27 octubre 2018

Coco no es una película ni buena ni recomendable


A muchos le habrá gustado la película Coco y veo que ya se recomienda para profundizar en el valor de la familia y del día de todos los difuntos. Pues no estoy de acuerdo y voy a explicar brevemente lo que veo que no está bien.

La película es entrañable, emotiva, simpática  y con mucho color, pero hay varios elementos que no la hacen buena y que expresan en gran parte la confusión espiritual propia de América del Sur, donde se confunde el cristianismo y el espiritismo de un modo muy peculiar.  

Por un lado sí es cierto que la película gira la rededor de la vida familiar y que hay un arrepentimiento que lleva a la apertura a lo que cada cual es llamado a ser, en concreto la vocación a la música. Sin embargo, es un concepto familiar cerrado en sí mismo, marcado por el resentimiento, la desobediencia a los padres, el abandono del padre (muy propio de Disney) y las heridas que suponen, la falta de comunicación, la imposición de las tareas y de las tradiciones, así como de la vocación profesional. Es una familia para la familia que vive una cultura rígida donde la espiritualidad queda relegada al recuerdo más que a la oración personal.

De hecho, lo más importante que marca la película como inadecuada es la visión del mundo de los muertos que ofrece. Los muertos parecen tener una vida placentera, marcada por la fiesta, el baile, la música, la comida, la vanidad, pero sin estar ni en un “cielo”, ni en “infierno” ni en un “purgatorio”, sino más bien en un mundo paralelo más parecido al mundo de los espíritus deambulantes vinculados al mundo terrenal que a lo que es la tradición cristiana. Hay un lugar al que tratan de ir y al que, para no desvelar mucho de la película, un personaje quiere ir, pero que no puede porque nadie casi le recuerda.

Y he aquí otra tergiversación. La relación entre los vivos y los muertos no es la oración o una relación personal de los vivos  con los muertos, sino un mero recuerdo. Los muertos que van a un mundo mejor son los que tienen a su familia poniendo velas en una especie de altar familiar donde debe de estar una foto del difunto en el día de muertos.

Pero aún peor es la conceptualización de que los muertos pueden ir a un mundo mejor, que no aparece nunca en la película, quedarse en un estado de espera, cuya "purga", si así se la puede llamar, no sirve para nada o pueden incluso sufrir desvanecerse a un lugar que nadie sabe cómo es y que podría ser una especie de aniquilación donde “se deja de ser”.

Así que, a pesar de estar muertos, pueden volver a morir, si no son recordados antes de pasar a un lugar mejor, los muertos pueden seguir disfrutando de fiestas y bailes, seguir siendo buenos o malos, entregarse a la virtud o al vicio sin mérito ni pena alguna. Todo lo que importa es ser recordados por alguien en la tierra, esto es fama y vanidad.

La película de Coco tergiversa la realidad del bien y del mal, propone una realidad escatológica altamente tergiversada, altera los conceptos de condena y beatitud y, lo peor de todo, los mezcla con diversión, simpatía y superficialidad.

Es un modo perfecto para confundir no sólo al que desconoce la realidad después de la muerte que Dios nos ha revelado por medio de su Hijo, sino sobre todo al que tiene alguna idea confusa, ya que se la confunden aún más casi sin que se dé cuenta.

A esto hay que añadirle el constante concepto, ya presente en muchos dibujos animados actuales, de alterar lo que siempre ha sido el bien y el mal. El héroe ya no es héroe por sus virtudes que pretende ser modelo, el malo que siempre encarnaba lo que había que evitar ya no es realmente malo y puede ser bueno, como es el caso de los vampiros, los zombis, los condenados, etc. Desde siempre el vampiro, por ejemplo, era símbolo del mal: vive de noche porque no es un ser de luz, chupa la sangre porque se alimenta de la vida de otros, teme la cruz porque es enemigo de la Resurrección, no tienen sentimientos de amor y piedad porque no tienen alma, etc. Ahora los vampiros son simpáticos, tienen hijos con los mortales, aman, tratan de integrarse en la comunidad humana, etc. Estas alteraciones son un modo más del mundo de colar sus ideologías ateas y despersonalizantes.

No son éstas las películas que ayudan a consolidar sanos valores familiares, ni mucho menos proponen una reflexión real sobre el sentido de la vida, las consecuencias de nuestro obrar o la relación con un creador personal que ha dado un sentido concreto a lo que ha creado y que nosotros debemos de descubrir y no inventar y manipular.

Cuidemos el goteo mundano que entra muy bien por los ojos, especialmente en los de la inocencia e ignorancia infantil para confundir y alejar de la verdadera Verdad poco a poco.

Paz y bien.

Diego Cazzola

(A posteriori veo que no soy el único en haber realizado observaciones en esta línea. Cfr: www.actuall.com/familia/cpor-que-coco-la-peli-de-pixar-sobre-los-muertos-no-es-del-todo-adecuada-para-ninos)





25 septiembre 2018

Galletas Cookies con Nutella

Os dejo mi receta de galletas Cookies con Nutella. En casa es ya un clásico, salen muy bien, con un estilo de pastas de té y de galleta americana, con todo el sabor de la Nutella y un fondo de limón y almendrado. La receta la he elaborado yo tras estudiar muchas proporciones de las recetas Cookies y realizar muchas pruebas.

Os dejo también un vídeo muy sencillo para ver sobre todo la elaboración del formato que a algunos les puede parecer algo complejo al principio.

La masa, una vez elaborada, se puede dejar reposar unos minutos o incluso hasta el día siguiente. Son unas galletas que quedan algo blandas si las horneas dejándolas blanquitas, pero si las tuestas un poco horneándolas 2 minutos más se quedan algo más crujientes. Gracias a la harina de almendra se consigue que no sean duras, pero que sean manejables y duren perfectamente 10 días en un tarro de cristal.

A los niños les encantan con la Nutella, pero cocinando sólo la masa quedan unas pastas de te espectaculares y sabrosas (en este caso hay que hornearlas 2 minutos menos para que no se tuesten demasiado). El olor que desprende el horno es espectacular y merece la pena probarlas. 

Para 16 galletas:

  • 110 gr. de mantequilla 
  • 2 huevos medianos 
  • 125 gr. de azúcar moreno 
  • 240 gr. de harina de repostería 
  • 35 gr. almendra molida 
  • 1/2 cdta. de levadura tipo Royal 
  • 1/2 cdta. de jengibre 
  • 1 cucharada sopera de extracto de vainilla 
  • 1 cucharada sopera de “Torres 10” 
  • 1 cucharada sopera de “Amaretto” 
  • 60 gr de pepitas de chocolate (+ 40gr de decoración antes del horneado) 
  • 1 cucharadita de café de ralladura de limón 
  • 1 pizca de sal

Elaboración:

1) Tamizamos la harina y le añadimos la levadura, y mezclamos. Añadimos la almendra molida y removemos.

2)  Mezclamos la mantequilla con el azúcar, los huevos, una pizca de sal, los licores, la ralladura de limón y la vainilla.

3)  Juntamos las masas y dejamos reposar de 30 minutos a 24 horas sin problema (en este caso en la nevera).

4)  Preparamos las galletas (diámetro en crudo de 5 a 6 cm) en la bandeja de horno metiendo una cucharadita de Nutella en el centro de cada una y cerrando la galleta desde el borde externo hacia dentro (con la ayuda de una rasqueta de pastelería es muy sencillo). Si la masa es muy pegajosa ayudarse con un poco de harina y si no se pega al cerrar la galleta, enhumedecer un poco la superficie antes de cerrar la galleta.

5)  Horneamos cada una de las bandejas, en horno precalentado, a 180ºC, unos 12 minutos, hasta que los bordes estén dorados. Un truco es hornear 8 min con calor inferior y el resto con calor arriba y abajo, con la bandeja a media altura, para que no se seque mucho la Nutella.

6) Una vez fuera, y tras un par de minutos de reposo, pasarlas a una rejilla o un plato para que terminen de enfriar.





Variante: si añadimos a la masa 100gr de Nutella y una cucharada de chocolate en polvo, las galletas saldrán oscuras y se podrán poner las pepitas de chocolate blanco para darle un toque diferente.

09 mayo 2018

Miedo a la profecía

En este tiempo Jesús nos está hablando mucho sobre el Espíritu Santo y en el Evangelio de hoy (Juan 16,12-15) destaca una frase, generalmente poco recogida en las homilías, pero que me parece muy interesante reflexionar: que el Espíritu Santo comunicará lo que está por venir. Ésta es la base de la profecía, sea en visiones, sueños, por ángeles, profetas o escritos mismos. Puede ser sobre el futuro y sobre el pasado (1 Cor 14), pero las que versan sobre el futuro siempre tienen un carácter orientador más que sancionador. No hay que verlas como avisos de catástrofes castigadoras, sino avisos de amor que buscan la rectificación del pueblo de Dios, su conversión. Por eso es importante no despreciar las profecías y, aun más, la manifestación del Espíritu Santo que busca nuestra conversión dándonos luz y poniéndonos en aviso sobre las consecuencias de nuestro alejamiento de Dios.

Por esto me llama mucho la atención que la mayoría rehuya tanto de hablar de profecías, sobre todo habiendo dicho Jesús que "cuando venga él, el Espíritu de la verdad, [...] os comunicará lo que está por venir" (Jn 16,12-15) o que el "testimonio de Jesús es el Espíritu de profecía" (Ap 19, 10). Si es que, si quitamos la profecía de la Biblia, quitamos un enorme parte de la historia de la salvación y de la revelación.

De hecho, la realidad es que "nada hace el Señor sin revelar sus designios a los profetas" (Amos 3, 7) y estos siguen entre nosotros. Sólo hay que saber reconocer al Espíritu Santo entre ellos y querer escucharle, viviendo una vida desde el espíritu y no distraídos por este mundo cada vez más perdido y alejado de Dios. Cuando un profeta iba a entregar una profecía no era creído por ser un profeta bíblico o un santo canonizado ya que por entonces era un simple hombre a los ojos de todos y dejaba paso a la duda. Sólo ahora lo sabemos como seguro y auténtico. Entonces era preciso un discernimiento sobre esa persona y sobre el mensaje, pero sobre todo una apertura a ser guiados por el Señor por otros.

Creer sólo aquello que ha sido demostrado como santo en el pasado adormece el estado de alerta de nuestro espíritu actual y no nos permite alcanzar las correcciones y los mensajes que Dios nos quiera dar ahora mismo con respecto al futuro que tenemos abierto personalmente.

San Pablo nos invita a que no apaguemos el espíritu y no despreciemos las profecías, sino que examinemos todo y nos quedemos con lo bueno (1 Tes 5, 19-22).

Algunos creen rechazar sólo las profecías no aprobadas (sean de santos o de la Virgen María), pero en realidad no abrazan seria y personalmente las numerosas invitaciones que se han hecho en las que han sido aprobadas, por lo que son excusas para alejar el compromiso a la auténtica conversión que nos lleva a la sobriedad, a la adoración, al rosario diario, al ayuno, a la oración y, en definitiva a ser radicalmente santos.

Razón tenía San Juan Pablo II a decirnos "no tengáis miedo", porque en definitiva estamos atrapados por el miedo. Miedo a renunciar a nosotros mismos, a nuestra comodidad, al placer que nos rodea, a la tranquilidad que deseamos aunque sea la del mundo, a ser escándalo profético con nuestro ejemplo de vida desde el espíritu y el amor a la cruz del resucitado. Y el miedo nos hace soberbios, nos pone a la defensiva y, sobre todo, nos cierra al Espíritu Santo.

El cristiano tiene que volver a su origen. Vivir desde el espíritu una vida sacramental enamorada de TODO el evangelio, desde la Navidad hasta la sangrienta cruz, con la mirada puesta en el cielo y buscando una alegría eterna más que la felicidad pasajera. El bautizado es inhabitador trinitario llamado a una filiación divina que le hace corredentor y partícipe del proyecto salvador de Cristo.

Que María en este mes de Mayo nos ayude especialmente a ir directos a su Hijo, para ser dignos de Sus promesas de eternidad y poderlas gozar, ya desde esta vida terrenal, sin miedo y fieles a la Verdad que se nos ha revelado y que queremos contemplar eternamente.


Paz y bien.


04 septiembre 2017

Relativizando el placer sexual

En un artículo interesante de Aleteia titulado “Deseo sexual: ¿cuándo es ordenado y cuándo desordenado?” se trata un tema muy interesante para cualquier católico casado, pero delicado porque vincula el placer sexual con la santidad y lo fundamenta en Adán y Eva.

Sin embargo hay que recordar que la unión sexual es "un camino de crecimiento" y nunca un fin en sí mismo. El placer es funcional para la unión y la fecundidad, pero nunca debe de ser el principal objetivo. Es normal querer buscar estar a gusto en la relación sexual, pero obsesionarse con ella, o hacerla central para la espiritualidad cristiana, es un grave error entre muchos cristianos.

Es falso es decir que Adán, al ver a Eva, "sintió deseo sexual por ella". No viene en ninguna parte. Lo que no tenían era vergüenza, pero no se dice nada al respecto de la excitación. De hecho si se estudia este aspecto con más profundidad lo que destaca de la frase de Adán «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón» (Gn 2,23) no es excitación por lo físico, sino contemplación al ver una imagen de Dios en la que pueda haber donación de amor (entrega personal) según una misma naturaleza (algo que no se puede dar con un animal porque no es persona). Adán se relacionaba con Dios de forma transparente y perfecta, pero en las relaciones de orden animal no encontraba un amor donal. Al ver a Eva encuentra el modo de encarnar su amor, pero no estaba pensando en relaciones sexuales, sino en un tipo de relación humana ajustada a su naturaleza.

De hecho, el deseo sexual, tal como lo conocemos, es más propio de después del pecado y de cómo sería antes no tenemos idea alguna y podría perfectamente no haber relaciones puesto que los cuerpos eran totalmente diferentes y vestidos de luz (algo más parecido al cuerpo glorioso que al cuerpo que conocemos ahora). No hay ninguna manzana en el Génesis y ésta no tiene nada que ver con la tentación. Los frutos de los árboles del paraíso representan los dones de Dios (todos buenos) y el que no debían de tomar Adán y Eva no era por ser prohibido eternamente, sino hasta que Dios lo hubiera querido dar, pues malo no podía ser. Nunca dice Dios que de ese árbol no tomarían, sino que de que ello no debían de tomar, que es muy distinto. El pecado consistió sobre todo en tomarlo a voluntad, sin confianza en la espera de los tiempos de Dios y sus designios. Fue una prueba de confianza cuyo fallo desencadenó una ruptura que afectó a toda la humanidad y que modificó no sólo la concupiscencia, sino toda la naturaleza humana (cuerpo y alma), oscureciéndonos la visión del rostro de Dios y su presencia a su Creador hasta la llegada de Cristo y María, los nuevos Adán y Eva. Y aún queda por restaurar todas las cosas definitivamente, algo que se dará tras el final de los tiempos en la nueva Jerusalén que “descenderá del cielo” para ser “morada de Dios entre los hombres” (Ap 21,2-3).

La única forma de vivir el matrimonio bien, sobre todo en la dimensión de la unión sexual, es trabajar cada día en morir a nosotros mismos en pro del cónyuge primero y de los hijos después.[1] Sólo uno que se olvida de sí mismo y carga con esa tremenda cruz de dejar la búsqueda de su satisfacción, sus gustos, sus pasatiempos, hobbies, comodidades y gustos, puede atreverse a seguir seriamente a Cristo en el sacramento de la esponsalidad del matrimonio. Ese camino es camino de santificación, martirio diario y entrega total. Entonces sí que los actos sexuales serán signos sacramentales de la presencia de Dios y de su inhabitación trinitaria en los esposos como una sola carne, pero no por buscar el placer a primeras como bueno.

Buscar esta ascética trinitaria propia del sacramento matrimonial no tiene nada que ver con buscar la forma de cuadrar nuestro deseo de sexo y placer. Así que el placer no es malo, pero es muy fácil tratar de darle vueltas para ponerlo en el centro de la espiritualidad, por eso el árbol de los frutos prohibidos estaba en el centro del jardín (Gn 3,3), pues en el centro sólo debe de estar Dios.

Paz y bien

- - -  PD.

Un gran amigo sacerdote y muy bien formado me ha preguntado que "por qué hay que decir que Adán no sintió atracción sexual por Eva si lo que dice el Génesis es que estaban desnudos, pero no se avergonzaban el uno del otro", diciendo que "es verdad que quizá no es la expresión más feliz, pero tampoco se puede negar rotundamente. Puede afirmarse que Adán experimentó la atracción por su semejante, las fascinación ante la belleza de la mujer, pero no la deseó como objeto sexual o fuente de placer".

Espero que mi respuesta pueda ayudar a matizar un poco más mi enfoque:

"Porque al ver por primera vez a una persona que encarnara la imagen trinitaria y con quien pudiera relacionarse al mismo nivel natural (de naturaleza) y decir que el primer entusiasmo fue por excitación sexual es en mi opinión enfocar el asunto desde nuestro modo de entender la sexualidad ahora, no desde una antropología perfecta original y pensada por Dios. Tampoco la desnudez hace referencia a una desnudez de ropa, pero así se entiende. Si Dios ha vestido con tanta elegancia a la naturaleza animal y vegetal, ¿no daría mayor vestimenta a su obra maestra que era semejante a la Trinidad? Claro que sí. Pero la vestimenta de Adán y Eva existía y seguramente sería de luz y esplendor proporcionada a su belleza. Por el pecado se perdió mucho más que el orden del apetito sensitivo. Esa exaltación (y lo enseña Juan Pablo II si se lee bien) hace referencia al ver Adán un semejante, no a una "tía buena" (y esto lo he escuchado en homilías).

Fascinación ante una belleza dada por el atractivo varón-mujer y no sólo por una que hubiese podido darse con otro varón (en calidad de "otra persona" sin la distinción propia de varón-mujer), la habría seguramente, pero es un concepto que está tremendamente mal entendido. Estoy seguro de que si viera en persona a la Virgen María la vería igualmente bella, pero no se me ocurriría atribuirlo a sus rasgos sensuales, que es lo que se atribuye a ese pasaje del Génesis"







[1] Cfr: https://diegocazzola.blogspot.com.es/2017/08/la-santidad-en-el-matrimonio-y-la-familia.html

01 septiembre 2017

Sexo y sexualidad. Dos conceptos que no debemos de confundir.

El siguiente artículo[1] aunque se escriba desde un enfoque puramente cognitivo-conductual (la lacra de la psicología católica hoy en día) es interesante, pero la reflexión y los matices que os propongo a partir de éste creo que pueden iluminar algo que sigue oscurecido.

Me gustaría empezar por matizar que el concepto que utiliza de sexualidad no es el concepto integral católico. La sexualidad correctamente entendida, es el modo de manifestarse como varón o mujer y que envuelve a toda la persona, no sólo la dimensión erótico-afectiva (y menos aún en su reducida dimensión corporal). La sexualidad, así entendida, no es una mera “parte” de nuestra vida ya que en la persona humana, al ser corporal, todo se expresa de forma sexualizada. La sexualidad interviene siempre: cuando pensamos, abrazamos, damos un apretón de manos, cuando observamos a alguien, nos vestimos, escuchamos a un amigo, etc. Todo lo hacemos como varón o como mujer (aunque ahora esté de moda abandonar la línea divisoria y remezclarlo todo).
Evidentemente el problema no es de Elena, que ha escrito unas magníficas reflexiones sobre las influencias de la alteración psíquica ordinaria (ansiedad y estrés) en la relación sexual, sino en que no existe aún vocabulario que distinga todos estos conceptos adecuadamente.

En este sentido Elena no está hablando de la sexualidad, sino de la influencia de la ansiedad y el estrés en el acto sexual más íntimo (que deberíamos poder llamar conyugal). Por eso se centra en las alteraciones del deseo sexual, la excitación y el orgasmo. Pero hay que entender que correctamente la sexualidad es la dimensión más propia del ser humano, no sólo una conducta limitada a la relación intima del placer.

Finalmente me gustaría aportar una idea.

Muchos de los problemas sexuales de hoy en día se deben a que el acto sexual está cada vez más desvinculado del amor a la persona con el que se comparte y a una expresión de donación total mutua de los implicados. Al no ser la donación esponsal y personal el centro, la atención se enfoca más en el éxito de la conducta: conseguir más placer, ejecutar bien el acto sexual, la satisfacción sensible del momento, dar la talla, etc. Esto incrementa los problemas porque si importara más el amor, no adquiriría tanta relevancia el placer físico o el dar la talla. En las relaciones sexuales matrimoniales a veces se llega a un orgasmo mejor, otra no tanto; a veces se llega juntos, muchas otras veces no; a veces hay mayor frecuencia en el acto sexual, otras menos, pero siempre hay la tranquilidad de saberse amado por el otro por quienes somos, no por el desempeño sexual en la cama. Por eso, un matrimonio bien vivido facilita el descanso sexual que elimina la vergüenza, el miedo, los complejos y mucho más.

El único fallo por lo tanto que le encuentro al enfoque del artículo, es en el consejo final.

Si se sufre de problemas sexuales, lo primero que hay que ver es si se están viviendo de forma ordenada. Es preciso revisar con sinceridad si el corazón está puesto en el acto sexual o en la persona, si la donación es plena (posible sólo en un acto matrimonial basado en una amor fiel, total, voluntario, fecundo, sincero y libre) o si se ha transformado (como ocurre a menudo hoy en día) en un instrumento de placer mutuo o individual (ambos están mal).

Y la guinda del pastel es recordar lo siguiente: todo acto sexual recuerda un deseo de ser amado y aceptado incondicionalmente. Al ser corporales y al ser lo sensitivo tan presente, la excitación sexual llama mucho la atención, pero centrarse en ella sin darse cuenta del alcance de su origen y de su fin (que es trascendental), sólo acrecienta ese deseo generándose en nuestro interior un vacío cada vez mayor que deteriora todo nuestro estado psicológico, espiritual y, por lo tanto, social.

Así que si tienes problemas con tu mujer, habla con ella, no con un profesional, trata de amarla de verdad, estar en paz con Dios y la ley moral y verás como todo empezará a enderezarse y puede que encuentres no sólo el placer, sino la paz interior.

Paz y bien.





[1]  Del blog de La Consulta Doctor Carlos Chiclana escrito por #DraElenaSerrano. "Ansiedad y sexualidad" http://abcblogs.abc.es/sexo-salud/2017/08/31/ansiedad-y-sexualidad-conversan/#.WafTeoS2GuI.facebook

27 agosto 2017

¿Está bien querer ser sexy?

En pocos días de playa en Benidorm y ya estaba cansado de buscar algún lugar donde mirar en el que no haya pechos al aire o biquinis con más de 3 cm de superficie. Parece que las mujeres ya no quieran ser sexys para conquistar o llamar la atención, sino que ahora sea un estándar de vestirse.
Observo que la mayoría de las mujeres tratan de vestir tratando de excitar a los hombres. Y no sólo las jóvenes, sino las más mayores y las niñas también. Los “pantalones” demasiado cortos, los sujetadores a la vista, los biquinis que parecen sujetadores o con transparencias que dejan poco a la sugerencia.

Me he preguntado si está bien tratar de estar así de sexy en general y comparto mi reflexión que a algunos puede parecer exagerada, pero que creo que es muy razonable y que el mundo está oscureciendo esta claridad y la hace opaca a la pureza que es propia del cristiano.

Cada vez veo más claramente que ser sexy no tiene nada que ver con estar guapas, sino con provocar al hombre para que en su excitación, mayor o menor, considere especial a la mujer. No tiene nada que ver con la belleza, sino que es un modo de atraer la atención sobre determinadas partes del cuerpo que deben de estar reservadas a excitar a quien se le haya prometido ese cuerpo y con quien esa unión sea legítima. Exhibir el cuerpo indiscriminadamente es demostrar que nuestra dignidad (que es algo que radica en el interior) está a la venta a cambio de elogios dirigidos sólo a un cuerpo. Impide entender la unicidad de uno mismo y no deja que la intimidad tenga su lugar propio de expresión, que, como ocurre con la intimidad interior, tiene su propia parcela que no es de dominio público.

Desde siempre el mundo ha impuesto un modo de entender la intimidad, la belleza, la fidelidad, y muchos más valores, despersonalizados y reducidos. Sin embargo, a partir del siglo pasado lo hace de una forma más aguda e impositiva despreciando el hecho de que el cuerpo manifiesta lo valioso de nuestro interior y que lo que hacemos con él declara lo que hacemos con lo más profundo de nosotros mismos. Del mismo modo que nuestros pensamientos no los podemos comunicar a cualquier persona ni en cualquier momento, lo que enseñamos excesivamente con nuestro cuerpo desvela o una pobreza interior que no tiene nada que manifestar a nivel físico o un deseo de aceptación y cariño tan grande por el que estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Atención con este último motivo, pues denota, en mi opinión, un vacío interior que por dentro crece como un cáncer y por fuera fracasará exponencialmente. Igual que beber sólo alcohol cuando se tiene sed de verdad, no sirve más que para empeorar la situación, saciar nuestro deseo de aceptación y valía abriendo las puertas indiscriminadamente a los demás, sólo generará un vacío creciente y agobiante.

Los consagrados y todos aquellos que han hecho voto de castidad no muestran mínimamente su cuerpo porque nadie tiene que excitarse con lo que es ya de Dios, es algo que no tendría ningún sentido. En el caso de los esposos, sólo ellos son los destinatarios mutuos de una posible excitación, pero nadie más y en privado. Porque no da igual ser pudoroso y respetuoso que no serlo. Es una cuestión personal y social y no una mera conducta social. Claro está que parto del hecho de que existe una verdad, una moral y un sentido de todo.

En el ámbito cristiano también se observa una falta de pudor y de respeto por la intimidad que me llama mucho la atención. Sólo hace falta ver cómo vamos a una boda o a la misa dominical, pero, en mi opinión incluso en la playa debemos de observar ese respeto esponsal. Para decirlo de un modo muy sencillo: si una mujer no se pasearía por la calle en ropa interior, ¿por qué en la playa parece que sí pueda mostrar lo mismo? Sin embargo, observo un razonamiento al revés: ¿si en la playa puedo mostrarlo todo, por qué no fuera de la playa? Pero el origen de la cuestión está en el sentido de todo y en su origen. El sentido de la persona es el amor y por lo tanto, el del cuerpo es la expresión de ese amor. Su origen es la dignidad humana, que no puede ser reducida o aniquilada separando el cuerpo de la fuente de su valor espiritual interior. Es una cuestión de coherencia con nuestra estructura antropológica que no podemos saltarnos a la ligera sin desgastar el significado más profundo de nuestra intimidad.

El peligro para los cristianos, además, presenta más inconvenientes.

El primero es que la falta de pudor, en sus diferentes grados, es signo visible y proporcional de la ausencia del Señor en sus vidas y en sus cuerpos, es decir, en sus personas y en su matrimonio. Por eso Adán y Eva se sintieron desnudos y avergonzados ante su pecado, porque su alma se oscureció y su cuerpo acogió esa vergüenza en su expresión.

El segundo inconveniente es que, si son padres, estarán enseñando a sus hijas e hijos desde edades muy tempranas que su valor no depende de “quienes son”, sino de “cuánto” excitan, perturbando su sensibilidad y su inocencia, por no hablar de sus gustos y modos de expresarse. Como siempre hay grados, pero lo más difícil de los grados es percatarse de los cambios, especialmente cuando acontecen de forma paulatina. Lo mejor es enseñarles un máximo respeto por su cuerpo, pero no un respeto basado en lo que se ve desde los ojos del adulto, sino en lo que deben de aprender a ver sus ojos en lo que su cuerpo expresa, para que vean reflejada su intimidad en su corporeidad.

Personalmente creo que un buen criterio con respecto al pudor nos lo puede dar la Virgen María, maestra de pureza. Sólo hay que preguntarse si de estar presente estaría orgullosa o si ella vestiría así. Porque la pureza y el pudor no son algo sólo para los consagrados o los santos canonizados, sino para cualquiera que haya entendido que somos templo del Espíritu Santo y que quiera vivir con su cuerpo la misma profundidad de entrega a Dios que lleva en su alma.

En conclusión.

No es cuestión de ser puritanos extremos que no van a la playa o que no sepan arreglarse para estar presentables e incluso bellos, sino de ser cristianos conscientes del significado de su cuerpo y capaces de asignarle su valor esponsal y educar en ello. Mi consejo es que no tratemos de ser sexys, sino de que nuestro cuerpo muestre lo mucho que amamos a Dios y lo suyos que somos en todo momento. Porque lo más importante no es lo que los demás piensen de nosotros, sino el ejemplo de nuestro amor por Dios que vivimos en la vocación que tengamos.


Paz y bien.



08 agosto 2017

La santidad en el matrimonio y la familia

Muchos piensan que el matrimonio es un invento de la Iglesia, pero no es así. La unión del hombre y la mujer es de lo más antiguo que existe, sin embargo con el cristianismo esa unión ha sido elevada a sacramento, esto es, a signo visible de la unión entre Cristo y la Iglesia. Es un enlace que bebe de la misma fuente del amor de Cristo al Padre y que nos propone un amor fiel, libre, fecundo, recíproco, indisoluble, total y exclusivo. Entendiendo así el matrimonio se aprecia enseguida la gran diferencia con sus fases previas, especialmente el enamoramiento, donde pesa la idealización, el sentimiento, la falta de entrega total en la intimidad física, psicológica y espiritual. Juntos, marido y mujer, tienen que aprender a vivir ese amor buscando la santidad. ¿Pero en qué consiste la santidad matrimonial? Es una pregunta que, en mi opinión, no se ha llegado a contestar bien hasta el concilio Vaticano II y que aún le queda, pero voy a tratar de resumirla desde el Evangelio. El secreto de la santidad, en mi opinión, lo dio Jesús al decir que quien quiera seguirle tiene que negarse a sí mismo, cargar con su cruz y seguirle (Mt 16, 24-28) y al dejar claro que es un camino especialmente duro (Cfr Mt 19, 3-12).

Para el matrimonio la clave hoy en día está en la primera fase: negarse a uno mismo. Se trata de morir a lo que nos apetece, a nuestros gustos de toda la vida, incluso a nuestras necesidades de hobbies, deportes, amistades, etc. No se trata de renunciar a algo, sino morir a uno mismo, a todo. Sólo un morir total de la semilla, permite que dé fruto. Y sólo el morir de los esposos a sí mismos les permitirá convertirse en la nueva y única realidad de dos personas en una sola carne y una sola alma[1].

La segunda fase del camino es cargar con la cruz. En el matrimonio pueden haber muchas, pero la principal es entregarse a los hijos para que aprendan a conocer el amor de Dios y aceptarlo. La cruz está en resistir a las tentaciones del mundo en cada etapa educativa: la excelencia académica, estar a la moda, buscar valer por lo que se tiene y no por lo que se es, dar a cada hijo lo suyo, etc. Y todo esto sin perder de vista la relación conyugal que es la fuente del amor de los hijos.

La tercera fase de la santidad es la de seguir a Jesús. Para ésta, en el matrimonio, la clave está en conocerle, vivirle en los sacramentos, orar, consagrarse a él, pero sobre todo aprender a perdonarse. No me refiero a olvidar, sino en perdonarse de corazón, es decir, con profunda sinceridad, del mismo modo que Dios nos perdona.

Ésta es la santidad en el matrimonio y por eso no puede romperse sin más, pues es imagen del Amor Trinitario y de la alianza entre Cristo y la Iglesia. Nadie dice que sea fácil, tampoco que sea obligatorio, pero la realidad no está para ser inventada, sino para ser descubierta. La libertad no está para hacer lo que nos da la gana, sino para dirigir nuestras acciones con responsabilidad y decidiendo a qué o quién entregamos nuestra vida. El matrimonio es la vía de santidad para caminarse entre dos personas que se aman como don mutuo y, a la vez ser fecundos en esa intimidad. No es el único modo, pero su configuración no se puede alterar y debe de tomarse en serio. Si se elige, es para siempre. El protagonismo no le es dado por los sentimientos o los deseos y necesidades que surgen en él, sino por esa promesa en la que uno se ha dado todo y para siempre, de forma única, total e irreversible. 

Paz y bien.



[1] Conferencia Episcopal Española, Directorio de Pastoral Familiar, Cap.1, n. 53.