15 enero 2019

El valor del silencio


Hay muchos modos de rezar, pero uno pasa muy desapercibido hoy en día.

Se puede rezar con el cuerpo. Podemos estar de rodillas, mover las manos en una alabanza o abrirlas en un Padrenuestro, podemos estar sentados con la cara en las manos, darnos golpes en el pecho o santiguarnos. Incluso el estar en ayunas es un modo de rezar con el cuerpo. Es la expresión orante y simbólica de nuestro cuerpo.

También podemos rezar hablándole a Dios, a Jesús, al Espíritu Santo, a la Virgen María, a los ángeles y a los santos. Eso es la oración clásica. Tiene muchos nombres como oración del corazón o meditación, pero también muchos tipos, como puede ser la oración de petición, de gratitud, de intercesión, de ofrecimiento, etc. Es entrar en un diálogo con el Señor.

Pero la más valiosa y olvidada es la oración del silencio. El silencio ante Dios es, en sí mismo, un tipo de contemplación de las más elevadas. Es relativamente sencillo sentirnos en oración cuando hablamos, pero no necesariamente tiene porque ser una buena oración; sin embargo, hacer silencio es muy complicado y, si no lo hacemos bien, se detecta automáticamente. Es más fácil pensar en algo que no pensar en nada. Evitar hacer preguntas, cuestionar lo que nos pasa ante el Señor o justificarnos, para quedarnos en silencio mirándole, es también una oración. Es una oración que pocos consideran válida porque “parece” estar perdiendo el tiempo y quizás es por eso que muchos pasan mucho tiempo leyendo algo ante el Santísimo o rezando alguna oración. Pero el silencio de una mirada puede gritar más fuerte que la emoción de un dialogar. Sólo hay que pensar en los enamorados y su capacidad de permanecer juntos sin hacer prácticamente nada y ser felices a la vez.

No tenemos que tener miedo a quedarnos en silencio delante del Señor. Tampoco es necesario, ni es mejor, el estar cantando o llorando de emoción. A veces puede ser incluso mejor y más sencillo un rezar estando en un silencio contemplativo, y trabajar para regresar a ese silencio ante las distracciones. Así aprenderemos a vaciarnos de nuestro ruido y Dios podrá hablar un poco más en nuestro interior a su silenciosa manera.

No es de extrañar que Elías buscara en el desierto al Señor y lo encontrara en una suave brisa (1Re 19, 12). Pero, cuidado, no es un “mindfulness” donde nos queremos vaciar para sentirnos a nosotros mismos, sino un llenarse de Dios en el silencio de su presencia por amor.

Ahora a probarlo…

Paz y bien.

Diego Cazzola



03 noviembre 2018

Psicología del demonio



Consejos prácticos para evitar o dificultar que el demonio te ataque.

Evidentemente el primer paso para que el demonio no tenga poder sobre nosotros es el estado de gracia mantenido en el tiempo y basado en una fe sólida, una vida sacramental y la oración, especialmente el rosario. También podemos incluir una buena formación y el desarrollo de las virtudes, pero todo esto está muy escrito y mi interés ahora es elaborar algunos trucos de carácter psicológico para evitar que demonio nos pueda tentar o atacar con éxito.

Llevo muchos años reflexionando sobre la psicología del demonio y he tenido que aprender mucho sobre la teología, evidentemente, pero también sobre la antropología y la psicología. La teología no dice mucho sobre el demonio, de hecho no tiene ni un dogma sobre su existencia que selle una obligación de creer en él como un ser personal que busca la condenación del hombre por medio de la mentira, el engaño y la enfatización de los puntos débiles de cada uno. Pero estudiando la experiencia de varios exorcistas y una antropología psicológica muy sólida como es la del profesor Leonardo Polo voy a elaborar unas pautas que ayudarán, para el que quiera, estar más defendido ante sus ataques no sólo por la gracia de Dios, que es siempre necesaria evidentemente, sino por la estrategia de quien conoce a su enemigo y quiere defenderse.

Dicho esto decir que no pretendo agotar el tema, sino sólo proponer unas reflexiones al respecto. Reitero también que la vida de gracia y sacramental que tanto defiende y promueve la Iglesia  es la herramienta más necesaria, pero está dirigida sobre todo a la “protección” de un golpe demoníaco o, en el caso de los exorcismo, a su “liberación”, sin embargo voy ahora a proponer herramientas o estrategias de carácter más estratégico o psicológico que permiten más bien evitar la intervención del demonio o reducir su influencia.

1. El demonio no sabe lo que piensas: no hables en voz alta.

Efectivamente, una de las características más importantes a nivel psicológico es saber que Dios no permite al demonio conocer nuestros pensamientos y la lógica racional o deductiva que siguen. Si no verbalizamos algo con la boca él no puede saber, propiamente, lo que pensamos. La estructura de nuestro pensamiento es proposicional, es decir, pensamos por frases y nos las representamos por imágenes a modo de flashes y el demonio no sabe, por lo tanto, lo que pensamos, aunque sí puede llegar a deducir lo que podríamos estar pensando porque es mucho más inteligente y tiene mucha más experiencia. Puede deducir mucho por el contexto, los objetos de nuestras miradas, lo que dice alguien sobre nosotros en otro lugar, etc. El demonio puede suscitar en nosotros impulsos para determinadas acciones moviendo nuestra corporeidad a experimentar determinadas emociones o sensaciones, pues puede manipular la materia y las emociones, que son la realidad afectiva del hombre más próxima a la corporeidad por medio de las hormonas y los neurotransmisores. El demonio no actúa nunca sobre nuestra alma, ni en sus facultades de pensamiento. Y lo que menos aún puede manipular es nuestra libertad y nuestra voluntad, por lo que trabaja actuando sobre la materia a la que están asociadas en parte, esto es, nuestro cuerpo: hormonas, nervios, células, salivación, excitación, etc. Incluso puede reactivar recuerdos de una forma vaga o materializarse asumiendo una forma tanto material como “espiritual”, por ejemplo puede asumir la imagen de la Virgen María u de otras personas. Por eso puede provocar miedo, ansiedad, deprimir, desorientar, encender y apagar luces, despertar en la noche, hacer sudar e incluso podría, técnicamente hablando, generar un infarto, promover una caída, desprender un tejado, etc. pero lo importante es que estas sensaciones o estos acontecimientos sobre los que tiene poder, están siempre y absolutamente vinculados a que Dios, de alguna forma misteriosa, los permita. En este sentido su aparente poder no es nada si tenemos a Dios de nuestra parte o si simplemente Dios no le permite actuar (como en el caso de Job).

Dicho esto, podemos concluir que cuando el demonio interviene en nuestra percepción de la realidad o trata de influir en nuestro pensamiento, si estamos atentos, podremos notar como estos aparecen como sin mucho sentido o como desconectados de nuestra lógica interna. Su acción resulta ajena a nosotros y, por lo tanto, algo involuntaria o incongruente. Todo lo malo que verbalizamos, sobre todo críticas, maldades, insultos, murmureos, etc., nos atan de alguna forma al demonio, quien nos puede exigir en otro momento esa atadura. No hablar sobre nuestros problemas en voz alta y hablar siempre bien de los demás es no sólo una herramienta muy útil para que el demonio desconozca nuestro pensamiento, sino que no le otorga derechos para reivindicar ante Dios un mal que nos ató a él por el pecado, sobre todo porque estos pequeños pecados son muy frecuentes y muy poco o mal confesados ya que son casi involuntarios en quienes el vicio de la queja y la murmuración está bien establecida.

2. El demonio ataca porque intuye y deduce, pero no sabe todo.

Es importante recordar siempre que Dios es el único que lo penetra absolutamente todo. El demonio es una criatura de Dios y, como tal, a pesar de ser de naturaleza angelical, es limitado y su alcance, como hemos dicho, está vinculado siempre a una concesión de Dios. Desconoce por completo la gracia que está dando Dios en un momento dado a una persona, ni lo que decida hacer ante la tentación. Por eso la oración y la súplica al Señor es muy temida por demonio, porque introduce una variable que él no puede controlar. En una ocasión de debilidad, es importante evitar acercarnos a los límites y pedir ayuda a Dios, eso le despista mucho y reduce su fuerza en el ataque.

Es fundamental, por lo tanto, saber reconocer un estado que es peligroso para nosotros y saber reaccionar pidiendo ayuda a Dios con jaculatorias y oraciones.

3. Evitar el mal sí, pero buscar el bien es mejor.

A veces buscamos más evitar lo que está mal que buscar lo que es realmente bueno, pero son niveles distintos y que protegen de forma distinta del mal. El demonio no ataca siempre de forma exagerada y, a pesar de ser muy impaciente, a veces es más paciente que nosotros, sobre todo en estos tiempos tan acelerados. Para introducir un pecado el demonio es capaz de aguantar esperando a que se deteriore una virtud antes de trabajar de forma más manifiesta o marcada. Así que es mejor cuidar mucho nuestras costumbres y generar nosotros mismos un contexto adecuado para el bien, pues evitará mejor el mal. Evitar lo malo está bien, pero evitar todo lo que no es muy bueno o buscar lo que está realmente bien es mucho más importante. Evitar determinados vestidos, asistir a ciertos tipos de fiestas, abusar del ocio y la búsqueda del placer, ciertas lecturas o películas que no elevan el espíritu, etc. serán siempre hábitos sanos que nos protegerán de ataques muy silenciosos del demonio. Se trata de evitar cosas que en sí no son claramente malas, pero que nos exponen a que él nos proponga introducirnos cada vez más en un camino que se aleja, a veces muy poco a poco otras de forma imperceptible pero grave, del camino de la virtud, que es el único que acerca a Dios.

4. Es más listo que tu: no dialogues.

Entran ganas de razonar con él pensando si se puede justificar un mal. Error, en eso casi siempre gana. Lo mejor es ignorar la tentación cuando la inmoralidad de lo sugerido queda clara o está dudosa. Ante la tentación sólo cabe la evasión, no el diálogo, ante el pecado sólo cabe el arrepentimiento y la confesión. En definitiva, es importante saber actuar prontamente ante la aceptación del bien y la huida del mal, sin quedarse a pensar sobre las zonas intermedias. Si alguien te propone hacer algo que sabes que no está muy bien, dialogar con el demonio es buscar el modo de verle el lado positivo o justificarlo de algún modo. En estos casos es mejor aprender a decir “no” con el riesgo de no hacerlo y, en todo, caso, esperar y llevarlo a la oración.

5. Él nunca descansa, no te relajes.

No hay un momento en el que el demonio no pueda estar atento a nuestra situación social o psicofísica. Siempre vigila el momento mejor para hacer presión o atacar. Antes de ir a dormir o mientras descansamos viendo la televisión, puede estar más activo que en un baile en una discoteca llena de situaciones provocadoras. Puede ser de ayuda acostumbrarse a hablar con él, o con nuestro ángel de la guarda, en todo momento en lugar de pensar con nosotros mismos como muchas veces hacemos. Así aprendemos a estar en constante diálogo con el Señor y a tener el pensamiento dirigido constantemente a su voluntad en todos los detalles, algo muy propio de los santos y que es de gran protección, pues es como ir de la mano de un guardaespaldas.

6. Cuando actúa deja señales: aprende a reconocerlas.

Cuando el demonio ronda a una persona y la ataca, independientemente del grado y el éxito con que lo consigue, hay cosas que deja y que no puede dejar. Su modus operandi es siempre impulsivo, caótico (sobre todo a largo plazo), exuberante y majestuoso, sea por emociones extravagantes y visibles como por emociones de inferioridad y nulidad llenas de rencor. Pero la característica número uno de su actuación es su impulsividad y el no dejar paz en el interior. El sosiego y la tranquilidad son incompatibles con su acción. Es además siempre muy impaciente al actuar, por lo que si esperamos a tomar una decisión y la rezamos, le provocamos y facilitamos que se desenmascare más fácilmente.

Otro signo muy frecuente de su acción, cuando ésta es muy agresiva, es a nivel físico: molestias intestinales, sobre todo dirigidas a náuseas y sensación de vomitar, dolores musculares y de cabeza. A nivel psíquico se dan obsesiones y compulsiones, deseo de insultar impetuosamente, de actuar sin pensar y de forma visceral. Siempre buscará la forma de que no nos paremos a reflexionar, porque a nivel de lógica y razonamiento Dios puede iluminar a la persona y parar una voluntad mal dirigida, sin embargo una acción impetuosa puede dirigirla con agresividad u odio y queda atribuida a la persona. El grado de libertad y conciencia en cada decisión y pecado es conocido sólo por Dios, por lo que no debemos tratar de averiguar el grado de culpa en un hecho concreto y eso es mejor dejarlo a Dios.

En resumen.

Es muy útil no verbalizar lo malo y nada que no quieras que sepa claramente el demonio y que pueda usarlo contra ti. El demonio desconoce lo que piensas, pero trata de deducirlo y tentarte con ello, por lo que puedes notar cierta aleatoriedad o incongruencia en tus pensamientos cuando no son propiamente tuyos o bien inspirados. La gracia de Dios se recibe en el momento, por lo que hay que pedirla en cuanto se la necesite, pero estar en constante diálogo con el Señor y sentirnos siempre en su presencia nos ayudará a obrar mejor. Busca lo mejor y no te conformes con lo que “no tiene nada malo”, recuerda que los pecados capitales no son graves en sí, pero son generadores de los más graves, es cuestión de evitarlos buscando lo más puro y santo, sin conformarse con menos. Ante la tentación no trates de valorar o sopesar nada, recházala y a rezarlo ante el Santísimo si hay que tomar realmente una decisión. Nunca bajes la guardia e invoca siempre el Espíritu Santo antes de hacerlo todo siempre que puedas. Estate atento a si lo que haces te da paz. Si no hay paz es una señal que no es de Dios. Dios es paciente y pide obediencia, pone a prueba y concede la gracia al último momento para fortalecernos y que sepamos que sin él no somos nada, pero que siempre está allí para ayudarnos. Son psicologías completamente distintas. Impulsividad vs paciencia, ruido vs silencio, seguridad, vs abandono, emociones fuertes y breves vs sentimientos completos y de paz.

El mejor consejo que se puede dar a alguien que quiere ser santo y evitar caer en las manos del demonio por su propio descuido es, en definitiva, el de buscar siempre y en todo momento hacer la voluntad de Dios a la luz de la oración al Espíritu Santo y entender que el único camino claro y seguro es el de la muerte a nosotros mismos en todo. Se trata de morir a lo que nos apetece, a nuestros sentimientos, a nuestra voluntad, a nuestro juicio, a nuestra vanidad y seguridades. Esto no es ni fácil ni difícil, es simplemente imposible para nuestra frágil voluntad, pero con la gracia de Dios él lo hará en nosotros.

Paz y bien

27 octubre 2018

Coco no es una película ni buena ni recomendable


A muchos le habrá gustado la película Coco y veo que ya se recomienda para profundizar en el valor de la familia y del día de todos los difuntos. Pues no estoy de acuerdo y voy a explicar brevemente lo que veo que no está bien.

La película es entrañable, emotiva, simpática  y con mucho color, pero hay varios elementos que no la hacen buena y que expresan en gran parte la confusión espiritual propia de América del Sur, donde se confunde el cristianismo y el espiritismo de un modo muy peculiar.  

Por un lado sí es cierto que la película gira la rededor de la vida familiar y que hay un arrepentimiento que lleva a la apertura a lo que cada cual es llamado a ser, en concreto la vocación a la música. Sin embargo, es un concepto familiar cerrado en sí mismo, marcado por el resentimiento, la desobediencia a los padres, el abandono del padre (muy propio de Disney) y las heridas que suponen, la falta de comunicación, la imposición de las tareas y de las tradiciones, así como de la vocación profesional. Es una familia para la familia que vive una cultura rígida donde la espiritualidad queda relegada al recuerdo más que a la oración personal.

De hecho, lo más importante que marca la película como inadecuada es la visión del mundo de los muertos que ofrece. Los muertos parecen tener una vida placentera, marcada por la fiesta, el baile, la música, la comida, la vanidad, pero sin estar ni en un “cielo”, ni en “infierno” ni en un “purgatorio”, sino más bien en un mundo paralelo más parecido al mundo de los espíritus deambulantes vinculados al mundo terrenal que a lo que es la tradición cristiana. Hay un lugar al que tratan de ir y al que, para no desvelar mucho de la película, un personaje quiere ir, pero que no puede porque nadie casi le recuerda.

Y he aquí otra tergiversación. La relación entre los vivos y los muertos no es la oración o una relación personal de los vivos  con los muertos, sino un mero recuerdo. Los muertos que van a un mundo mejor son los que tienen a su familia poniendo velas en una especie de altar familiar donde debe de estar una foto del difunto en el día de muertos.

Pero aún peor es la conceptualización de que los muertos pueden ir a un mundo mejor, que no aparece nunca en la película, quedarse en un estado de espera, cuya "purga", si así se la puede llamar, no sirve para nada o pueden incluso sufrir desvanecerse a un lugar que nadie sabe cómo es y que podría ser una especie de aniquilación donde “se deja de ser”.

Así que, a pesar de estar muertos, pueden volver a morir, si no son recordados antes de pasar a un lugar mejor, los muertos pueden seguir disfrutando de fiestas y bailes, seguir siendo buenos o malos, entregarse a la virtud o al vicio sin mérito ni pena alguna. Todo lo que importa es ser recordados por alguien en la tierra, esto es fama y vanidad.

La película de Coco tergiversa la realidad del bien y del mal, propone una realidad escatológica altamente tergiversada, altera los conceptos de condena y beatitud y, lo peor de todo, los mezcla con diversión, simpatía y superficialidad.

Es un modo perfecto para confundir no sólo al que desconoce la realidad después de la muerte que Dios nos ha revelado por medio de su Hijo, sino sobre todo al que tiene alguna idea confusa, ya que se la confunden aún más casi sin que se dé cuenta.

A esto hay que añadirle el constante concepto, ya presente en muchos dibujos animados actuales, de alterar lo que siempre ha sido el bien y el mal. El héroe ya no es héroe por sus virtudes que pretende ser modelo, el malo que siempre encarnaba lo que había que evitar ya no es realmente malo y puede ser bueno, como es el caso de los vampiros, los zombis, los condenados, etc. Desde siempre el vampiro, por ejemplo, era símbolo del mal: vive de noche porque no es un ser de luz, chupa la sangre porque se alimenta de la vida de otros, teme la cruz porque es enemigo de la Resurrección, no tienen sentimientos de amor y piedad porque no tienen alma, etc. Ahora los vampiros son simpáticos, tienen hijos con los mortales, aman, tratan de integrarse en la comunidad humana, etc. Estas alteraciones son un modo más del mundo de colar sus ideologías ateas y despersonalizantes.

No son éstas las películas que ayudan a consolidar sanos valores familiares, ni mucho menos proponen una reflexión real sobre el sentido de la vida, las consecuencias de nuestro obrar o la relación con un creador personal que ha dado un sentido concreto a lo que ha creado y que nosotros debemos de descubrir y no inventar y manipular.

Cuidemos el goteo mundano que entra muy bien por los ojos, especialmente en los de la inocencia e ignorancia infantil para confundir y alejar de la verdadera Verdad poco a poco.

Paz y bien.

Diego Cazzola

(A posteriori veo que no soy el único en haber realizado observaciones en esta línea. Cfr: www.actuall.com/familia/cpor-que-coco-la-peli-de-pixar-sobre-los-muertos-no-es-del-todo-adecuada-para-ninos)





25 septiembre 2018

Galletas Cookies con Nutella

Os dejo mi receta de galletas Cookies con Nutella. En casa es ya un clásico, salen muy bien, con un estilo de pastas de té y de galleta americana, con todo el sabor de la Nutella y un fondo de limón y almendrado. La receta la he elaborado yo tras estudiar muchas proporciones de las recetas Cookies y realizar muchas pruebas.

Os dejo también un vídeo muy sencillo para ver sobre todo la elaboración del formato que a algunos les puede parecer algo complejo al principio.

La masa, una vez elaborada, se puede dejar reposar unos minutos o incluso hasta el día siguiente. Son unas galletas que quedan algo blandas si las horneas dejándolas blanquitas, pero si las tuestas un poco horneándolas 2 minutos más se quedan algo más crujientes. Gracias a la harina de almendra se consigue que no sean duras, pero que sean manejables y duren perfectamente 10 días en un tarro de cristal.

A los niños les encantan con la Nutella, pero cocinando sólo la masa quedan unas pastas de te espectaculares y sabrosas (en este caso hay que hornearlas 2 minutos menos para que no se tuesten demasiado). El olor que desprende el horno es espectacular y merece la pena probarlas. 

Para 16 galletas:

  • 110 gr. de mantequilla 
  • 2 huevos medianos 
  • 125 gr. de azúcar moreno 
  • 240 gr. de harina de repostería 
  • 35 gr. almendra molida 
  • 1/2 cdta. de levadura tipo Royal 
  • 1/2 cdta. de jengibre 
  • 1 cucharada sopera de extracto de vainilla 
  • 1 cucharada sopera de “Torres 10” 
  • 1 cucharada sopera de “Amaretto” 
  • 60 gr de pepitas de chocolate (+ 40gr de decoración antes del horneado) 
  • 1 cucharadita de café de ralladura de limón 
  • 1 pizca de sal

Elaboración:

1) Tamizamos la harina y le añadimos la levadura, y mezclamos. Añadimos la almendra molida y removemos.

2)  Mezclamos la mantequilla con el azúcar, los huevos, una pizca de sal, los licores, la ralladura de limón y la vainilla.

3)  Juntamos las masas y dejamos reposar de 30 minutos a 24 horas sin problema (en este caso en la nevera).

4)  Preparamos las galletas (diámetro en crudo de 5 a 6 cm) en la bandeja de horno metiendo una cucharadita de Nutella en el centro de cada una y cerrando la galleta desde el borde externo hacia dentro (con la ayuda de una rasqueta de pastelería es muy sencillo). Si la masa es muy pegajosa ayudarse con un poco de harina y si no se pega al cerrar la galleta, enhumedecer un poco la superficie antes de cerrar la galleta.

5)  Horneamos cada una de las bandejas, en horno precalentado, a 180ºC, unos 12 minutos, hasta que los bordes estén dorados. Un truco es hornear 8 min con calor inferior y el resto con calor arriba y abajo, con la bandeja a media altura, para que no se seque mucho la Nutella.

6) Una vez fuera, y tras un par de minutos de reposo, pasarlas a una rejilla o un plato para que terminen de enfriar.





Variante: si añadimos a la masa 100gr de Nutella y una cucharada de chocolate en polvo, las galletas saldrán oscuras y se podrán poner las pepitas de chocolate blanco para darle un toque diferente.

09 mayo 2018

Miedo a la profecía

En este tiempo Jesús nos está hablando mucho sobre el Espíritu Santo y en el Evangelio de hoy (Juan 16,12-15) destaca una frase, generalmente poco recogida en las homilías, pero que me parece muy interesante reflexionar: que el Espíritu Santo comunicará lo que está por venir. Ésta es la base de la profecía, sea en visiones, sueños, por ángeles, profetas o escritos mismos. Puede ser sobre el futuro y sobre el pasado (1 Cor 14), pero las que versan sobre el futuro siempre tienen un carácter orientador más que sancionador. No hay que verlas como avisos de catástrofes castigadoras, sino avisos de amor que buscan la rectificación del pueblo de Dios, su conversión. Por eso es importante no despreciar las profecías y, aun más, la manifestación del Espíritu Santo que busca nuestra conversión dándonos luz y poniéndonos en aviso sobre las consecuencias de nuestro alejamiento de Dios.

Por esto me llama mucho la atención que la mayoría rehuya tanto de hablar de profecías, sobre todo habiendo dicho Jesús que "cuando venga él, el Espíritu de la verdad, [...] os comunicará lo que está por venir" (Jn 16,12-15) o que el "testimonio de Jesús es el Espíritu de profecía" (Ap 19, 10). Si es que, si quitamos la profecía de la Biblia, quitamos un enorme parte de la historia de la salvación y de la revelación.

De hecho, la realidad es que "nada hace el Señor sin revelar sus designios a los profetas" (Amos 3, 7) y estos siguen entre nosotros. Sólo hay que saber reconocer al Espíritu Santo entre ellos y querer escucharle, viviendo una vida desde el espíritu y no distraídos por este mundo cada vez más perdido y alejado de Dios. Cuando un profeta iba a entregar una profecía no era creído por ser un profeta bíblico o un santo canonizado ya que por entonces era un simple hombre a los ojos de todos y dejaba paso a la duda. Sólo ahora lo sabemos como seguro y auténtico. Entonces era preciso un discernimiento sobre esa persona y sobre el mensaje, pero sobre todo una apertura a ser guiados por el Señor por otros.

Creer sólo aquello que ha sido demostrado como santo en el pasado adormece el estado de alerta de nuestro espíritu actual y no nos permite alcanzar las correcciones y los mensajes que Dios nos quiera dar ahora mismo con respecto al futuro que tenemos abierto personalmente.

San Pablo nos invita a que no apaguemos el espíritu y no despreciemos las profecías, sino que examinemos todo y nos quedemos con lo bueno (1 Tes 5, 19-22).

Algunos creen rechazar sólo las profecías no aprobadas (sean de santos o de la Virgen María), pero en realidad no abrazan seria y personalmente las numerosas invitaciones que se han hecho en las que han sido aprobadas, por lo que son excusas para alejar el compromiso a la auténtica conversión que nos lleva a la sobriedad, a la adoración, al rosario diario, al ayuno, a la oración y, en definitiva a ser radicalmente santos.

Razón tenía San Juan Pablo II a decirnos "no tengáis miedo", porque en definitiva estamos atrapados por el miedo. Miedo a renunciar a nosotros mismos, a nuestra comodidad, al placer que nos rodea, a la tranquilidad que deseamos aunque sea la del mundo, a ser escándalo profético con nuestro ejemplo de vida desde el espíritu y el amor a la cruz del resucitado. Y el miedo nos hace soberbios, nos pone a la defensiva y, sobre todo, nos cierra al Espíritu Santo.

El cristiano tiene que volver a su origen. Vivir desde el espíritu una vida sacramental enamorada de TODO el evangelio, desde la Navidad hasta la sangrienta cruz, con la mirada puesta en el cielo y buscando una alegría eterna más que la felicidad pasajera. El bautizado es inhabitador trinitario llamado a una filiación divina que le hace corredentor y partícipe del proyecto salvador de Cristo.

Que María en este mes de Mayo nos ayude especialmente a ir directos a su Hijo, para ser dignos de Sus promesas de eternidad y poderlas gozar, ya desde esta vida terrenal, sin miedo y fieles a la Verdad que se nos ha revelado y que queremos contemplar eternamente.


Paz y bien.


04 septiembre 2017

Relativizando el placer sexual

En un artículo interesante de Aleteia titulado “Deseo sexual: ¿cuándo es ordenado y cuándo desordenado?” se trata un tema muy interesante para cualquier católico casado, pero delicado porque vincula el placer sexual con la santidad y lo fundamenta en Adán y Eva.

Sin embargo hay que recordar que la unión sexual es "un camino de crecimiento" y nunca un fin en sí mismo. El placer es funcional para la unión y la fecundidad, pero nunca debe de ser el principal objetivo. Es normal querer buscar estar a gusto en la relación sexual, pero obsesionarse con ella, o hacerla central para la espiritualidad cristiana, es un grave error entre muchos cristianos.

Es falso es decir que Adán, al ver a Eva, "sintió deseo sexual por ella". No viene en ninguna parte. Lo que no tenían era vergüenza, pero no se dice nada al respecto de la excitación. De hecho si se estudia este aspecto con más profundidad lo que destaca de la frase de Adán «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón» (Gn 2,23) no es excitación por lo físico, sino contemplación al ver una imagen de Dios en la que pueda haber donación de amor (entrega personal) según una misma naturaleza (algo que no se puede dar con un animal porque no es persona). Adán se relacionaba con Dios de forma transparente y perfecta, pero en las relaciones de orden animal no encontraba un amor donal. Al ver a Eva encuentra el modo de encarnar su amor, pero no estaba pensando en relaciones sexuales, sino en un tipo de relación humana ajustada a su naturaleza.

De hecho, el deseo sexual, tal como lo conocemos, es más propio de después del pecado y de cómo sería antes no tenemos idea alguna y podría perfectamente no haber relaciones puesto que los cuerpos eran totalmente diferentes y vestidos de luz (algo más parecido al cuerpo glorioso que al cuerpo que conocemos ahora). No hay ninguna manzana en el Génesis y ésta no tiene nada que ver con la tentación. Los frutos de los árboles del paraíso representan los dones de Dios (todos buenos) y el que no debían de tomar Adán y Eva no era por ser prohibido eternamente, sino hasta que Dios lo hubiera querido dar, pues malo no podía ser. Nunca dice Dios que de ese árbol no tomarían, sino que de que ello no debían de tomar, que es muy distinto. El pecado consistió sobre todo en tomarlo a voluntad, sin confianza en la espera de los tiempos de Dios y sus designios. Fue una prueba de confianza cuyo fallo desencadenó una ruptura que afectó a toda la humanidad y que modificó no sólo la concupiscencia, sino toda la naturaleza humana (cuerpo y alma), oscureciéndonos la visión del rostro de Dios y su presencia a su Creador hasta la llegada de Cristo y María, los nuevos Adán y Eva. Y aún queda por restaurar todas las cosas definitivamente, algo que se dará tras el final de los tiempos en la nueva Jerusalén que “descenderá del cielo” para ser “morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,2-3).

La única forma de vivir el matrimonio bien, sobre todo en la dimensión de la unión sexual, es trabajar cada día en morir a nosotros mismos en pro del cónyuge primero y de los hijos después.[1] Sólo uno que se olvida de sí mismo y carga con esa tremenda cruz de dejar la búsqueda de su satisfacción, sus gustos, sus pasatiempos, hobbies, comodidades y gustos, puede atreverse a seguir seriamente a Cristo en el sacramento de la esponsalidad del matrimonio. Ese camino es camino de santificación, martirio diario y entrega total. Entonces sí que los actos sexuales serán signos sacramentales de la presencia de Dios y de su inhabitación trinitaria en los esposos como una sola carne, pero no por buscar el placer a primeras como bueno.

Buscar esta ascética trinitaria propia del sacramento matrimonial no tiene nada que ver con buscar la forma de cuadrar nuestro deseo de sexo y placer. Así que el placer no es malo, pero es muy fácil tratar de darle vueltas para ponerlo en el centro de la espiritualidad, por eso el árbol de los frutos prohibidos estaba en el centro del jardín (Gn 3,3), pues en el centro sólo debe de estar Dios.

Paz y bien

- - -  PD.

Un gran amigo sacerdote y muy bien formado me ha preguntado que "por qué hay que decir que Adán no sintió atracción sexual por Eva si lo que dice el Génesis es que estaban desnudos, pero no se avergonzaban el uno del otro", diciendo que "es verdad que quizá no es la expresión más feliz, pero tampoco se puede negar rotundamente. Puede afirmarse que Adán experimentó la atracción por su semejante, las fascinación ante la belleza de la mujer, pero no la deseó como objeto sexual o fuente de placer".

Espero que mi respuesta pueda ayudar a matizar un poco más mi enfoque:

"Porque al ver por primera vez a una persona que encarnara la imagen trinitaria y con quien pudiera relacionarse al mismo nivel natural (de naturaleza) y decir que el primer entusiasmo fue por excitación sexual es en mi opinión enfocar el asunto desde nuestro modo de entender la sexualidad ahora, no desde una antropología perfecta original y pensada por Dios. Tampoco la desnudez hace referencia a una desnudez de ropa, pero así se entiende. Si Dios ha vestido con tanta elegancia a la naturaleza animal y vegetal, ¿no daría mayor vestimenta a su obra maestra que era semejante a la Trinidad? Claro que sí. Pero la vestimenta de Adán y Eva existía y seguramente sería de luz y esplendor proporcionada a su belleza. Por el pecado se perdió mucho más que el orden del apetito sensitivo. Esa exaltación (y lo enseña Juan Pablo II si se lee bien) hace referencia al ver Adán un semejante, no a una "tía buena" (y esto lo he escuchado en homilías).

Fascinación ante una belleza dada por el atractivo varón-mujer y no sólo por una que hubiese podido darse con otro varón (en calidad de "otra persona" sin la distinción propia de varón-mujer), la habría seguramente, pero es un concepto que está tremendamente mal entendido. Estoy seguro de que si viera en persona a la Virgen María la vería igualmente bella, pero no se me ocurriría atribuirlo a sus rasgos sensuales, que es lo que se atribuye a ese pasaje del Génesis"







[1] Cfr: https://diegocazzola.blogspot.com.es/2017/08/la-santidad-en-el-matrimonio-y-la-familia.html

01 septiembre 2017

Sexo y sexualidad. Dos conceptos que no debemos de confundir.

El siguiente artículo[1] aunque se escriba desde un enfoque puramente cognitivo-conductual (la lacra de la psicología católica hoy en día) es interesante, pero la reflexión y los matices que os propongo a partir de éste creo que pueden iluminar algo que sigue oscurecido.

Me gustaría empezar por matizar que el concepto que utiliza de sexualidad no es el concepto integral católico. La sexualidad correctamente entendida, es el modo de manifestarse como varón o mujer y que envuelve a toda la persona, no sólo la dimensión erótico-afectiva (y menos aún en su reducida dimensión corporal). La sexualidad, así entendida, no es una mera “parte” de nuestra vida ya que en la persona humana, al ser corporal, todo se expresa de forma sexualizada. La sexualidad interviene siempre: cuando pensamos, abrazamos, damos un apretón de manos, cuando observamos a alguien, nos vestimos, escuchamos a un amigo, etc. Todo lo hacemos como varón o como mujer (aunque ahora esté de moda abandonar la línea divisoria y remezclarlo todo).
Evidentemente el problema no es de Elena, que ha escrito unas magníficas reflexiones sobre las influencias de la alteración psíquica ordinaria (ansiedad y estrés) en la relación sexual, sino en que no existe aún vocabulario que distinga todos estos conceptos adecuadamente.

En este sentido Elena no está hablando de la sexualidad, sino de la influencia de la ansiedad y el estrés en el acto sexual más íntimo (que deberíamos poder llamar conyugal). Por eso se centra en las alteraciones del deseo sexual, la excitación y el orgasmo. Pero hay que entender que correctamente la sexualidad es la dimensión más propia del ser humano, no sólo una conducta limitada a la relación intima del placer.

Finalmente me gustaría aportar una idea.

Muchos de los problemas sexuales de hoy en día se deben a que el acto sexual está cada vez más desvinculado del amor a la persona con el que se comparte y a una expresión de donación total mutua de los implicados. Al no ser la donación esponsal y personal el centro, la atención se enfoca más en el éxito de la conducta: conseguir más placer, ejecutar bien el acto sexual, la satisfacción sensible del momento, dar la talla, etc. Esto incrementa los problemas porque si importara más el amor, no adquiriría tanta relevancia el placer físico o el dar la talla. En las relaciones sexuales matrimoniales a veces se llega a un orgasmo mejor, otra no tanto; a veces se llega juntos, muchas otras veces no; a veces hay mayor frecuencia en el acto sexual, otras menos, pero siempre hay la tranquilidad de saberse amado por el otro por quienes somos, no por el desempeño sexual en la cama. Por eso, un matrimonio bien vivido facilita el descanso sexual que elimina la vergüenza, el miedo, los complejos y mucho más.

El único fallo por lo tanto que le encuentro al enfoque del artículo, es en el consejo final.

Si se sufre de problemas sexuales, lo primero que hay que ver es si se están viviendo de forma ordenada. Es preciso revisar con sinceridad si el corazón está puesto en el acto sexual o en la persona, si la donación es plena (posible sólo en un acto matrimonial basado en una amor fiel, total, voluntario, fecundo, sincero y libre) o si se ha transformado (como ocurre a menudo hoy en día) en un instrumento de placer mutuo o individual (ambos están mal).

Y la guinda del pastel es recordar lo siguiente: todo acto sexual recuerda un deseo de ser amado y aceptado incondicionalmente. Al ser corporales y al ser lo sensitivo tan presente, la excitación sexual llama mucho la atención, pero centrarse en ella sin darse cuenta del alcance de su origen y de su fin (que es trascendental), sólo acrecienta ese deseo generándose en nuestro interior un vacío cada vez mayor que deteriora todo nuestro estado psicológico, espiritual y, por lo tanto, social.

Así que si tienes problemas con tu mujer, habla con ella, no con un profesional, trata de amarla de verdad, estar en paz con Dios y la ley moral y verás como todo empezará a enderezarse y puede que encuentres no sólo el placer, sino la paz interior.

Paz y bien.





[1]  Del blog de La Consulta Doctor Carlos Chiclana escrito por #DraElenaSerrano. "Ansiedad y sexualidad" http://abcblogs.abc.es/sexo-salud/2017/08/31/ansiedad-y-sexualidad-conversan/#.WafTeoS2GuI.facebook