30 abril 2017

7 claves para fundar una familia feliz

Os dejo un breve resumen de las ideas principales de la conferencia dada por Monseñor José Ignacio Munilla en el encuentro de ITV Matrimonial del 18 de marzo del 2017 acompañados de unas preguntas que puedan promover una reflexión o un testimonio.



1. El fin del matrimonio es la unión con Dios

El matrimonio es un camino para llegar a Dios y, como una montaña tienen varias laderas para subir a la cima, el matrimonio es una para alcanzar la santidad. La meta familiar es una y es la unión con Dios y es importante no confundirla con las otras metas secundarias como la hipoteca, el trabajo, etc.

Los esposos no se pueden pedir, el uno al otro, la plenitud que sólo Dios puede dar a cada uno. De hacerse se corre el riesgo de quedar decepcionados por el matrimonio.

Pregunta para el testimonio: ¿He puesto algo o alguien por delante de Dios? ¿Realmente quiero a Dios por encima de mi cónyuge o hijos? ¿Es Dios mi máxima prioridad? ¿Soy consciente de que la plenitud la encontraré sólo Dios y no el cónyuge?

2. El modelo del amor conyugal es Jesucristo.

El centro del matrimonio y su referente principal es la persona de Cristo y no el sentimiento o la emotividad. Lo que mueve a la entrega diaria no debe de ser la sensación, sino una convicción iluminada por la razón que busca lo bueno y verdadero.

En este sentido el amor matrimonial no es sólo una experiencia  de eros, sino de ágape que lo transforma en un compromiso personal, un “querer querer”. No sólo el amor preserva el matrimonio, sino que el mismo matrimonio preserva el amor: “Me casé porque te quería. Ahora te quiero porque me casé”. Tomada la decisión de casarse ya no hay que volver atrás. Dudar de ello es una tentación que hay que desestimar sin más.

Pregunta para el testimonio: ¿Sabemos guiarnos por la vivencia de Cristo antes que por las influencias del mundo o las debilidades personales? ¿Hemos llegado a dudar de nuestro matrimonio o de nuestro cónyuge como aquel que Dios nos ha entregado para su santificación?

3. Los esposos deben de ser instrumentos de santidad el uno para el otro.

Los esposos viven una preciosa intimidad que les permite mantener una relación fecunda en el proceso de santificación. Cada uno ayuda al otro a descubrir lo mejor y lo peor desde la caridad, pero sin que se den celos y envidias. Cada uno debe de ser instrumento de santidad que ayude al otro a ser mejor. Es precisa una relación basada en la caridad y la humildad.

Pregunta para el testimonio: ¿Conseguimos dejarnos criticar sin levantar defensas o justificaciones, y ser agradecidos por las críticas? ¿Conseguimos ayudar con caridad y humildad al otro?

4. En el matrimonio hay que aprender a olvidarse de uno mismo

Entre los esposos tienen que haber peleas sólo para adelantarse en el servicio al otro. La familia es un lugar privilegiado para la entrega de uno mismo al otro, pero también se puede caer en la tentación de generar un clima de confort que la aísle del mundo. La entrega tiene que ser el motor de la vida espiritual del matrimonio.

Pregunta para el testimonio: ¿Soy capaz de olvidarme a mí mismo y dedicarme a los demás por encima de mis necesidades (hobbies, trabajo innecesario, ocio, deporte, etc.)? ¿Somos capaces de abrirnos hacia fuera evangelizando y abriéndonos a la vida con generosidad?

5. El matrimonio se tiene que abrir a la familia extensa

Un amor carnal lleva a cerrarse a la vida nuclear y dificulta la apertura a la familia extensa. Un modo de amar al otro cónyuge es amar a su familia de origen como si se tratara de la suya.

El problema del mandato de ser “una sola carne” sólo encuentra su solución en la conversión.

Pregunta para el testimonio: ¿Soy capaz de amar a la familia de mi cónyuge como si fuera la mía? ¿Pido a Dios el don de la conversión profunda y radical para ser capaz de amar la cruz de cada día en mi familia?

6. Tener no sólo paternidad carnal, sino espiritual

Es bueno amar a los hijos no sólo desde la carnalidad, sino en orden a lo espiritual. Es preciso amar a los hijos buscando su santidad y recordando que los hijos son de Dios y para Dios. Atender a una paternidad espiritual es buscar sobre todo lo que Dios quiere para ellos. Tratar de que sean santos es tratar de que sean conforme a la voluntad de Dios e implica ser descubridores de la voluntad de Dios más que inventores.

Esto preserva de dos errores:

A. Ser posesivos con respeto a los hijos, considerándolos algo propio y no para Dios.
B. Ser sobreprotectores y justificarle por encima de todo.

Pregunta para el testimonio: ¿Veo a mis hijos como de Dios más que míos? ¿Trato de buscar lo que Dios quiere de ellos más que lo que yo querría que fuesen?

7. No reducir el cristianismo a una mera ética de solidaridad.

Es importante ser cristocéntricos. No se trata de un buenismo sin más que nos lleve a compartir por compartir, sino a vivir en comunión entre nosotros por la persona de Cristo, en comunión con él. Llevar a los hijos a un colegio católico no debería ser por su orden y disciplina y menos aún para que sean buenas y educadas personas, sino para que Cristo sea el centro también en la formación académica. Es necesario un encuentro personal con Cristo que cambie nuestra vida y no sólo inculcar valores y reglas, por buena que sean.

Al igual que en la cacería del zorro al principio todos los perros corren juntos y a la vez, pero al final sólo corren aquellos que han visto el zorro y saben dónde está, es importante que nosotros sigamos con convicción a Jesús, de lo contrario podríamos encontrarnos perdidos en nosotros mismos y olvidar a quién perseguíamos. No se trata de portarse bien por portarse bien, sino de ser constantes en el bien, algo posible sólo desde un el encuentro real y permanente con Cristo. Lo que funda la vida es la experiencia de Cristo, no la ética.

Pregunta para el testimonio: ¿Trato de poner a Cristo y el encuentro con Él por encima de todo y en todo o pienso que es una exageración buscando darle un espacio al mundo y su mundanidad? ¿Explico a mis hijos el sentido de amor que se esconde en las normas o exijo sin más un respeto por mi autoridad?


24 abril 2017

Falta poco tiempo

El concepto de "falta poco tiempo" es uno de los más controvertidos entre los intérpretes de los signos de los tiempos y los que estudian la Parusía de nuestro Señor. Hay quienes piensan que es un modo de hablar, quienes lo entienden como inminente y quienes un tiempo del Señor que nada nos dice a nosotros. Otros, casi con una urticaria, como si de un concepto herético se tratase, se dejan investir enseguida por la eterna excusa de que "nadie sabe el día ni la hora", como si con esta guillotina dialéctica se explicase algo a cerca del por qué Jesús habló de esto en muchísimas ocasiones explicándonos cómo tenemos que vivir esa espera "inminente". 

Desde luego esta espera no es una espera simbólica, ni es una metáfora simplemente anecdótica, sino que es, y así debe de ser, una real actitud de TODO católico (por eso hay una sección importante en el CIC sobre este asunto) que habiendo entendido la relevancia del orden espiritual, desea como los primero apóstoles, una vida de fe dirigida al gozo de la promesa de eternidad y su experiencia ya en la vida terrena. El Reino de Cristo ya está en la tierra, pero su manifestación aún no es completa (por eso lo pedimos constantemente en la Eucaristia, "Ven Señor, Jesús", y en el Padre Nuestro, "venga a nosotros tu reino", y es nuestro deber por un lado ser conscientes de ello para desear Su regreso prometido, y luego para pedirle al Padre que acorte esta espera, pues lo que más debería anhelar un cristiano no es continuar con salud y seguridad su vida aquí en la tierra, sino compartirlo todo en Cristo y con su presencia real y plena canto antes.

Para esto es muy interesante entender lo que el jesuita filósofo y teólogo Don Alfredo Sáenz explica en “El Apocalipsis según Leonardo Castellani” en el capítulo “El Apocalipsis y la Teología de la Historia[1]:

El mismo San Juan afirma en el Apocalipsis que la Parusía –palabra griega que aplicada a Cristo significa su presencia justiciera en la historia humana– está cerca. Lo hace desde el comienzo, cuando titula el libro «Revelación de Jesucristo para manifestación de lo que ha de suceder pronto» (Ap 1, 1), hasta el final, donde reiteradamente le hace repetir a Cristo: «Mira, vengo pronto» (Ap 22, 7.12.20).

Digamos una vez más que Cristo no se equivocó. Porque, como señala Castellani, este «vengo pronto» puede ser entendido de tres modos. Ante todo trascendentalmente, en cuanto que el período histórico de los últimos días, o sea el tiempo que corre de la Primera a la Segunda Venida será muy breve, cotejado con la duración total del mundo. Según una antigua tradición judeo-cristiana, «este siglo», es decir, el tiempo que va desde Adán al Juicio Final, tendría una duración de siete milenios, a semejanza de los siete días de la creación: dos milenios corresponden a la Ley Natural, dos milenios a la Ley Mosaica, dos milenios a la Ley Cristiana, siendo el último milenio el de «los tiempos finales», el domingo de la historia, la época parusíaca de los nuevos cielos y de la nueva tierra. Así, pues, en un sentido trascendental, Cristo pudo decir con verdad que su Segunda Venida estaba cerca.

En segundo lugar, la promesa «vengo pronto» puede ser entendida místicamente, en el sentido de que todos debemos considerarnos próximos al juicio en razón de la muerte, que puede sobrevenir en cualquier momento, resultando siempre sorpresiva e inesperada para las expectativas e ilusiones humanas. La pedagogía de Cristo en el Evangelio fue siempre alertar sobre el carácter imprevisto que tiene la muerte para cada uno de los hombres: «Necio, esta misma noche morirás. Lo que has juntado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20). Y no sólo respecto de los hombres individuales sino también en un sentido más universal: «Como sucedió en los días de Noé –dijo Jesús–, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos... Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17, 26-27.30). Lo sensato será, pues, pensar que el fin está siempre cerca, para tener aceite en el candil, como las vírgenes prudentes.

Por fin la expresión «vengo pronto» puede ser interpretada literalmente. Porque ese «pronto» de Cristo, un presente justiciero, se cumplió al poco tiempo en la destrucción de Jerusalén, y luego en el derrumbe del Imperio Romano, los dos typos  del fin del siglo, o sea, el término del ciclo. Se cumplió en su primera fase para los contemporáneos del Señor, y se cumplirá quizá en su forma plenaria para nosotros, que pensamos menos en los fines últimos que los primeros cristianos, siendo que estamos más cerca que ellos.

Así que os animo a vivir cada día como si fuera el último, pero no teóricamente, sino ajustando todo nuestro pensar y planificar a esta espera. Es un modo estupendo de vivir con más intensidad y agradecimiento el tiempo que tenemos a disposición, de no distraernos con preocupaciones inútiles, de dar gracias por las cosas pequeñas de cada día, de apostar por el amor de nuestra familia, de vivir con sobriedad y auténtica esperanza, etc. El objetivo no es dejar de planificar a largo plazo, sino no poner el corazón en aquello que no está en el orden del hoy y de la salvación.

Paz y bien.

30 marzo 2017

¿Y tú con qué te quedas?

La palabra de Dios de hoy (30 de marzo de 2017) me invita a hacer una breve reflexión:

¿Es la palabra de Dios que es actual y siempre viva o somos nosotros que somos tan aburridamente repetitivos que la actualizamos porque no la terminamos de escuchar y vivir?


Decidme si no es actual la observación de Dios a Moisés (Ex 32,7-14):

"En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: "Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto."»[...]"

Menos mal que el intercesor de turno para estos tiempos, mucho más graves por la cantidad de gracias que se nos han dado en estos miles de años, es la misma Santísima Madre de Dios y madre Nuestra.


Para salvarnos, después de mandar a su Hijo, mandó a su Madre...y volvemos a hacerle muy poco caso a Dios.


¿Porqué? Por ejemplo, lo más importante de Fátima no es el mensaje de "penitencia, penitencia, penitencia" sino si hay más secreto. Lo más importante de Medjujorje no es el ayuno, los sacramentos, el rosario, etc., sino si se aprobará o no. Lo más importante de Akita no es las almas consuelen a Jesús, sino que tiene un mensaje políticamente incorrecto incluso por los cristianos (eso si se llega a conocer Akita...). En Lourdes no es importante el rezo del rosario y asumir la cruz en este mundo, sino si hay curaciones o no.
Siempre nos las apañamos para quedarnos con lo que menos importa y, aunque este error huela a azufre, muy pocos se
percatan.
Paz y bien




02 marzo 2017

Respuesta a Epicuro 2260 años después y para los de hoy...

Según Epicuro, si Dios no está dispuesto a impedir el mal es que no es capaz, y si no es capaz no es omnipotente, sino malévolo. Si puede, pero sigue habiendo maldad, habría que retirarle el título de Dios.

No sólo Dios es capaz y está dispuesto a impedir el mal, sino que lo tiene bien pensado desde antes del pecado original.

Claro que Epicuro no conoció a Jesús, pero que hoy en día se utilicen sus frases para seguir ese planteamiento es cuanto menos absurdo. ¡Cuánta ignorancia de lo que Dios hizo por amor a los hombres! 
Una de las teorías más validadas en teología que explica la caída de los ángeles es precisamente la visión de un Dios que se encarnaba en una mujer por la salvación del mundo. No lo toleraron y se rebelaron. Pero María estaba pensada ya antes de la creación del mundo en el seno de Dios y para el camino de la redención de Cristo. La razón del porqué no interviene cómo nos gustaría a nosotros (al estilo Hollywood, con poder ruidos y estruendos fulminantes que se cargan a los malos) es porque Dios es mejor que nosotros en capacidad y en pureza. Domina el tiempo y lo penetra con su propio ser viviendo la realidad eterna en un sólo presente perfecto. Vamos, que no tiene prisa porque sabe el final y, como decimos nosotros, lo tiene todo controlado, pero de verdad.
La cuestión para entender el mal permitido es muy sencilla y es una cuestión tan vieja como el hombre tiene uso de razón. Lo esencial en Dios es el amor, lo esencial del amor es la libertad, lo esencial de la libertad es el libre albedrío. Si no nos hubiese hecho libres y/o no respetara Dios nuestras elecciones aceptando las consecuencias, dejaría de tener valor cualquier acto realizado. Somos responsables de nuestros actos y éstos pueden adquirir significado personal porque somos libres. Si descubriera que mi mujer se casó conmigo por dinero, me sentiría traicionado precisamente porque su amor por mí lo entiendo como libre y, haber sido pagada, anularía el significado de todo lo que ocurrió. Así que Dios sabía perfectamente que podíamos meter la pata con nuestra libertad e incluso nos probó en la obediencia, pero también sabía que era necesario. Lo esencial de la libertad no es la elección, sino el sentido de amor al que ella nos entrega. La libertad nos permite entregar la vida a alguien con sentido personal. Pero para esto hay que correr el riesgo de la equivocación e incluso de lo más dramático: la posibilidad del rechazo. Un perro no me rechazará nunca si le entreno bien y le doy lo básico, pero un hijo puede rechazarme cuando se dé cuenta de esa posibilidad, porque es una persona.
El último dato que hay que aportar ante la dilucidación de so magna ignorancia teológica es que el mal provocado por la libertad personal (esto es humana, pero también angelical) cae también dentro del designio creador del Padre, quien ha sabido adelantarse al desastre del pecado pensando en la redención del universo entero por medio de su Hijo. La dificultad, la terrible dificultad, es no entender que si por la desobediencia y la soberbia entró el pecado en el mundo, por la obediencia y la humildad entró la redención. Estas dos características han marcado no sólo la salvación y el mensaje evangélico, que por eso la mayoría de los judíos no supieron ver, sino el modo de ser acogida la Verdad: sólo los humildes, los sencillos, los obedientes, los caritativos, los puros, etc., verán el sendero de la salvación y entenderán el obrar de Dios. Por eso dice Jesús que el Padre "lo ha escondido a los soberbios” y da las gracias por ello. Porque así sólo lo puro entrará en la verdad y podrá vivir el Reino de Dios.
En resumen: Dios nos deja libres de querer el amor que nos da, hasta correr el riesgo de perdernos. Deja que le descubramos y le aceptemos sin violentar nuestra naturaleza y se muestra a cada uno para que pueda optar por la salvación. Las consecuencias de la libertad mal empleada no se pueden eliminar sin más porque afectaría a la radicalidad del sentido de la libertad, pero todo mal está pensado por Dios para sacar mayor bien y conseguir la salvación de todos los que pueda.

Así que en lugar de decir una y otra vez la ignorante memez de que si Dios existiera no existiría el mal, es mejor estudiar quién es Dios, descubrir su gran amor por nosotros y dejar de proyectar en él los poderes de los superhéroes de Hollywood que querríamos tener nosotros en nuestra pobre imaginación del poder divino.

Paz y bien

27 febrero 2017

Curso afectividad y aprendizaje 2 (3-3-2017)

Este VIERNES 3 MARZO prosigue la reflexión sobre el aprendizaje.
Ahora que hemos visto cuáles son las condiciones necesarias para poder estudiar, toca repasar rápidamente cómo planificar las tardes, los procesos del aprendizaje y la técnica a aplicar, pero sobre todo ponerse manos a la obra y realizar ejemplos que nos ayuden a entender en qué consiste realmente esta técnica y cómo proponerla a nuestros hijos.
Viernes 3 de marzo
De 15 a 16:30
Colegio JPII (Alcorcón)
Traed subrayadores (posiblemente verde y amarillo) y material para escribir.
Entrada libre.
Organiza APA Juan Pablo II (Alcorcón)

Cómo ayudar ante el vicio de la masturbación

Pregunta:

Hola, tengo unos alumnos de secundaria que me piden ayuda porque sufren de masturbación compulsiva. Me preguntaban que qué podían hacer. Les dije que rezaran mucho y se distrajeran, pero creo que cuanto más miedo se les meta mejor. ¿Qué puedo hacer? Gracias

Respuesta:

Lo primero: el miedo nunca mueve y, si lo hace, es por un tiempo y sólo mientras persista la amenaza que motiva el miedo. Así como la gente con miedo a una multa decelera cuando la ve la policía, pero acelera nuevamente al pasarla, el miedo, en la masturbación, paraliza al chico en un sinsentido desde el que luego no sale. El riesgo principal es que empiece a justificarse o simplemente rechace la moral que subyace.

Es mejor partir de dos puntos:

1) El sentido que tiene el cuerpo sus funciones sexuales, así como el sentido del disfrutar de las cosas y del gozo que se puede encontrar en ello. Nunca es un fin en sí mismo. De tomarse así la acción se debilita hasta hacer perder el mismo gusto y, además, genera una dependencia que cada vez encuentra menor satisfacción, terminando en un sinsentido que lleva hacia los caminos de las parafilias y todas las alteraciones más perversas.

2) El amor a María y a Jesús desde la contemplación de la pureza a la que nos llama una vida de castidad. Una castidad y una pureza que es muy distinta de la mera continencia o renuncia, sino que es entrega de amor. A nadie le gusta ofender a quien ama, por lo que hay que conseguir que estos chicos descubran el amor de María, pues sólo entonces tendrán la contricción adecuada que mueve a cambiar y el apoyo necesario. Esta contricción no es miedo, sino dolor de la distancia que se percibe con respecto al ser amado. Es como cuando un niño ve a mamá dolida por su comportamiento; ese dolor nos duele más que el castigo, si amamos realmente a nuestra madre.

Así que lo que necesitan estos chicos es una buena charla en la que se sientan aceptados y acompañados, con mucha delicadeza, ya que el tema suscita la mayor vergüenza que exista, pero con unas guías de amor y esperanza. Hay que ser pacientes y realistas, pues caerán y volverán a caer si el vicio está muy instalado. Hay que recordar que la virtud del amor radica en saberse levantar, no en evitar caer. A Dios le agrada mucho que sepamos levantarnos y que confiemos nuevamente en él, más que si no cayéramos (es la moraleja de la oveja perdida), porque "le puede" su Corazón misericordioso. Por eso la confesión es una de las armas más poderosas para seguir adelante y ganar la batalla.

Cuando veas que tienen ese amor por María, ese deseo de pureza, esa conciencia de que es mejor vivir bien la sexualidad, entonces aprovecharán las oraciones. Antes toca sentirse acompañados, motivados y buscar evitar los desencadenantes: duchas rápidas en lugar de baños, chorro de la ducha fijo desde arriba, habitaciones con la puerta abierta, limpieza de fotos y vídeos de móviles y ordenadores, evitar pararse en las tiendas de ropa interior y los carteles sensuales, no hablar de cuestiones excitantes o sexuales con los demás (sobre todo de forma explícita, porque el hombre es muy visual y acelera rápido), etc. En definitiva, se trata de buscar una vida encaminada a Dios, con un gran deseo del corazón de vivir en gracia y liberar la mente de todas las posibles inmundicias que nos llegan hoy en día que son muchas y malintencionadas. Desde luego que ocupar el tiempo, la mirada y la mente en otras cuestiones buenas ayuda, pero siempre si se hace el camino correcto.

La mejor arma es el rosario y la confesión. Agarrarse al rosario, tenerlo siempre encima y rezarlo todos los días. Lo que no es recomendable desde el principio es proponer rezar avemarías cuando se está teniendo la tentación. Esto puede desencadenar asociaciones que más que ayudar, pueden empeoran. A María hay que rezarle mucho con el rosario, pero no en el momento de la excitación. Ése es el momento de cambiar de postura, dirigirse a un lugar con más gente, cambiar la temperatura del agua o salir de la ducha, etc., es decir salir de la situación. Desde luego estar ocupados con tareas sanas es bueno, pero lo más importante es llegar a desear cambiar de conducta y convertir el corazón. María Santísima y nuestro Padre del cielo concederán la gracia y la ayuda, pero siempre que sea pedida y se ponga la propia voluntad. Esto tiene que ser aclarado también.

Quien acompaña tiene que estar cercano, claro, pero sin reprochar, paciente y dispuesto a escuchar una y otra vez lo mismo. Es un trabajo duro y progresivo que puede llevar tiempo, pero que tiene un gran premio: la pureza de un alma y su salvación.

Paz y bien.

06 febrero 2017

La importancia de la virginidad de María y José

Tras tanto revuelo sobre la virginidad de María[1] y José, me gustaría dejar una breve reflexión sobre su importancia y sobre la necesidad de que el desposamiento de María con San José fuera en virginidad.

Empecemos por una muy breve premisa. A pesar de los retratos y pinturas de la tradición, San José no era un anciano feo e impotente. Dios no habría dado nunca a María un San José viejo y sin deseos cuya virtud de la castidad se debiera más a la ancianidad que al amor.

Hay varias razones siendo una la más importante. Empezando por las varias razones importantes podemos decir:

1. Para que el Mesías fuera de la estirpe de David tal como decían las escrituras, además que un signo que esperaban los judíos para reconocer al Mesías era precisamente que nacería de una virgen[2];

2. Para custodiar el misterio de la encarnación hasta el momento oportuno. José tuvo el honor y la responsabilidad de garantizar que el Mesías pudiera cumplir con su misión salvadora, pero para eso había que proteger a María y el secreto de sus entrañas;

3. Para que la Sagrada Familia fuera a la vez ejemplo para las vocaciones matrimoniales y consagradas, mostrando a ambas la excelencia de la entrega en el amor puro a Dios, libre de deseos personales, gustos, apetitos e incluso necesidades legítimas;

4. Porque la consumación del matrimonio encarna la unión de Cristo con su Iglesia, pero entre María y José esa unión era consumada en el mismo Jesús de forma plena y definitiva[3];

5. José y María descubrieron su paternidad y maternidad desde la virginidad para proyectarla desde el principio y de forma perfecta hacia la humanidad entera, sin reservarse nada.

6. Siendo virgen y Madre, María es también figura de la Iglesia y su más perfecta realización.

Finalmente, la más importante de todas y la que realmente se pretende atacar poniendo en duda la virginidad de María en su maternidad y su matrimonio es que la maternidad virginal de María está íntimamente vinculada a la divinidad de Cristo. Cargarse la virginidad de María y su perfecta pureza es arrebatarle la divinidad a Cristo, el poder omnipotente del Padre en la salvación, y el poder creador y santificante del Espíritu Santo. En definitiva, es un modo de debilitar la eterna Misericordia de Dios que sale al encuentro de la miseria humana respetando su naturaleza (que fue creada buena), pero redimiéndola desde lo más profundo de sí misma y desde el principio.
Es intentar podrir el efecto sanador de la acción perfecta de Dios que nunca empieza por odres viejos y nunca instrumentalizaría a una persona pisoteando su persona. Dios siempre cuenta con la libertad humana para actuar por medio de ella y la ama con dignidad y gracia proporcionada en esa vocación. Por eso preparó a María desde la eternidad, para que fuera la nueva Eva[4], la nueva arca de la alianza[5] y la mediadora entre lo humano y lo divino, pues “sin” el sí de María (Lc 1,37-38) la súplica del hombre habría quedado abortada, pero “con” el sí de María se ha establecido un perfecto puente entre Dios y el hombre que Cristo ha podido recorrer para redimirnos y obrar el milagro de los milagros conocidos: la entrega redentora en la libre muerte de la cruz y la permanencia incruenta de ésta en la Eucaristía.


Que María Virgen y Madre que nos ha traído al mundo al Salvador en tan perfecta entrega sea la capitana firme y poderosa que nos lleve en este fin de los tiempos a los brazos de su hijo con su amor de Madre.

Paz y bien.

Fuente:

Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), n.484-507.



[1] Cfr. Letrán, año 649: DS 503.
[2] Recordemos el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado 8-XII-1854 por Pío IX confiesa: “la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano”.
[3] Como dijo León XIII de modo admirable: “Su matrimonio fue consumado con Jesús”.
[4] LG n.56.
[5] Observemos que si el arca de la alianza fue mandada a construir por orden divina con un material concreto y unas medidas concretas, no podía ser tocada excepto por el sumo sacerdote en determinados casos y en perfecta santidad, so pena de muerte súbita, etc. porque era la santa morada de Dios en la tierra, cuanto más la Virgen María que no contenía las tablas de la ley, sino el mismo Salvador del mundo, habría sido preparada, cuidada y respetada con un amor especial por Dios Padre.