Hay muchos modos de rezar, pero uno pasa muy desapercibido
hoy en día.
Se puede rezar con el cuerpo. Podemos estar de rodillas,
mover las manos en una alabanza o abrirlas en un Padrenuestro, podemos estar
sentados con la cara en las manos, darnos golpes en el pecho o santiguarnos. Incluso
el estar en ayunas es un modo de rezar con el cuerpo. Es la expresión orante y
simbólica de nuestro cuerpo.
También podemos rezar hablándole a Dios, a Jesús, al
Espíritu Santo, a la Virgen María, a los ángeles y a los santos. Eso es la
oración clásica. Tiene muchos nombres como oración del corazón o meditación,
pero también muchos tipos, como puede ser la oración de petición, de gratitud,
de intercesión, de ofrecimiento, etc. Es entrar en un diálogo con el Señor.
Pero la más valiosa y olvidada es la oración del silencio. El
silencio ante Dios es, en sí mismo, un tipo de contemplación de las más
elevadas. Es relativamente sencillo sentirnos en oración cuando hablamos, pero
no necesariamente tiene porque ser una buena oración; sin embargo, hacer
silencio es muy complicado y, si no lo hacemos bien, se detecta
automáticamente. Es más fácil pensar en algo que no pensar en nada. Evitar
hacer preguntas, cuestionar lo que nos pasa ante el Señor o justificarnos, para
quedarnos en silencio mirándole, es también una oración. Es una oración que pocos
consideran válida porque “parece” estar perdiendo el tiempo y quizás es por eso
que muchos pasan mucho tiempo leyendo algo ante el Santísimo o rezando alguna
oración. Pero el silencio de una mirada puede gritar más fuerte que la emoción
de un dialogar. Sólo hay que pensar en los enamorados y su capacidad de
permanecer juntos sin hacer prácticamente nada y ser felices a la vez.
No tenemos que tener miedo a quedarnos en silencio delante
del Señor. Tampoco es necesario, ni es mejor, el estar cantando o llorando de
emoción. A veces puede ser incluso mejor y más sencillo un rezar estando en un silencio
contemplativo, y trabajar para regresar a ese silencio ante las distracciones.
Así aprenderemos a vaciarnos de nuestro ruido y Dios podrá hablar un poco más
en nuestro interior a su silenciosa manera.
No es de extrañar que Elías buscara en el desierto al Señor
y lo encontrara en una suave brisa (1Re 19, 12). Pero, cuidado, no es un “mindfulness”
donde nos queremos vaciar para sentirnos a nosotros mismos, sino un llenarse de
Dios en el silencio de su presencia por amor.
Ahora a probarlo…
Paz y bien.
Diego Cazzola