02 febrero 2017

¿Qué significa esos 1000 años del Apocalipsis y esa primera resurrección?

Me formulan la siguiente pregunta y trataré de responderla desde mi perspectiva y según lo que he aprendido y estudiado (las notas son bastante importantes, pero las he colocado al final para facilitar la lectura):

¿Qué significa esos 1000 años del Apocalipsis Ap 20,4 y esa primera resurrección? ¿Que el fin de los tiempos serán 1.000 años, con gente resucitada, volverá a salir Satanás pasado ese tiempo y entraremos ya en el Reino de los Cielos?

¿O es que los 1.000 años son los tiempos actuales con gente en el Cielo tras la llegada de Jesús, y una vez cumplido entramos en el fin de los tiempos, en la tierra prometida? ¿Para siempre? No encaja porque no hay Cielo, sólo tierra (o no hay reinado de Jesús en la tierra física...). En Ez 37, 14 habla claramente de "en vuestra tierra"...

Entender lo que se me pregunta es muy complejo. Nadie sabe con certeza lo que significa. El libro del Apocalipsis no pretende ser un anticipar con claridad los hechos futuros, sino una guía para entender los acontecimientos que estén pasando. Tratar de entenderla del todo antes de tiempo es un imposible, pues se mezcla la simbología y una cronología imprecisa.

Dicho esto, puedo decir la idea que me he hecho yo tras estudiarlo estos años, pero sin ser experto en este ámbito. Creo que la primera resurrección es la que Cristo ha realizado en nuestro espíritu renovándolo por el bautismo y permitiéndonos estar purificados por la confesión. Muriendo en la cruz y resucitando, Jesús  “capturó al Dragón” lo arrojó al Abismo, lo cerró con llave y lo selló, para que el Dragón no pudiera seducir a los pueblos paganos” (Ap 20,2-3). El hecho que esto sea para mil años y que luego sea soltado implica, en mi opinión, que esos mil años son el tiempo entre su ascensión al cielo y su regreso en gloria. Éste, propiamente hablando, es el fin de los tiempos ya que Israel estaba esperando una promesa que cumpliría su mayor deseo de tener el mesías que llevara la fe a la plenitud. Esa plenitud es Cristo. Sin embargo, la muerte de Cristo en la cruz es la copa de la Pascua que no bebió en la última cena[1] para beberla en la cruz misma[2] y que se renueva en cada misa para el perdón de los pecados de todas las generaciones futuras.[3] Así que la plenitud que ha llegado con Cristo podría suponer perfectamente una resurrección primera espiritual, como muerte al pecado. Sin embargo, en el final de este tiempo de plenitud, el Dragón será soltado para poner a prueba y purificar a la Iglesia. Aunque durante todo este tiempo se dará una separación de “cabras y ovejas” o “del trigo y la cizaña”, será en el final de este tiempo el momento más preciso y contundente de ese aquilatamiento, también llamado Gran Tribulación[4] o prueba final[5]. Será un momento específico en el que los acontecimientos favorecerán una toma de posición cada vez más clara: o con Dios o contra Dios, favoreciendo la unión de los cristianos y la conversión de los judíos, es decir todo Israel, tal como está profetizado (Rm 11, 26; Mt 23, 39). Esto se puede deducir también del “aviso”, o “luz de conciencia”, que se profetiza en Garabandal.  Garabandal (así como casi todas las apariciones de la Virgen María) es una pieza clave para entender estos acontecimientos que Dios nos entrega de la mano de su Madre para que estemos preparados y sepamos cómo hacerlo, nada más nada menos. Hay que decir que cada vez son más los estudiosos de escatología que entienden que el glorioso retorno de Cristo no es el “fin del mundo” o “juicio final”, cuya hora no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; cf. Mc 13, 32), sino que se desgrana en unos acontecimientos previos preparatorios.

Así que entiendo que el tiempo entre la primera y la segunda venida de Cristo es un tiempo para la extensión del Evangelio, el crecimiento de la Iglesia y el testimonio de la Verdad. Cuando este tiempo haya llegado a su plenitud, el mal empezará a dominar. Por eso se dice el Apocalipsis que “cuando se cumplan esos mil años, Satanás será liberado de su prisión […] Saldrá para seducir a los pueblos que están en los cuatro extremos de la tierra […]” y que “su número será tan grande como las arenas del mar y marcharán sobre toda la extensión de la tierra, para rodear el campamento de los santos, la Ciudad muy amada. Pero caerá fuego del cielo y los consumirá” (Ap 20,7-9).

Esta extensión del mal es, en mi opinión, exactamente el momento que estamos viviendo ahora mismo. Empezó claramente con los antecedentes de la Primera Guerra Mundial, se visibilizó aún más con la revolución del ’68, pero a partir de estos últimos 5-10 años podemos ver en un crecimiento exponencial y especialmente perverso en su ataque a la vida naciente y a la familia. El apoyo de este dato es enorme y no puede recogerse en este escrito, pero sólo quiero citar al Papa León XIII quien en una visión escuchó un diálogo entre Satanás y Dios en el que Dios concedía 100 años al demonio para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo y tras el cual mandó rezar la famosa oración de San Miguel[6]. Ese caer fuego del cielo que aparece en el Apocalipsis y que consumirá a los propagadores del mal podría ser algún acontecimiento cósmico o natural, pero no descartaría que fuera también, o a la vez, un acontecimiento espiritual en el que los malvados sean heridos en el alma. El fuego es símbolo de purificación y aquilatamiento. Hay que recordar que los castigos de Dios suelen estar siempre en el orden de la conversión, más que de la venganza. En este sentido, tendría sentido entender que esta intervención de Dios para parar la extensión del mal, podría realizarse perfectamente cumpliendo el Aviso, el Gran Milagro y el Castigo profetizados en Garabandal. Atendiendo a Medjugorje y Akita el castigo parece ser ya inevitable, pero atenuable. De allí el sentido de la gran llamada al ayuno, la oración, la penitencia, el rezo del rosario, la lectura de la Palabra y la vida de gracia y sacramentos. No sólo pedimos por los pecadores y su conversión, sino para reparar los males causados por tantos hermanos que ofenden a Dios arriesgando su propia condena y generando maldad en la tierra.

Si bien los tiempos de estos acontecimientos tienen algunas referencias que pueden indicarnos su cercanía, no se pueden predecir con certeza y toda deducción nos mantiene, en mi opinión de forma intencionada, en alerta y vigilantes (Mt 26,41) como debe de ser.

Esta Gran Tribulación se caracterizará por varios hechos importantes y concretos, más allá de la persecución religiosa, la inmoralidad, el ataque a la vida y a la familia y la degeneración perversa de las sociedades, leyes y economías que “sacudirá la fe de numerosos creyentes” (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). Se espera la “abominación de la desolación”[7] profetizada por el profeta Daniel relacionada con la desaparición de la Eucaristía, guerras y terremotos especialmente importantes (que ya se pueden observar), la salida del Papa de Roma, su asesinato y un tiempo de sede vacante, pero sobre todo la visualización del falso profeta y del anticristo que tratarán de hacerse con la Iglesia. No podemos olvidar, sin embargo, que todos los acontecimientos de Garabandal, así como el Triunfo del Corazón Inmaculado de María profetizado en Fátima para el primer tercio del Siglo XXI (quedan 13 años como mucho), serán las grandes ayudas del Cielo para el pueblo de Dios. Justamente cuando estos acontecimientos estén en su punto máximo y en un tiempo muy breve, pero un momento determinado de la historia (cfr. Rm 11, 31 o CIC n.674), que muchas profecías indican de 3 días, volverá Cristo Glorioso a instaurar su Reino en la tierra, es decir, lo mismo que venimos pidiendo en el Padrenuestro y sobre todo en cada Eucaristía[8] (cf. 1 Co 11, 26): que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplicamos: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20; cf. 1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

Esperar a que Cristo venga a la tierra en Gloria tal como nos prometió y en un momento muy concreto, tras esperarle más de 2000 años y tras pasar esos “dolores de parto” (cfr. Rm 8, 19-22) y no poder gozar de su presencia en la tierra durante un tiempo es cuanto menos incongruente, sino absurdo. En este sentido, a partir de ese momento tan esperado habrá un tiempo para que ese Reinado de Cristo pueda darse, pero no sabemos cuánto tiempo durará. Sabemos que no reinará el pecado (aunque tampoco desaparecerá del todo), sino Cristo mismo como Rey del Universo "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31). La acción de la Iglesia, y sobre todo de la adoración eucarística, será principal y universal. Pero como el corazón del hombre que no esté ya en la presencia del Padre se acostumbra y se relaja con el tiempo, el pecado personal volverá a hacerse cada vez más presente, pero antes de que esto trascienda sobrevendrá el fin del mundo y la restauración de todas las cosas. Será el momento de los “cielos nuevos y tierra nueva”[9].

Cabe la posibilidad de que estos “cielos nuevos y tierra nueva”, la Jerusalén Celeste que descenderá del cielo sea justo después del castigo. De ser así sería una alegría mayor. Sea como sea, Dios llama a su pueblo a la conversión para que podamos gozar de su presencia, sea  aquí en la tierra, sea en la nueva Jerusalén, o en cielo. Desde luego creer en la resurrección de los cuerpos y no tener un lugar para existir con ello, es igual de absurdo que esperar la segunda venida de Cristo y la instauración de su Reino y que no venga para quedarse, sino para castigar.

Este 2017 es un año muy especial en el que se concentrar muchas posibilidades de grandes cambios. Sigamos atentos a los signos de los tiempos[10] y sepamos verlos con deseo de cumplimiento y de que Cristo manifieste su gloria, no con miedo o desesperanza. Somos hijos de la luz, sólo cabe el amor, la santidad y la esperanza en un mundo en el que Dios sea el centro. Ese es el reino de los Cielo que ya está en nosotros, pero que aún debe de brillar con más claridad y más fuerza.

Paz y bien.


[1] Un detalle poco conocido y muy importante. En la cena pascual judía había (y sigue siendo así) cinco copas que recuerdan la Redención de Israel y se asocian como enseñanza y mensaje a los cuatro términos de la redención mencionados en el Éxodo: “Os sacaré… os libertaré… os redimiré… y os tomaré para mí como pueblo” Éxodo 6, 6-7 y la quinta copa que recuerda que el Mesías vendrá a redimirnos. Son las copas de la Bendición o santidad, de las Plagas de Egipto, de la Redención, de las Alabanzas y de Elías. En el momento de la copa de la redención Jesús no la bebió, sino que salió al huerto de los olivos, donde de hecho ruega al Padre poder no beber esa “copa”, pero donde decide beberla para cumplir su voluntad.
[2]Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Jn 19,30). Cfr. Mc 15,36; Mt 27,48; Lc 23,36. Nótese que ya le ofrecieron de beber antes al llegar al Gólgota, pero Jesús no quiso beber: "le ofrecieron vino mezclado con hiel; pero Él, después de probarlo, no lo quiso tomar" (Mt 27,34).
[3] Hay que decir que en la Pascua judía se conseguía el perdón de los pecados de ese año y por eso el sacrificio de ese cordero había que hacerlo nuevamente cada año. Cristo, que ha llevado a plenitud toda la tradición antigua insertándose en ella como cordero vivo y perfecto, renueva ese sacrificio para los presentes de cada Eucaristía.
[4] Cfr. 1 Co 7,26. También: “Setenta semanas han sido fijadas sobre tu pueblo y tu Ciudad santa, para poner fin a la transgresión, para sellar el pecado, para expiar la iniquidad, para instaurar la justicia eterna, para sellar la visión y al profeta, y para ungir el Santo de los santos” (Daniel 9,24-27).
[5] “La Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12)”, CIC 675.
[6] Oración a San Miguel Arcángel del papa León XII: “San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate contra las maldades e insidias del demonio. Se nuestra ayuda, te rogamos suplicantes. ¡Que el Señor nos lo conceda! Y tú, príncipe de las milicias celestiales, con el poder que te viene de Dios arroja en el infierno a Satanás y a los otros espíritus malignos que ambulan por el mundo para la perdición de las almas.” (León XIII, 18 de mayo de 1890; Acta Apostolicae Sedis, p. 743) Fuente: www.aciprensa.com/recursos/las-oraciones-de-leon-xiii-a-san-miguel-arcangel-por-la-iglesia-1268

[7] "Y a la mitad de la semana hará cesar el Sacrificio y la Oblación; y sobre el Santuario vendrá una abominación desoladora, hasta que la consumación decretada se derrame sobre el devastador" (Daniel, 9,27).
[8] Como respondemos después de la consagración, en sus dos fórmulas, tras decir el sacerdote “éste es el Misterio de la fe”: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!” o “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.”
[9]La sagrada Escritura llama "cielos nuevos y tierra nueva" a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de "hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).” (CIC n. 1043)
[10] La expresión “signos de los tiempos” aparece por primera vez en los evangelios (Mt. 16, 1-4; Mc. 8, 12; Mc 13, 1-23; Lc. 12, 54 – 56), como una llamada de atención a la llegada del reino de Dios. Es el Papa Juan XIII que vuelve a usar la expresión "signos de los tiempos", y el Vaticano II la asume en Gaudiumet Spes.


25 enero 2017

Dios no deja caer al hombre si no es para levantarlo y dignificarlo más

Son tiempos ácidos donde reina un combate entre la Verdad del amor y la doblez azufrosa del mal. Ya hay muchos muertos en esta batalla que empieza por la sospecha que penetra casi irreversiblemente en el corazón y que termina generando dudas, confusión, desacuerdos, divisiones y juicios de muerte espiritual. Mueren así buenos cristianos sin saberlo apenas, se ahogan sacerdote de Cristo en tareas inútiles o secundarias olvidando su misión, muchos pierden el sentido de la espera, de la contemplación y, sobre todo de la esperanza en la providencia de Dios, y otros olvidan el gozo de la entrega en lo pequeño, el sentido de las pequeñas cosas. Se aborta la sencillez de los niños introduciéndolos en la inmoralidad, el morbo y el desorden, olvidando que el amor es ante todo pureza. Se pudren gobiernos y economías abandonándose y entregándose a ese camino presuntuoso de soberbia autoafirmación que llevó a Adán a pensar que podría conseguir algo mejor al margen de Dios.
Todo esto es signo de un combate que se cierne en lo secreto de lo espiritual y que pocos son capaces de ver y percatarse de su entidad real. Algunos se preguntan porqué Dios calla olvidando que también en la cruz pasó lo mismo, pero el aparente silencio de Dios no es desprecio ni indiferencia, sino amor puro a la voluntad todopoderosa de Dios. María ha prometido el Triunfo de su Corazón Inmaculado y Dios, que no hace nada sin revelarlo a sus profetas, tiene siempre el mejor plan y después de este destierro, nos mostrará a su Hijo de la mano de su Madre y nos lo dará para siempre. Si seguimos en este combate sin mirar al cielo con humildad, Dios nos dejará caer por culpa de nuestro propio pecado, pero cuando nos levante habrá merecido la pena.
Dios no deja caer al hombre si no es para levantarlo y dignificarlo más.
Como dijo San Agustín con respecto a la conversión de San Pablo: "Era necesario que primeramente fuera abatido, y seguidamente levantado; primero golpeado, después curado. Porque jamás Cristo hubiera podido vivir en él si Saulo no hubiera muerto a su antigua vida de pecado. [...] Al perseguidor se le quitó la luz para devolvérsela al predicador; en el mismo momento en que no veía nada de este mundo, vio a Jesús. Es un símbolo para los creyentes: los que creen en Cristo deben fijar sobre él la mirada de su alma sin entretenerse en las cosas exteriores..."
Tengamos esperanza, entonces, que pronto terminarán los dolores de parto y grande será la acogida de Cristo en su nuevo Reino.
Paz y bien.

15 enero 2017

¿Conoces el gran tercer milagro de Dios?

Todo cristiano sabe, sin conocimientos avanzados en teología, que Jesús es “EL” Salvador del mundo, la encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad, el Verbo de Dios. La reciente Navidad nos ha recordado, una vez más, cómo Jesús manifiesta el Amor extremo del Padre, quien manda a su Hijo encarnarse para redimirnos del pecado, mostrarnos un rostro y una vida que nos sea de ejemplo y que podamos entender. Como Dios suele hacer, no se limitó a la suficiencia, sino que decidió colmar el vaso y quedarse con su presencia para todos los hombres y no sólo para aquellos que le pudieron ver realmente en su tiempo de vida en la tierra. Decidió hacerse pan y permitir ser invocado por los sacerdotes en la bendita y sacrosanta Eucaristía. Es el segundo milagro más grande después de la Encarnación: la “panificación”. Si era impensable que el Verbo de Dios se hiciera hombre y viviera como hombre en la carne y el tiempo, sufriendo la corrupción del tiempo, experimentar las necesidades humanas, asociando a su divinidad nuestra humanidad en cuerpo y alma naciendo de una santa mujer Virgen, más inimaginable habría sido que asumiera la naturaleza de la materia, una “algo” ni siquiera animal: el pan. Abierto a sufrir ya no sólo las necesidades humanas, sino también los peligros de la materia y su mayor deterioro. El pan no se puede defender, se le tiene que cuidar, crear cada vez, se le puede pisotear sin que pueda escaparse y es sencillo y humilde hasta en su composición: harina y agua. Cualquier forma consagrada es insípida, del color más simple de todos, aunque a todos los reúne, no huele a nada y apenas alimenta o tiene textura. Porque si supiera a lo que realmente es, no podríamos con ello. Olería al incienso más refinado o la fragancia más cautivadora, contrastando con el sabor a la sangre de la cruz y a la carne escarnecida; su textura sería la de la misma cruz, pero saciaría indefinidamente dejando la satisfacción de 1000 banquetes.

Pero hay un tercer milagro que pocas veces apreciamos como los anteriores y que es casi otra encarnación. No tendría sentido decir si es más importante o no, pues simplemente es necesario y plenamente divino, es decir, perfecto como Dios mismo: es la encarnación del Espíritu Santo. Ya con María se puede ver cómo el Espíritu Santo, “la Concepción Inmaculada increada”, como decía San Maximiliano Kolbe[1], decide, siempre por Voluntad del Padre, crear y morar[2] en María, “la Concepción Inmaculada creada”, como dijo en Lourdes la propia Virgen María. Pero este milagro, que llevaría para ser abordado toda una vida por su esplendor y relevancia, no es el único. Como siempre las cosas de Dios no destacan por la vistosidad, sino por una grandiosidad tan paciente como silenciosa. Cuando el Espíritu Santo obra grandezas, casi siempre queda en la sombra más discreta. Lo que pasó en el silencio de María no fue lo único que marcó a la humanidad pecadora sacándola de su condena, sino que el mismo Espíritu Santo vino él también a nosotros, pero no nos damos cuenta de qué implicó realmente este gran acontecimiento. Veamos.

Igual que el Padre tiene un Verbo divino, eterno y engendrado desde el principio, también tiene un Aliento. Este aliento sale también del Padre y está en el Verbo, por lo que también sale de Él. La respuesta del Hijo es fruto de un Amor como el del Padre, por eso el Espíritu Santo es “EL Amor” que brota del Padre y del Hijo y, como decimos en el Credo,  “con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria”. Estas misteriosas e insondables relaciones marcadas por el Amor no podían no marcar a la humanidad con la misma huella. Igual que la luz tiene una fuente, pero se distingue de ella sin abandonarla cuando es personalmente aceptada con perfecta correspondencia, el Espíritu Santo “ilumina” por medio de la Verdad toda la realidad que tiene que ser rescatada y elevada a la presencia del Padre. Y también, igual que la luz “calienta” cuando es recibida, Jesús salva por medio de su palabra de Misericordia y su sacrificio de Amor. Quien se una al Verbo de Dios, se une a la misión de la Cruz redentora y se hace “adverbio” del Verbo, participando del aliento del Padre y del Hijo que es el Espíritu Santo, que viene a ser el creador y santificador del Padre. El Espíritu Santo es la divina operación que nace de la única operación de Dios: engendrar amando.

Entendido rápidamente, y muy superficialmente, lo importante de las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, podemos entender cuál es el tercer gran milagro del Espíritu Santo. Si la grandeza del Verbo ha sido visible en la cruz, aunque no fácilmente comprensible, a los ojos de los hombres, el Espíritu Santo obró con igual fuerza, aunque con menor visibilidad (como le es propio), en cada uno de nosotros. El bautismo, que significa “inmersión”[3], nos introduce en la Vida de Dios “regenerándonos”[4] en lo más profundo, que es nuestra dimensión espiritual personal más íntima, disponiéndonos a ser, como María, “habitadores” del Espíritu Santo. Al ser el Espíritu Santo un diálogo de Amor Divino entre el Padre y el Hijo, se entiende que el bautizado que vive en gracia ante Dios puede llegar a experimentar una auténtica “Inhabitación Trinitaria”[5] que manifiesta la encarnación del mismo Espíritu Santo en nosotros y que nos permite ser no sólo “ipse Christus” (como Cristo), sino “alter Christus” (otros Cristo)[6], es decir, cristificados[7]. Este es el gran tercer milagro: que el Espíritu Santo se encarnó en cada uno de nosotros. Lo alimenta la Eucaristía, cuando estamos dispuestos y limpios por la confesión sacramental y nos prepara, dispone y mueve a ser otro Cristo en este mundo. La Eucaristía no es sólo Cristo que “se hace nosotros”, sino nosotros “haciéndonos Él” por la obra silenciosa del Espíritu Santo.

Así que la persona del Verbo de Dios asumió la naturaleza humana (alma humana y cuerpo humano) para redimirnos y permitir la encarnación del mismo Espíritu Santo en cada uno de nosotros. Esto es el Reino de Dios que “está cerca” (Lc 1,15; Gal 4,4). Está cerca porque por la acción salvadora de Cristo podemos recibirle y por la acción vivificadora del Espíritu Santo podemos vivirle, esto es, ser su morada real, no simbólica o teórica. No es una metáfora, es la inserción transformadora y regeneradora de la vida de Dios en nosotros, la presencia real de la Trinidad en nosotros, la plenitud a la que estamos llamados por el bautismo y que perdemos sólo por el pecado (por eso en el cielo no estará cerca el Reino de Dios, sino que estaremos plenamente en Él).
¿A caso no es un milagro ser el cuerpo del Espíritu Santo y vivirle sin perder nuestra libertad e identidad? Cristo asumió una identidad humana, un “yo” personal propio de una naturaleza humana, pues aunque la persona es divina, su conciencia debía manifestarse con un “yo” propio. Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6) porque es por medio de Él (sobre todo en la Eucaristía) que recibimos al Espíritu Santo en plenitud, capacitándonos para ser nosotros el tercer milagro: encarnar al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo obró en el silencio de cada uno de nosotros con su propio estilo creativo, discreto, pero poderoso, ahora pongámosle voz y que sea voz de Amor: ¡se tú el milagro de Dios!

Paz y bien.
Diego Cazzola
(Psicólogo orientador)




[1] Cfr. KOLBE, Maximiliano (Beato Padre), L’Immaculée révèle l’Esprit-Saint, ed. Lethielleux, Paris 1974.  
[2] “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”  (Lc 1,35)
[3] CIC, n. 1214.
[4] CIC, n. 1215.
[5] Lo dice el mismo Señor: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23). Y San Pablo: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17). Igualmente leemos en el Apóstol San Juan: “A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.... Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,12-13, 15-16).
[6] Cfr. San José María Escrivá, Es Cristo que pasa, Cap. 18 n. 185.
[7] San Ignacio de Antioquía, gran padre del desierto, se definía como “Theóforo”, portador de Dios, o también “Cristóforo”, portador de Cristo.

Sé tú el milagro

07 noviembre 2016

Dios sí castiga, permitiendo y por nuestra salvación

Qué tristeza ver que el número dos de la Secretaría del Vaticano, monseñor Angelo Becciu, haya condenado las declaraciones del sacerdote Don Giovanni Cavalcoli tan oficial y tajantemente (véase imagen al pie con la información oficial) hasta conseguir su cese en Radio María (Italia) por decir que los terremotos son consecuencia del pecado del hombre.

Claro que el terremoto no es culpa de ellos en concreto, pero desde luego que Dios castiga y lo hace por justa misericordia permitiendo todo esto.

Ya Dios castigó con el diluvio y luego en Sodoma y Gomorra y hemos visto a donde llevó el comportamiento del Siglo XX, pero veo que la historia es la maestra con peores alumnos y que nunca aprenderemos.

¿A caso el hombre que rechaza a Dios no tiene pendiente su castigo eterno en el infierno? ¿O es que todos vamos al cielo independientemente de nuestras decisiones por esa "misericordia" de Dios?

Todos los males de este mundo son fruto del pecado y éste es personal y social, así como voluntario o inconsciente. Estamos a punto de ver la gravedad de nuestro mal comportamiento y no será por la "ira de Dios" sino para que podamos arrepentirnos y salvarnos.

¿A caso no ha dicho la Virgen en Fátima que vendrán castigos de no convertirse el hombre?, ¿O en la Salette... o, mejor aún, en Akita?

En los mensajes de Fátima:

"...si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia".

Mensajes de la Salette (22 septiembre 1871):

"Grandes castigos sobrevendrán, porque los hombres no se convierten; sin embargo, sólo su conversión que puede detener estos flagelos. Dios comenzará a golpear a los hombres infligiendo castigos más ligeros con el fin de abrir los ojos".

Nuestra Señora de Akita en Japón (3 agosto 1973):

"Para que el mundo conozca su ira, el Padre Celestial está preparando para infligir un gran castigo sobre toda la humanidad".

    o también el 13 de octubre de 1973:

"...si los hombres no se arrepienten y se mejoran, el Padre infligirá un terrible castigo a toda la humanidad. Será un castigo mayor que el diluvio, tal como nunca se ha visto antes".

No es al castigo de Dios al que hay que tener miedo, sino que no haga nada, siga permitiendo nuestra vida blasfema y terminara condenada la mayor parte de la humanidad.

Paz y bien.


Fuentes:

1) Osservatore Romano del 6-11-16 pag.8 (ver imagen original) www.news.va/vaticanresources/pdf/QUO_2016_255_0611.pdf




5) www.corazones.org/maria/salette.htm


02 noviembre 2016

Conmemorar la reforma, no es celebrarla

El viaje del papa Francisco a Suecia con motivo de los 500 años de la Reforma Luterana está siendo manipulado por muchas personas y casi todos los medios.

Mucho se critica al papa por sus intenciones más que por la teología desarrollada. Admito que no comprendo bien todos los pasos que da y sobre todo el modo o las formas, pero un hijo no tiene porque entender todo lo que hace su padre. Tiene que fiarse, confiar y rezar manteniéndose unido a su familia y no disgregarla y dividirla con conjeturas y subjetivas deducciones. Con la escusa de que hay que decir la verdad, cada vez se la hiere más y se la vive peor. Con la escusa de que hay que ser fieles al Evangelio terminamos por discutirlo más que vivirlo.

El Papa conmemora la reforma luterana, no la celebra. Y su interés es que también los luteranos entren por la pequeña puerta que lleva la Salvación. Acercarse no es ceder y es preciso no olvidar que la norma consiste en odiar el pecado y amar al pecador.

Cristo también entraba a comer con pecadores y le criticaban por ello, pero son precisamente ellos quienes tienen que sentirse acogidos y aceptados. No confirmados, pero sí aceptados. Ellos tendrán que querer el cambio y seguir la Verdad de Jesús. Pero eso es cuestión de ellos y de Dios. La Iglesia tiene que hacer la vez de Cristo en la tierra, pues es su cuerpo, y llevar a Cristo a todos.

Cristo llegó a mi pobre, insolente y justificada vida por medio de una hermosa y buena mujer que me enseñó con paciencia el camino. No se enfrentó con ataques a mi vida y, sin aprobarla, estando cerca y guiándome poco a poco y con cariño, me ha llevado al altar siendo un hombre nuevo. Ese rescate es el propio de cada cristiano y más aún de la Iglesia. La Iglesia debe de convencer porque atrae, no porque argumenta.

Un buen análisis de esa visita es el que ha expuesto el ex-pastor y fundador de la iglesia pentecostal sueca Ulf Ekman, quien entró en plena comunión con la Iglesia católica en 2014 [1] después de estudiar durante más de 10 años el Catecismo, el Magisterio:

"El Papa  conmemora la reforma, no la celebra. Esta visita a Suecia es única y traerá muchos frutos. Espero con optimismo que la reforma sea reevaluada de una manera más objetiva; qué fue lo que realmente sucedió, cuáles fueron los frutos  los buenos y los malos. Con toda seguridad el espíritu de humildad del Papa dejará buenas semillas, porque el Papa es el más indicado para incentivar el  encuentro y evitar las controversias, porque la visita a Suecia, está inspirada en la caridad y en la consideración. Además habrá en Suecia un antes y un después de esta visita del Papa Francisco".

Como dijo el Papa en una entrevista al director de la revista jesuita sueca Signum, P. Ulf Jonsson, que ha sido publicada en la revista jesuita "La Civiltá Cattolica[2]:

"El entusiasmo debe moverse hacia la oración conjunta y las obras de misericordia, trabajar de forma conjunta para ayudar a los enfermos, los pobres y los encarcelados. Hacer cosas conjuntas es la forma de diálogo más efectiva". [3]

Dejemos de difundir opiniones y centrémonos en confiar, sin pretender saberlo y entenderlo todo. Unámonos en la oración, veamos lo bueno y quedémonos con ello con esperanza. Recordemos que El Espíritu Santo no se va de vacaciones.

Paz y bien




26 octubre 2016

Mujer sumisa y hombre entregado: cuestión de dignidad o de formalidad

Ante las lecturas del pasado 25 de Octubre (ver al final), no me he podido resistir en aportar un enfoque que suelo transmitir en los cursos de prematrimoniales y que me parece central para estos tiempos, turbios por la ideología de género y la confusión generada por el dolor de los frecuentes divorcios de hoy en día.

Lo primero a tener en cuenta es que lo esencial del mensaje, en ocasiones tergiversado y distorsionado, es que San Pablo empieza con el imperativo exhortativo “sed sumisos” dirigidos a todos. Es decir, lo principal es recordar que todos tenemos que ser sumisos los unos con los otros, por lo que el papel que desarrolla a posteriori sobre el esposo y la esposa es secundario al primero y describe una formalidad descriptiva, más que una esencialidad constitutiva.

Ahora bien, lo más importante de entender bien, es precisamente la expresión más polémica con respecto a las mujeres: “que se sometan a sus maridos como al Señor”. De esta frase quiero destacar dos aspectos fundamentales para penetrar correctamente el misterio profundo e inagotable del matrimonio aportando mi experiencia como psicólogo orientador.

Hay tareas para todos

Hay que tener muy presente que esta frase, en la que San Pablo invita a las mujer a someterse a los maridos, tiene que ser entendida a la luz de la siguiente: “maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia”. Es muy importante, ya que Cristo murió por amor en un sacrificio único, santo, definitivo, pleno y perfecto. En este sentido, no es una tarea inferior a la que se le asigna a las mujeres. De hecho, la tarea de la mujer de someterse al marido se entiende desde la admiración, el respeto y el amor a un marido que está constantemente dando la vida por ella y la familia, pero la del marido lleva a una imitación de cruz, es decir, de muerte.

El concepto de sumisión

Es preciso entender qué es “sumisión”. El concepto de “sumisión” no debe de entenderse de forma despreciativa o minusvalorativa, sino todo lo contrario. La palabra sumisión deriva del latín submissio, que significa “sometimiento”. Sus componentes léxicos son el prefijo sub (abajo) y mittere (enviar), con el sufijo -ción (acción y efecto). Es decir, hace referencia a la acción de enviar abajo. Esta etimología ha dado lugar a entenderlo equivocadamente, como si la mujer estuviera por debajo del hombre y por lo tanto valiese menos. Pero, ¿podría Dios crear a la mujer en menor dignidad que el hombre? Claramente no. El sentido correcto y revelador es que la mujer es enviada a ese “abajo” para trabajar desde las instancias más profundas de la familia. La mujer, con su vocación principal y constitutiva a la maternidad está llamada a ser los cimientos de una familia sobre los que se desarrolla la vida y alrededor de la cual gira prácticamente todo. Hay que entenderla como el eje alrededor del cual no sólo se genera el amor, sino de donde se nutre la seguridad afectiva y se mantiene el desarrollo psíquico, anímico y espiritual de todos los miembros. La madre es la fuente del río y el agua que corre dando vida a quienes la habitan. De hecho todos nacen en ella y permanecen en ella de alguna manera, incluso el padre. Incluso a nivel físico, cuando se concibe un hijo, el padre deja un material genético que se une al de la mujer en la generación de una persona. Ésta llevará en sí ese material genético[1], pero quedará también en el torrente sanguíneo de la madre. Es más, de la madre pasará a otros hijos, por lo que ella acumulará en cada gestación material genético del marido y de los hijos, quienes irán cada vez compartiendo más información (el último, evidentemente, compartirá la de todos). Es curioso observar que el único que no recibe carga, ni recombinaciones genéticas, es el padre, quien está llamado a actuar, en cierto modo, desde fuera. Dicho de otro modo, y de forma figurada, mientras la madre tiene los dos pies en la familia, el padre tiene uno dentro y uno fuera.

¿Es inferior el padre entonces?

Desde luego que no. El padre tiene la función de dirigir ese rio. La madre aporta la vida en el agua y la fuerza para que corra, pero el padre debe de garantizar la dirección del río. Ésa es su tarea. Tiene que estar fuerte, pendiente del entorno externo y atento a defender esa vida que lleva el río. Por eso está dirigido menos a la sensibilidad afectiva, emocional o relacional y más a lo práctico, técnico, organizativo. El padre es más rígido y asertivo porque está llamado a enraizarse y mantenerse firme en la dirección, con fuerza y asertividad (de allí que le sea tan connatural la competitividad). La esposa se abandona a él con obediencia, pero por amor, pues sabe que confía en él y en su disposición a dar la vida para acertar esa dirección y mantenerla. Ambos trabajan con el mismo fin: que el rio y lo que lleva llegue a su correcto destino. Allí ya no será río y los papeles o roles no tendrán ese fin (aunque seguirán marcando nuestra forma de ser, evidentemente), pero permanecerá el amor que cada cual ha puesto en su tarea y gozarán de los frutos que ese amor ha dado.

No sólo genética

Esta centralidad de la madre a nivel genético es más fuerte aún si lo entendemos desde la implicación psicológica, espiritual y teológica. La madre se dirige vocacionalmente y antropológicamente hacia la génesis del amor y hacia la fuerza que lo mueve dentro de cada uno de los miembros familiares, padre incluido, quien, como San Juan Pablo II escribió en una preciosa poesía “sabe que está en ellos: quiere estar en ellos y en ellos se realiza”[2]. El padre gira alrededor de la madre y ésta tiene la noble y fundamental tarea de colaborar para que los hijos se percaten de él, le respeten y le sigan con la misma fe. En este sentido, retomando la poesía: “sombra debe ser una madre para sus hijos”. La madre tiene un papel fundamental por su delicadeza, pero tiende a ser poco visible. Es un papel central para todos los miembros (incluso externos a la familia), pero no es apreciado, no por valer menos, sino porque apunta sobre todo a los demás y especialmente al capitán, quien lleva el barco o el río. Por eso la Iglesia (jerárquica), en la metáfora de San Pablo, no debe de buscar ser alabada, seguida y apreciada, sino encargarse de indicar a Jesús desde el servicio humilde y fiel, como hizo también San Juan Bautista, y de que todos sigan a Jesucristo. La Iglesia nos muestra a Cristo guardando bien el camino y Cristo nos lleva al Padre, del mismo modo que una madre indica al padre y éste lleva a Dios. Pero el esposo, sin la esposa, no llega por sí mismo al final, ni lo hace con mayor o menor mérito, pues escasa es la aportación de los padres en la tarea de la educación y del amor, y grande lo que Dios pone de suyo con la gracia que sostiene y dirige los frutos de ese amor y a la familia entera.

No es pues cuestión de importancia en los papeles, sino de compenetrarse “EN” el amor (amor conyugal y familiar), “CON” el amor (amor sacramental que presencia a Cristo y manifiesta la inhabitación trinitaria en cada uno) y “PARA” el amor (la comunidad de amor y el cielo).

Algunos consejos

Tanta teoría no es útil sin unas concreciones prácticas o unos consejos interesantes, por lo que tratemos ahora de abarcar esos papeles familiares de modo más concreto.

La madre

Que la madre no abandone su maternidad, que no reniegue de su fertilidad, ni desprecie su sensibilidad o su capacidad de relacionarse de tú a tú con los hijos y con los necesitados. Esa facilidad para emocionarse, para sentir, para intuir, para adelantarse a todo. O esa capacidad de relativizar y flexibilizar la rigidez de las normas. Son características que la enriquecen y que brotan de su condición antropológica y que marcan su camino de santidad. El cuidado de los hijos, desde esta perspectiva, no podrá ser sustituido por nadie, ni por el padre. Es bueno que la madre hable bien del padre y que le incluya en la dinámica familiar invitando a ir a verle, a saludarle al llegar a casa, o invitando al padre a pedir perdón a los hijos cuando se ha excedido, rebajando los castigos hablándolos con él, consolando las lágrimas de los hijos mientras sufren la fuerza del padre y a la vez mostrándole al padre aquellas asperosidades que tiene que pulir y suavizar para ser imagen de San José y no del “justiciero de la noche”. ¡Qué tarea tan importante de la esposa para con el esposo!

El padre

El padre tiene que aprender a ser justo, a no enfadarse siempre y demasiado, a ser flexible y misericordioso. Exigente, pero con cariño. Tiene que estar atento a las necesidades de los hijos, especialmente de los varones que buscarán en él (cada uno a su manera única  e irrepetible) ese modelo, esa seguridad que no sólo les indicará cómo ser con los demás, sino que les dará una guía de cómo tratar a las mujeres y a su futura mujer. Un padre tiene que saber dejarse llevar de la mano por su esposa hacia la intimidad familiar y estar dispuesto a aprender con respeto y sensibilidad cómo manejar tanta fragilidad interior. Una hija con un padre bueno es una mujer fuerte y sana, capaz de buscar un buen hombre sin la necesidad de lanzarse en los primeros brazos que la consuelen o en amistades que la distraigan.

Los hijos

Aunque no de una forma absoluta por el factor “libertad personal”, los hijos reflejarán siempre la calidad del amor que se han tenido los padres. Crecen nutridos del amor conyugal, no del amor que individualmente los padres les tratan de transmitir. Cuando falta uno de los padres, la tarea se hace difícil y es preciso un esfuerzo de compensación por la madre o el padre que quede. Una ruptura matrimonial SIEMPRE herirá el corazón de los hijos, lo digan o no, se note o pase desapercibido, ocurra a los 8 años o a los 40. Hay algo espiritual que conforma una familia y es el hogar íntimo compartido que se aprecia por una sensible observación o por su triste ausencia cuando desaparece.

Conclusión

El ser humano tiene la increíble capacidad de pensar y razonar para descubrir la verdad y conocer el amor, pero también es capaz de generarse y “aceptarse” creencias que como finas capas le ciegan el intelecto y le entregan a las creencias inventadas para justificarse. Es cuando nuestro “yo” se oscurece tras justificaciones y falsedades que ya no reconcomeos, sino que defendemos y justificamos. Se hacen invisibles a la conciencia por su lento proceso de auto-pegado y es importante contrastarlas con una vida humilde, abandonada a la voluntad de Dios y, por lo tanto, a la oración silenciosa que las revela. Es precisa una vida de gracia y en eso consiste la acción sacramental de Cristo en el matrimonio. Los esposos, iguales en dignidad, se deben un amor mutuo que les proyecta a través de Cristo y la realización de una comunidad de amor (la familia) hacia el eterno gozo del cielo, donde se reunirán para contemplar las grandezas de Dios en esa vocación, que nada tiene que envidiar al sacerdocio si es vivida con amor intenso y verdadero.

Os dejo la lectura del 25 de octubre de 2016 de la que se inspira esta reflexión.

Paz y bien.

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Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (Ef 5, 21-33)

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: El se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En una palabra, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete al marido.



[1] Hay estudios concretos en los que, tras la fecundación de dos ratas, se ha encontrado una migración de células madre de la hembra (donde hay carga genética del padre) que han terminado instalándose en el cerebro de la madre. Es decir, el acto reproductivo llegó a trasladar células del padre a la madre y este material genético se recombina en cada parto. Cuanto menos asombroso.
[2] K. WOJTYLA, Esplendor de paternidad, ed. BAC, Madrid, 1990 pp. 171-172