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24 marzo 2020

Del virus al abandono

Qué difícil es saber qué sentido tiene el momento que vivimos. Se necesita una vista muy espiritual y de águila a la vez, pero es necesaria para no perderse. Porque los pasos nos llevan uno tras otro a un lugar y si miramos tanto nuestros pasos, podemos perder de vista a dónde tenemos que ir.


¿Qué está pasando ahora con tanto virus? ¿Es posible que un ser que ni está vivo ni está muerto, un ser tibio ontológicamente, nos ponga a todos en jaque? Los científicos y los incultos, los ricos y los pobres, los ateos y los cristianos más piadosos se ven desbordados por lo que sucede. Qué difícil es mantener el rumbo en el centro…

Y personalmente sé lo que es, porque cuando el centro de salud me confirmó que estaba infectado me costó, cuando vi empezar a toser a mi mujer más aún y cuando a mi hija, la que tiene problemas asmáticos y respiratorios y un tratamiento en hospital por alergias que añade a sus continuos corticoides, se me congeló la respiración unos segundos. Y eso que tengo a mis padres de riesgo altísimo confinados en su casa.

¿Qué nos pide el Señor?

No soy teólogo ni profeta, sin embargo por lo que me ha pasado en mí vida el Señor me ha devuelto esta pregunta una y otra vez: ¿qué sentido tiene que esté pasando por esto? Y cada vez me he dado cuenta de que el error más frecuente era agarrarme a lo que entendía por mis propias fuerzas, razonar alrededor de hipótesis y prejuicios o llegar a conclusiones dudosas, pero que pensaba que me favorecerían, de algún modo. Y así llegué a desarrollar de la mano del prof. Leonardo Polo y mi vida familiar, la psicología del abandono, un estilo terapéutico muy potente ante Dios.

En muy pocas palabras os resumo que consiste en fijar la mirada en los momentos principales de nuestra vida, releerlos desde la perspectiva de la salvación y no desde la nuestra, que hemos desarrollado pasito a pasito sin saber realmente cuál era el final. Porque nuestra perspectiva habrá generado, ya desde una temprana edad, un enfoque basado en la superación, la excelencia (por lo menos en el futuro), la satisfacción de nuestras necesidades más básicas, sobre todo la de sentirnos únicos, queridos por lo que somos, alagados por cuantos más mejor y vivir con la regla del máximo resultado por el mínimo esfuerzo.

Tardé años en darme cuenta que ese viento no empujaba los pasos desde el espíritu de Dios, pero ¿acaso me he preguntado qué quería Dios en cada paso? Yo no. Así que lo que toca es revisar ese camino andado, leer lo que nos falta y aceptar el que queda desde la mirada de Dios.
Claro que esto el mundo no suele hacerlo por lo que ahora nos hemos encontrado en una situación de las que merece la pena pararnos a pensar. Y ahora que tenemos forzosamente tiempo os cuento como lo haría si el mundo fuera mi paciente.

Creo firmemente que el Señor se ha cansado de esperar a que miremos al cielo o que nos preguntemos si le necesitamos o no. La humanidad, aunque con sus altos y bajos, se ha distanciado cada vez más de Dios pasando de ignorarle a despreciarle, para luego pasar a perseguirle y finalmente a sustituirse a Él. Y ya cansado de ver un mundo que le desprecia con tal soberbia, pero igual de enamorado de nosotros que en tiempos de Egipto, toma nuevamente la iniciativa que más necesitamos para despertar.

Con este virus podemos ver cómo ahora nos pide sobre todo las dos cosas que le regaló la Virgen María: silencio y obediencia. Nos pide silencio para hablarnos él y poder cambiar nuestro corazón, para transformarlo. Nos está desapegando de todo lo que no es Él y se ha enredado en nuestro interior ocupando sigilosamente Su lugar, esto es, el amor a las comidas, a los domingos en restaurantes, noches en los gimnasios, cines y películas por la noche, pero también un exceso de dedicación al trabajo, el exceso de aprecio por la salud o a nuestra seguridad. Lo pensamos tener todo, pero no tenemos nada más que humo. Miramos nuestros pasitos y hemos perdido de vista la meta de todo.

Muchos, incluso devotos católicos, se han aferrado a cosas mundanas que hay que aprender a soltar, pero que no sabemos ni por dónde empezar. Y es que a veces cuando no queremos dejar atrás a algo, somos unos campeones en justificar todas sus bondades, hasta hacerlo necesario, bueno e incluso imprescindible. “Necesito correr”, “necesito mi coche”, “necesito mis horas en el gimnasio”, etc. Pero realmente, imprescindible, importante y bueno, sólo lo es el amor de Dios. Por no hablar de la rutina litúrgica que brilla por su hastío o capricho sacramental. Nos hemos acostumbrado a la seguridad de la misa, de la confesión, de la oración vocal, etc. y elegimos dónde y cuándo confesarnos, con quién y dónde celebrar misa... nos gusta más un cura porque salta la homilía o uno que canta todo y ameniza la misa. O buscamos la misa que nos venga bien para mantener nuestros planes de fin de semana. Incluso podríamos irnos a adoración nocturna para sabernos santos. Y es que la humildad es la única virtud que se destroza con actos buenos. Y cuando rezamos el ángelus o el rosario, ya ni nos damos cuenta de la velocidad y la superficialidad con la que lo rezamos. Las oraciones conclusivas son repetidas sin sentido, sonidos vacíos de amor. Quizás estemos en un punto clave para entender esa respuesta de Jesús “pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

Pues creo que el Señor nos está poniendo delante de lo que realmente necesitamos y son dos cosas: pararnos y callarnos. Ahora tenemos que confiar en él en todo y abrazar la profundidad del valor de cada acto sencillo en el hogar, que es donde se debe de encontrar a Dios primero. El Señor nos quita lo que pensábamos que era importante y nos devuelve al centro de la cuestión: el encuentro con él. Ahora somos como ese niño agitado que está teniendo una crisis nerviosa y empieza a hablar y a moverse sin control y el padre le tiene que agarrar, zarandear y decirle “cálmate, calla y escucha: ¿no soy yo lo único que necesitas?”

Así que aprovechemos este tiempo de constricción, de silencio, de bloqueo y renuncia. Aprendamos a abandonarnos a lo que nos pide vivir el Señor, preguntémonos qué quiere Dios de mí. Aprendamos a dar gracias por lo que nos manda. Incluso la muerte puede ser nuestra hermana si entendemos que ella también está en manos de Dios y que nada se le escapa al Dios de la vida. Porque sólo tenemos esta vida para hacer méritos de amor, para los "esprines" de entrega, para esforzarnos y demostrarle a Dios cuánto de verdad le queremos, para ponerlo al centro de todo nuestro mundo interno y externo. Como decía madre Teresa, “ama hasta que te duela” no hasta cumplir. Porque los cristianos hemos venido amando a los demás por la ley del mínimo esfuerzo, hemos dado el testimonio equivocado al mundo. La prueba es que el mundo no se convierte y va a peor. Hay muchas cosas buenas y algunas santas, pero no han evidenciado que nosotros, los cristianos, pusiéramos en juego nuestro corazón empapado de Dios. Todos necesitamos este virus, por eso Dios lo ha permitido, pero hay que aceptar su sentido, porque ese está en manos de Dios y determinará el éxito de nuestra lucha por volver a la salud.

Así que hagamos silencio, recemos todo lo posible, ayunemos varios días por semana, desgastemos el rosario desgranando cada ave maría lentamente y con amor, impliquémonos en el plan de Dios desde el silencio y acojamos el corazón de carne que nos quiere dar el Señor. Con ese corazón amaremos de verdad y el mundo cambiará porque le mirarán a él y eso lo reordena todo, la sana todo y lo eleva a lo divino.

Que podamos terminar esta Cuaresma con un corazón realmente renovado, despojado de lo innecesario y enamorado de la Pascua que Dios quiere hacer en nosotros.

Paz y bien



09 mayo 2018

Miedo a la profecía

En este tiempo Jesús nos está hablando mucho sobre el Espíritu Santo y en el Evangelio de hoy (Juan 16,12-15) destaca una frase, generalmente poco recogida en las homilías, pero que me parece muy interesante reflexionar: que el Espíritu Santo comunicará lo que está por venir. Ésta es la base de la profecía, sea en visiones, sueños, por ángeles, profetas o escritos mismos. Puede ser sobre el futuro y sobre el pasado (1 Cor 14), pero las que versan sobre el futuro siempre tienen un carácter orientador más que sancionador. No hay que verlas como avisos de catástrofes castigadoras, sino avisos de amor que buscan la rectificación del pueblo de Dios, su conversión. Por eso es importante no despreciar las profecías y, aun más, la manifestación del Espíritu Santo que busca nuestra conversión dándonos luz y poniéndonos en aviso sobre las consecuencias de nuestro alejamiento de Dios.

Por esto me llama mucho la atención que la mayoría rehuya tanto de hablar de profecías, sobre todo habiendo dicho Jesús que "cuando venga él, el Espíritu de la verdad, [...] os comunicará lo que está por venir" (Jn 16,12-15) o que el "testimonio de Jesús es el Espíritu de profecía" (Ap 19, 10). Si es que, si quitamos la profecía de la Biblia, quitamos un enorme parte de la historia de la salvación y de la revelación.

De hecho, la realidad es que "nada hace el Señor sin revelar sus designios a los profetas" (Amos 3, 7) y estos siguen entre nosotros. Sólo hay que saber reconocer al Espíritu Santo entre ellos y querer escucharle, viviendo una vida desde el espíritu y no distraídos por este mundo cada vez más perdido y alejado de Dios. Cuando un profeta iba a entregar una profecía no era creído por ser un profeta bíblico o un santo canonizado ya que por entonces era un simple hombre a los ojos de todos y dejaba paso a la duda. Sólo ahora lo sabemos como seguro y auténtico. Entonces era preciso un discernimiento sobre esa persona y sobre el mensaje, pero sobre todo una apertura a ser guiados por el Señor por otros.

Creer sólo aquello que ha sido demostrado como santo en el pasado adormece el estado de alerta de nuestro espíritu actual y no nos permite alcanzar las correcciones y los mensajes que Dios nos quiera dar ahora mismo con respecto al futuro que tenemos abierto personalmente.

San Pablo nos invita a que no apaguemos el espíritu y no despreciemos las profecías, sino que examinemos todo y nos quedemos con lo bueno (1 Tes 5, 19-22).

Algunos creen rechazar sólo las profecías no aprobadas (sean de santos o de la Virgen María), pero en realidad no abrazan seria y personalmente las numerosas invitaciones que se han hecho en las que han sido aprobadas, por lo que son excusas para alejar el compromiso a la auténtica conversión que nos lleva a la sobriedad, a la adoración, al rosario diario, al ayuno, a la oración y, en definitiva a ser radicalmente santos.

Razón tenía San Juan Pablo II a decirnos "no tengáis miedo", porque en definitiva estamos atrapados por el miedo. Miedo a renunciar a nosotros mismos, a nuestra comodidad, al placer que nos rodea, a la tranquilidad que deseamos aunque sea la del mundo, a ser escándalo profético con nuestro ejemplo de vida desde el espíritu y el amor a la cruz del resucitado. Y el miedo nos hace soberbios, nos pone a la defensiva y, sobre todo, nos cierra al Espíritu Santo.

El cristiano tiene que volver a su origen. Vivir desde el espíritu una vida sacramental enamorada de TODO el evangelio, desde la Navidad hasta la sangrienta cruz, con la mirada puesta en el cielo y buscando una alegría eterna más que la felicidad pasajera. El bautizado es inhabitador trinitario llamado a una filiación divina que le hace corredentor y partícipe del proyecto salvador de Cristo.

Que María en este mes de Mayo nos ayude especialmente a ir directos a su Hijo, para ser dignos de Sus promesas de eternidad y poderlas gozar, ya desde esta vida terrenal, sin miedo y fieles a la Verdad que se nos ha revelado y que queremos contemplar eternamente.


Paz y bien.


15 enero 2017

¿Conoces el gran tercer milagro de Dios?

Todo cristiano sabe, sin conocimientos avanzados en teología, que Jesús es “EL” Salvador del mundo, la encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo de Dios. La reciente Navidad nos ha recordado, una vez más, cómo Jesús manifiesta el Amor extremo del Padre, quien manda a su Hijo encarnarse para redimirnos del pecado, mostrarnos un rostro y una vida que nos sea de ejemplo y que podamos entender. Como Dios suele hacer, no se limitó a la suficiencia, sino que decidió colmar el vaso y quedarse con su presencia para todos los hombres y no sólo para aquellos que le pudieron ver realmente en su tiempo de vida en la tierra. Decidió hacerse pan y permitir ser invocado por los sacerdotes en la bendita y sacrosanta Eucaristía. Es el segundo milagro más grande después de la Encarnación: la “panificación”. Si era impensable que el Verbo de Dios se hiciera hombre y viviera como hombre en la carne y el tiempo, sufriendo la corrupción del tiempo, experimentar las necesidades humanas, asociando a su divinidad nuestra humanidad en cuerpo y alma naciendo de una santa mujer Virgen, más inimaginable habría sido que asumiera la naturaleza de la materia, una “algo” ni siquiera animal: el pan. Abierto a sufrir ya no sólo las necesidades humanas, sino también los peligros de la materia y su mayor deterioro. El pan no se puede defender, se le tiene que cuidar, crear cada vez, se le puede pisotear sin que pueda escaparse y es sencillo y humilde hasta en su composición: harina y agua. Cualquier forma consagrada es insípida, del color más simple de todos, aunque a todos los reúne, no huele a nada y apenas alimenta o tiene textura. Porque si supiera a lo que realmente es, no podríamos con ello. Olería al incienso más refinado o la fragancia más cautivadora, contrastando con el sabor a la sangre de la cruz y a la carne escarnecida; su textura sería la de la misma cruz, pero saciaría indefinidamente dejando la satisfacción de 1000 banquetes.

Pero hay un tercer milagro que pocas veces apreciamos como los anteriores y que es casi otra encarnación. No tendría sentido decir si es más importante o no, pues simplemente es necesario y plenamente divino, es decir, perfecto como Dios mismo: es la encarnación del Espíritu Santo. Ya con María se puede ver cómo el Espíritu Santo, “la Concepción Inmaculada increada”, como decía San Maximiliano Kolbe[1], decide, siempre por Voluntad del Padre, crear y morar[2] en María, “la Concepción Inmaculada creada”, como dijo en Lourdes la propia Virgen María. Pero este milagro, que llevaría para ser abordado toda una vida por su esplendor y relevancia, no es el único. Como siempre las cosas de Dios no destacan por la vistosidad, sino por una grandiosidad tan paciente como silenciosa. Cuando el Espíritu Santo obra grandezas, casi siempre queda en la sombra más discreta. Lo que pasó en el silencio de María no fue lo único que marcó a la humanidad pecadora sacándola de su condena, sino que el mismo Espíritu Santo vino él también a nosotros, pero no nos damos cuenta de qué implicó realmente este gran acontecimiento. Veamos.

Igual que el Padre tiene un Verbo divino, eterno y engendrado desde el principio, también tiene un Aliento. Este aliento sale también del Padre y está en el Verbo, por lo que también sale de Él. La respuesta del Hijo es fruto de un Amor como el del Padre, por eso el Espíritu Santo es “EL Amor” que brota del Padre y del Hijo y, como decimos en el Credo,  “con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria”. Estas misteriosas e insondables relaciones marcadas por el Amor no podían no marcar a la humanidad con la misma huella. Igual que la luz tiene una fuente, pero se distingue de ella sin abandonarla cuando es personalmente aceptada con perfecta correspondencia, el Espíritu Santo “ilumina” por medio de la Verdad toda la realidad que tiene que ser rescatada y elevada a la presencia del Padre. Y también, igual que la luz “calienta” cuando es recibida, Jesús salva por medio de su palabra de Misericordia y su sacrificio de Amor. Quien se una al Verbo de Dios, se une a la misión de la Cruz redentora y se hace “adverbio” del Verbo, participando del aliento del Padre y del Hijo que es el Espíritu Santo, que viene a ser el creador y santificador del Padre. El Espíritu Santo es la divina operación que nace de la única operación de Dios: engendrar amando.

Entendido rápidamente, y muy superficialmente, lo importante de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, podemos entender cuál es el tercer gran milagro del Espíritu Santo. Si la grandeza del Verbo ha sido visible en la cruz, aunque no fácilmente comprensible, a los ojos de los hombres, el Espíritu Santo obró con igual fuerza, aunque con menor visibilidad (como le es propio), en cada uno de nosotros. El bautismo, que significa “inmersión”[3], nos introduce en la Vida de Dios “regenerándonos”[4] en lo más profundo, que es nuestra dimensión espiritual personal más íntima, disponiéndonos a ser, como María, “habitadores” del Espíritu Santo. Al ser el Espíritu Santo un diálogo de Amor Divino entre el Padre y el Hijo, se entiende que el bautizado que vive en gracia ante Dios puede llegar a experimentar una auténtica “Inhabitación Trinitaria”[5] que manifiesta la encarnación del mismo Espíritu Santo en nosotros y que nos permite ser no sólo “ipse Christus” (como Cristo), sino “alter Christus” (otros Cristo)[6], es decir, cristificados[7]. Este es el gran tercer milagro: que el Espíritu Santo se encarnó en cada uno de nosotros. Lo alimenta la Eucaristía, cuando estamos dispuestos y limpios por la confesión sacramental y nos prepara, dispone y mueve a ser otro Cristo en este mundo. La Eucaristía no es sólo Cristo que “se hace nosotros”, sino nosotros “haciéndonos Él” por la obra silenciosa del Espíritu Santo.

Así que la persona del Verbo de Dios asumió la naturaleza humana (alma humana y cuerpo humano) para redimirnos y permitir la encarnación del mismo Espíritu Santo en cada uno de nosotros. Esto es el Reino de Dios que “está cerca” (Lc 1,15; Gal 4,4). Está cerca porque por la acción salvadora de Cristo podemos recibirle y por la acción vivificadora del Espíritu Santo podemos vivirle, esto es, ser su morada real, no simbólica o teórica. No es una metáfora, es la inserción transformadora y regeneradora de la vida de Dios en nosotros, la presencia real de la Trinidad en nosotros, la plenitud a la que estamos llamados por el bautismo y que perdemos sólo por el pecado (por eso en el cielo no estará cerca el Reino de Dios, sino que estaremos plenamente en Él).
¿A caso no es un milagro ser el cuerpo del Espíritu Santo y vivirle sin perder nuestra libertad e identidad? Cristo asumió una identidad humana, un “yo” personal propio de una naturaleza humana, pues aunque la persona es divina, su conciencia debía manifestarse con un “yo” propio. Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6) porque es por medio de Él (sobre todo en la Eucaristía) que recibimos al Espíritu Santo en plenitud, capacitándonos para ser nosotros el tercer milagro: encarnar al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo obró en el silencio de cada uno de nosotros con su propio estilo creativo, discreto, pero poderoso, ahora pongámosle voz y que sea voz de Amor: ¡se tú el milagro de Dios!

Paz y bien.
Diego Cazzola
(Psicólogo orientador)




[1] Cfr. KOLBE, Maximiliano (Beato Padre), L’Immaculée révèle l’Esprit-Saint, ed. Lethielleux, Paris 1974.  
[2] “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”  (Lc 1,35)
[3] CIC, n. 1214.
[4] CIC, n. 1215.
[5] Lo dice el mismo Señor: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Y San Pablo: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17). Igualmente leemos en el Apóstol San Juan: “A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.... Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,12-13, 15-16).
[6] Cfr. San José María Escrivá, Es Cristo que pasa, Cap. 18 n. 185.
[7] San Ignacio de Antioquía, gran padre del desierto, se definía como “Theóforo”, portador de Dios, o también “Cristóforo”, portador de Cristo.

Sé tú el milagro

26 octubre 2016

Mujer sumisa y hombre entregado: cuestión de dignidad o de formalidad

Ante las lecturas del pasado 25 de Octubre (ver al final), no me he podido resistir en aportar un enfoque que suelo transmitir en los cursos de prematrimoniales y que me parece central para estos tiempos, turbios por la ideología de género y la confusión generada por el dolor de los frecuentes divorcios de hoy en día.

Lo primero a tener en cuenta es que lo esencial del mensaje, en ocasiones tergiversado y distorsionado, es que San Pablo empieza con el imperativo exhortativo “sed sumisos” dirigidos a todos. Es decir, lo principal es recordar que todos tenemos que ser sumisos los unos con los otros, por lo que el papel que desarrolla a posteriori sobre el esposo y la esposa es secundario al primero y describe una formalidad descriptiva, más que una esencialidad constitutiva.

Ahora bien, lo más importante de entender bien, es precisamente la expresión más polémica con respecto a las mujeres: “que se sometan a sus maridos como al Señor”. De esta frase quiero destacar dos aspectos fundamentales para penetrar correctamente el misterio profundo e inagotable del matrimonio aportando mi experiencia como psicólogo orientador.

Hay tareas para todos

Hay que tener muy presente que esta frase, en la que San Pablo invita a las mujer a someterse a los maridos, tiene que ser entendida a la luz de la siguiente: “maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia”. Es muy importante, ya que Cristo murió por amor en un sacrificio único, santo, definitivo, pleno y perfecto. En este sentido, no es una tarea inferior a la que se le asigna a las mujeres. De hecho, la tarea de la mujer de someterse al marido se entiende desde la admiración, el respeto y el amor a un marido que está constantemente dando la vida por ella y la familia, pero la del marido lleva a una imitación de cruz, es decir, de muerte.

El concepto de sumisión

Es preciso entender qué es “sumisión”. El concepto de “sumisión” no debe de entenderse de forma despreciativa o minusvalorativa, sino todo lo contrario. La palabra sumisión deriva del latín submissio, que significa “sometimiento”. Sus componentes léxicos son el prefijo sub (abajo) y mittere (enviar), con el sufijo -ción (acción y efecto). Es decir, hace referencia a la acción de enviar abajo. Esta etimología ha dado lugar a entenderlo equivocadamente, como si la mujer estuviera por debajo del hombre y por lo tanto valiese menos. Pero, ¿podría Dios crear a la mujer en menor dignidad que el hombre? Claramente no. El sentido correcto y revelador es que la mujer es enviada a ese “abajo” para trabajar desde las instancias más profundas de la familia. La mujer, con su vocación principal y constitutiva a la maternidad está llamada a ser los cimientos de una familia sobre los que se desarrolla la vida y alrededor de la cual gira prácticamente todo. Hay que entenderla como el eje alrededor del cual no sólo se genera el amor, sino de donde se nutre la seguridad afectiva y se mantiene el desarrollo psíquico, anímico y espiritual de todos los miembros. La madre es la fuente del río y el agua que corre dando vida a quienes la habitan. De hecho todos nacen en ella y permanecen en ella de alguna manera, incluso el padre. Incluso a nivel físico, cuando se concibe un hijo, el padre deja un material genético que se une al de la mujer en la generación de una persona. Ésta llevará en sí ese material genético[1], pero quedará también en el torrente sanguíneo de la madre. Es más, de la madre pasará a otros hijos, por lo que ella acumulará en cada gestación material genético del marido y de los hijos, quienes irán cada vez compartiendo más información (el último, evidentemente, compartirá la de todos). Es curioso observar que el único que no recibe carga, ni recombinaciones genéticas, es el padre, quien está llamado a actuar, en cierto modo, desde fuera. Dicho de otro modo, y de forma figurada, mientras la madre tiene los dos pies en la familia, el padre tiene uno dentro y uno fuera.

¿Es inferior el padre entonces?

Desde luego que no. El padre tiene la función de dirigir ese rio. La madre aporta la vida en el agua y la fuerza para que corra, pero el padre debe de garantizar la dirección del río. Ésa es su tarea. Tiene que estar fuerte, pendiente del entorno externo y atento a defender esa vida que lleva el río. Por eso está dirigido menos a la sensibilidad afectiva, emocional o relacional y más a lo práctico, técnico, organizativo. El padre es más rígido y asertivo porque está llamado a enraizarse y mantenerse firme en la dirección, con fuerza y asertividad (de allí que le sea tan connatural la competitividad). La esposa se abandona a él con obediencia, pero por amor, pues sabe que confía en él y en su disposición a dar la vida para acertar esa dirección y mantenerla. Ambos trabajan con el mismo fin: que el rio y lo que lleva llegue a su correcto destino. Allí ya no será río y los papeles o roles no tendrán ese fin (aunque seguirán marcando nuestra forma de ser, evidentemente), pero permanecerá el amor que cada cual ha puesto en su tarea y gozarán de los frutos que ese amor ha dado.

No sólo genética

Esta centralidad de la madre a nivel genético es más fuerte aún si lo entendemos desde la implicación psicológica, espiritual y teológica. La madre se dirige vocacionalmente y antropológicamente hacia la génesis del amor y hacia la fuerza que lo mueve dentro de cada uno de los miembros familiares, padre incluido, quien, como San Juan Pablo II escribió en una preciosa poesía “sabe que está en ellos: quiere estar en ellos y en ellos se realiza”[2]. El padre gira alrededor de la madre y ésta tiene la noble y fundamental tarea de colaborar para que los hijos se percaten de él, le respeten y le sigan con la misma fe. En este sentido, retomando la poesía: “sombra debe ser una madre para sus hijos”. La madre tiene un papel fundamental por su delicadeza, pero tiende a ser poco visible. Es un papel central para todos los miembros (incluso externos a la familia), pero no es apreciado, no por valer menos, sino porque apunta sobre todo a los demás y especialmente al capitán, quien lleva el barco o el río. Por eso la Iglesia (jerárquica), en la metáfora de San Pablo, no debe de buscar ser alabada, seguida y apreciada, sino encargarse de indicar a Jesús desde el servicio humilde y fiel, como hizo también San Juan Bautista, y de que todos sigan a Jesucristo. La Iglesia nos muestra a Cristo guardando bien el camino y Cristo nos lleva al Padre, del mismo modo que una madre indica al padre y éste lleva a Dios. Pero el esposo, sin la esposa, no llega por sí mismo al final, ni lo hace con mayor o menor mérito, pues escasa es la aportación de los padres en la tarea de la educación y del amor, y grande lo que Dios pone de suyo con la gracia que sostiene y dirige los frutos de ese amor y a la familia entera.

No es pues cuestión de importancia en los papeles, sino de compenetrarse “EN” el amor (amor conyugal y familiar), “CON” el amor (amor sacramental que presencia a Cristo y manifiesta la inhabitación trinitaria en cada uno) y “PARA” el amor (la comunidad de amor y el cielo).

Algunos consejos

Tanta teoría no es útil sin unas concreciones prácticas o unos consejos interesantes, por lo que tratemos ahora de abarcar esos papeles familiares de modo más concreto.

La madre

Que la madre no abandone su maternidad, que no reniegue de su fertilidad, ni desprecie su sensibilidad o su capacidad de relacionarse de tú a tú con los hijos y con los necesitados. Esa facilidad para emocionarse, para sentir, para intuir, para adelantarse a todo. O esa capacidad de relativizar y flexibilizar la rigidez de las normas. Son características que la enriquecen y que brotan de su condición antropológica y que marcan su camino de santidad. El cuidado de los hijos, desde esta perspectiva, no podrá ser sustituido por nadie, ni por el padre. Es bueno que la madre hable bien del padre y que le incluya en la dinámica familiar invitando a ir a verle, a saludarle al llegar a casa, o invitando al padre a pedir perdón a los hijos cuando se ha excedido, rebajando los castigos hablándolos con él, consolando las lágrimas de los hijos mientras sufren la fuerza del padre y a la vez mostrándole al padre aquellas asperosidades que tiene que pulir y suavizar para ser imagen de San José y no del “justiciero de la noche”. ¡Qué tarea tan importante de la esposa para con el esposo!

El padre

El padre tiene que aprender a ser justo, a no enfadarse siempre y demasiado, a ser flexible y misericordioso. Exigente, pero con cariño. Tiene que estar atento a las necesidades de los hijos, especialmente de los varones que buscarán en él (cada uno a su manera única  e irrepetible) ese modelo, esa seguridad que no sólo les indicará cómo ser con los demás, sino que les dará una guía de cómo tratar a las mujeres y a su futura mujer. Un padre tiene que saber dejarse llevar de la mano por su esposa hacia la intimidad familiar y estar dispuesto a aprender con respeto y sensibilidad cómo manejar tanta fragilidad interior. Una hija con un padre bueno es una mujer fuerte y sana, capaz de buscar un buen hombre sin la necesidad de lanzarse en los primeros brazos que la consuelen o en amistades que la distraigan.

Los hijos

Aunque no de una forma absoluta por el factor “libertad personal”, los hijos reflejarán siempre la calidad del amor que se han tenido los padres. Crecen nutridos del amor conyugal, no del amor que individualmente los padres les tratan de transmitir. Cuando falta uno de los padres, la tarea se hace difícil y es preciso un esfuerzo de compensación por la madre o el padre que quede. Una ruptura matrimonial SIEMPRE herirá el corazón de los hijos, lo digan o no, se note o pase desapercibido, ocurra a los 8 años o a los 40. Hay algo espiritual que conforma una familia y es el hogar íntimo compartido que se aprecia por una sensible observación o por su triste ausencia cuando desaparece.

Conclusión

El ser humano tiene la increíble capacidad de pensar y razonar para descubrir la verdad y conocer el amor, pero también es capaz de generarse y “aceptarse” creencias que como finas capas le ciegan el intelecto y le entregan a las creencias inventadas para justificarse. Es cuando nuestro “yo” se oscurece tras justificaciones y falsedades que ya no reconcomeos, sino que defendemos y justificamos. Se hacen invisibles a la conciencia por su lento proceso de auto-pegado y es importante contrastarlas con una vida humilde, abandonada a la voluntad de Dios y, por lo tanto, a la oración silenciosa que las revela. Es precisa una vida de gracia y en eso consiste la acción sacramental de Cristo en el matrimonio. Los esposos, iguales en dignidad, se deben un amor mutuo que les proyecta a través de Cristo y la realización de una comunidad de amor (la familia) hacia el eterno gozo del cielo, donde se reunirán para contemplar las grandezas de Dios en esa vocación, que nada tiene que envidiar al sacerdocio si es vivida con amor intenso y verdadero.

Os dejo la lectura del 25 de octubre de 2016 de la que se inspira esta reflexión.

Paz y bien.

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Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 5, 21-33)

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.



[1] Hay estudios concretos en los que, tras la fecundación de dos ratas, se ha encontrado una migración de células madre de la hembra (donde hay carga genética del padre) que han terminado instalándose en el cerebro de la madre. Es decir, el acto reproductivo llegó a trasladar células del padre a la madre y este material genético se recombina en cada parto. Cuanto menos asombroso.
[2] K. WOJTYLA, Esplendor de paternidad, ed. BAC, Madrid, 1990 pp. 171-172

22 septiembre 2016

¿Para qué esforzarme si Dios ya lo sabe todo?

Si Dios ya tiene planeada mi vida y la fecha de mi muerte ¿para qué vivir en base a Él? ¿Para qué rezar? ¿Por qué "intentar" no pecar si Él ya sabe qué voy a hacer?

Es tan cierto como misterioso que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro como si de un mismo instante se tratara a pesar de estar presente en el tiempo que nosotros vivimos, pero esto es un misterio. Para no caer en las grandes dudas que levanta esta cuestión con respecto al valor de nuestra libertad cuando Dios conoce ya nuestra respuesta hay que decir que es importante no confundir la libertad de la criatura de la libertad de Dios, así como los diferentes tipos de libertades en la criatura humana (sin entrar en la angelical).

Dios es libre porque es originario, es decir no tiene inicio ni fin y todo sale de Él, quien siempre crece en amor intratrinitario y hacia sus criaturas de forma dinámica y siempre creciente. Todo lo que él hace es bueno y sólo es malo aquello que, por ser libre, se aleja de Dios y deja de crecer unido a él y mirándole, como el sarmiento que se corta de la vid[1] (Jn 15, 1-8).

Sin embargo, el hombre es libre no tanto por poder elegir una acción u otra, algo que de alguna forma también realizan los animales, sino por poder destinar su vida a quien quiera y lo que quiera. Es una decisión trascendental y de vital importancia, pues fallar en esto puede llevar al hombre a alejarse de Dios e incluso condenarse rechazando la misericordia voluntariamente, perdiendo propiamente la libertad profunda que sólo crece dirigiéndose a Dios y siendo sostenidos por él. El hombre tiene que elegir personalmente entre el bien y el mal, por lo que, de hacerlo conscientemente, se hace responsable de la elección por doble vía: mereciendo la elección que toma (no tanto por los frutos que dará esa elección), si es buena, y culpabilizándose si es mala.

Pero estamos en el orden natural, no en el sobrenatural. La libertad del hombre es imprescindible para que su aceptación de Dios (amor) sea significativa, tanto que Dios prefiere correr el riesgo de que alguien se condene a que le elija sin ser libre, por eso ninguna persona puede realmente sentirse amado por un animal, pues no es persona y no puede corresponder al amor.

Lo que ocurre es que esta libertad humana es limitada ya que nuestro conocimiento, capacidad y naturaleza están limitados por el pecado y por ser criaturas. Dios sin embargo penetra el espacio, el tiempo y la naturaleza de un modo que conoce con tal profundidad la esencia de todo lo que ha creado que alcanza a estar presente incluso en aquello que nosotros aún no hemos elegido.

La discusión entre el pecado y la gracia ha sido una de las más debatidas durante estos 2000 años y ya San Agustín le ha dedicado muchas reflexiones y discusiones. Es un misterio incomprensible, pero lo que sí sabemos es que Dios da a cada uno la posibilidad necesaria para salvarse, dejándonos la posibilidad de pedir los unos por los otros e interceder a favor de alguien. De allí que es muy importante la comunión de los Santos, la oración por los demás (especialmente por las almas del Purgatorio que no pueden rezar para sí mismas y esperan nuestras oraciones), la petición de ayuda de Dios (sobre todo del Espíritu Santo que es quien revela y obra para Dios Padre) y de María (que es corredentora y mediadora de todas las gracias).

Hay muchas gracias que son concedidas porque uno las pide por otro y que de otra manera no habrían sido derramadas. Otras Dios las quiere derramar, pero nadie las pide (como es representado en la medalla de la Virgen Milagrosa revelada a Santa Catalina Labouré, donde los rayos representan precisamente esas gracias). Casi nunca somos conscientes de quién las ha pedido por nosotros, pero siempre son efectivas y siempre se conceden por el sacrificio redentor de Cristo en la cruz. Por eso es importantísimo rezar por los más necesitados y alejados, sobre todo por los que nadie reza por ellos, los pobres de los más pobres (no sólo físicamente, sino sobre todo espiritualmente).

Aún así, hay que entender que Dios ama a todos, pero no a todos por igual, ni a todos da las mismas gracias. Esto obedece al plan salvífico de Dios y no corresponde a nosotros juzgar dicha distribución de la gracia, pues siempre es justa. En parte porque al amor de Dios depende de nuestra respuesta, ya que cuanto más perfecta es una respuesta, más Dios puede obrar su gracia. De allí que en la Virgen María se da el amor humano más grande de todos, pues concebida sin pecado, su respuesta de amor ha sido y es la más perfecta de todas, hasta asignarle la terea de administrar todas las gracias del Padre, llegando a ser “el paraíso de Dios” como dijo San Luis María Grignión de Montfort.

Podríamos preguntarnos entonces: ¿Por qué Jesús eligió a Judas para ser su apóstol si sabía que le iba a traicionar y, sobre todo, por qué le dejó estar a su lado hasta el final?

Sencillamente porque en el momento más importante de la vida de una persona, que es su juicio particular justo después de su muerte, nadie podrá reprocharle a Jesús no haber hecho todo lo posible para que se pudiera salvar, dejando así patente que la elección de rechazarle no era de Dios y, a la vez, mostrando exactamente lo contrario, es decir, su profundo y total deseo de salvación de esa persona, hasta el punto de ser perjudicado en la cruz. Porque si supiéramos el valor que tiene un alma para Dios nos derretiríamos de tanto amor inmerecido y se nos desharía el corazón en lágrimas de gratitud para toda la eternidad. Porque es así: Dios nos tiene pensados desde toda la eternidad y desde esa eternidad nos ama y espera nuestra respuesta a su amor. Sólo uno es el deseo de Dios hacia la persona creada: hacerle partícipe de su amor eterno por la infinita misericordia desbordante de su corazón de amor.

En conclusión la libertad no se puede entender mezclando los planes sobrenaturales (Divinos) de los naturales (humanos) sino dentro de cada plan y atendiendo a que el plan divino penetra lo humano sin alterar su elección libre y real y, por lo tanto su responsabilidad. Tampoco se puede reducir la libertad a meras elecciones, sino que hay que verla como una adhesión cada vez más perfecta a la voluntad del padre. La paradoja más grande de la libertad es que cuanto más se la entrega a Dios, más crece en perfección, significado y alcance. Por lo contrario, cuanto más se aleja de Dios, más encierra a la criatura en su naturaleza, despersonalizándola y reduciéndola a un sí mismo egocéntrico, caprichoso y más cercana al sinsentido decreciente y a la auténtica muerte.

Diego Cazzola Boix



26 mayo 2016

Dios nos tiene pensados desde toda la eternidad y desde esa eternidad nos ama y espera nuestra respuesta a su amor. ¿Pero entonces soy libre?

Es tan cierto como misterioso que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro como si de un mismo instante se tratara a pesar de estar presente en el tiempo que nosotros vivimos, pero esto es un misterio. Para no caer en las grandes dudas que levanta esta cuestión con respecto al valor de nuestra libertad cuando Dios conoce ya nuestra respuesta hay que decir que es importante no confundir la libertad de la criatura de la libertad de Dios, así como los diferentes tipos de libertades en la criatura humana (sin entrar en la angelical).

Dios es libre porque es originario, es decir no tiene inicio ni fin y todo sale de Él, quien siempre crece en amor intratrinitario y hacia sus criaturas de forma dinámica y siempre creciente. Todo lo que él hace es bueno y sólo es malo aquello que, por ser libre, se aleja de Dios y deja de crecer unido a él y mirándole, como el sarmiento que se corta de la vid (Jn 15, 1-8; también aqui).

Sin embargo, el hombre es libre no tanto por poder elegir una acción u otra, algo que de alguna forma también realizan los animales, sino por poder destinar su vida a quien quiera y lo que quiera. Es una decisión trascendental y de vital importancia, pues fallar en esto puede llevar al hombre a alejarse de Dios e incluso condenarse rechazando la misericordia voluntariamente, perdiendo propiamente la libertad profunda que sólo crece dirigiéndose a Dios y siendo sostenidos por él. El hombre tiene que elegir personalmente entre el bien y el mal, por lo que, de hacerlo conscientemente, se hace responsable de la elección por doble vía: mereciendo la elección que toma (no tanto por los frutos que dará esa elección), si es buena, y culpabilizándose si es mala.

Pero estamos en el orden natural, no en el sobrenatural. La libertad del hombre es imprescindible para que su aceptación  de Dios (amor) sea significativa, tanto que Dios prefiere correr el riesgo de que alguien se condene a que le elija sin ser libre, por eso ninguna persona puede realmente sentirse amado por un animal, pues no es persona y no puede corresponder al amor.

Lo que ocurre es que esta libertad humana es limitada ya que nuestro conocimiento, capacidad y naturaleza están limitados por el pecado y por ser criaturas. Dios sin embargo penetra el espacio, el tiempo y la naturaleza de un modo que conoce con tal profundidad la esencia de todo lo que ha creado que alcanza a estar presente incluso en aquello que nosotros aún no hemos elegido.

La discusión entre el pecado y la gracia ha sido una de las más debatidas durante estos 2000 años y ya San Agustín le ha dedicado muchas reflexiones y discusiones. Es un misterio incomprensible, pero lo que sí sabemos es que Dios da a cada uno la posibilidad necesaria para salvarse, dejándonos la posibilidad de pedir los unos por los otros e interceder a favor de alguien. De allí que es muy importante la comunión de los Santos, la oración por los demás (especialmente por las almas del Purgatorio que no pueden rezar para sí mismas y esperan nuestras oraciones), la petición de ayuda de Dios (sobre todo del Espíritu Santo que es quien revela y obra para Dios Padre) y de María (que es corredentora y mediadora de todas las gracias).

Hay muchas gracias que son concedidas porque uno las pide por otro y que de otra manera no habrían sido derramadas. Otras Dios las quiere derramar, pero nadie las pide (como en la medalla de la Virgen Milagrosa, donde los rayos representan precisamente esas gracias). Casi nunca somos conscientes de quién las ha pedido por nosotros, pero siempre son efectivas, por eso es importantísimo rezar por los más necesitados y alejados, sobre todo por los que nadie reza por ellos, los pobres de los más pobres (no sólo físicamente, sino sobre todo espiritualmente).

Aún así, hay que entender que Dios ama a todos, pero no a todos por igual, ni a todos da las misas gracias. Esto obedece al plan salvífico de Dios y no corresponde a nosotros juzgar dicha distribución de la gracia, pues siempre es justa. En parte porque al amor de Dios depende de nuestra respuesta, cuanto más perfecta una respuesta más Dios puede obrar su gracia. De allí que en la Virgen María se da el amor humano más grande de todos, pues concebida sin pecado, su respuesta de amor ha sido y es la más perfecta de todas, hasta asignarle la terea de administrar todas las gracias del Padre.

¿Por qué Jesús eligió entonces a Judas para ser su apóstol si sabía que le iba a traicionar y, sobre todo, por qué le dejó estar a su lado hasta el final?

Dios te ama desde la eternidadSencillamente porque en el momento más importante de la vida de una persona, que es su juicio particular justo después de su muerte, nadie podrá reprocharle a Jesús no haber hecho todo lo posible para que se pudiera salvar, dejando así patente que la elección de rechazarle no era de Dios y, a la vez, mostrando exactamente lo contrario, es decir, su profundo y total deseo de salvación de esa persona, hasta el punto de ser perjudicado en la cruz. Porque si supiéramos el valor que tiene un alma para Dios nos derretiríamos de tanto amor inmerecido y se nos desharía el corazón en lágrimas de gratitud para toda la eternidad. Porque es así: Dios nos tiene pensados desde toda la eternidad y desde esa eternidad nos ama y espera nuestra respuesta a su amor. Sólo uno es el deseo de Dios hacia la persona creada: hacerle partícipe de su amor eterno por la infinita misericordia desbordante de su corazón de amor.



En conclusión la libertad no se puede entender mezclando los planes sobrenaturales (Divinos) de los naturales (humanos) sino dentro de cada plan y atendiendo a que el plan divino penetra lo humano sin alterar su elección libre y real y, por lo tanto su responsabilidad. Tampoco se puede reducir la libertad a meras elecciones, sino que hay que verla como una adhesión cada vez más perfecta a la voluntad del padre. La paradoja más grande de la libertad es que cuanto más se la entrega a Dios, más crece en perfección, significado y alcance. Por lo contrario, cuanto más se aleja de Dios, más encierra a la criatura en su naturaleza, despersonalizándola y reduciéndola a un sí mismo egocéntrico, caprichoso y más cercana al sinsentido decreciente y a la auténtica muerte.

Paz y bien.

Diego Cazzola.



05 febrero 2016

El carnaval no es para los de Dios. Descubre por qué.


Dicho en breve: un cristiano que ha entendido el mensaje de Cristo y el mensaje de la Iglesia, especialmente del Papa Francisco, no dará importancia al Carnaval, no lo querrá y ambicionará algo mejor, algo que sea de Dios.

Vivimos en este mundo, pero no somos de este mundo. Es conocido que el carnaval es de origen pagano, ya que tiene orígenes en la época romana. Se celebraba en las fiestas de Saturno (fiestas Saturnales), en honor al dios Baco, dios del vino (de ahí viene la palabra “bacanal”, es decir fiestas con vino muy abundante). La Iglesia no sólo no ha aprobado nunca el Carnaval como tal, sino que en varias ocasiones ha tenido que promover límites al desenfreno al que incitaba. Eran fiestas en las que los nobles se mezclaban con la plebe en danzas y comidas. Es fácil entender las intenciones ligadas al desenfreno de la gula, el placer sexual y la irresponsabilidad de la sensualidad. Por eso era típico, especialmente en el de Venecia, el enmascararse y disfrazarse, para ocultar la identidad y no ver las responsabilidades de los actos de esos días. Así que vemos que lo central no era disfrutar de una sana fiesta, sino aprovecharse de ella para dar riendas sueltas a la carne, de allí “carne-vale”, cuando vale la carne.

Los españoles y portugueses llevaron el carnaval a América, mezclando la esencia del carnaval europeo con tradiciones indígenas y convirtiéndolo en un folclore diferente. En la Europa católica la fiesta había sido acoplada al inicio de la Cuaresma ya que empezaba con ella un tiempo de ayuno y penitencia, pero esto tenía un sentido concreto y es que la gente trabajaba duramente el campo y hacía muchos ayunos. La misma cuaresma, hace tiempo, eran 40 días de ayuno, no como hoy que se ha vergonzosamente reducido a dos parcos y simbólicos días como llamamiento a la unidad eclesial penitente.

Hoy en día la Europa occidental supuestamente católica no trabaja duramente el campo ni ayuna tan duramente como para justificar estos días de carnaval. Y estoy convencido que, quien haga dicha penitencia, tampoco tendrá una espiritualidad que le lleve a abusar de la comida y el desenfreno unos días antes.

Con todo esto la Iglesia no ha prohibido el Carnaval, pero sí ha recordado que también en la fiesta hay que observar la ley de Dios, evidentemente. Sin embargo, yo me atrevería a decir que si no tenemos que confundirnos con el mundo y sólo vivir en él (Jn 15,19) para atraer a los que no conocen el amor de Dios y la salvación de Jesús, si tenemos que ser luz para los demás y queremos vivir como templos del Espíritu Santo, permanecer a lado de María y de lo santo, no creo que el Carnaval sea un buena opción en ninguna de sus formas. No lo es Halloween, no lo son cruceros en Semana Santa, ni lo son las discotecas de fin de semana.

Creo que el cristiano que quiera ser auténtico tiene que abandonar la idea de disfrutar “con” y “en” el mundo de hoy, que no tiene muchas cosas buenas para el Espíritu, y aprender a vivir menos materialista, menos sensualizado, menos apegado a la necesidad de disfrute, apetitos y consumo, para volcarse en una ardiente y verdadera búsqueda de la vida espiritual. Necesitamos cristianos profundamente enamorados de la Eucaristía, del Rosario y de la confesión. Porque sólo quien viva esa vida podrá salir afuera y hacer el lío bueno que quiere el Papa Francisco y no montar un lio sin más que hace daño a la Iglesia generando confusión y división. Quien vive así querrá aprender a dominar su voluntad, sus deseos y sus distorsionadas inclinaciones. El ayuno cuaresmal, y no sólo en cuaresma, es una mortificación estupenda para uno mismo y para el hermano. Os invito a conocer la iniciativa católica de www.ayunoporti.es donde mediante el ayuno proponen crecer en oración, fraternidad y amor a Dios.

Si eres de Cristo, ...¡que se note!


Paz y bien.

Diego Cazzola


Ayuno por ti
www.ayunoporti.es