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02 marzo 2017

Respuesta a Epicuro 2260 años después y para los de hoy...

Según Epicuro, si Dios no está dispuesto a impedir el mal es que no es capaz, y si no es capaz no es omnipotente, sino malévolo. Si puede, pero sigue habiendo maldad, habría que retirarle el título de Dios.

No sólo Dios es capaz y está dispuesto a impedir el mal, sino que lo tiene bien pensado desde antes del pecado original.

Claro que Epicuro no conoció a Jesús, pero que hoy en día se utilicen sus frases para seguir ese planteamiento es cuanto menos absurdo. ¡Cuánta ignorancia de lo que Dios hizo por amor a los hombres! 
Una de las teorías más validadas en teología que explica la caída de los ángeles es precisamente la visión de un Dios que se encarnaba en una mujer por la salvación del mundo. No lo toleraron y se rebelaron. Pero María estaba pensada ya antes de la creación del mundo en el seno de Dios y para el camino de la redención de Cristo. La razón del porqué no interviene cómo nos gustaría a nosotros (al estilo Hollywood, con poder ruidos y estruendos fulminantes que se cargan a los malos) es porque Dios es mejor que nosotros en capacidad y en pureza. Domina el tiempo y lo penetra con su propio ser viviendo la realidad eterna en un sólo presente perfecto. Vamos, que no tiene prisa porque sabe el final y, como decimos nosotros, lo tiene todo controlado, pero de verdad.
La cuestión para entender el mal permitido es muy sencilla y es una cuestión tan vieja como el hombre tiene uso de razón. Lo esencial en Dios es el amor, lo esencial del amor es la libertad, lo esencial de la libertad es el libre albedrío. Si no nos hubiese hecho libres y/o no respetara Dios nuestras elecciones aceptando las consecuencias, dejaría de tener valor cualquier acto realizado. Somos responsables de nuestros actos y éstos pueden adquirir significado personal porque somos libres. Si descubriera que mi mujer se casó conmigo por dinero, me sentiría traicionado precisamente porque su amor por mí lo entiendo como libre y, haber sido pagada, anularía el significado de todo lo que ocurrió. Así que Dios sabía perfectamente que podíamos meter la pata con nuestra libertad e incluso nos probó en la obediencia, pero también sabía que era necesario. Lo esencial de la libertad no es la elección, sino el sentido de amor al que ella nos entrega. La libertad nos permite entregar la vida a alguien con sentido personal. Pero para esto hay que correr el riesgo de la equivocación e incluso de lo más dramático: la posibilidad del rechazo. Un perro no me rechazará nunca si le entreno bien y le doy lo básico, pero un hijo puede rechazarme cuando se dé cuenta de esa posibilidad, porque es una persona.
El último dato que hay que aportar ante la dilucidación de so magna ignorancia teológica es que el mal provocado por la libertad personal (esto es humana, pero también angelical) cae también dentro del designio creador del Padre, quien ha sabido adelantarse al desastre del pecado pensando en la redención del universo entero por medio de su Hijo. La dificultad, la terrible dificultad, es no entender que si por la desobediencia y la soberbia entró el pecado en el mundo, por la obediencia y la humildad entró la redención. Estas dos características han marcado no sólo la salvación y el mensaje evangélico, que por eso la mayoría de los judíos no supieron ver, sino el modo de ser acogida la Verdad: sólo los humildes, los sencillos, los obedientes, los caritativos, los puros, etc., verán el sendero de la salvación y entenderán el obrar de Dios. Por eso dice Jesús que el Padre "lo ha escondido a los soberbios” y da las gracias por ello. Porque así sólo lo puro entrará en la verdad y podrá vivir el Reino de Dios.
En resumen: Dios nos deja libres de querer el amor que nos da, hasta correr el riesgo de perdernos. Deja que le descubramos y le aceptemos sin violentar nuestra naturaleza y se muestra a cada uno para que pueda optar por la salvación. Las consecuencias de la libertad mal empleada no se pueden eliminar sin más porque afectaría a la radicalidad del sentido de la libertad, pero todo mal está pensado por Dios para sacar mayor bien y conseguir la salvación de todos los que pueda.

Así que en lugar de decir una y otra vez la ignorante memez de que si Dios existiera no existiría el mal, es mejor estudiar quién es Dios, descubrir su gran amor por nosotros y dejar de proyectar en él los poderes de los superhéroes de Hollywood que querríamos tener nosotros en nuestra pobre imaginación del poder divino.

Paz y bien

06 febrero 2017

La importancia de la virginidad de María y José

Tras tanto revuelo sobre la virginidad de María[1] y José, me gustaría dejar una breve reflexión sobre su importancia y sobre la necesidad de que el desposamiento de María con San José fuera en virginidad.

Empecemos por una muy breve premisa. A pesar de los retratos y pinturas de la tradición, San José no era un anciano feo e impotente. Dios no habría dado nunca a María un San José viejo y sin deseos cuya virtud de la castidad se debiera más a la ancianidad que al amor.

Hay varias razones siendo una la más importante. Empezando por las varias razones importantes podemos decir:

1. Para que el Mesías fuera de la estirpe de David tal como decían las escrituras, además que un signo que esperaban los judíos para reconocer al Mesías era precisamente que nacería de una virgen[2];

2. Para custodiar el misterio de la encarnación hasta el momento oportuno. José tuvo el honor y la responsabilidad de garantizar que el Mesías pudiera cumplir con su misión salvadora, pero para eso había que proteger a María y el secreto de sus entrañas;

3. Para que la Sagrada Familia fuera a la vez ejemplo para las vocaciones matrimoniales y consagradas, mostrando a ambas la excelencia de la entrega en el amor puro a Dios, libre de deseos personales, gustos, apetitos e incluso necesidades legítimas;

4. Porque la consumación del matrimonio encarna la unión de Cristo con su Iglesia, pero entre María y José esa unión era consumada en el mismo Jesús de forma plena y definitiva[3];

5. José y María descubrieron su paternidad y maternidad desde la virginidad para proyectarla desde el principio y de forma perfecta hacia la humanidad entera, sin reservarse nada.

6. Siendo virgen y Madre, María es también figura de la Iglesia y su más perfecta realización.

Finalmente, la más importante de todas y la que realmente se pretende atacar poniendo en duda la virginidad de María en su maternidad y su matrimonio es que la maternidad virginal de María está íntimamente vinculada a la divinidad de Cristo. Cargarse la virginidad de María y su perfecta pureza es arrebatarle la divinidad a Cristo, el poder omnipotente del Padre en la salvación, y el poder creador y santificante del Espíritu Santo. En definitiva, es un modo de debilitar la eterna Misericordia de Dios que sale al encuentro de la miseria humana respetando su naturaleza (que fue creada buena), pero redimiéndola desde lo más profundo de sí misma y desde el principio.
Es intentar podrir el efecto sanador de la acción perfecta de Dios que nunca empieza por odres viejos y nunca instrumentalizaría a una persona pisoteando su persona. Dios siempre cuenta con la libertad humana para actuar por medio de ella y la ama con dignidad y gracia proporcionada en esa vocación. Por eso preparó a María desde la eternidad, para que fuera la nueva Eva[4], la nueva arca de la alianza[5] y la mediadora entre lo humano y lo divino, pues “sin” el sí de María (Lc 1,37-38) la súplica del hombre habría quedado abortada, pero “con” el sí de María se ha establecido un perfecto puente entre Dios y el hombre que Cristo ha podido recorrer para redimirnos y obrar el milagro de los milagros conocidos: la entrega redentora en la libre muerte de la cruz y la permanencia incruenta de ésta en la Eucaristía.


Que María Virgen y Madre que nos ha traído al mundo al Salvador en tan perfecta entrega sea la capitana firme y poderosa que nos lleve en este fin de los tiempos a los brazos de su hijo con su amor de Madre.

Paz y bien.

Fuente:

Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), n.484-507.



[1] Cfr. Letrán, año 649: DS 503.
[2] Recordemos el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado 8-XII-1854 por Pío IX confiesa: “la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano”.
[3] Como dijo León XIII de modo admirable: “Su matrimonio fue consumado con Jesús”.
[4] LG n.56.
[5] Observemos que si el arca de la alianza fue mandada a construir por orden divina con un material concreto y unas medidas concretas, no podía ser tocada excepto por el sumo sacerdote en determinados casos y en perfecta santidad, so pena de muerte súbita, etc. porque era la santa morada de Dios en la tierra, cuanto más la Virgen María que no contenía las tablas de la ley, sino el mismo Salvador del mundo, habría sido preparada, cuidada y respetada con un amor especial por Dios Padre.