sobre todo lo que Dios quiere para ellos. Tratar de que sean santos es tratar de que sean conforme a la voluntad de Dios e implica ser descubridores de la voluntad de Dios más que inventores.

Esto preserva de dos errores:

A. Ser posesivos con respeto a los hijos, considerándolos algo propio y no para Dios.
B. Ser sobreprotectores y justificarle por encima de todo.

Pregunta para el testimonio: ¿Veo a mis hijos como de Dios más que míos? ¿Trato de buscar lo que Dios quiere de ellos más que lo que yo querría que fuesen?

7. No reducir el cristianismo a una mera ética de solidaridad.

Es importante ser cristocéntricos. No se trata de un buenismo sin más que nos lleve a compartir por compartir, sino a vivir en comunión entre nosotros por la persona de Cristo, en comunión con él. Llevar a los hijos a un colegio católico no debería ser por su orden y disciplina y menos aún para que sean buenas y educadas personas, sino para que Cristo sea el centro también en la formación académica. Es necesario un encuentro personal con Cristo que cambie nuestra vida y no sólo inculcar valores y reglas, por buena que sean.

Al igual que en la cacería del zorro al principio todos los perros corren juntos y a la vez, pero al final sólo corren aquellos que han visto el zorro y saben dónde está, es importante que nosotros sigamos con convicción a Jesús, de lo contrario podríamos encontrarnos perdidos en nosotros mismos y olvidar a quién perseguíamos. No se trata de portarse bien por portarse bien, sino de ser constantes en el bien, algo posible sólo desde un el encuentro real y permanente con Cristo. Lo que funda la vida es la experiencia de Cristo, no la ética.

Pregunta para el testimonio: ¿Trato de poner a Cristo y el encuentro con Él por encima de todo y en todo o pienso que es una exageración buscando darle un espacio al mundo y su mundanidad? ¿Explico a mis hijos el sentido de amor que se esconde en las normas o exijo sin más un respeto por mi autoridad?


24 abril 2017

Falta poco tiempo

El concepto de "falta poco tiempo" es uno de los más controvertidos entre los intérpretes de los signos de los tiempos y los que estudian la Parusía de nuestro Señor. Hay quienes piensan que es un modo de hablar, quienes lo entienden como inminente y quienes un tiempo del Señor que nada nos dice a nosotros. Otros, casi con una urticaria, como si de un concepto herético se tratase, se dejan investir enseguida por la eterna excusa de que "nadie sabe el día ni la hora", como si con esta guillotina dialéctica se explicase algo a cerca del por qué Jesús habló de esto en muchísimas ocasiones explicándonos cómo tenemos que vivir esa espera "inminente". 

Desde luego esta espera no es una espera simbólica, ni es una metáfora simplemente anecdótica, sino que es, y así debe de ser, una real actitud de TODO católico (por eso hay una sección importante en el CIC sobre este asunto) que habiendo entendido la relevancia del orden espiritual, desea como los primero apóstoles, una vida de fe dirigida al gozo de la promesa de eternidad y su experiencia ya en la vida terrena. El Reino de Cristo ya está en la tierra, pero su manifestación aún no es completa (por eso lo pedimos constantemente en la Eucaristia, "Ven Señor, Jesús", y en el Padre Nuestro, "venga a nosotros tu reino", y es nuestro deber por un lado ser conscientes de ello para desear Su regreso prometido, y luego para pedirle al Padre que acorte esta espera, pues lo que más debería anhelar un cristiano no es continuar con salud y seguridad su vida aquí en la tierra, sino compartirlo todo en Cristo y con su presencia real y plena canto antes.

Para esto es muy interesante entender lo que el jesuita filósofo y teólogo Don Alfredo Sáenz explica en “El Apocalipsis según Leonardo Castellani” en el capítulo “El Apocalipsis y la Teología de la Historia[1]:

El mismo San Juan afirma en el Apocalipsis que la Parusía –palabra griega que aplicada a Cristo significa su presencia justiciera en la historia humana– está cerca. Lo hace desde el comienzo, cuando titula el libro «Revelación de Jesucristo para manifestación de lo que ha de suceder pronto» (Ap 1, 1), hasta el final, donde reiteradamente le hace repetir a Cristo: «Mira, vengo pronto» (Ap 22, 7.12.20).

Digamos una vez más que Cristo no se equivocó. Porque, como señala Castellani, este «vengo pronto» puede ser entendido de tres modos. Ante todo trascendentalmente, en cuanto que el período histórico de los últimos días, o sea el tiempo que corre de la Primera a la Segunda Venida será muy breve, cotejado con la duración total del mundo. Según una antigua tradición judeo-cristiana, «este siglo», es decir, el tiempo que va desde Adán al Juicio Final, tendría una duración de siete milenios, a semejanza de los siete días de la creación: dos milenios corresponden a la Ley Natural, dos milenios a la Ley Mosaica, dos milenios a la Ley Cristiana, siendo el último milenio el de «los tiempos finales», el domingo de la historia, la época parusíaca de los nuevos cielos y de la nueva tierra. Así, pues, en un sentido trascendental, Cristo pudo decir con verdad que su Segunda Venida estaba cerca.

En segundo lugar, la promesa «vengo pronto» puede ser entendida místicamente, en el sentido de que todos debemos considerarnos próximos al juicio en razón de la muerte, que puede sobrevenir en cualquier momento, resultando siempre sorpresiva e inesperada para las expectativas e ilusiones humanas. La pedagogía de Cristo en el Evangelio fue siempre alertar sobre el carácter imprevisto que tiene la muerte para cada uno de los hombres: «Necio, esta misma noche morirás. Lo que has juntado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20). Y no sólo respecto de los hombres individuales sino también en un sentido más universal: «Como sucedió en los días de Noé –dijo Jesús–, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos... Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17, 26-27.30). Lo sensato será, pues, pensar que el fin está siempre cerca, para tener aceite en el candil, como las vírgenes prudentes.

Por fin la expresión «vengo pronto» puede ser interpretada literalmente. Porque ese «pronto» de Cristo, un presente justiciero, se cumplió al poco tiempo en la destrucción de Jerusalén, y luego en el derrumbe del Imperio Romano, los dos typos  del fin del siglo, o sea, el término del ciclo. Se cumplió en su primera fase para los contemporáneos del Señor, y se cumplirá quizá en su forma plenaria para nosotros, que pensamos menos en los fines últimos que los primeros cristianos, siendo que estamos más cerca que ellos.

Así que os animo a vivir cada día como si fuera el último, pero no teóricamente, sino ajustando todo nuestro pensar y planificar a esta espera. Es un modo estupendo de vivir con más intensidad y agradecimiento el tiempo que tenemos a disposición, de no distraernos con preocupaciones inútiles, de dar gracias por las cosas pequeñas de cada día, de apostar por el amor de nuestra familia, de vivir con sobriedad y auténtica esperanza, etc. El objetivo no es dejar de planificar a largo plazo, sino no poner el corazón en aquello que no está en el orden del hoy y de la salvación.

Paz y bien.

30 marzo 2017

¿Y tú con qué te quedas?

La palabra de Dios de hoy (30 de marzo de 2017) me invita a hacer una breve reflexión:

¿Es la palabra de Dios que es actual y siempre viva o somos nosotros que somos tan aburridamente repetitivos que la actualizamos porque no la terminamos de escuchar y vivir?


Decidme si no es actual la observación de Dios a Moisés (Ex 32,7-14):

"En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: "Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto."»[...]"

Menos mal que el intercesor de turno para estos tiempos, mucho más graves por la cantidad de gracias que se nos han dado en estos miles de años, es la misma Santísima Madre de Dios y madre Nuestra.


Para salvarnos, después de mandar a su Hijo, mandó a su Madre...y volvemos a hacerle muy poco caso a Dios.


¿Porqué? Por ejemplo, lo más importante de Fátima no es el mensaje de "penitencia, penitencia, penitencia" sino si hay más secreto. Lo más importante de Medjujorje no es el ayuno, los sacramentos, el rosario, etc., sino si se aprobará o no. Lo más importante de Akita no es las almas consuelen a Jesús, sino que tiene un mensaje políticamente incorrecto incluso por los cristianos (eso si se llega a conocer Akita...). En Lourdes no es importante el rezo del rosario y asumir la cruz en este mundo, sino si hay curaciones o no.
Siempre nos las apañamos para quedarnos con lo que menos importa y, aunque este error huela a azufre, muy pocos se
percatan.
Paz y bien




02 marzo 2017

Respuesta a Epicuro 2260 años después y para los de hoy...

Según Epicuro, si Dios no está dispuesto a impedir el mal es que no es capaz, y si no es capaz no es omnipotente, sino malévolo. Si puede, pero sigue habiendo maldad, habría que retirarle el título de Dios.

No sólo Dios es capaz y está dispuesto a impedir el mal, sino que lo tiene bien pensado desde antes del pecado original.

Claro que Epicuro no conoció a Jesús, pero que hoy en día se utilicen sus frases para seguir ese planteamiento es cuanto menos absurdo. ¡Cuánta ignorancia de lo que Dios hizo por amor a los hombres! 
Una de las teorías más validadas en teología que explica la caída de los ángeles es precisamente la visión de un Dios que se encarnaba en una mujer por la salvación del mundo. No lo toleraron y se rebelaron. Pero María estaba pensada ya antes de la creación del mundo en el seno de Dios y para el camino de la redención de Cristo. La razón del porqué no interviene cómo nos gustaría a nosotros (al estilo Hollywood, con poder ruidos y estruendos fulminantes que se cargan a los malos) es porque Dios es mejor que nosotros en capacidad y en pureza. Domina el tiempo y lo penetra con su propio ser viviendo la realidad eterna en un sólo presente perfecto. Vamos, que no tiene prisa porque sabe el final y, como decimos nosotros, lo tiene todo controlado, pero de verdad.
La cuestión para entender el mal permitido es muy sencilla y es una cuestión tan vieja como el hombre tiene uso de razón. Lo esencial en Dios es el amor, lo esencial del amor es la libertad, lo esencial de la libertad es el libre albedrío. Si no nos hubiese hecho libres y/o no respetara Dios nuestras elecciones aceptando las consecuencias, dejaría de tener valor cualquier acto realizado. Somos responsables de nuestros actos y éstos pueden adquirir significado personal porque somos libres. Si descubriera que mi mujer se casó conmigo por dinero, me sentiría traicionado precisamente porque su amor por mí lo entiendo como libre y, haber sido pagada, anularía el significado de todo lo que ocurrió. Así que Dios sabía perfectamente que podíamos meter la pata con nuestra libertad e incluso nos probó en la obediencia, pero también sabía que era necesario. Lo esencial de la libertad no es la elección, sino el sentido de amor al que ella nos entrega. La libertad nos permite entregar la vida a alguien con sentido personal. Pero para esto hay que correr el riesgo de la equivocación e incluso de lo más dramático: la posibilidad del rechazo. Un perro no me rechazará nunca si le entreno bien y le doy lo básico, pero un hijo puede rechazarme cuando se dé cuenta de esa posibilidad, porque es una persona.
El último dato que hay que aportar ante la dilucidación de so magna ignorancia teológica es que el mal provocado por la libertad personal (esto es humana, pero también angelical) cae también dentro del designio creador del Padre, quien ha sabido adelantarse al desastre del pecado pensando en la redención del universo entero por medio de su Hijo. La dificultad, la terrible dificultad, es no entender que si por la desobediencia y la soberbia entró el pecado en el mundo, por la obediencia y la humildad entró la redención. Estas dos características han marcado no sólo la salvación y el mensaje evangélico, que por eso la mayoría de los judíos no supieron ver, sino el modo de ser acogida la Verdad: sólo los humildes, los sencillos, los obedientes, los caritativos, los puros, etc., verán el sendero de la salvación y entenderán el obrar de Dios. Por eso dice Jesús que el Padre "lo ha escondido a los soberbios” y da las gracias por ello. Porque así sólo lo puro entrará en la verdad y podrá vivir el Reino de Dios.
En resumen: Dios nos deja libres de querer el amor que nos da, hasta correr el riesgo de perdernos. Deja que le descubramos y le aceptemos sin violentar nuestra naturaleza y se muestra a cada uno para que pueda optar por la salvación. Las consecuencias de la libertad mal empleada no se pueden eliminar sin más porque afectaría a la radicalidad del sentido de la libertad, pero todo mal está pensado por Dios para sacar mayor bien y conseguir la salvación de todos los que pueda.

Así que en lugar de decir una y otra vez la ignorante memez de que si Dios existiera no existiría el mal, es mejor estudiar quién es Dios, descubrir su gran amor por nosotros y dejar de proyectar en él los poderes de los superhéroes de Hollywood que querríamos tener nosotros en nuestra pobre imaginación del poder divino.

Paz y bien