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04 septiembre 2021

¿Nos han robado el arcoíris?

Va a ser que no... Igual que cuando andas el bien, dejas huellas de bien, cuando andas el mal, también dejas huellas. Estas huellas, aunque no queramos, tienen su propia lógica y son por lo tanto identificables de forma lógica. Hoy quiero descubrir un par de ellas que me han sorprendido bastante.

El arcoíris tiene muchas interpretaciones y significados. Para los griegos, por ejemplo, era una diosa mensajera entre el cielo y la tierra llamada Iris, hija de Taumante y la oceánide Electra. Sin embargo, la mayoría de la gente piensa hoy que el arcoíris es un símbolo de libertad que representa la lucha por la igualdad de los grupos LGBTI. Algo hay de cierto en esto, porque el artista Gilbert Baker promovió esta bandera y se identificaron, en un primer momento, las reivindicaciones sociales LGBTI con el movimiento hippie de la década de 1960, que usaba también la bandera arcoíris. Luego se crearon diferentes banderas, pero el dato importante al respecto es saber que este arcoíris estaba formado por 8 colores que luego pasaron a ser 6, siendo indiferente su colocación vertical u horizontal, en pro de un mayor sentido de libertad.

Quizás algunos sabrán sin embargo que el arcoíris tiene raíces muchos más anteriores e importantes, ya que está presente en el libro del Génesis del Antiguo Testamento (Gn 9, 9-17), cuando Dios realizó un pacto con Noé y le prometió no volver a mandar ningún diluvio. El arco en el cielo le recordará esa promesa y alianza que él ha establecido. Pues bien, está claro que se refiere al arcoíris que se ve en el cielo en momentos de lluvia.

Pero lo más curioso de todo esto es que gracias al descubrimiento de Isaac Newton en 1667, sabemos que la luz solar se fragmenta en siete colores. En efecto, el arcoíris de Dios, el que se ve en el cielo, se compone de siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, índigo (azul oscuro) y violeta. No es de extrañar que sean 7, puesto que el 7 en la Biblia tiene un significado muy concreto e importante. El séptimo día es el día en el que Dios descansó al crear toda la creación, el séptimo mes es el mes en el que reposó el arca o cuando se reunieron con el rey Salomón todos los varones de Israel, porque era el mes de la fiesta solemne. Siete son los dones del Espíritu Santo, los pecados capitales, hasta las palabras que dijo Cristo desde la cruz durante sus últimas horas de agonía. Está en las 70 veces 7 que debemos perdonar y siete son los sacramentos y las principales virtudes, porque el siete es el numero de la perfección, aunque lo es para bien y para mal: 7 son también los demonios que vuelven al alma que fue sanada y poco cuidada o los demonios que Jesús expulsó de Santa Magdalena. Y el libro del Apocalipsis, que es libro de la revelación, es donde más aparece, en concreto 54 veces, para describir simbólicamente las realidades divinas: las 7 Iglesias de Asia, los 7 espíritus del trono de Dios, las 7 trompetas, los 7 candeleros, los 7 cuernos, etc.

Aclarada la relación entre el 7 y la perfección de Dios, es interesante observar cómo el auténtico icono de libertad, de vida nueva, de alianza, de protección entre el hombre y Dios se represente por un arcoíris de 7 colores, mientras que el de la libertad mal entendida de estos colectivos haya pasado de 8 a 6. Por un lado, vemos cómo saltan el 7, por el otro vemos cómo aterrizan en el 6, un número clarísimamente de orden satánico que se queda a las puertas de la perfección, que es el 7. Además, no he podido no percatarme que el color que falta a la bandera del orgullo es precisamente el azul, que es por un lado el color del cielo y por el otro el color de los chicos, donde radica la masculinidad y, por su puesto, la paternidad, que es el rasgo que más odia el demonio, puesto que de ello nace la filiación.

Vamos, que si antes pensaba que el orgullo gay había sustraído un símbolo cristiano para sus libertinajes, ahora me doy cuenta que no sólo no lo han hecho, sino que se han quedado con una simbología que si bien es parecida les coloca a las puertas del cielo. Así, como el infierno está alas puertas del cielo, la práctica mal vivida de la carne y las desviaciones de la identidad y todas sus heridas, quedan condenadas a estar a las puertas de la Verdad, viendo como la tienen tan cerca y a la vez tan lejos. Ojalá esta cercanía sea motivo de conversión y deseo de cambio y no una condena en la cercanía.

Así que ya veis, los pasos de Dios tienen clave de bien y los del demonio, lo quieran o no, terminan por descifrarse también con una lógica maligna. La lógica de Dios es la lógica del amor y de la perfección, todo lo demás sólo tiene una lógica en tanto que se dirige al mismo lugar de condena.

Así que el arcoíris es un signo de esperanza, de que Dios no nos abandona y tiene un plan para nosotros. Tiene 7 colores porque la luz se compone de hermosos colores que delatan la perfección divina. Toda la naturaleza habla de ello y recuerda la promesa de Dios, haciéndolo con clase, belleza y orden, sin escatimar en esfuerzos ni gastos. El amor es así de bello. Que el arcoíris nos recuerde siempre que lo grande y bello viene de Dios y va a Dios.

Paz y bien.

25 enero 2017

Dios no deja caer al hombre si no es para levantarlo y dignificarlo más

Son tiempos ácidos donde reina un combate entre la Verdad del amor y la doblez azufrosa del mal. Ya hay muchos muertos en esta batalla que empieza por la sospecha que penetra casi irreversiblemente en el corazón y que termina generando dudas, confusión, desacuerdos, divisiones y juicios de muerte espiritual. Mueren así buenos cristianos sin saberlo apenas, se ahogan sacerdote de Cristo en tareas inútiles o secundarias olvidando su misión, muchos pierden el sentido de la espera, de la contemplación y, sobre todo de la esperanza en la providencia de Dios, y otros olvidan el gozo de la entrega en lo pequeño, el sentido de las pequeñas cosas. Se aborta la sencillez de los niños introduciéndolos en la inmoralidad, el morbo y el desorden, olvidando que el amor es ante todo pureza. Se pudren gobiernos y economías abandonándose y entregándose a ese camino presuntuoso de soberbia autoafirmación que llevó a Adán a pensar que podría conseguir algo mejor al margen de Dios.
Todo esto es signo de un combate que se cierne en lo secreto de lo espiritual y que pocos son capaces de ver y percatarse de su entidad real. Algunos se preguntan porqué Dios calla olvidando que también en la cruz pasó lo mismo, pero el aparente silencio de Dios no es desprecio ni indiferencia, sino amor puro a la voluntad todopoderosa de Dios. María ha prometido el Triunfo de su Corazón Inmaculado y Dios, que no hace nada sin revelarlo a sus profetas, tiene siempre el mejor plan y después de este destierro, nos mostrará a su Hijo de la mano de su Madre y nos lo dará para siempre. Si seguimos en este combate sin mirar al cielo con humildad, Dios nos dejará caer por culpa de nuestro propio pecado, pero cuando nos levante habrá merecido la pena.
Dios no deja caer al hombre si no es para levantarlo y dignificarlo más.
Como dijo San Agustín con respecto a la conversión de San Pablo: "Era necesario que primeramente fuera abatido, y seguidamente levantado; primero golpeado, después curado. Porque jamás Cristo hubiera podido vivir en él si Saulo no hubiera muerto a su antigua vida de pecado. [...] Al perseguidor se le quitó la luz para devolvérsela al predicador; en el mismo momento en que no veía nada de este mundo, vio a Jesús. Es un símbolo para los creyentes: los que creen en Cristo deben fijar sobre él la mirada de su alma sin entretenerse en las cosas exteriores..."
Tengamos esperanza, entonces, que pronto terminarán los dolores de parto y grande será la acogida de Cristo en su nuevo Reino.
Paz y bien.

02 noviembre 2016

Conmemorar la reforma, no es celebrarla

El viaje del papa Francisco a Suecia con motivo de los 500 años de la Reforma Luterana está siendo manipulado por muchas personas y casi todos los medios.

Mucho se critica al papa por sus intenciones más que por la teología desarrollada. Admito que no comprendo bien todos los pasos que da y sobre todo el modo o las formas, pero un hijo no tiene porque entender todo lo que hace su padre. Tiene que fiarse, confiar y rezar manteniéndose unido a su familia y no disgregarla y dividirla con conjeturas y subjetivas deducciones. Con la escusa de que hay que decir la verdad, cada vez se la hiere más y se la vive peor. Con la escusa de que hay que ser fieles al Evangelio terminamos por discutirlo más que vivirlo.

El Papa conmemora la reforma luterana, no la celebra. Y su interés es que también los luteranos entren por la pequeña puerta que lleva la Salvación. Acercarse no es ceder y es preciso no olvidar que la norma consiste en odiar el pecado y amar al pecador.

Cristo también entraba a comer con pecadores y le criticaban por ello, pero son precisamente ellos quienes tienen que sentirse acogidos y aceptados. No confirmados, pero sí aceptados. Ellos tendrán que querer el cambio y seguir la Verdad de Jesús. Pero eso es cuestión de ellos y de Dios. La Iglesia tiene que hacer la vez de Cristo en la tierra, pues es su cuerpo, y llevar a Cristo a todos.

Cristo llegó a mi pobre, insolente y justificada vida por medio de una hermosa y buena mujer que me enseñó con paciencia el camino. No se enfrentó con ataques a mi vida y, sin aprobarla, estando cerca y guiándome poco a poco y con cariño, me ha llevado al altar siendo un hombre nuevo. Ese rescate es el propio de cada cristiano y más aún de la Iglesia. La Iglesia debe de convencer porque atrae, no porque argumenta.

Un buen análisis de esa visita es el que ha expuesto el ex-pastor y fundador de la iglesia pentecostal sueca Ulf Ekman, quien entró en plena comunión con la Iglesia católica en 2014 [1] después de estudiar durante más de 10 años el Catecismo, el Magisterio:

"El Papa  conmemora la reforma, no la celebra. Esta visita a Suecia es única y traerá muchos frutos. Espero con optimismo que la reforma sea reevaluada de una manera más objetiva; qué fue lo que realmente sucedió, cuáles fueron los frutos  los buenos y los malos. Con toda seguridad el espíritu de humildad del Papa dejará buenas semillas, porque el Papa es el más indicado para incentivar el  encuentro y evitar las controversias, porque la visita a Suecia, está inspirada en la caridad y en la consideración. Además habrá en Suecia un antes y un después de esta visita del Papa Francisco".

Como dijo el Papa en una entrevista al director de la revista jesuita sueca Signum, P. Ulf Jonsson, que ha sido publicada en la revista jesuita "La Civiltá Cattolica[2]:

"El entusiasmo debe moverse hacia la oración conjunta y las obras de misericordia, trabajar de forma conjunta para ayudar a los enfermos, los pobres y los encarcelados. Hacer cosas conjuntas es la forma de diálogo más efectiva". [3]

Dejemos de difundir opiniones y centrémonos en confiar, sin pretender saberlo y entenderlo todo. Unámonos en la oración, veamos lo bueno y quedémonos con ello con esperanza. Recordemos que El Espíritu Santo no se va de vacaciones.

Paz y bien




26 octubre 2016

Mujer sumisa y hombre entregado: cuestión de dignidad o de formalidad

Ante las lecturas del pasado 25 de Octubre (ver al final), no me he podido resistir en aportar un enfoque que suelo transmitir en los cursos de prematrimoniales y que me parece central para estos tiempos, turbios por la ideología de género y la confusión generada por el dolor de los frecuentes divorcios de hoy en día.

Lo primero a tener en cuenta es que lo esencial del mensaje, en ocasiones tergiversado y distorsionado, es que San Pablo empieza con el imperativo exhortativo “sed sumisos” dirigidos a todos. Es decir, lo principal es recordar que todos tenemos que ser sumisos los unos con los otros, por lo que el papel que desarrolla a posteriori sobre el esposo y la esposa es secundario al primero y describe una formalidad descriptiva, más que una esencialidad constitutiva.

Ahora bien, lo más importante de entender bien, es precisamente la expresión más polémica con respecto a las mujeres: “que se sometan a sus maridos como al Señor”. De esta frase quiero destacar dos aspectos fundamentales para penetrar correctamente el misterio profundo e inagotable del matrimonio aportando mi experiencia como psicólogo orientador.

Hay tareas para todos

Hay que tener muy presente que esta frase, en la que San Pablo invita a las mujer a someterse a los maridos, tiene que ser entendida a la luz de la siguiente: “maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia”. Es muy importante, ya que Cristo murió por amor en un sacrificio único, santo, definitivo, pleno y perfecto. En este sentido, no es una tarea inferior a la que se le asigna a las mujeres. De hecho, la tarea de la mujer de someterse al marido se entiende desde la admiración, el respeto y el amor a un marido que está constantemente dando la vida por ella y la familia, pero la del marido lleva a una imitación de cruz, es decir, de muerte.

El concepto de sumisión

Es preciso entender qué es “sumisión”. El concepto de “sumisión” no debe de entenderse de forma despreciativa o minusvalorativa, sino todo lo contrario. La palabra sumisión deriva del latín submissio, que significa “sometimiento”. Sus componentes léxicos son el prefijo sub (abajo) y mittere (enviar), con el sufijo -ción (acción y efecto). Es decir, hace referencia a la acción de enviar abajo. Esta etimología ha dado lugar a entenderlo equivocadamente, como si la mujer estuviera por debajo del hombre y por lo tanto valiese menos. Pero, ¿podría Dios crear a la mujer en menor dignidad que el hombre? Claramente no. El sentido correcto y revelador es que la mujer es enviada a ese “abajo” para trabajar desde las instancias más profundas de la familia. La mujer, con su vocación principal y constitutiva a la maternidad está llamada a ser los cimientos de una familia sobre los que se desarrolla la vida y alrededor de la cual gira prácticamente todo. Hay que entenderla como el eje alrededor del cual no sólo se genera el amor, sino de donde se nutre la seguridad afectiva y se mantiene el desarrollo psíquico, anímico y espiritual de todos los miembros. La madre es la fuente del río y el agua que corre dando vida a quienes la habitan. De hecho todos nacen en ella y permanecen en ella de alguna manera, incluso el padre. Incluso a nivel físico, cuando se concibe un hijo, el padre deja un material genético que se une al de la mujer en la generación de una persona. Ésta llevará en sí ese material genético[1], pero quedará también en el torrente sanguíneo de la madre. Es más, de la madre pasará a otros hijos, por lo que ella acumulará en cada gestación material genético del marido y de los hijos, quienes irán cada vez compartiendo más información (el último, evidentemente, compartirá la de todos). Es curioso observar que el único que no recibe carga, ni recombinaciones genéticas, es el padre, quien está llamado a actuar, en cierto modo, desde fuera. Dicho de otro modo, y de forma figurada, mientras la madre tiene los dos pies en la familia, el padre tiene uno dentro y uno fuera.

¿Es inferior el padre entonces?

Desde luego que no. El padre tiene la función de dirigir ese rio. La madre aporta la vida en el agua y la fuerza para que corra, pero el padre debe de garantizar la dirección del río. Ésa es su tarea. Tiene que estar fuerte, pendiente del entorno externo y atento a defender esa vida que lleva el río. Por eso está dirigido menos a la sensibilidad afectiva, emocional o relacional y más a lo práctico, técnico, organizativo. El padre es más rígido y asertivo porque está llamado a enraizarse y mantenerse firme en la dirección, con fuerza y asertividad (de allí que le sea tan connatural la competitividad). La esposa se abandona a él con obediencia, pero por amor, pues sabe que confía en él y en su disposición a dar la vida para acertar esa dirección y mantenerla. Ambos trabajan con el mismo fin: que el rio y lo que lleva llegue a su correcto destino. Allí ya no será río y los papeles o roles no tendrán ese fin (aunque seguirán marcando nuestra forma de ser, evidentemente), pero permanecerá el amor que cada cual ha puesto en su tarea y gozarán de los frutos que ese amor ha dado.

No sólo genética

Esta centralidad de la madre a nivel genético es más fuerte aún si lo entendemos desde la implicación psicológica, espiritual y teológica. La madre se dirige vocacionalmente y antropológicamente hacia la génesis del amor y hacia la fuerza que lo mueve dentro de cada uno de los miembros familiares, padre incluido, quien, como San Juan Pablo II escribió en una preciosa poesía “sabe que está en ellos: quiere estar en ellos y en ellos se realiza”[2]. El padre gira alrededor de la madre y ésta tiene la noble y fundamental tarea de colaborar para que los hijos se percaten de él, le respeten y le sigan con la misma fe. En este sentido, retomando la poesía: “sombra debe ser una madre para sus hijos”. La madre tiene un papel fundamental por su delicadeza, pero tiende a ser poco visible. Es un papel central para todos los miembros (incluso externos a la familia), pero no es apreciado, no por valer menos, sino porque apunta sobre todo a los demás y especialmente al capitán, quien lleva el barco o el río. Por eso la Iglesia (jerárquica), en la metáfora de San Pablo, no debe de buscar ser alabada, seguida y apreciada, sino encargarse de indicar a Jesús desde el servicio humilde y fiel, como hizo también San Juan Bautista, y de que todos sigan a Jesucristo. La Iglesia nos muestra a Cristo guardando bien el camino y Cristo nos lleva al Padre, del mismo modo que una madre indica al padre y éste lleva a Dios. Pero el esposo, sin la esposa, no llega por sí mismo al final, ni lo hace con mayor o menor mérito, pues escasa es la aportación de los padres en la tarea de la educación y del amor, y grande lo que Dios pone de suyo con la gracia que sostiene y dirige los frutos de ese amor y a la familia entera.

No es pues cuestión de importancia en los papeles, sino de compenetrarse “EN” el amor (amor conyugal y familiar), “CON” el amor (amor sacramental que presencia a Cristo y manifiesta la inhabitación trinitaria en cada uno) y “PARA” el amor (la comunidad de amor y el cielo).

Algunos consejos

Tanta teoría no es útil sin unas concreciones prácticas o unos consejos interesantes, por lo que tratemos ahora de abarcar esos papeles familiares de modo más concreto.

La madre

Que la madre no abandone su maternidad, que no reniegue de su fertilidad, ni desprecie su sensibilidad o su capacidad de relacionarse de tú a tú con los hijos y con los necesitados. Esa facilidad para emocionarse, para sentir, para intuir, para adelantarse a todo. O esa capacidad de relativizar y flexibilizar la rigidez de las normas. Son características que la enriquecen y que brotan de su condición antropológica y que marcan su camino de santidad. El cuidado de los hijos, desde esta perspectiva, no podrá ser sustituido por nadie, ni por el padre. Es bueno que la madre hable bien del padre y que le incluya en la dinámica familiar invitando a ir a verle, a saludarle al llegar a casa, o invitando al padre a pedir perdón a los hijos cuando se ha excedido, rebajando los castigos hablándolos con él, consolando las lágrimas de los hijos mientras sufren la fuerza del padre y a la vez mostrándole al padre aquellas asperosidades que tiene que pulir y suavizar para ser imagen de San José y no del “justiciero de la noche”. ¡Qué tarea tan importante de la esposa para con el esposo!

El padre

El padre tiene que aprender a ser justo, a no enfadarse siempre y demasiado, a ser flexible y misericordioso. Exigente, pero con cariño. Tiene que estar atento a las necesidades de los hijos, especialmente de los varones que buscarán en él (cada uno a su manera única  e irrepetible) ese modelo, esa seguridad que no sólo les indicará cómo ser con los demás, sino que les dará una guía de cómo tratar a las mujeres y a su futura mujer. Un padre tiene que saber dejarse llevar de la mano por su esposa hacia la intimidad familiar y estar dispuesto a aprender con respeto y sensibilidad cómo manejar tanta fragilidad interior. Una hija con un padre bueno es una mujer fuerte y sana, capaz de buscar un buen hombre sin la necesidad de lanzarse en los primeros brazos que la consuelen o en amistades que la distraigan.

Los hijos

Aunque no de una forma absoluta por el factor “libertad personal”, los hijos reflejarán siempre la calidad del amor que se han tenido los padres. Crecen nutridos del amor conyugal, no del amor que individualmente los padres les tratan de transmitir. Cuando falta uno de los padres, la tarea se hace difícil y es preciso un esfuerzo de compensación por la madre o el padre que quede. Una ruptura matrimonial SIEMPRE herirá el corazón de los hijos, lo digan o no, se note o pase desapercibido, ocurra a los 8 años o a los 40. Hay algo espiritual que conforma una familia y es el hogar íntimo compartido que se aprecia por una sensible observación o por su triste ausencia cuando desaparece.

Conclusión

El ser humano tiene la increíble capacidad de pensar y razonar para descubrir la verdad y conocer el amor, pero también es capaz de generarse y “aceptarse” creencias que como finas capas le ciegan el intelecto y le entregan a las creencias inventadas para justificarse. Es cuando nuestro “yo” se oscurece tras justificaciones y falsedades que ya no reconcomeos, sino que defendemos y justificamos. Se hacen invisibles a la conciencia por su lento proceso de auto-pegado y es importante contrastarlas con una vida humilde, abandonada a la voluntad de Dios y, por lo tanto, a la oración silenciosa que las revela. Es precisa una vida de gracia y en eso consiste la acción sacramental de Cristo en el matrimonio. Los esposos, iguales en dignidad, se deben un amor mutuo que les proyecta a través de Cristo y la realización de una comunidad de amor (la familia) hacia el eterno gozo del cielo, donde se reunirán para contemplar las grandezas de Dios en esa vocación, que nada tiene que envidiar al sacerdocio si es vivida con amor intenso y verdadero.

Os dejo la lectura del 25 de octubre de 2016 de la que se inspira esta reflexión.

Paz y bien.

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Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 5, 21-33)

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.



[1] Hay estudios concretos en los que, tras la fecundación de dos ratas, se ha encontrado una migración de células madre de la hembra (donde hay carga genética del padre) que han terminado instalándose en el cerebro de la madre. Es decir, el acto reproductivo llegó a trasladar células del padre a la madre y este material genético se recombina en cada parto. Cuanto menos asombroso.
[2] K. WOJTYLA, Esplendor de paternidad, ed. BAC, Madrid, 1990 pp. 171-172

07 agosto 2016

Sacerdote, ¡proclama el regreso de Cristo!

He aquí otro día en el que las lecturas de la misa están repletas de escatología. Hoy domingo 7 de agosto el Señor nos habla de promesas y de liberación en la primera lectura, de una salvación que esperaba el pueblo que hace clara referencia al último castigo, donde se separarán los que son del Señor y los que no, entre cabras y ovejas, o buenos y malos. Una lectura donde los piadosos hijos de los justos hacían sacrificios en secreto, como hoy en día lo vienen haciendo los hijos de María, los "Apóstoles de los últimos tiempos".

Incluso el salmo habla de aguardar al Señor con la esperanza puesta en Él y en su misericordia.

La segunda lectura nos plantea perfectamente los frutos de la fe en Abraham o Sara, quienes recibieron una promesa y confiaron en ella. Una promesa que no se cumplió tal como creía Abraham, pues no tuvo tantos hijos propios como estrellas del cielo, pues Dios siempre sorprende cuando promete y cumple sus promesas. Nos recuerda además que somos peregrinos de esta tierra, por lo que nuestros anhelos tienen que estar en la tierra que es nuestra, el cielo. Nuestro corazón tiene que desear al amor de Dios vivido en su presencia más que el amor que podemos vivir en esta tierra. Aunque sea éste bueno y legítimo quererlo vivir, no es el que tenemos que tener siempre presente como hijos de Dios. Por eso Dios le pide a Abraham renunciar a su descendencia, porque quiere que tenga el corazón puesto sólo en Él. Es un Dios celoso que quiere nuestro amor completo y quiere siempre que este amor esté puesto en él, sólo en él. Destaca la confianza de Abraham en el poder de Dios ante una adversidad impensable y dolorosa como la muerte de su hijo. ¿Cómo no pensar que ante las calamidades profetizadas para nuestros tiempos no estará presente el Señor para hacer lo imposible para seguir siendo un Padre? Si Dios es bueno ahora con nosotros y nos acompaña con su Misericordia, con su Espíritu de profecía y su bondad providente, ¿no lo hará en otras circunstancias adversas? ¿Acaso no nos tienen preparado a cada uno de nosotros un camino para recorrer en el que seguiremos siendo sus hijos preferidos y los testigos de su amor?

Pero lo más interesante y profético es claramente el evangelio.

Jesús nos recuerda su promesa: ser su rebaño y habernos prometido el reino de Dios. Nos devuelve la mirada al cielo, donde debe de estar nuestro corazón, nuestra esperanza y nuestro tesoro. Nos recuerda que tenemos que vivir haciendo limosna y con austeridad, pero sobre todo con las lámparas encendidas. Se dirige a los criados alabando aquellos que están en vela esperándole. Los criados son los que sirven y los que sirven son, de forma especial, los sacerdotes, cuyo ministerio es precisamente el servicio. Les invita a estar atentos a su regreso, invitándoles a estar atentos aunque no haya venido a la segunda, ni a la tercera vigilia. Es decir, les invita a estar atentos a su regreso aunque no haya venido cuando lo esperábamos. ¿Tenía que ser en el 2000? ¿O en el 2014? Da igual, lo importante es estar esperándole como si fuera mañana. Pero hay de aquellos criados que no están atentos. Jesús les dedica el final de la parábola y previene los criados, es decir, a los sacerdotes a los que se les había dirigido esta parábola, a no darse a la "buena vida", es decir, la vida sin tensión de su regreso que busca en esta vida sin gloria los frutos del Reino de Dios. Para esos está reservado “un castigo con rigor” y el mismo final que “de los que no son fieles”.

Así que, esperemos que este domingo los sacerdotes puedan acoger este Espíritu de Profecía, hacerlo propio y recapacitar, pues son ellos quienes tienen que guiar los pasos del pueblo para que esté en la espera de Cristo, especialmente en estos tiempos tan ácidos y complejos donde el que espera la Segunda Venida de Cristo parece un loco, un exagerado o incluso un fanático.

Paz y bien.



26 mayo 2016

Dios nos tiene pensados desde toda la eternidad y desde esa eternidad nos ama y espera nuestra respuesta a su amor. ¿Pero entonces soy libre?

Es tan cierto como misterioso que Dios conoce el pasado, el presente y el futuro como si de un mismo instante se tratara a pesar de estar presente en el tiempo que nosotros vivimos, pero esto es un misterio. Para no caer en las grandes dudas que levanta esta cuestión con respecto al valor de nuestra libertad cuando Dios conoce ya nuestra respuesta hay que decir que es importante no confundir la libertad de la criatura de la libertad de Dios, así como los diferentes tipos de libertades en la criatura humana (sin entrar en la angelical).

Dios es libre porque es originario, es decir no tiene inicio ni fin y todo sale de Él, quien siempre crece en amor intratrinitario y hacia sus criaturas de forma dinámica y siempre creciente. Todo lo que él hace es bueno y sólo es malo aquello que, por ser libre, se aleja de Dios y deja de crecer unido a él y mirándole, como el sarmiento que se corta de la vid (Jn 15, 1-8; también aqui).

Sin embargo, el hombre es libre no tanto por poder elegir una acción u otra, algo que de alguna forma también realizan los animales, sino por poder destinar su vida a quien quiera y lo que quiera. Es una decisión trascendental y de vital importancia, pues fallar en esto puede llevar al hombre a alejarse de Dios e incluso condenarse rechazando la misericordia voluntariamente, perdiendo propiamente la libertad profunda que sólo crece dirigiéndose a Dios y siendo sostenidos por él. El hombre tiene que elegir personalmente entre el bien y el mal, por lo que, de hacerlo conscientemente, se hace responsable de la elección por doble vía: mereciendo la elección que toma (no tanto por los frutos que dará esa elección), si es buena, y culpabilizándose si es mala.

Pero estamos en el orden natural, no en el sobrenatural. La libertad del hombre es imprescindible para que su aceptación  de Dios (amor) sea significativa, tanto que Dios prefiere correr el riesgo de que alguien se condene a que le elija sin ser libre, por eso ninguna persona puede realmente sentirse amado por un animal, pues no es persona y no puede corresponder al amor.

Lo que ocurre es que esta libertad humana es limitada ya que nuestro conocimiento, capacidad y naturaleza están limitados por el pecado y por ser criaturas. Dios sin embargo penetra el espacio, el tiempo y la naturaleza de un modo que conoce con tal profundidad la esencia de todo lo que ha creado que alcanza a estar presente incluso en aquello que nosotros aún no hemos elegido.

La discusión entre el pecado y la gracia ha sido una de las más debatidas durante estos 2000 años y ya San Agustín le ha dedicado muchas reflexiones y discusiones. Es un misterio incomprensible, pero lo que sí sabemos es que Dios da a cada uno la posibilidad necesaria para salvarse, dejándonos la posibilidad de pedir los unos por los otros e interceder a favor de alguien. De allí que es muy importante la comunión de los Santos, la oración por los demás (especialmente por las almas del Purgatorio que no pueden rezar para sí mismas y esperan nuestras oraciones), la petición de ayuda de Dios (sobre todo del Espíritu Santo que es quien revela y obra para Dios Padre) y de María (que es corredentora y mediadora de todas las gracias).

Hay muchas gracias que son concedidas porque uno las pide por otro y que de otra manera no habrían sido derramadas. Otras Dios las quiere derramar, pero nadie las pide (como en la medalla de la Virgen Milagrosa, donde los rayos representan precisamente esas gracias). Casi nunca somos conscientes de quién las ha pedido por nosotros, pero siempre son efectivas, por eso es importantísimo rezar por los más necesitados y alejados, sobre todo por los que nadie reza por ellos, los pobres de los más pobres (no sólo físicamente, sino sobre todo espiritualmente).

Aún así, hay que entender que Dios ama a todos, pero no a todos por igual, ni a todos da las misas gracias. Esto obedece al plan salvífico de Dios y no corresponde a nosotros juzgar dicha distribución de la gracia, pues siempre es justa. En parte porque al amor de Dios depende de nuestra respuesta, cuanto más perfecta una respuesta más Dios puede obrar su gracia. De allí que en la Virgen María se da el amor humano más grande de todos, pues concebida sin pecado, su respuesta de amor ha sido y es la más perfecta de todas, hasta asignarle la terea de administrar todas las gracias del Padre.

¿Por qué Jesús eligió entonces a Judas para ser su apóstol si sabía que le iba a traicionar y, sobre todo, por qué le dejó estar a su lado hasta el final?

Dios te ama desde la eternidadSencillamente porque en el momento más importante de la vida de una persona, que es su juicio particular justo después de su muerte, nadie podrá reprocharle a Jesús no haber hecho todo lo posible para que se pudiera salvar, dejando así patente que la elección de rechazarle no era de Dios y, a la vez, mostrando exactamente lo contrario, es decir, su profundo y total deseo de salvación de esa persona, hasta el punto de ser perjudicado en la cruz. Porque si supiéramos el valor que tiene un alma para Dios nos derretiríamos de tanto amor inmerecido y se nos desharía el corazón en lágrimas de gratitud para toda la eternidad. Porque es así: Dios nos tiene pensados desde toda la eternidad y desde esa eternidad nos ama y espera nuestra respuesta a su amor. Sólo uno es el deseo de Dios hacia la persona creada: hacerle partícipe de su amor eterno por la infinita misericordia desbordante de su corazón de amor.



En conclusión la libertad no se puede entender mezclando los planes sobrenaturales (Divinos) de los naturales (humanos) sino dentro de cada plan y atendiendo a que el plan divino penetra lo humano sin alterar su elección libre y real y, por lo tanto su responsabilidad. Tampoco se puede reducir la libertad a meras elecciones, sino que hay que verla como una adhesión cada vez más perfecta a la voluntad del padre. La paradoja más grande de la libertad es que cuanto más se la entrega a Dios, más crece en perfección, significado y alcance. Por lo contrario, cuanto más se aleja de Dios, más encierra a la criatura en su naturaleza, despersonalizándola y reduciéndola a un sí mismo egocéntrico, caprichoso y más cercana al sinsentido decreciente y a la auténtica muerte.

Paz y bien.

Diego Cazzola.



15 febrero 2016

Dios es la causa de vuestro mal (S. Claudio de la Colombière)

«Una de las verdades mejor establecidas y de las más consoladoras que se nos han revelado es que nada nos sucede en la tierra, excepto el pecado, que no sea porque Dios lo quiere; Él es quien envía las riquezas y la pobreza; si estáis enfermos, Dios es la causa de vuestro mal; si habéis recobrado la salud, es Dios quien os la ha devuelto; si vivís, es solamente a Él a quien debéis un bien tan grande; y cuando venga la muerte a concluir vuestra vida, será de su mano de quien recibiréis el golpe mortal».

- S. Claudio de la Colombière -

Desde luego hace pensar... Sobre todo la parte de que Dios sea la "causa del mal". Creo que no se puede tomar literalmente, pues Dios no quiere causar el mal, pero sí es cierto que donde nosotros vemos el mal, Él ve el bien que nos hace.

También hay que recordar que el producto de nuestro pecado es tan poco querido como el pecado mismo, por lo que hay que distinguir las cosas que nos pasan por el mal de nuestro pecado (que Dios no quiere, pero se deben a nuestra libertad, como podría ser el abortar) de las cosas que nos pasan y son dolorosas. Aún así hay Providencia en todo... pero es un misterio, pero un misterio de amor en el que merece la pena abandonarse con esperanza e incluso con alegría. De esta alegría se forma la cruz que Dios nos regala como llave para el cielo.

Paz y bien.

Diego Cazzola



25 enero 2016

Diferentes devociones, un sólo caminar.

Muchas veces caemos en la tentación de proponer a otros vivir la fe y el amor como nosotros o con el mismo estilo. Nada más lejos de lo que propuso el Señor. El Espíritu Santo sabe soplar con creatividad continúa, siempre nueva. No se cansa, ni se esfuerza, pues está en su naturaleza el crear continuamente y renovar. Es él quien hace brillar el amor de Dios, quien lo hace verdaderamente bello, quien lo da a descubrir y confiere fecundidad. 


A veces incluso llegamos a juzgar a otros por no hacerlo como los demás o, peor, como nosotros. Sin embargo, cómo nos recuerda San Francisco de Sales no hay un solo modo de devoción, como no hay un solo carisma. 



¿Cómo saber entonces cómo nos inspira el Espíritu Santo cada día para llegar a Dios y proclamar la gran noticia que tenemos los cristianos?



Pues evidentemente hay una vía oficial y otra oficiosa. La primera es mediante la oración, ese encuentro con el Señor estando a solas, de tú a Tú. Es un momento caracterizado obligatoriamente por un silencio que tiene que ser sobre todo un silencio interior de escucha y de apertura, pero que también implica cierta mortificación, base de la verdadera humildad que alimenta el amor a Dios reduciendo el amor propio. La segunda vía, la oficiosa, es la vía de la devoción al Corazón de María. Oficiosa porque en ningún momento de la historia de la Iglesia se ha obligado a contemplar esa vía de cara al descubrimiento de la voluntad de Dios, pero que quien ha descubierto el amor de María como el de una Madre y la entiende como administradora de TODA gracia habrá comprobado que María es en realidad indispensable para tener certeza, dirección y facilidad. María es la línea recta entre nosotros y Cristo, por lo que es de insensatos o soberbios pretender caminar sin ella. Los mismos apóstoles, sin María, se habrían perdido tres la crucifixión de Jesús, pero ella les mantuvo unidos y en la esperanza de Su hijo. María es mucho más de lo que imaginamos y está, o puede estar, mucho más presente de lo que pensamos.



Especialmente en estos últimos tiempos, que empezaron con la partida de Cristo al cielo, pero que se han claramente agudizado en estos últimos años, es una pieza clave. Como dije en otras ocasiones, María trajo por primera vez a su Hijo, nuestro Señor, y es lo más lógico que tenga que ver bastante con su regreso. Tantas apariciones y tan frecuentes lo indican claramente y su mensaje es un mensaje general, no tiene que ver con el carisma o la devoción de cada uno. En este sentido su llamada a la oración, al ayuno (lamentablemente muy olvidado por la Iglesia Católica ya que es el principal modo de defendernos del demonio y de la tentación de vivir como el mundo), al Rosario (que no lo considera como oración personal propiamente), a la fidelidad al Papa (y en general el amor y oración por los sacerdotes), al no juzgar (el juicio es de Dios, nosotros sólo tenemos que amar y ser pacientes), al dar extrema importancia a la buena confesión y a la Eucaristía (especialmente a la adoración eucarística), así como a la lectura de la palabra de Dios.



No confundamos la diversidad de carismas o el tipo de devoción personal que el Espíritu Santo inspira y la condición de cada uno, con el camino común a todo cristiano y que, si no se anda, seca nuestro espíritu. Porque si secamos nuestro espíritu, secamos la fecundidad de Dios en nosotros y solo daremos lo poco que somos y no a Dios. 



Necesitamos volver al camino tradicional, pero verdadero y necesario, del ayuno (que es mortificación), la limosna (que es sobre todo caridad práctica) y la oración (no la práctica por la práctica, sino la búsqueda del encuentro con Dios en la intimidad de cada uno).



Os dejo pues el texto de San Francisco de Sales sobre estos aspectos que titula "La devoción se ha de ejercitar de diversa manera":


«En la misma creación, Dios creador mandó a las plantas que diera cada una fruto según su propia especie: así también mandó a los cristianos, que son como las plantas de su Iglesia viva, que cada uno diera un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación.
La devoción, insisto, se ha de ejercitar de diversas maneras, según que se trate de una persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. Más aún: la devoción se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y ocupaciones particulares de cada uno.
Dime, te ruego, mi Filotea, si sería lógico que los obispos quisieran vivir entregados a la soledad, al modo de los cartujos; que los casados no se preocuparan de aumentar su peculio más que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara el día en la iglesia, como un religioso; o que un religioso, por el contrario, estuviera continuamente absorbido, a la manera de un obispo, por todas las circunstancias que atañen a las necesidades del prójimo. Una tal devoción ¿por ventura no sería algo ridículo, desordenado o inadmisible?
Y, con todo, esta equivocación absurda es de lo más frecuente. No ha de ser así; la devoción, en efecto, mientras sea auténtica y sincera, nada destruye, sino que todo lo perfecciona y completa, y, si alguna vez resulta de verdad contraria a la vocación o estado de alguien, sin duda es porque se trata de una falsa devoción».

Que Dios os bendiga.

Diego Cazzola Boix

04 enero 2016

“Un camino”, muchos “caminares”

Según la psicóloga Mila Cahue en su reciente publicación «El cerebro feliz» “la receta de la felicidad es personal, intransferible y absolutamente subjetiva”. Dice que “la felicidad está vinculada a la calidad de las relaciones que somos capaces de crear en nuestra vida”, que “nadie nos va a decir en qué consiste nuestra felicidad”, así como que no hay que “tomarse todo personalmente” y que podemos, y debemos, “aprender lo que haga falta para sentirnos capaces de diseñar una vida a nuestra medida”.

Sin haber leído el libro y basándome sólo en su presentación en el artículo del ABC, puedo decir que son un conjunto de verdades a medias que parecen  más verdades que mentiras en la medida que no nos paramos a entender quién es el hombre en profundidad. Si nos quedamos en una respuesta superficial e inmanente, esto es, psicológica y no trascendental, puede parecer de ayuda o interesante, pero es mentira y engaño. Los santos han hablado mucho de felicidad y la Iglesia no para de enseñar el camino de la felicidad y nunca han hablado ni de estas cosas, ni de de esta forma. ¿Por qué? Porque es un lenguaje que engaña.

Es cierto que la regulación emocional, la capacidad  de adaptarnos o la capacidad de comunicación son importantes, pero la coherencia y el equilibrio entre éstas y más capacidades humanas importantes no surgen, como se pretende afirmar, de nuestra voluntad, sino por unas características más profundas que nuestra dimensión psíquica, pues son características espirituales de carácter trascendental.

La relación personal es importante en el ser humano porque está llamado a tener una relación íntima con Dios, que es un ser personal, pero reducir esta vocación a la relación humana es reducir su alcance, capacidad y entidad.

La receta de la felicidad no puede ser intransferible porque  sería una desgracia. Precisamente Cristo ha venido a darnos la receta y ésta es él mismo. Cristo es más que transferible o comunicable ya que es “vivible” por todos. Todos podemos vivir a Cristo y trasmitirlo con certeza y objetividad. Si fuera subjetivo se quedaría en una experiencia emocional, que sí es subjetiva. Pero el amor va más allá de la experiencia personal para alcanzar la experiencia interpersonal e incluso ultra-personal si hablamos de personas humanas, pues su fin es siempre Dios Padre. Así que no estoy de acuerdo en que nadie nos pueda decir en qué consiste nuestra felicidad. La felicidad consiste en sabernos y sentirnos amados por Dios a pesar de nuestras pobrezas, caídas y pecados. Que no haya pecado que ahuyente el perdón de Dios es nuestro mayor gozo. Dios tiene más interés que nosotros en que le amemos para que seamos felices y gocemos con él toda la eternidad. Cristo es el camino, la verdad y la vida, por lo que por él es posible la felicidad. En este sentido la felicidad es Cristo.

No se trata de diseñar “una vida a nuestra medida”, sino de encontrar la que tenga a Dios en el centro absoluto. Se trata precisamente de quitar del medio nuestras pobres aspiraciones de goces temporales, limitados, caducos y abrazar los deseos de un Dios que, como buen Padre que sale a nuestro encuentro, nos quiere indicar el camino mejor a cada uno. Es cierto que todos tenemos un camino diferente, pero siempre está en Cristo y esto hace del camino objeto de comunión. La Iglesia, para el hombre peregrino, es ese camino común en el que encontramos la felicidad juntos y en el que juntos la disfrutamos y compartimos de muchos modos. “Un camino”, muchos “caminares”.

Tampoco se trata de “esperar plácidamente, permitiendo que todo siga su curso”. Ésta no es paciencia, es espera estoica e inútil. La paciencia es la virtud de la espera sin inquietarse, pero siempre de quien espera en el Señor, ya que otra espera es una mentira. Nadie espera con paciencia si no sabe la certeza y la grandeza de lo que espera. No es lo mismo esperar la misericordia de Dios que la sanación de un curandero. No es lo mismo esperar el cielo prometido que la plenitud de la ciencia o la tecnología. Una paciencia plena va acompañada de una capacidad de ofrecimiento y entrega, algo que Mila Cahue no parece haber acertado a describir.

Tampoco “rodearse de personas y circunstancias positivas” parece ser un buen camino de felicidad. Y sino pregúnteselo a la madre Teresa, al padre Pío o a San Francisco de Asís. Hay que rodearse de los más necesitados y amarles hablándoles de Dios, explicándoles quién es Dios y cómo funciona su amor, acompañándoles en su descubrimiento personal e invitándoles a vivir libremente ese camino que es la Iglesia. Estos necesitados serán los hijos, los parroquianos, los más pobres de los pobres o un lector que trata de descubrir, en esta humilde reflexión, lo fácil que es caer en las palabrerías engañosas de este mundo hipercientífico y relativista que cree saberlo todo por su propia soberbia iniciativa.

La felicidad uno no se la da a sí mismo, no la puede forzar, ni la puede encontrar por su propia voluntad. La felicidad es encontrase con Cristo, es decir, es un don basado en un encuentro personal y no hay otra forma de decirlo ni en teología, ni en filosofía, ni en psicología, ni tampoco en la ciencia experimental laicista. Implica una disposición humilde de vivir en la verdad cuyo deseo Dios ha puesto escondido en nuestro corazón y que nos atrae a él. Somos capaces de la Verdad y de un encuentro con ella, por eso lo deseamos como al agua cuando tenemos sed, de forma casi instintiva o, mejor dicho, natural. Cuando un corazón se inicia en la búsqueda de esa Verdad, ella sale a su encuentro por medio de la gracia y de otras personas que, en el rostro de Cristo, llevarán ese corazón a crecer través de la misericordia y una experiencia personal, pero muy verdadera y auténtica, de comunión.

Si “¿cómo ser feliz?” es lo que más buscaron los españoles en Google durante el año 2015 significa que la gente busca otro modo de ser feliz y que este mundo no lo sabe. Desde luego no estará en Google la respuesta, pero sobre todo no estará en libros que dejen de un lado a Cristo en esa búsqueda. O somos de Cristo o estamos contra él. No hay grises en esta decisión.

Vive en Cristo y sé feliz. Paz y bien

Diego Cazzola

14 diciembre 2015

¿Estás satisfecho contigo mismo?

¿Estás satisfecho contigo mismo?

El optimismo de la esperanza cristiana está precisamente siempre insatisfecho. La esperanza implica insatisfacción. No reduzcas tu optimismo a la satisfacción, ni creas que es bastante lo que has hecho, descartarías la capacidad de donación como imagen de Dios y te instalarías en el ahora.

La esperanza es siempre insatisfecha, sin llegar a ser intranquilidad o agitación, sin insultar al presente. El futuro cuenta contigo, te propone una tarea que te compromete íntimamente y en la que te arriesgas, porque sin riesgo no hay novedad. Si contaras con todos los recursos, no aportarías nada nuevo, no mejorarías, no contarías con nadie, no tendrías esperanza.

Adelántate siempre en el amor con esperanza, siempre insatisfecho por amar más y mejor.

Diego Cazzola Boix

27 noviembre 2015

Sin miedo, mirando al cielo, pero ¡despierta!

Breve reflexión personal sobre la palabra de Dios de hoy, Jueves de la trigésima cuarta semana del tiempo ordinario (26/11/15).

Más claro no puede decirse: ¿tenemos a Jerusalen (la ciudad del pueblo de Dios, la Iglesia) asediada? ¿Son días de escarmiento creciente para un pueblo cristiano que ha perdido el rumbo hacia Dios y tiene que aprender? ¿Miente la palabra de Dios cuando habla de que "será grande la desgracia de este país y la ira de Dios pesará sobre este pueblo"? ¿Estamos pisoteados por los paganos? ¿Caen cristianos "al filo de la espada" y son "llevados cautivos" (rehenes)?¿Se habla o no se habla de que habrá "señales en el sol, en la luna y en las estrellas" o de "angustia ante el rugido del mar" y de "la violencia de las olas"? ¿o de que los "los astros se conmoverán"?

El evangelio de hoy (26/11/15) según San Lucas 21,20-28.

Jesús dijo a sus discípulos: 
"Cuando vean a Jerusalén sitiada por los ejércitos, sepan que su ruina está próxima. Los que estén en Judea, que se refugien en las montañas; los que estén dentro de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a ella. Porque serán días de escarmiento, en que todo lo que está escrito deberá cumplirse. ¡Ay de las que estén embarazadas o tengan niños de pecho en aquellos días! Será grande la desgracia de este país y la ira de Dios pesará sobre este pueblo.
Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que el tiempo de los paganos llegue a su cumplimiento.
Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas.
Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria.
Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación".

Nota aclaratoria:

Pues "tengamos ánimo y levantemos la cabeza, porque "está por llegarnos la liberación" a pesar de esta Gran Tribulación que estamos viviendo y que aún tenemos que padecer mucho.

Algunos se preguntan porqué insisto sobre esto. Pues lo hago porque veo que pocos se toman en serio la cercanía de los acontecimientos profetizados (y que están bien recogidos en el Catecismo: CIC n. 668 a 679). No es importante saberlo por el miedo, sino para estar más preparados que nunca, apremiando el cambio de vida que se suele dejar para mañana y, sobre todo, reparar el daño que se está haciendo, pues se están separando buenos y malos, cabras y ovejas, el trigo y la cizaña. Ya acontece, ¡despierta! Unos roban al Señor de los sagrarios, otros salen de casa y van a adorarle... se está cumpliendo. Dios permite el mal para sacar bien, pero en estos tiempos vemos cómo se amplifica esta separación. Estamos cada vez forzados a elegir más contundentemente el mundo o Dios. A los tibios e incrédulos ya sabéis qué les toca...

Quien sienta miedo ante estas palabras ¡que despierte!, pues el miedo no es de Dios, pero Dios lo permite para que miremos rápidamente al cielo, que es donde tenemos que tener la mirada puesta. Quien no lo haga evitará hablar de tribulación o la transformará en algo simbólico y diluido en el tiempo, pero por miedo, por incrédulo, por duro de corazón. Porque en el '36, descubrí hace poco, ¡¡se daban ejercicios espirituales para prepararse al martirio!! Así que sigamos haciéndolo todo con amor, con alegría, con esperanza y paz, viviendo ya como resucitados, pero no por miedo ha interpretar las escrituras difíciles. No vaya a ser que luego íbamos a misa dejando a Dios en el cielo, pues si lo tenemos dentro de nosotros nada tendremos que temer. Así que, de la mano de María y corriendo en brazos de Jesús, vayamos al encuentro de nuestra plenitud y vivamos sin miedo, pero con realidad, estos últimos tiempos en los que se derramarán gracias como nunca se han derramado en la Iglesia y en los que el papel de María Reina de la Paz, Guardiana de la Fe, mediadora de todas las gracias, será central.


Un abrazo en Cristo resucitado.

Diego Cazzola


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Nota aclaratoria:

Cuando se habla del fin de los tiempos la gente se suele quedar turbada, si no es que evita el tema al estilo del avestruz. Aquí trato brevemente, y modo de reflexión, de explicar cómo van juntos. Varios me niegan el miedo y no es propio de la naturaleza humana no tenerlo, sino vencerlo. Es un detalle, pero importante, pues muchos detrás de la ausencia de preocupación o la evitación de estos temas, sólo esconden simple miedo o tibieza (sino falta de fe). El cristiano nunca se conforma con lo que vive de Dios, siempre quiere más, sino, lo que tiene, no es a Dios sino una idea de él. La gente ha muerto por ideas e ideales, pues esos también mueven. Pero cuando el que mueve es Dios, hay algo nuevo en cada día...
Aún así, no todos están llamados a "descubrir" la verdad de estos acontecimientos. Quien no los entienda pida el espíritu Santo, quien los entienda, pero se sienta turbado, rece más al Espíritu Santo, quien descubra la alegría y la paz, de gracias al Espíritu Santo. Pues toda verdad y alegría verdadera viene siempre del Espíritu Santo.