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13 junio 2023

Amor por la Eucaristía

Al grano...

El sacerdote en la misa empieza besando el altar porque representa a Cristo y en ese lugar vendrá en la consagración. Se da golpes en el pecho, donde el corazón, para despertarse del pecado (y nosotros también), grita tres veces “Señor ten piedad” como el ciego de Bartimeo, y nosotros con él. Luego, se lava las manos pidiendo a Dios que lave sus culpas y purifique su pecado.

En el Santo acuden todos los santos del cielo y las cortes celestiales a ponerse al pie del altar donde Dios se hace un simple pan sin sal, ni levadura, insípido y vulnerable. Gritamos “Hosanna en el Cielo” junto a toda la creación.

En la consagración el sacerdote se arrodilla ante el misterio eucarístico, se toca la campanilla para que todos presten atención a ese gran momento y, todo el pueblo que pueda, debe de ponerse de rodillas mirando fijamente el cielo en la tierra elevado en las manos del sacerdote.

En la comunión se nos recuerda que es “el cuerpo de Cristo” y decimos “Amen”, es decir, “así sea”, pues somos conscientes de que este pan no es un símbolo, sino el mismo cuerpo de Dios creador y redentor que nos abre las puertas al cielo con una alianza siempre nueva y renovada, que nunca ha sido anulada a pesar de nuestro rechazo y nuestra indignidad.

Ese pan lo recibimos de las manos del sacerdote, no lo cogemos. Es importante este detalle porque refleja nuestra gratitud y respeto ante un bien tan grande e inmerecido como misterioso. Pretender "cogerlo" es querer, en realidad, o bien simplificar y rebajar su valor o bien pretender estar a su altura. Vamos, psicológicamente no queda muy lejos de la actitud que estaba detrás de sospecha de Adán y Eva.  Así que "recibir" el cuerpo de Cristo es un acto de aceptación de amor que reconoce nuestro lugar indigno, "cogerlo", por otro lado, expresa un pretendido derecho a recibir el amor de Dios porque así lo queremos.

Al igual que al sordomudo Jesús le sanó tocándole la lengua, Cristo nos sana tocando la nuestra. Jamás el sordomudo le habría forzado la mano a Jesús para que le tocara la lengua. Esa gracia es para ser recibida, no exigida.

La eucaristía es “carne de perdón” y, como el perdón, no se puede forzar, sino que se nos tiene que entregar voluntariamente. Si alguien no te perdona, no se le puede obligar a ello sin desvirtuar ese amor necesitado.

Invito a leer despacio la secuencia del Cuerpo y Sangre de Cristo leída este domingo 11 de junio de 2023*. Su segunda parte es impactante, una auténtica catequesis, pero sólo recuerdo que dice que la eucaristía "es muerte para los malos, y vida para los buenos;  mira cómo un mismo alimento produce efectos tan diversos." Jesús eucaristía se queda bien callado, pero no por eso es algo beneficioso, todo dependerá de la pureza de nuestras intenciones, nuestro estado de pecado, nuestra actitud al comulgar, etc. No es para tomárselo a la la ligera.

Volviendo a la adoración que le damos y la preparación de la misa que muchos olvidan en la comunión...

En cuatro ocasiones se eleva la patena y el cáliz: en el ofertorio, en la consagración, al final de la plegaría eucarística en el “Por Cristo, con Él y en Él” (doxología) donde confirmamos nuestra promesa al Señor de ser suyos con un Amen de los más importantes de la toda la santa misa (por eso es el Amen que, por su solemnidad, más se canta). Finalmente, en la proclamación “Éste es el cordero de Diosse vuelve a levantar, preparándonos ya para recibirle mirándole elevado y en adoración.

En la misa estamos continuamente preparando nuestro interior para recibir al Dios que sana nuestro corazón pecador viniendo Él a nosotros. Pero es triste y contradictorio que en la comunión luego todo desaparezca para muchas personas y lo muchos lo cojan como si de una cosa más se tratara.

Y si unos pocos pueden llegar a mirar concienzudamente que no queden partículas en las manos, llevan las manos limpias, en posición de trono bien elevado y comulgan con la máxima piadosidad exigida por el magisterio en esa segunda posibilidad que ahora comentaré, la grandísima mayoría no cuida en absoluto ese momento. 

Con todo lo recogido aquí y que trata de reconocerle a Dios su lugar divino, deberíamos entender por qué ningún santo ha recibido la comunión en la mano ni de pie, por eso deberíamos entender por qué ha sido así unos 2000 años, porqué, siempre que un vidente ha recibido la Eucaristía por un ángel (como en Fátima), lo han hecho de rodillas y en la boca. Por eso es el primero y auténtico modo para recibir la comunión y el segundo, sería bueno saber que no solo fue desaconsejado permanentemente por los Papas, sino que fue tolerado por medio de un indulto que se otorgó a quienes desobedecieron de modo frontal a la autoridad papal, para que muchos no se vieran en pecado de desobediencia. Tanto Juan Pablo II, como Benedicto XVI lucharon por volver a la comunión en la boca y de rodillas, pero ya muchos lo ven como un derecho, y si ahora se cuestiona el sacerdocio del varón, y el matrimonio, ...como para lidiar con la comunión en la mano.

Aquí la cuestión es muy sencilla, en realidad. Nos ponemos de rodillas cuando aceptamos que lo que tenemos delante es algo que merece la pena por encima de todo lo demás. Si fuéramos conscientes de la divinidad de la Eucaristía, iríamos andando de rodillas hacia la comunión. Y, si no lo entendemos, es que tenemos un corazón repleto de "sentimientos de derechos de igualdad", olvidando que, como criaturas, estamos más cerca de la nada que de Dios y que es por él por quien podemos limpiarnos y estar en su eterna presencia. La arrogancia que hoy nos invade como un cáncer silencioso, nos hace pensar que podemos estar cara a cara con Dios y exigir una eucaristía como si de un derecho se tratara o como si fuera una cosa más que hacemos ante Dios. Hemos perdido el amor y la devoción por lo más sagrado que nutría el temor de Dios. 

Creo que la solución es aumentar la frecuencia de la adoración eucarística. Porque Dios no está en todas partes como lo está en la eucaristía. En el aire hay agua, pero no puedo beberla, así que volvamos a los sagrarios para pedir a Dios sanar los males que nos alejan de él, pues esos son los que causan todos los demás males.


PD. No me venga nadie con que los apóstoles lo tomaron en mano, porque primero eran sacerdotes y segundo la Iglesia ha comprendido y evolucionado mucho por la acción del Espíritu Santo y ya no tenemos tres años en la fe; podemos darnos por confirmados, si aceptamos los cambios que la humildad nos propone.


https://www.ewtn.com/es/catolicismo/devociones/corpus-christi-el-santisimo-cuerpo-y-sangre-de-cristo-14693

 

15 enero 2019

El valor del silencio


Hay muchos modos de rezar, pero uno pasa muy desapercibido hoy en día.

Se puede rezar con el cuerpo. Podemos estar de rodillas, mover las manos en una alabanza o abrirlas en un Padrenuestro, podemos estar sentados con la cara en las manos, darnos golpes en el pecho o santiguarnos. Incluso el estar en ayunas es un modo de rezar con el cuerpo. Es la expresión orante y simbólica de nuestro cuerpo.

También podemos rezar hablándole a Dios, a Jesús, al Espíritu Santo, a la Virgen María, a los ángeles y a los santos. Eso es la oración clásica. Tiene muchos nombres como oración del corazón o meditación, pero también muchos tipos, como puede ser la oración de petición, de gratitud, de intercesión, de ofrecimiento, etc. Es entrar en un diálogo con el Señor.

Pero la más valiosa y olvidada es la oración del silencio. El silencio ante Dios es, en sí mismo, un tipo de contemplación de las más elevadas. Es relativamente sencillo sentirnos en oración cuando hablamos, pero no necesariamente tiene porque ser una buena oración; sin embargo, hacer silencio es muy complicado y, si no lo hacemos bien, se detecta automáticamente. Es más fácil pensar en algo que no pensar en nada. Evitar hacer preguntas, cuestionar lo que nos pasa ante el Señor o justificarnos, para quedarnos en silencio mirándole, es también una oración. Es una oración que pocos consideran válida porque “parece” estar perdiendo el tiempo y quizás es por eso que muchos pasan mucho tiempo leyendo algo ante el Santísimo o rezando alguna oración. Pero el silencio de una mirada puede gritar más fuerte que la emoción de un dialogar. Sólo hay que pensar en los enamorados y su capacidad de permanecer juntos sin hacer prácticamente nada y ser felices a la vez.

No tenemos que tener miedo a quedarnos en silencio delante del Señor. Tampoco es necesario, ni es mejor, el estar cantando o llorando de emoción. A veces puede ser incluso mejor y más sencillo un rezar estando en un silencio contemplativo, y trabajar para regresar a ese silencio ante las distracciones. Así aprenderemos a vaciarnos de nuestro ruido y Dios podrá hablar un poco más en nuestro interior a su silenciosa manera.

No es de extrañar que Elías buscara en el desierto al Señor y lo encontrara en una suave brisa (1Re 19, 12). Pero, cuidado, no es un “mindfulness” donde nos queremos vaciar para sentirnos a nosotros mismos, sino un llenarse de Dios en el silencio de su presencia por amor.

Ahora a probarlo…

Paz y bien.

Diego Cazzola



15 enero 2017

¿Conoces el gran tercer milagro de Dios?

Todo cristiano sabe, sin conocimientos avanzados en teología, que Jesús es “EL” Salvador del mundo, la encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo de Dios. La reciente Navidad nos ha recordado, una vez más, cómo Jesús manifiesta el Amor extremo del Padre, quien manda a su Hijo encarnarse para redimirnos del pecado, mostrarnos un rostro y una vida que nos sea de ejemplo y que podamos entender. Como Dios suele hacer, no se limitó a la suficiencia, sino que decidió colmar el vaso y quedarse con su presencia para todos los hombres y no sólo para aquellos que le pudieron ver realmente en su tiempo de vida en la tierra. Decidió hacerse pan y permitir ser invocado por los sacerdotes en la bendita y sacrosanta Eucaristía. Es el segundo milagro más grande después de la Encarnación: la “panificación”. Si era impensable que el Verbo de Dios se hiciera hombre y viviera como hombre en la carne y el tiempo, sufriendo la corrupción del tiempo, experimentar las necesidades humanas, asociando a su divinidad nuestra humanidad en cuerpo y alma naciendo de una santa mujer Virgen, más inimaginable habría sido que asumiera la naturaleza de la materia, una “algo” ni siquiera animal: el pan. Abierto a sufrir ya no sólo las necesidades humanas, sino también los peligros de la materia y su mayor deterioro. El pan no se puede defender, se le tiene que cuidar, crear cada vez, se le puede pisotear sin que pueda escaparse y es sencillo y humilde hasta en su composición: harina y agua. Cualquier forma consagrada es insípida, del color más simple de todos, aunque a todos los reúne, no huele a nada y apenas alimenta o tiene textura. Porque si supiera a lo que realmente es, no podríamos con ello. Olería al incienso más refinado o la fragancia más cautivadora, contrastando con el sabor a la sangre de la cruz y a la carne escarnecida; su textura sería la de la misma cruz, pero saciaría indefinidamente dejando la satisfacción de 1000 banquetes.

Pero hay un tercer milagro que pocas veces apreciamos como los anteriores y que es casi otra encarnación. No tendría sentido decir si es más importante o no, pues simplemente es necesario y plenamente divino, es decir, perfecto como Dios mismo: es la encarnación del Espíritu Santo. Ya con María se puede ver cómo el Espíritu Santo, “la Concepción Inmaculada increada”, como decía San Maximiliano Kolbe[1], decide, siempre por Voluntad del Padre, crear y morar[2] en María, “la Concepción Inmaculada creada”, como dijo en Lourdes la propia Virgen María. Pero este milagro, que llevaría para ser abordado toda una vida por su esplendor y relevancia, no es el único. Como siempre las cosas de Dios no destacan por la vistosidad, sino por una grandiosidad tan paciente como silenciosa. Cuando el Espíritu Santo obra grandezas, casi siempre queda en la sombra más discreta. Lo que pasó en el silencio de María no fue lo único que marcó a la humanidad pecadora sacándola de su condena, sino que el mismo Espíritu Santo vino él también a nosotros, pero no nos damos cuenta de qué implicó realmente este gran acontecimiento. Veamos.

Igual que el Padre tiene un Verbo divino, eterno y engendrado desde el principio, también tiene un Aliento. Este aliento sale también del Padre y está en el Verbo, por lo que también sale de Él. La respuesta del Hijo es fruto de un Amor como el del Padre, por eso el Espíritu Santo es “EL Amor” que brota del Padre y del Hijo y, como decimos en el Credo,  “con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria”. Estas misteriosas e insondables relaciones marcadas por el Amor no podían no marcar a la humanidad con la misma huella. Igual que la luz tiene una fuente, pero se distingue de ella sin abandonarla cuando es personalmente aceptada con perfecta correspondencia, el Espíritu Santo “ilumina” por medio de la Verdad toda la realidad que tiene que ser rescatada y elevada a la presencia del Padre. Y también, igual que la luz “calienta” cuando es recibida, Jesús salva por medio de su palabra de Misericordia y su sacrificio de Amor. Quien se una al Verbo de Dios, se une a la misión de la Cruz redentora y se hace “adverbio” del Verbo, participando del aliento del Padre y del Hijo que es el Espíritu Santo, que viene a ser el creador y santificador del Padre. El Espíritu Santo es la divina operación que nace de la única operación de Dios: engendrar amando.

Entendido rápidamente, y muy superficialmente, lo importante de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, podemos entender cuál es el tercer gran milagro del Espíritu Santo. Si la grandeza del Verbo ha sido visible en la cruz, aunque no fácilmente comprensible, a los ojos de los hombres, el Espíritu Santo obró con igual fuerza, aunque con menor visibilidad (como le es propio), en cada uno de nosotros. El bautismo, que significa “inmersión”[3], nos introduce en la Vida de Dios “regenerándonos”[4] en lo más profundo, que es nuestra dimensión espiritual personal más íntima, disponiéndonos a ser, como María, “habitadores” del Espíritu Santo. Al ser el Espíritu Santo un diálogo de Amor Divino entre el Padre y el Hijo, se entiende que el bautizado que vive en gracia ante Dios puede llegar a experimentar una auténtica “Inhabitación Trinitaria”[5] que manifiesta la encarnación del mismo Espíritu Santo en nosotros y que nos permite ser no sólo “ipse Christus” (como Cristo), sino “alter Christus” (otros Cristo)[6], es decir, cristificados[7]. Este es el gran tercer milagro: que el Espíritu Santo se encarnó en cada uno de nosotros. Lo alimenta la Eucaristía, cuando estamos dispuestos y limpios por la confesión sacramental y nos prepara, dispone y mueve a ser otro Cristo en este mundo. La Eucaristía no es sólo Cristo que “se hace nosotros”, sino nosotros “haciéndonos Él” por la obra silenciosa del Espíritu Santo.

Así que la persona del Verbo de Dios asumió la naturaleza humana (alma humana y cuerpo humano) para redimirnos y permitir la encarnación del mismo Espíritu Santo en cada uno de nosotros. Esto es el Reino de Dios que “está cerca” (Lc 1,15; Gal 4,4). Está cerca porque por la acción salvadora de Cristo podemos recibirle y por la acción vivificadora del Espíritu Santo podemos vivirle, esto es, ser su morada real, no simbólica o teórica. No es una metáfora, es la inserción transformadora y regeneradora de la vida de Dios en nosotros, la presencia real de la Trinidad en nosotros, la plenitud a la que estamos llamados por el bautismo y que perdemos sólo por el pecado (por eso en el cielo no estará cerca el Reino de Dios, sino que estaremos plenamente en Él).
¿A caso no es un milagro ser el cuerpo del Espíritu Santo y vivirle sin perder nuestra libertad e identidad? Cristo asumió una identidad humana, un “yo” personal propio de una naturaleza humana, pues aunque la persona es divina, su conciencia debía manifestarse con un “yo” propio. Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6) porque es por medio de Él (sobre todo en la Eucaristía) que recibimos al Espíritu Santo en plenitud, capacitándonos para ser nosotros el tercer milagro: encarnar al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo obró en el silencio de cada uno de nosotros con su propio estilo creativo, discreto, pero poderoso, ahora pongámosle voz y que sea voz de Amor: ¡se tú el milagro de Dios!

Paz y bien.
Diego Cazzola
(Psicólogo orientador)




[1] Cfr. KOLBE, Maximiliano (Beato Padre), L’Immaculée révèle l’Esprit-Saint, ed. Lethielleux, Paris 1974.  
[2] “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”  (Lc 1,35)
[3] CIC, n. 1214.
[4] CIC, n. 1215.
[5] Lo dice el mismo Señor: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Y San Pablo: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17). Igualmente leemos en el Apóstol San Juan: “A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.... Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,12-13, 15-16).
[6] Cfr. San José María Escrivá, Es Cristo que pasa, Cap. 18 n. 185.
[7] San Ignacio de Antioquía, gran padre del desierto, se definía como “Theóforo”, portador de Dios, o también “Cristóforo”, portador de Cristo.

Sé tú el milagro

28 marzo 2016

El cielo y la Eucaristía

Cuando decimos que Cristo "instituyó" la Eucaristía no decimos que la inventó, sino que "la trajo a la tierra". La palabra "instituir" viene del latín "instituere" y significa establecer, fundar, pero si atendemos a su componente léxico veremos que la palabra tiene un prefijo in- (hacia dentro) y "statuere" (estacionar, colocar). En un sentido más radical "instituir la Eucaristía" no ha implicado una invención original, tampoco una creación ex-novo, sino más bien un colocar "entre" nosotros y "en" nosotros un realidad que ya existía en la comunión trinitaria antes de todos los tiempos, esto es, el cielo eucarístico. Así que no es de extrañar que la Eucaristía sea tan central no sólo para Dios, sino para nosotros y los Ángeles, pues el cielo es eucarístico y el centro de la contemplación eterna paradisíaca será la Eucaristía. Y si Cristo es la Eucaristía, la resurrección y la vida de Cristo coinciden con la Eucaristía.

Que en este tiempo de Pascua pidamos la gracia de penetrar el misterio del cielo eucarístico y podamos pregustar ya aquí las delicias del Corazón tierno y misericordioso de Dios. Que seamos ese pan ácimo, sin levadura, que crece sólo por el amor de Cristo que actúa en nosotros y pueda desprenderse de todo lo mundano.

Dijo San Buenaventura:

"Hay en la Santa Misa tantos misterios como gotas de agua en el mar, como átomos de polvo en el aire y como ángeles en el cielo; no sé si jamás ha salido de la mano del Altísimo misterio más profundo."

No reduzcamos el misterio eucarístico a una creencia de presencia. Dejemos que nos transforme la vida poniéndola al centro y aprendamos a ponernos de rodillas delante de ella, adorarla con respeto y veneración, con humildad y conciencia de indignidad. De lo contrario nos perderemos el misterio de la Eucaristía pensando que es "sólo" Eucaristía y luego nos perderemos a nosotros mismos, pensando que podemos acercarnos a ella frente a frente, de igual a igual. Recordemos que estamos más cerca de la nada que de la profundidad de Dios y que es por Él que somos lo poco bueno que de vez en cuando somos.

Bendigamos al Señor. Aleluya. Paz y bien.